LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.



A lo largo de la historia, Dios ha hablado a los hombres de muchas maneras, hoy nos ha hablado por medio de Jesucristo. Él se hace hoy presente en medio de su Iglesia, la Iglesia que él ha querido fundar. Cristo, única promesa de felicidad, se hace presente en la realidad de cada día, en cada hombre y en cada acontecimiento.

Por ello, este blog lo que pretende es reconocer a través de los hechos en la Iglesia, la presencia de Dios en medio de su Pueblo.

lunes, 14 de mayo de 2012

La señal de la cruz

La señal de la cruz debería ser un signo habitual en la vida de todo cristiano. Hacer la señal de la cruz al iniciar y acabar el día, al empezar nuestra oración diaria, cuando nos disponemos a trabajar o estudiar, al salir de casa, al bendecir la mesa o al terminar de comer, ayuda a ir poniendo a Dios en los momentos y circunstancias más destacadas de nuestra jornada. En cada señal de la Cruz adora agradecido las manos traspasadas de Cristo, sus pies heridos, su cabeza cubierta de espinas, su costado abierto, su Corazón traspasado. Besa con el alma cada uno de esos sufrimientos del cuerpo y del alma de Cristo, pidiendo que esa salvación de la Cruz sea realmente eficaz en tu vida y en la de tus hermanos, los hombres. Marca con ese gesto de la cruz tu vida y tu persona, para que el misterio de Cristo crucificado vaya empapando cada uno de tus sentimientos y actitudes.
Si nos doliera el pecado de los hombres y la mediocridad que adormece a tantos cristianos, no nos importaría el rastro de todas esas heridas y sinsabores, que va dejando en el alma nuestra entrega apostólica. Cuánto sufrimiento se pierde en vano, sin llegar a tener alcance oblativo y redentor, porque lo vaciamos de Dios y no lo asociamos a la Cruz de Cristo. Pero, nos repele la Cruz y huimos de ella, porque nos asusta e incomoda esa parte de nuestra fe cristiana que nos habla de una salvación a base de Calvario y Getsemaní. Diluimos el Evangelio en el agua de nuestras comodidades y tibiezas, reduciendo nuestra fe cristiana a una mera ideología del bienestar espiritual. Acostúmbrate a hacer a menudo la señal de la Cruz, para que no olvides nunca que fuiste y eres salvado en Cristo. Abrázate a ella, como se abrazó la Virgen Madre a ese bendito madero, mientras descolgaban de él a su Hijo ya muerto. Que ese signo de la Cruz sea, de verdad, el distintivo de tu vida.

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

domingo, 13 de mayo de 2012

MEDITACIÓN SEMANAL

Tu, Señor, eres mi Dios y mi todo, mi herencia, mi riqueza, mi amor. 
(D. Francisco Jóse Pérez Fernández-Golfín)

lunes, 7 de mayo de 2012

Ver el amor

Cuentan que un monje copto, allá en los primeros siglos del cristianismo, fue a ver a otro monje para preguntarle por una duda que le asaltaba en su interior: “¿Por qué hay muchos candidatos a ser eremitas? Ya se ve que empiezan muchos, y se quedan luego en muy pocos”. El monje interpelado, que ya era mayor y tenía toda la sabiduría aprendida del Señor, le puso un ejemplo. “Es como un perro que divisa una liebre y sale corriendo y ladrando tras ella, y al oírlo ladrar y correr se le unen otros perros, pero al cabo del tiempo los que se unieron al ruido se cansan y sólo queda el que vio la liebre, y es ése el que no se desanima, porque la vio y sabe el motivo de su correr y ladrar, y continúa persiguiéndola hasta darle alcance”.
Nosotros también hemos percibido el amor. Las cosas son como las vimos, como las vivimos con la gracia de Dios. No podemos olvidar que en la vida pasan muchas cosas y situaciones. Ocurre como con el amor humano, aunque al principio se dicen sí, luego llega el desengaño. Uno se deja llevar por el desaliento, por el pensar ya no me quiere, por el espíritu de la sospecha, y viene el desamor… También ocurre en nuestra vida, sentimos el desengaño, y que somos menos de lo que pensábamos.
Olvidamos que cada uno, tú y yo, somos un gran proyecto de Dios. Es preciso no bajar la mirada de ese rostro de Dios que un día salió a mi encuentro. No podemos dudar de lo que Dios me ha dicho, y de lo que ha hecho por mi. ¡Que no nos conformemos con la inercia de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”! Muchas cosas nos pueden distraer: nuestras miserias, desengaños, desánimos… Pero nada, absolutamente nada, nos puede distraer de Ti, Señor.
Que siempre acudamos, en esos momentos de duda y frustración, a Santa María, y que, al igual que ella, quedemos anclados en esa clave de amor, el que un día Dios nos regaló con su mirada, que es la llave maestra de nuestra vocación.

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

domingo, 6 de mayo de 2012

viernes, 4 de mayo de 2012

La contrariedad del sacrificio


Muchas veces nos hemos encontrado en situaciones en las que, sin buscarlas, alguien nos ha metido en una especie de callejón sin salida. Sin embargo, con la perspectiva del tiempo, eso que considerábamos malo resulta ser algo beneficioso, pues hemos ganado en experiencia, madurez, o simplemente resultaba el abono desagradable que da frutos hermosos. Por otro lado, hay momentos en los que alguien nos puede favorecer haciéndonos la vida más agradable o darnos una seguridad que no teníamos. Eso, que a corto plazo podría ser útil, quizás a larga suponga un tropiezo cuando se descubren las malas intenciones con las que se nos pretendía ayudar. Ahora bien, cuando nos encontramos en una dificultad, que supone sacrificio y dolor a corto plazo, lo mejor, antes que buscar cualquier excusa para huir de ese sufrimiento, lo mejor puede ser el silencio. Callar ante aquello que no entendemos, antes que hacer un juicio precipitado puede ser lo mejor. ¿No hizo eso Jesús en el pretorio frente a Pilato?
La aplicación a nuestra vida interior es evidente. El sacrificio, por ejemplo, puede suponer, casi siempre, una contrariedad. Se trata de un plus de esfuerzo que ha de vencer nuestra desgana o nuestra pereza. Sin embargo, cuando se hace con generosidad, sin mirarse uno a sí mismo, la recompensa es evidente. En esa entrega a los demás, y con nuestra renuncia, realizamos un bien que dará verdaderos frutos que ayuden a otros en su crecimiento personal. Esa entrega, además, nos ayuda a alcanzar la madurez necesaria para vivir con fortaleza cualquier adversidad. Sin embargo, cuando el sacrificio se hace sólo desde una actitud voluntarista, el corazón se endurece, queda sujeto a todo tipo de susceptibilidades, y los demás pueden volverse un obstáculo para nuestros propósitos egoístas. En cambio, cuando estés pasando ese sacrificio, percibiendo la soledad del cansancio y el agotamiento, no te quejes, interioriza esa entrega si no quieres que te devore la resignación a través de lamentos y excusas. Perderías, entonces, la fuerza de esa generosidad que busca hacer el bien a los demás. La gracia te ayudará a unirte a la entrega de Cristo en la Cruz, la que hizo por ti y por mi, y a hacer el bien desde el silencio de Dios, que es el que juzga la bondad de nuestros actos.

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid