LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.



A lo largo de la historia, Dios ha hablado a los hombres de muchas maneras, hoy nos ha hablado por medio de Jesucristo. Él se hace hoy presente en medio de su Iglesia, la Iglesia que él ha querido fundar. Cristo, única promesa de felicidad, se hace presente en la realidad de cada día, en cada hombre y en cada acontecimiento.

Por ello, este blog lo que pretende es reconocer a través de los hechos en la Iglesia, la presencia de Dios en medio de su Pueblo.
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jueves, 15 de diciembre de 2011

LAS ALEGRÍAS DEL SACERDOTE

Ocurrió un viernes como otros tantos, en Filadelfia (USA), cuando llevaba la comunión a los enfermos católicos de uno de los hospitales de la ciudad. Iba por uno de los pasillos de aquel lugar cuando vi a un médico rodeado de un nutrido grupo de estudiantes de medicina que le seguían en la visita a los enfermos. Cuando llegué a la altura del grupo, el médico -profesor en la facultad de medicina de una de las universidades locales- se dirigió a mí en inglés. “Perdón, Padre”, y dijo a los estudiantes: “En un hospital nosotros médicos somos importantes pero el sacerdote es más importante todavía, nosotros curamos el cuerpo pero ellos curan el alma” y me dijo: “Muchas gracias por su trabajo”. Yo a mi vez le di las gracias por sus palabras y me marché por el pasillo, sorprendido y confundido pero en el fondo contento, no por la alabanza a los sacerdotes sino por el hecho de unas tales palabras, en una institución laica, por parte de un científico, y en plena campaña mediática sobre la pederastia de los curas, era el año 2003. 

Ha tenido que venir la prestigiosa revista Forbes a decir a los cuatro vientos que los sacerdotes somos los “profesionales” más felices dentro del amplio espectro laboral, para que muchos se enteren de esa realidad que nosotros vivimos cada día, la alegría de nuestro ministerio. La explicación a dicha felicidad, según el diario español El Mundo, es que se ha valorado la “autonomía e interacción” del trabajo sacerdotal. Bueno, llámele como se quiera, el caso es que sí, en general los sacerdotes somos no solamente felices, sino según los estudios y encuestas, los más felices de entre los hombres. La revista Forbes está haciendo, sin saberlo y sin pretenderlo, una especie de anuncio vocacional bastante interesante. 

En el estudio se equiparan a los sacerdotes con los ministros protestantes. Bueno, así al menos los que compadecen al clero católico por no poder casarse, los falsos buenos samaritanos que querrían aliviar las supuestas cargas de los sacerdotes anulando el celibato –muchos de ellos curas secularizados que en todo este asunto vierten sus frustraciones personales– se puede enterar a través de este estudio hecho imparcialmente de que los sacerdotes casados no están más contentos que los célibes, vaya, que nosotros no necesitamos casarnos para ser felices.

Cuando uno mira hacia atrás, que ya se van acumulando años de sacerdocio, sin duda recuerda muchos momentos de gran alegría sacerdotal, tan hermosos que superan con mucho las pocas penas que también haya podido haber. Son alegrías que la revista Forbes no podrá nunca conocer y que probablemente tampoco sabría valorar, y que tienen una profundidad espiritual infinitamente más profunda de la “autonomía e interacción” esas que intentan expresar lo que es difícil de expresar. Alegrías que saben mucho a cielo, porque en el fondo son un anticipo de la alegría total que será el paraíso, pero a la vez son muy discretas, muchas veces nadie se entera de ellas más que el mismo sacerdote. 

Cada sacerdote podría contar infinidad de estas alegrías, pero normalmente no lo hacemos, están grabadas en el corazón y ahí quedan, algunas difícilmente se olvidan. Hoy me vienen a la cabeza algunas, pero son nada más que gotas de agua en un gran océano: 
—De las primeras, recién ordenado sacerdote, visitando enfermos con las Hermanitas de la Cruz por las calles del centro de Roma, me llevaron a ver a una señora que llevaba más de 30 años tumbada en una cama, boca abajo, sin poderse valer. Cuando era joven, en una operación sin importancia le pinzaron por error la médula y la dejaron inválida para siempre. Estaba a punto de casarse, pero su novio la dejó y quedó sola, cuidada por sus padres mientras vivieron y después por las vecinas y por las Hermanitas. Aquella mujer que meses después moriría tenía una fe tan profunda, le daba gracias a Dios por su vida con tanto amor y manifestaba una esperanza del cielo que aquel joven sacerdote que era yo aprendió en pocos minutos de modo práctico lo que en los libros había estudiado en modo teórico durante años.

—En fecha cercana a este hecho, las Hermanitas cumplían un cierto aniversario de su presencia en Roma y la gente del centro histórico –artesanos, dueños de restaurantes, restauradores de muebles, todos romanos tradicionalmente un poco anticlericales, para nada practicantes en lo religioso– le dice a las monjas que les quieren hacer un regalo por su aniversario. Las monjas responden que el mejor regalo es que se confiesen todos y comulguen en la Misa del aniversario. Pues tanto querían a las Hermanitas que se confesaron todos y comulgaron, por las monjitas hacían lo que hiciera falta. 

—Durante estos años, tantas personas que se han acercado a Dios, auténticas conversiones de personas muy alejadas, jóvenes que se han planteado la vocación y algunos han llegado a dar una respuesta afirmativa a Dios, parejas que han decidido luchar por salvar su matrimonio y con la ayuda de Dios lo han conseguido, personas que han perdido seres queridos de modo muy dramático y han encontrado consuelo en la fe, adultos que han venido a pedir el bautismo porque nunca fueron bautizados, tantas personas que cada día hacen el bien a los demás en la parroquia de modo sacrificado y nos dan ejemplo a nosotros sacerdotes, etc. 

—Una del año pasado, que me sorprendió porque creía que la gente hacía poco caso a las homilías. El día antes de Navidad se me acerca una señora de la parroquia y me dice: “Padre, he hecho lo que Ud. nos dijo”, cosa que por supuesto no supe en ese momento a que se refería. La señora continuó: “Nos dijo en adviento que había que preparar el camino al Señor y si estábamos peleados con alguien había que reconciliarse. Pues me hice fuerza y llamé a una hermana que hacía muchos años que no hablaba por problemas de herencia, y hemos hecho las paces”. Por lo que me volvió la confianza en lo que puede hacer el Espíritu Santo incluso a través de un mediocre predicador. 

—De las penúltimas, se acerca una señora con un niño en un carrito y me pregunta que si no me acuerdo de ella, a lo cual respondo que no, porque normalmente no me quedo con las caras, defecto que con los años se agudiza. Era una señora a la que el médico había anunciado meses antes que no podría quedarse embarazada, que después de muchas pruebas no había nada que hacer, y yo le di una estampa de la madre Maravillas de Jesús, primera santa de nuestra diócesis, invitándola a que se encomendase a ella. El embarazo vino enseguida y la prueba estaba en el niño que traía.

—De las últimas, hace unas semanas: Estábamos cerrando la parroquia el vicario de mi parroquia y yo un domingo después de las Misas cuando se acerca un hombre de mediana edad y nos explica que lleva muchos años viviendo con su pareja y de pronto, a raíz de la visita del Papa a Madrid, simplemente viéndolo por la tele, han decidido que ya era hora de arreglar las cosas con Dios y que quieren casarse por la Iglesia. Ahora vienen a Misa todos los domingos y están en un grupo de adultos.
Sería para escribir mucho más, porque las alegrías de un sacerdote son numerosas, siento que en ellas aparezca el abajo firmante, pero son experiencias personales, cada uno podría contar muchas de ellas. Como decía, son discretas, no llaman la atención, probablemente ni al que las lea escritas, pero se van acumulando y el resultado lo acaba conociendo hasta la revista Forbes: Los sacerdote somos felices.

+ Alberto Royo Mejía, sacerdote

miércoles, 12 de octubre de 2011

"Por ellos me consagro"


Hoy, día de la festividad del Pilar, la diócesis de Getafe cumple el 20º aniversario de su erección. Con ella también los sacerdotes ordenados en el seminario diocesano de la diócesis cumplen su aniversario de ordenación. Pidamos pues por todos los sacerdotes de la diócesis de Getafe, para que el Señor les conceda el corazón de buen pastor.   

Padre, llegó la hora, glorifica a tu Hijo, para que el Hijo te glorifique, según el poder que le diste sobre toda carne, para que a todos los que Tú le diste les dé Él la vida eterna. Esta es la vida eterna, que te conozcan a Ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, Ilevando al cabo la obra que me encomendaste. Y ahora Tú, Padre, glorifícame cerca de Ti mismo con la gloria que tuve, cerca de Ti, antes que el mundo existiese.

He manifestado tu nombre a los hombres que me has dado de este mundo. Tuyos eran, y Tú me los diste, y han guardado tu palabra. Ahora saben que todo cuanto me diste viene de Ti; porque yo les he comunicado las palabras que Tú me diste, y ellos las recibieron, y conocieron verdaderamente que yo salí deTi, y creyeron que Tú me has enviado.

Yo ruego por ellos. No ruego por el mundo, sino por los que Tú me diste; porque son tuyos, y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío, y yo he sido glorificado en ellos. Y yo ya no estoy en el mundo; pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a Ti.

Padre santo, guarda en tu nombre a éstos, que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando yo estaba con ellos, yo los conservaba en tu nombre, y los guardé, y ninguno de ellos pereció, sino el hijo de la perdición, para que la Escritura se cumpliese. Pero ahora yo vengo a Ti, y hablo estas cosas en el mundo para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos.

Yo les he dado tu palabra, y el mundo les aborreció; porque no eran del mundo, como yo no soy del mundo. No pido que los tomes del mundo, sino que los guardes del mal. Ellos no son del mundo, como no soy del mundo yo. Santíficalos, en la verdad, pues tu palabra es verdad. Como Tú me enviaste al mundo, así yo los envié a ellos al mundo. Y yo por ellos me santifico, para que ellos sean santificados por la verdad.

Pero no ruego solamente por éstos, sino por cuantos crean en mi por su palabra, para que todos sean uno, como Tú, Padre, estás en mí y yo en Ti, para que también ellos sean en nosotros, y el mundo crea que Tú me has enviado. Y yo les he dado a conocer la gloria que Tú me diste, a fin de que sean uno, como nosotros somos uno. Yo en ellos, y Tú en mí, para que sean consumados en la unidad, y conozca el mundo que Tú me enviaste y amaste a éstos como Tú me amaste.

Padre, lo que Tú me has dado quiero que donde yo esté, estén ellos también conmigo, para que vean mi gloria, que Tú me has dado, porque me amaste antes de la creación del mundo. Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te conocí, y éstos conocieron que Tú me has enviado, y yo les di a conocer tu nombre, y se lo haré conocer, para que el amor con que Tú me has amado esté en ellos y yo en ellos.


                           ORACION POR LA SANTIFICACIÓN DE LOS SACERDOTES

De Santa Teresita del Niño Jesús 




OH Jesús que has instituido el sacerdocio para continuar en la tierra 
la obra divina de salvar a las almas protege a tus sacerdotes (especialmente a: ..............) en el refugio de tu SAGRADO CORAZÓN.Guarda sin mancha sus MANOS CONSAGRADAS,que a diario tocan tu SAGRADO CUERPO,y conserva puros sus labios teñidos con tu PRECIOSA SANGRE.Haz que se preserven puros sus Corazones,marcados con el sello sublime del SACERDOCIO, y no permitas que el espíritu del mundo los contamine.Aumenta el número de tus apóstoles,y que tu Santo Amor los proteja de todo peligro.Bendice Sus trabajos y fatigas, y que como fruto de Su apostolado obtenga la salvación de muchas almas que sean su consuelo aquí en la tierra y su corona eterna en el Cielo. Amén

sábado, 25 de junio de 2011

"Escucha nuestra oración por la santificación de nuestros sacerdotes"

En el corazón de la Iglesia y en especial en el del Santo Padre brota un deseo profundo, la santificación de todos los sacerdotes. Así lo hemos visto cuando la Congregación para el Clero, por mandato del Santo Padre, proclamó la celebración de un año sacerdotal. El Papa sigue insistiendo a todos los fieles a que recen por sus sacerdotes, a que ofrezcan sus vidas por la santificación de sus sacerdotes. Este deseo del Papa no puede ser menos ya que algo tan grande y tan santo como el sacerdocio solo puede ir en recipientes santos. Los sacerdotes, hombres frágiles escogidos de entre los hombres, necesitan la oración de su pueblo. Esta oración es aquella que le sostiene en los momentos de tribulación y la que le hace caminar hacia delante. El Santo Padre una vez más ha tenido una nueva iniciativa. Esta vez ha escrito una oración pidiendo por los sacerdotes con ocasión de la II retransmisión mundial del Rosario por los sacerdotes. La retransmisión será el día del Sagrado Corazón de Jesús (1 de julio). La preciosa oración de Benedicto XVI pide para que los sacerdotes prediquen el Evangelio con pureza de corazón y conciencia clara. El Papa suplica al Padre del cielo que los sacerdotes sean ejemplos luminosos de una vida santa, sencilla y alegre. Unos 48 santuarios en 35 países de todo el mundo participarán en este rezo del rosario por la santificación del clero. Por ello os invito a que también receis el día del Sagrado Corazón esta oración por los sacerdotes que versa así:  



“Señor Jesucristo, eterno Sumo sacerdote, tú que te ofreciste al Padre en el altar de la Cruz y por la efusión del Espíritu le dio a su pueblo sacerdotal una participación en tu sacrificio redentor. 
Escucha nuestra oración por la santificación de nuestros sacerdotes. Concede a todos los que han sido ordenados al ministerio sacerdotal que sean cada vez más conforme a Ti, Divino Maestro. Que enseñen el Evangelio con el corazón puro y la conciencia clara. 
Que sean pastores de acuerdo con tu propio Corazón, una sola mente en el servicio a Ti y a tu Iglesia y ejemplos luminosos de una vida santa, sencilla y alegre.
A través de las oraciones de la beata Virgen María, tu Madre y nuestra, atrae a todos los sacerdotes y fieles a su cargo, a la plenitud de la vida eterna donde vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo, un Dios, por los siglos de los siglos. Amén”.