LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.



A lo largo de la historia, Dios ha hablado a los hombres de muchas maneras, hoy nos ha hablado por medio de Jesucristo. Él se hace hoy presente en medio de su Iglesia, la Iglesia que él ha querido fundar. Cristo, única promesa de felicidad, se hace presente en la realidad de cada día, en cada hombre y en cada acontecimiento.

Por ello, este blog lo que pretende es reconocer a través de los hechos en la Iglesia, la presencia de Dios en medio de su Pueblo.

viernes, 31 de agosto de 2012

No te quejes


Mirándolo objetivamente, nunca tenemos motivos para quejarnos de nada ni de nadie. Mira a tu alrededor y encontrarás siempre situaciones mucho más difíciles, más dignas de lástima y compasión que las tuyas. Detrás de la queja fácil, de nuestros desahogos, muchas veces se esconde una sutil soberbia que nos hace engrandecer y dignificar tanto nuestro yo que todo, entonces, se nos vuelve un agravio intolerante, una injusticia infundada, una falta de reconocimiento a nuestra valía, un desprecio. Y, así, surge con facilidad la exigencia, la reivindicación y la queja, muy bien justificadas, incluso adornadas con careta cristiana de bien, de virtud y de gloria a Dios. Y no nos paramos a pensar que, en el fondo, nuestras palabras quejumbrosas y lastimeras van contra Dios, y que es a Él a quien estamos echando en cara que, pudiendo, no hace las cosas según nuestros gustos, nuestra medida, nuestro parecer, nuestro criterio. La queja viene muchas veces acompañada de su hermana la crítica. Ambas nacen, a veces, de un imperceptible egocentrismo que desplaza y margina a Dios, o a lo sumo, le reclama y exige el servilismo de su omnipotencia. Evita esa queja que busca la compasión de los demás hacia ti mismo. Es una saludable forma de mortificar y dominar nuestro hablar, a veces tan ocioso y superficial. No entregues a cualquiera los desahogos y confidencias de tu corazón. Lleva tus quejas a la oración, ponlas al pie de la Cruz y verás cómo la contemplación de las heridas y dolores de Cristo calman los ardores de tu soberbia y tu afán de comodidad.



Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

miércoles, 29 de agosto de 2012

Aquella bendita toalla


Cuando san Juan relata el lavatorio de los pies se detiene por dos veces en la toalla que utilizó el Señor. Primero la tomó y se la ciñó; luego, una vez que fue lavando los pies a los discípulos, se los fue secando con esa misma toalla que llevaba ceñida consigo (cf. Jn 13,4-5). No importa tanto si aquella toalla era de fino lino o tosca y áspera, si era grande o pequeña, si estaba limpia o no, si era o no la más adecuada y digna para ser utilizada en ocasión tan única y excepcional. Sí importa que fue esa, y no otra, la que tuvo la suerte de abrazar tan ceñidamente el cuerpo de Cristo, la que el Señor cogió en sus manos y con la que pudo cumplir aquel gesto tan servil que tanto decía de sí mismo a sus apóstoles. Gracias a aquella toalla, que se dejó manejar con tanta docilidad por aquellas benditas manos, el Señor pudo encomendarnos el mandato de lavarnos los pies unos a otros como Él acababa de hacerlo. Cuando escuchas sin prisas, cuando acompañas el dolor de los que sufren, cuando rezas por aquellos que te piden y necesitan de tu oración, cuando callas y perdonas, cuando llevas sobre ti las cargas de otros, cuando reconfortas y consuelas, cuando hablas de Dios... estás lavando los pies de tantas almas como aquella toalla lo hizo en las manos de Cristo. Agradécele al Señor que quiera servirse así de ti y, sobre todo, pídele que aprendas a abrazarle y ceñirle fuertemente cada vez que le recibas en la Eucaristía, como aquella bendita toalla supo hacerlo. 


Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

lunes, 27 de agosto de 2012

La humildad nos pone en nuestro sitio


El pecado original sigue actuando en nosotros como una poderosa fuerza centrípeta: continuamente nos arrastra hacia un egocentrismo que, si no sabemos desenmascarar a tiempo, termina por convertirse en el eje que va desequilibrando nuestra vida interior y hasta nuestra psicología o nuestra afectividad. Tendemos a engrandecer y sobrevalorar todo lo nuestro, con lo que nos hacemos engreídos, soberbios, vanidosos y orgullosos, y terminamos viviendo subidos en el pedestal del propio ego, soñando en el mundo ideal de un yo ficticio e irreal. Tendemos también a infravalorarnos, llegando incluso hasta el autodesprecio, creyendo quizá que así somos más humildes ante los demás, sin darnos cuenta de que detrás de esa autocompasión, de esa no aceptación de uno mismo, de esa visión negativa, pesimista y autodestructiva, seguimos encaramados en el mismo pedestal de nuestro ego y alimentando la misma imagen ficticia e irreal de nosotros mismos. La humildad es el contrapeso que equilibra esta fuerza egocéntrica. Es la virtud que atempera el voluntarismo, que modera los sentimentalismos, que doblega la razón y nos coloca ajustadamente en nuestro sitio, ante Dios y ante los demás. Humildad es vivir serenamente en la realidad de lo que somos, sin ocultar ni aparentar lo contrario, sin huir de nuestra propia condición, carácter o forma de ser, sin ñoñerías ni falsos rebuscamientos. No midas tu propia talla con la medida que te ponen los demás,  ni tampoco con la que tu te pones a ti mismo; tu verdadera medida te la da el amor sin medida de Dios, para quien siempre serás hijo predilecto en el Hijo. 

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

sábado, 25 de agosto de 2012

La curiosidad: esa caja de pandora


La curiosidad sirve para muy poco, y es más lo malo que acarrea que lo bueno. Cuanto más vacía de amor de Dios tengas el alma más fuerte será la inclinación a llenarla de cosas innecesarias e inútiles, de distracciones, que te hacen creer que estás lleno de algo cuando, en realidad, estás sólo satisfecho de mucho ruido espiritual. El curioseo inútil y vano es puerta que abre la casa desbordante de la imaginación, esa caja de Pandora de la que salen todo tipo de vientos de dimes y diretes. Y así, sin que te des cuenta, se te va llenando la cabeza, y sobre todo el corazón, de chismes, fantasías, sospechas e imaginaciones que convierten tu espíritu en un cuarto trastero. Es muestra de fina elegancia espiritual no ceder al afán de la curiosidad ni entretenerte en los devaneos y chismorreos insípidos que van y vienen en boca de muchos. Qué más te da lo que piensen de ti, lo que se comente o se deje de comentar, lo que le pasó el otro día a no sé quién, lo que está planeando hacer el de más allá, qué se dijo de ti en aquella reunión en la que no estabas, por qué se hizo eso así y no de otra manera... ¿Te ayuda todo eso a amar más a Dios? ¿o simplemente te sirve para alimentar ese cierto morbo del cotilleo que anima tantas conversaciones superficiales y criticonas? ¿Te imaginas a Nuestro Señor curioseando con sus discípulos sobre lo que se comentaba de él entre los fariseos o entre las autoridades romanas? ¿Te imaginas a Nuestra Madre hurgando en los cotilleos y chismes de las vecinas de Nazaret? Sé dueño de lo que entra y sale por las ventanas de tu espíritu, no sea que, sin darte cuenta, se te meta el ladrón a dormir dentro de tu propia casa.

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

jueves, 23 de agosto de 2012

¿qué importancia das a la palabra de dios?


"Cuando encontraba palabras tuyas las devoraba; tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón" (Jr 15,16). El profeta Jeremías, quizá sin darse cuenta, ponía ya acentos eucarísticos en su lectura de la Palabra de Dios. Si en cada eucaristía te alimentas de la Palabra hecha cuerpo eucarístico, ¿cómo no prolongar a lo largo del día el regusto y el sabor a Dios que te ha dejado esa comunión? Deberíamos sazonar cada una de nuestras jornadas con un poco más de Sagrada Escritura. Deberíamos alimentar más nuestra vida espiritual con esa fuerza y eficacia que posee la Palabra de Dios. No dejes que acabe el día sin haber considerado algún versículo o capítulo de la Biblia, sin haber releído las lecturas de la eucaristía de ese día, sin haber empezado o acabado tu tiempo de oración acompañado de algún pasaje del evangelio. ¿Crees, acaso, que la Virgen podría pasar algún día sin escuchar la voz y la palabra de su Hijo? Ella, la Madre que dio carne y vida a la Palabra de Dios, pasó toda su vida en diálogo constante con la Palabra hecha carne en Ella y de Ella. Has de hacer carne en tu propia vida esa Palabra de Dios que contemplas en la Escritura y saboreas en tu comunión diaria. Has de dar vida a esa Palabra de Dios en el alma de muchos, con el mismo espíritu materno con que María engendró en su seno al Verbo, la Palabra, el Lógos. En tus propias palabras, en tu vida interior, en tu trabajo, en tu apostolado, en las relaciones con los demás, deja que Cristo, Palabra del Padre, vuelva a hacerse carne en ti. 

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid