LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.



A lo largo de la historia, Dios ha hablado a los hombres de muchas maneras, hoy nos ha hablado por medio de Jesucristo. Él se hace hoy presente en medio de su Iglesia, la Iglesia que él ha querido fundar. Cristo, única promesa de felicidad, se hace presente en la realidad de cada día, en cada hombre y en cada acontecimiento.

Por ello, este blog lo que pretende es reconocer a través de los hechos en la Iglesia, la presencia de Dios en medio de su Pueblo.

viernes, 10 de febrero de 2012

Probablemente Dios no existe, deja de preocuparte y disfruta la vida

Fuente: http://elblogdemrpotato.blogspot.com/


¡Hola, hola, hola!

¡Cuanto tiempo sin escribir algo nuevo por aquí!

Visto lo visto en el título de la entrada alguno se estará pensando que este chico ha dejado de tener fe y que pronto este blo pasará a llamarse "El Blog de Mr PotATEO" (jeje, ¿un chiste muy malo verdad?).

Bueno, vamos a ponernos serios. En realidad el título responde literalmente a una publicidad que en al año 2009 empezó a aparecer en autobuses de distintas ciudades del mundo.

jueves, 9 de febrero de 2012

“Alegraos con los que se alegran. Llorad con los que lloran” (Rm 12,15)


Compartir el sufrimiento con los demás es algo propiamente cristiano. El desinterés egoísta con el que normalmente “vamos a lo nuestro” resulta algo común en la sociedad actual. Estamos acostumbrados a exigir comportamientos de otros, pero nos cuesta mucho darnos con gratuidad a los demás. Descubrir que hay gente que sufre a nuestro alrededor nos puede parecer, en ocasiones, una pérdida de tiempo, pues hemos de restar la dedicación a otros asuntos que consideramos más importantes o urgentes. En definitiva, ir a lo práctico parece ser lo más adecuado y lo más normal, ya que hemos de exprimir las horas y los minutos en beneficio propio.

Jesús, sin embargo, puso en práctica algo que llamó la atención a sus contemporáneos: la compasión. No se trataba de un compadecerse extraño o distante, como el que en ocasiones nos sobreviene al ver la injusticia o la hambruna en personas del tercer mundo, por ejemplo, asomándose unas lagrimillas en los ojos, pues nos toca la fibra sensible. No. La compasión de Cristo, fruto de la misericordia de Dios, se adentraba en el corazón mismo de aquel que sufría, elevándolo a un orden superior al  comportamiento humano. El Señor, con su humanidad, nos ha insertado en una vida sobrenatural para que cualquier duda, problema o agobio tenga una respuesta total. Cristo murió en la Cruz porque Dios se compadecía de nuestros pecados, origen de cualquier sufrimiento, dándonos a entender que sólo Él podía curar semejante enfermedad del alma.

Un hijo de Dios, tú y yo, participa de esa muerte redentora de Jesús. Por eso, ante el sufrimiento de otros, nuestro corazón se adhiere a esas pasiones dolientes con la misma piedad de Cristo, ya que consumamos la acción de Dios: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”. ¡Sí!, serán dichosos aquellos que soportan el agobio en su vida, porque otros, los que hemos sido llamados a ejercer la caridad cristiana, les acompañaremos en su sufrimiento, y ya no estarán solos. Más que realizar una obra de misericordia, se trata de vivir identificados con los mismos sentimientos de Cristo Jesús que, desde la Cruz, intercedió al Padre de Dios para que todos fuéramos perdonados. ¿No es este un motivo de agradecimiento para alegrarnos con los que se alegran, y llorar con los que lloran?

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

martes, 7 de febrero de 2012

“Señor, si se ha dormido, se curará” (Jn 11,12)


Jesús va a realizar uno de sus más grandes milagros. Se trata de la resurrección de Lázaro. Ya el Señor avisa a sus discípulos de que van a ser testigos de la gloria de Dios, porque la enfermedad de su amigo no es de muerte, sino de vida. En el relato, llama la atención que, cuando Jesús dice que Lázaro no está muerto sino dormido, los apóstoles contestan convencidos que, entonces, se curará. Nunca está de más considerar que la importancia del descanso es fundamental para la vida apostólica. Además del cansancio físico, hay que considerar también ese desgaste psicológico, y hasta cansancio espiritual, que acompaña el dedicarse a los demás, y los afanes por cuidar la salud espiritual de tantas almas. Y no es suficiente sólo cuidar la rectitud de intención para vivir en manos de Dios. No podemos ser irresponsables, olvidando nuestra pobre condición humana que, nos guste o no, necesita del descanso y de las horas necesarias para dormir. Cuesta, a veces, saber descansar a tiempo, pero, entonces, el rendimiento se ve recompensado con mayores frutos; o, si éstos no se dan, tendremos la suficiente capacidad para renovar nuestra entrega en medio de las innumerables dificultades.

Hay muchos que se quejan de que no pueden más, que están agotados, que han llegado al límite de sus fuerzas. Pero, curiosamente, a veces son los mismos que te dicen que no tienen tiempo para descansar o dormir, pues les apremia el trabajo. No está mal recordar aquí, aquello de que los cementerios están repletos de cosas urgentes y de gente imprescindible. Al final, lo único importante es recordar, ante la impotencia de nuestra actividad (que no significa no haber puesto los medios necesarios), aquellas palabras de Jesús a san Pablo en momentos de tribulación: "Te basta mi gracia". Pero, por favor, respeta tu descanso como algo sagrado, es decir, proveniente de la misma voluntad divina. ¡Hay muchas almas que esperan de tu entrega alegre, serena y confiada!

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

domingo, 5 de febrero de 2012

jueves, 2 de febrero de 2012

Espíritu Santo, que nos haces buenos con la bondad de Dios

“«Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?». Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios” (Mc 10,17-22). El reto de la santidad es algo más que medir la vida con presupuestos humanos. Dios nos habla al corazón, es decir, a ese lugar donde nadie (excepto nosotros mismos) tiene acceso. No podemos valernos de las opiniones de los hombres para saber si actuamos correctamente, ya que quizás buscamos el juicio ajeno hasta encontrarnos con aquél que más convenga a nuestra «falta de juicio». La única vara de medir es la bondad de Dios, que se identifica con su propia esencia: amor, gratuidad, donación, magnanimidad.
¿En qué se entretiene nuestro pobre corazón? Cuántas veces decimos que somos buenos, sólo por justificar nuestras obras incompletas, o nuestro afán por destruir a través del juicio, la críticas, las envidias o rencores. ¿Por qué vamos a exigirnos perfecciones que sabemos, a ciencia cierta, que nadie posee? ¿No son los santos creación de nuestras impotencias? ¿No es cierto que poco podemos cambiar a estas alturas de la vida? Cuando razonamos así, nos vence el ánimo de la mediocridad, y nos domina un estado de latente aburguesamiento, que nos deja anclados en la tibieza y en la pasividad.

La bondad es cosa bien distinta. Nace de la aceptación de nuestro rostro maltrecho y de las cicatrices del alma. Y, en todo ello, proclamar con el Apóstol: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?” (Rm 8,35). Todo, absolutamente todo, carece de importancia y se relativiza, cuando descubrimos que «sólo Dios es bueno».

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid