LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.



A lo largo de la historia, Dios ha hablado a los hombres de muchas maneras, hoy nos ha hablado por medio de Jesucristo. Él se hace hoy presente en medio de su Iglesia, la Iglesia que él ha querido fundar. Cristo, única promesa de felicidad, se hace presente en la realidad de cada día, en cada hombre y en cada acontecimiento.

Por ello, este blog lo que pretende es reconocer a través de los hechos en la Iglesia, la presencia de Dios en medio de su Pueblo.

sábado, 31 de diciembre de 2011

¡¡Feliz año nuevo!!






¡¡FELIZ AÑO 2012!!

Queridos amigos de Sí, en la Iglesia:

¡Feliz año nuevo! Un nuevo año más que el Señor nos regala para estar con Él. Él que es fiel siempre cumple sus promesas, ahora falta que nosotros también vivamos en esa fidelidad constante. Eso no es obra nuestra solamente, es obra de la gracia, por tanto que este año sea para todos nosotros un año de gracia y conversión, que podamos amar a Dios por aquellos que no le aman, en eso está la verdadera alegría, dejemos que Dios sea Dios en nuestra vida. Que paséis, queridos amigos, un ¡¡feliz año 2012!

jueves, 22 de diciembre de 2011

¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!!


¡¡ FELIZ NAVIDAD!!




Muy queridos amigos de Sí, en la Iglesia:

Dentro de unos días celebraremos con gran alegría el nacimiento de aquel que traerá la salvación al mundo entero, Jesucristo, nuestro Señor. Esto es algo maravilloso, este gran acontecimiento dividirá la historia en un antes y en un después. Por ello no podemos estar tristes, San Pablo nos dice: ¡Estad alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres!.

No quisiera llegar a estas fiestas tan importantes para nosotros sin daros las gracias por vuestra confianza y fidelidad en este blog que lo que pretende es dar gloria a Dios. Queridos amigos, os deseo que paséis unas Felices Navidades en compañía de los vuestros y que el niño Dios, que nace en un pobre pesebre, nazca también verdaderamente en nuestros corazones. 

Un fuerte  abrazo.

Isaac Parra Mogollón. 

martes, 20 de diciembre de 2011

LA RIQUEZA DE BELÉN

“Y sucedió que, estando allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada” (Lc. 2, 6-7).

En Belén tiene lugar un gran Misterio: no se trata sólo de la unión de la naturaleza humana con la naturaleza divina en la Persona del Verbo. Esto es la quintaesencia del misterio de la Encarnación. En Belén nace Dios a la vida humana: Dios se hace hombre. No es que asuma una naturaleza humana sino que la es. Esto es lo asombroso.

La realidad humana, este mundo, es contingente, histórico, finito, concreto, etc. Y no parece que sea el ámbito propio más que para la vida de seres concretos, finitos, históricos. No parece que sea el ámbito propio de la vida para Dios.

El Misterio al que asistimos en Belén es la aparición del Hijo de Dios que vive una vida humana. El Niño de Belén es la traducción de la vida del Hijo Eterno del Padre, al idioma de la realidad humana; es como la expresión, con las categorías de este mundo, de la vida eterna del Verbo. Por lo tanto es también su introducción en la Historia

El ambiente en el que Cristo nace es fuertemente contrastante con lo que nos parecería lógico. Uno de los aspectos más llamativos es la pobreza.

Si a cualquiera de nosotros nos hubiera planteado el Padre Eterno cómo debía ser el ambiente en el que naciera el Hijo, muy probablemente hubiéramos señalado como condiciones indispensables, esenciales, exigibles por la condición del Naciente, algo muy distinto del plan de Dios.

Pero ese plan, no puede ser fruto de un descuido, nadie podría pensar que, en realidad, Dios no se ocupó de preparar las cosas para su Hijo, y así el resultado fue todo improvisado y, como consecuencias de esa improvisación, las cosas salieron muy mal.

Tampoco pude ser fruto de un deseo negativo, como si dijéramos que Dios se propone sin más hacerlo pasar mal. Dios no desea nunca el mal, ni el dolor, ni el sufrimiento, sino la felicidad, la alegría, el gozo, la vida. Ciertamente nosotros reconocemos el designio de Dios en algunos hechos que nos causan dolor, pero Dios no puede querer el mal en sí mismo. La pobreza, la privación, en cuanto tal, son negativos, no pueden surgir de Dios.

Todo esto debe ser muy ilustrativo de qué es lo que Dios valora, de cuál es su criterio de elección. Sí, nosotros debemos mirar todo este Misterio del Nacimiento; debemos reconocer que Dios lo debe tener aquí todo muy previsto y todo muy preparado. Además, como siempre, todo se realiza según sus planes pues “Deus providentia sua omnia disposuit suaviter et fortiter” (Dios en su amorosa providencia, dispone las cosas con suavidad y fortaleza). El contraste entre Belén y lo que hubiéramos hecho nosotros nos plantea qué lógica usó Dios.

Efectivamente, hay muchos posibles campos donde poner el corazón o las preferencias y .eso, lo comprobamos muchas veces en los ámbitos humanos.
El Señor nos advierte por San Pablo: “emulamini charismata meliora (aspirad a los mejores bienes). Es una advertencia llena del conocimiento de la condición humana, que puede poner el corazón y gastarse la fortuna en cosas muy diversas. Nosotros podemos invertir nuestros años, nuestro talento, nuestras cualidades en opciones distintas.

El consejo de San Pablo nos advierte de que hay diversas posibilidades, pero hay que acertar. 

Esto implica un gusto por lo bueno, porque sería penoso no saber orientarse a la hora de invertir nuestra fortuna, sobre todo cuando nuestra fortuna es precisamente nuestra propia vida, nuestra propia alma. Como la gente que tiene mucho dinero e invierte en Bolsa, debe dejarse ayudar por expertos que saben por dónde va la Bolsa, así también nosotros hemos de tener una sensibilidad para elegir, para invertir bien, para que nuestros esfuerzos conduzcan efectivamente al efecto deseado.

También hemos de estar atentos para no ser “pillados” por los engaños: hay espejuelos que intentan hacerse con nuestro corazón, y sería muy penoso dejarse entrampillar de esa manera. Invertir en una entidad financiera parecía un negocio redondo; con el paso del tiempo ocurre que era un negocio ruinoso. Ahora hay auténticos propagandistas que son expertos conocedores de los resortes, de las emociones, de las tendencias; que piden que demos nuestra vida y prometen con mucha persuasión bienes que, en realidad, no pueden dar la felicidad. En concreto, está el peligro de las ataduras de los bienes temporales; su atractivo debe ser muy fuerte y su peligro debe ser muy grande, a juzgar por todo lo que dice el Señor sobre estos bienes.

Después de estas consideraciones volvemos a mirar la gruta de Belén. Mirar cómo se preparó su casa Dios cuando vino a vivir a la tierra. Son la muestra de cuáles son las riquezas que valora el Omnipotente. No se detuvo en montarse una casa muy bonita -es que eso no le importaba- o muy cómoda o con muchos medios materiales, médicos de comodidad, etc. En cambio, puso todos los cuidados, hasta los detalles más nimios, en preparar a las personas de su casa. Ahí se muestra qué es lo que Dios valora: santidad, finura interior, delicadeza, humildad. Esta es la “riqueza” de Belén.

Nuestra vida en familia debe ser un rincón de la casa de Nazareth. Esa vida ha de ser rica y fecunda, con un puchero “pobre” pero “riquísimo” y generoso. El tesoro de una Navidad en la intimidad con Dios, visitando más el Sagrario. El amor a la Virgen. Las tradiciones familiares guardadas como tesoro de gran valor: el Belén, los villancicos, el beso a los pies del Niño Jesús. Los bienes materiales vendrán por añadidura; no poner el corazón en ellos. Entender que el Señor se preparó la mejor casa del mundo: a Santa María y a San José. La riqueza de Belén no son las cosas, sino la entrega de estas dos personas. ¿Qué puedes tú ofrecer a Jesús en esta Navidad? Tu entrega para cumplir siempre y en todo la Voluntad de Dios. Esto lo entiende bien quien sabe querer, quien ha dicho alguna vez: “contigo, pan y cebolla”.

Fuente: Javier Muñoz-Pellín. Novelda digital

domingo, 18 de diciembre de 2011

El fruto de la Modestia

El pudor es la reserva de lo que nos es más íntimo y que conforma, propiamente, nuestra personalidad… lo más nuestro. Por eso, en la modestia nos examinamos acerca de aquello que nos conviene, conforme a nuestra naturaleza, sirviendo verdaderamente de provecho en nuestro actuar original. De esta manera, la jactancia se encuentra lejos de la persona modesta. Sólo en el reconocimiento de que lo que tenemos es “prestado”, podemos reconocer que Dios interviene en nuestras cualidades y virtudes.

Cristo, con sus obras y palabras, quiere darnos a conocer hasta dónde es capaz de llegar la humillación de Dios; sin embargo, el corazón del hombre, en tantas ocasiones, se comporta como la dureza de la piedra, y por ello es incapaz de reconocer la presencia del Unigénito en el mundo de una manera tan “disparatada”… “se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte, y muerte de Cruz” (Filipenses 2,8).

La modestia nos pone a la altura de las circunstancias (frente a Dios y frente al mundo). Cuando hablamos de regular, normalizar, moderar, etc., parece que estamos levantando muros a la libertad de la persona o, más bien, encadenando sus inclinaciones. Pero, si somos conscientes, todo hombre necesita conocer el alcance de sus acciones para que, todo aquello que pone en juego, sea un verdadero perfeccionamiento de sí mismo, y no un atropello de despropósitos. La madurez humana (que es lo que está en el trasfondo de la modestia), es la manera de llevar a cabo el desarrollo integral de la persona (trabajo, educación, familia, sinceridad, obligaciones de estado…).

En definitiva, Dios necesita de lo que somos (no de lo que tenemos) para manifestarse tal cual es; y esto, sólo es posible desde la honradez y rectitud de nuestras acciones, consecuencias de la modestia, que es la señal por la que estamos conformados a nuestra propia naturaleza humana. Entonces -y sólo entonces-, seremos ya revestidos de la gracia del Espíritu Santo.

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

jueves, 15 de diciembre de 2011

LAS ALEGRÍAS DEL SACERDOTE

Ocurrió un viernes como otros tantos, en Filadelfia (USA), cuando llevaba la comunión a los enfermos católicos de uno de los hospitales de la ciudad. Iba por uno de los pasillos de aquel lugar cuando vi a un médico rodeado de un nutrido grupo de estudiantes de medicina que le seguían en la visita a los enfermos. Cuando llegué a la altura del grupo, el médico -profesor en la facultad de medicina de una de las universidades locales- se dirigió a mí en inglés. “Perdón, Padre”, y dijo a los estudiantes: “En un hospital nosotros médicos somos importantes pero el sacerdote es más importante todavía, nosotros curamos el cuerpo pero ellos curan el alma” y me dijo: “Muchas gracias por su trabajo”. Yo a mi vez le di las gracias por sus palabras y me marché por el pasillo, sorprendido y confundido pero en el fondo contento, no por la alabanza a los sacerdotes sino por el hecho de unas tales palabras, en una institución laica, por parte de un científico, y en plena campaña mediática sobre la pederastia de los curas, era el año 2003. 

Ha tenido que venir la prestigiosa revista Forbes a decir a los cuatro vientos que los sacerdotes somos los “profesionales” más felices dentro del amplio espectro laboral, para que muchos se enteren de esa realidad que nosotros vivimos cada día, la alegría de nuestro ministerio. La explicación a dicha felicidad, según el diario español El Mundo, es que se ha valorado la “autonomía e interacción” del trabajo sacerdotal. Bueno, llámele como se quiera, el caso es que sí, en general los sacerdotes somos no solamente felices, sino según los estudios y encuestas, los más felices de entre los hombres. La revista Forbes está haciendo, sin saberlo y sin pretenderlo, una especie de anuncio vocacional bastante interesante. 

En el estudio se equiparan a los sacerdotes con los ministros protestantes. Bueno, así al menos los que compadecen al clero católico por no poder casarse, los falsos buenos samaritanos que querrían aliviar las supuestas cargas de los sacerdotes anulando el celibato –muchos de ellos curas secularizados que en todo este asunto vierten sus frustraciones personales– se puede enterar a través de este estudio hecho imparcialmente de que los sacerdotes casados no están más contentos que los célibes, vaya, que nosotros no necesitamos casarnos para ser felices.

Cuando uno mira hacia atrás, que ya se van acumulando años de sacerdocio, sin duda recuerda muchos momentos de gran alegría sacerdotal, tan hermosos que superan con mucho las pocas penas que también haya podido haber. Son alegrías que la revista Forbes no podrá nunca conocer y que probablemente tampoco sabría valorar, y que tienen una profundidad espiritual infinitamente más profunda de la “autonomía e interacción” esas que intentan expresar lo que es difícil de expresar. Alegrías que saben mucho a cielo, porque en el fondo son un anticipo de la alegría total que será el paraíso, pero a la vez son muy discretas, muchas veces nadie se entera de ellas más que el mismo sacerdote. 

Cada sacerdote podría contar infinidad de estas alegrías, pero normalmente no lo hacemos, están grabadas en el corazón y ahí quedan, algunas difícilmente se olvidan. Hoy me vienen a la cabeza algunas, pero son nada más que gotas de agua en un gran océano: 
—De las primeras, recién ordenado sacerdote, visitando enfermos con las Hermanitas de la Cruz por las calles del centro de Roma, me llevaron a ver a una señora que llevaba más de 30 años tumbada en una cama, boca abajo, sin poderse valer. Cuando era joven, en una operación sin importancia le pinzaron por error la médula y la dejaron inválida para siempre. Estaba a punto de casarse, pero su novio la dejó y quedó sola, cuidada por sus padres mientras vivieron y después por las vecinas y por las Hermanitas. Aquella mujer que meses después moriría tenía una fe tan profunda, le daba gracias a Dios por su vida con tanto amor y manifestaba una esperanza del cielo que aquel joven sacerdote que era yo aprendió en pocos minutos de modo práctico lo que en los libros había estudiado en modo teórico durante años.

—En fecha cercana a este hecho, las Hermanitas cumplían un cierto aniversario de su presencia en Roma y la gente del centro histórico –artesanos, dueños de restaurantes, restauradores de muebles, todos romanos tradicionalmente un poco anticlericales, para nada practicantes en lo religioso– le dice a las monjas que les quieren hacer un regalo por su aniversario. Las monjas responden que el mejor regalo es que se confiesen todos y comulguen en la Misa del aniversario. Pues tanto querían a las Hermanitas que se confesaron todos y comulgaron, por las monjitas hacían lo que hiciera falta. 

—Durante estos años, tantas personas que se han acercado a Dios, auténticas conversiones de personas muy alejadas, jóvenes que se han planteado la vocación y algunos han llegado a dar una respuesta afirmativa a Dios, parejas que han decidido luchar por salvar su matrimonio y con la ayuda de Dios lo han conseguido, personas que han perdido seres queridos de modo muy dramático y han encontrado consuelo en la fe, adultos que han venido a pedir el bautismo porque nunca fueron bautizados, tantas personas que cada día hacen el bien a los demás en la parroquia de modo sacrificado y nos dan ejemplo a nosotros sacerdotes, etc. 

—Una del año pasado, que me sorprendió porque creía que la gente hacía poco caso a las homilías. El día antes de Navidad se me acerca una señora de la parroquia y me dice: “Padre, he hecho lo que Ud. nos dijo”, cosa que por supuesto no supe en ese momento a que se refería. La señora continuó: “Nos dijo en adviento que había que preparar el camino al Señor y si estábamos peleados con alguien había que reconciliarse. Pues me hice fuerza y llamé a una hermana que hacía muchos años que no hablaba por problemas de herencia, y hemos hecho las paces”. Por lo que me volvió la confianza en lo que puede hacer el Espíritu Santo incluso a través de un mediocre predicador. 

—De las penúltimas, se acerca una señora con un niño en un carrito y me pregunta que si no me acuerdo de ella, a lo cual respondo que no, porque normalmente no me quedo con las caras, defecto que con los años se agudiza. Era una señora a la que el médico había anunciado meses antes que no podría quedarse embarazada, que después de muchas pruebas no había nada que hacer, y yo le di una estampa de la madre Maravillas de Jesús, primera santa de nuestra diócesis, invitándola a que se encomendase a ella. El embarazo vino enseguida y la prueba estaba en el niño que traía.

—De las últimas, hace unas semanas: Estábamos cerrando la parroquia el vicario de mi parroquia y yo un domingo después de las Misas cuando se acerca un hombre de mediana edad y nos explica que lleva muchos años viviendo con su pareja y de pronto, a raíz de la visita del Papa a Madrid, simplemente viéndolo por la tele, han decidido que ya era hora de arreglar las cosas con Dios y que quieren casarse por la Iglesia. Ahora vienen a Misa todos los domingos y están en un grupo de adultos.
Sería para escribir mucho más, porque las alegrías de un sacerdote son numerosas, siento que en ellas aparezca el abajo firmante, pero son experiencias personales, cada uno podría contar muchas de ellas. Como decía, son discretas, no llaman la atención, probablemente ni al que las lea escritas, pero se van acumulando y el resultado lo acaba conociendo hasta la revista Forbes: Los sacerdote somos felices.

+ Alberto Royo Mejía, sacerdote

El adviento

Preparar la llegada de Cristo al mundo necesita de un tiempo necesario para predisponer nuestro interior a semejante misterio. El adviento viene revestido de esperanza, además de una cierta actitud de tensión espiritual: el color morado con el que el sacerdote se reviste en la celebración de la Eucaristía, es signo de penitencia, austeridad y discreción... Son los mismos instrumentos que utilizó Dios para hacerse carne. Lo que denominamos el anonadamiento divino, no es otra cosa sino la contemplación del misterio de Dios, que deja de ser tal, para que tú y yo podamos experimentar en nuestra propia carne la gloria de Aquel que se ha hecho de nuestra misma condición. El adviento es ir también de la mano de María. La Virgen, durante este tiempo, lleva en su seno a Aquel que resuelve el misterio de Dios y mi propio misterio. Ella, con sencillez, me invita a descomplicar mi existencia para responder a la llamada de Dios sin miedo, sino con la esperanza puesta en el milagro de Belén: todo el poder de Dios hecho niño, asequible a mi entendimiento y a mi voluntad.

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

lunes, 12 de diciembre de 2011

El fruto de la Paciencia

“La paciencia todo lo alcanza” (decía la Santa de Ávila), pero ese alcanzarlo todo es la resultante de que tengamos la “objetividad” sobrenatural suficiente para distinguir cuándo actúa Dios, y cuándo el hombre. Dios actúa siempre sin más calificativos, mientras que el hombre, normalmente, lo hace por condicionamientos. La tragedia se produce al no ver cumplidos materialmente nuestros deseos… y se desencadena la frustración y la impaciencia.
 “Pero esperar lo que no vemos, es aguardar con paciencia” (Romanos 8, 25). Tener paciencia, como fruto del Espíritu, es entrar en el tiempo de Dios. No podemos olvidar que “El que se sienta en los cielos se sonríe, Yahvéh se burla de ellos” (Salmo 2, 4). Más allá de una postura sarcástica ante el sufrimiento del hombre, se trata de la inmutabilidad de Dios frente al desprecio de aquellos que pretenden su muerte. ¿Cómo resuelve Dios este drama?: Con la paciencia; con el saber esperar. Es la propia Encarnación del Hijo de Dios la que hace reventar en mil pedazos los razonamientos humanos. ¿Poder? ¿dominación? ¿riquezas?… Todo eso es nada con el gran tesoro de la paciencia. Y el límite de esa paciencia terminará con el fin de los tiempos.
 Dice Santo Tomás de Aquino: “La paciencia es una virtud que impide que la recta razón sucumba bajo el peso de la tristeza que nace de los males que nos sobrevienen”. La fuerza de la paciencia produce alegría, pues el hombre que ha entrado en la voluntad de Dios asume la realidad que le corresponde con el optimismo que produce la esperanza. Y recordamos al santo Job, adentrándose en la sabiduría de la providencia divina ante tanto sufrimiento, y dándonos la clave de su paciencia: “Desnudo salí del seno de mi madre, desnudo allá retornaré. Dios dio, Dios quitó: ¡Sea bendito el nombre de Dios!” (Job 1, 21).
 Atisbamos en el horizonte la silueta de tres cruces. Al pie de una de ellas una madre, desconsolada, mira el cuerpo atravesado de su hijo… Miramos atentamente a María, la madre de Jesús, al pie de la Cruz y, por fin, adquirimos la sabiduría de encontrar el consuelo que nos falta… ¿no velan las madres el sufrimiento de los hijos sin importarles la espera?

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

jueves, 8 de diciembre de 2011

UNA GRAN SEÑAL

El próximo día 8 de diciembre celebra la Iglesia Universal la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Es el título por el cual reconocemos que la Virgen María, por gracia especial de Dios, fue exenta del pecado original. En Novelda se organizaba una novena, con un precioso catafalco instalado en el altar mayor de la Arciprestal de San Pedro Apóstol, y una procesión en su honor, y existe una Congregación de Hijas de María para el culto a la Virgen Inmaculada.

La Inmaculada Concepción es un dogma solemnemente definido y proclamado por el Papa Pío IX el 8 de Diciembre de 1854. María es la nueva Eva, creada sin mancha de pecado para ser la Madre de Jesús y de todos los hijos de Dios.

La relación recíproca entre el misterio de la Iglesia y María se manifiesta con claridad en la « gran señal » descrita en el Apocalipsis: «Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna a sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas» (12, 1). La Iglesia ve este misterio realizado de modo pleno y ejemplar en María. Ella es la mujer gloriosa, en la que el designio de Dios se pudo llevar a cabo con total perfección.

La «mujer vestida de sol» —pone de relieve el Libro del Apocalipsis— «está encinta» (12, 2). La Iglesia es plenamente consciente de llevar consigo al Salvador del mundo, Cristo el Señor, y de estar llamada a darlo al mundo, regenerando a los hombres a la vida misma de Dios. 

Pero no puede olvidar que esta misión ha sido posible gracias a la maternidad de María, que concibió y dio a luz al que es « Dios de Dios », « Dios verdadero de Dios verdadero ». María es verdaderamente Madre de Dios, la “Theotokos”, en cuya maternidad viene exaltada al máximo la vocación a la maternidad inscrita por Dios en cada mujer. Así María se pone como modelo para la Iglesia, llamada a ser la « nueva Eva », madre de los creyentes, madre de los « vivientes » 

En todo el mundo, son innumerables las personas que se ponen bajo el amparo de la Madre de Dios. Pero cuando acudimos a Ella, especialmente en esta fiesta del 8 de diciembre, es mucho más importante lo que recibimos de María, respecto a lo que le ofrecemos. Y ¿qué nos dice María? Nos habla con la Palabra de Dios, que se hizo carne en su seno. Su «mensaje» no es otro sino Jesús, Él que es toda su vida.

Gracias a Él y por Él, Ella es la Inmaculada. Y como el Hijo de Dios se hizo hombre por nosotros, también ella, su Madre, fue preservada del pecado por nosotros, por todos, como anticipación de la salvación de Dios para cada hombre. 

Así María nos dice que todos estamos llamados a abrirnos a la acción del Espíritu Santo para poder llegar a ser, en nuestro destino final, inmaculados, plena y definitivamente libres del mal. Nos lo dice con su misma santidad, con una mirada llena de esperanza y de compasión. La mirada de María es la mirada de Dios dirigida a cada uno de nosotros. Ella nos mira con el amor mismo del Padre y nos bendice.

Se comporta como nuestra «abogada» y así la invocamos en la Salve Regina: «Advocata nostra». Aunque todos hablaran mal de nosotros, ella, la Madre, hablaría bien, porque su corazón inmaculado está sintonizado con la misericordia de Dios. La Madre nos mira como Dios la miró a ella, joven humilde de Nazaret, insignificante a los ojos del mundo, pero elegida y preciosa para Dios.

Reconoce en cada uno la semejanza con su Hijo Jesús, aunque nosotros seamos tan diferentes. ¿Quién conoce mejor que Ella el poder de la Gracia divina? ¿Quién sabe mejor que Ella que nada es imposible a Dios, capaz incluso de sacar el bien del mal?
Un mensaje de esperanza que no está compuesto de palabras, sino de su misma historia: ella, una mujer de nuestro linaje, que dio a luz al Hijo de Dios y compartió toda su existencia con él. Y hoy nos dice: este es también tu destino, el vuestro, el destino de todos: ser santos como nuestro Padre, ser inmaculados como nuestro hermano Jesucristo, ser hijos amados, todos adoptados para formar una gran familia, sin fronteras de nacionalidad, de color, de lengua, porque existe un solo Dios, Padre de todo hombre.

¡Gracias, oh Madre Inmaculada, por estar siempre con nosotros! Vela siempre sobre nuestra ciudad de Novelda: conforta a los enfermos, alienta a los jóvenes, sostén a las familias. Infunde la fuerza para rechazar el mal, en todas sus formas, y elegir el bien, incluso cuando cuesta e implica ir contracorriente. Danos la alegría de sentirnos amados por Dios, bendecidos por él, predestinados a ser sus hijos.

Virgen Inmaculada, Madre nuestra dulcísima, ¡ruega por nosotros!

Fuente: Javier Muñoz-Pellín. 
              Novelda Digital.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

El fruto de la Paz

“Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (Juan 14, 27). La paz, como fruto del Espíritu Santo, se nos ha dado desde la gratuidad del amor de Dios, y manifestado en su Hijo Jesucristo. Y la recibimos, no como la consensúan los poderes fácticos de la tierra, donde todo es medido y condicionado por intereses políticos, económicos, etc., sino desde el ara de la Cruz, donde la verdad se identifica con lo inconmensurable. En Dios no existe la vara de medir, porque su esencia no está limitada por nada; así entendemos la paz desde Dios, y la entendemos como algo connatural a su existencia, que es participada por el propio hombre, y que éste ha de corresponder, desde su interior, a la búsqueda de la auténtica armonía que se encuentra, originariamente, en el orden creado. Nunca olvidemos que cuando se pervierte la naturaleza se pierde la paz.
De lo que sí estamos seguros es que, en la explotación del hombre por el hombre (la saturación de lo íntimo hecho juicio público), es difícil encontrar la paz. Estamos hartos de las nuevas formas de laicismo anticlerical en las que se exponen, por ejemplo, las imágenes del mal sacerdote, los frustrados matrimonios, los fracasados padres de familia, o los que presumen de sus debilidades sexuales. La excusa de la curiosidad es la perfecta aliada de un corazón y una mente enfermizos que, aburridos hasta el hastío, arrugan su conciencia hasta hacerla desaparecer. Porque, los que hurgan en la intimidad de la psicología humana para desnudar sus vergüenzas, no son otros que los que, mediante el sensacionalismo, se apresuran para hablar de sinceridad y auténtico conocimiento. Sin embargo, en el agotamiento de tanto excremento que, lejos del sosiego necesario, nos hace cómplices del nuevo marketing de lo introspectivo, corremos el riesgo de compartir una misma celda, en la que, firmemente encadenados, no hay nada nuevo que aprender.
Pero la verdadera paz es posible y, más que un sentimiento de seguridad y serenidad, se nos muestra como fruto paradójico, anticipado en el Evangelio, que es la propia vida de Jesús. Sólo el que es vencido por Cristo, es decir, ganado a su nueva humanidad, mediante la fuerza del Espíritu Santo, obtendrá la paz de Dios. ¿Son duras estas palabras?… probemos con estas otras: sólo el que se deja crucificar, y carga con su cruz, consigue en su lucha contra el hombre viejo la paz originaria de una vida plena de amistad con Dios… “Pues las tendencias de la carne son muerte; mas las del espíritu, vida y paz” (Romanos 8, 6).

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

lunes, 5 de diciembre de 2011

ESTADO DE DERECHO


Escribió un filósofo que toda la maquinaria administrativa, legislativa, judicial y ejecutiva son las instituciones políticas que, entendidas en sentido amplio, son el Estado. Y éste debe estar al servicio de la organización de la sociedad, de la división del trabajo, y de la promoción de las instituciones comunitarias. Hoy día -seguía apuntando- su tamaño es tan grande que puede hacer difícil ver la relación con la vida buena (en el más noble sentido de la expresión), que es el fin de la vida social (Yepes).

            He recordado estas ideas -particularmente lo relativo a la vida buena- al escuchar una vez más a Benedicto XVI unos conceptos desgranados en el Reichstag alemán, que son convergentes con los vertidos ante el Parlamento británico y en otros muchos lugares. Anteriormente, en su obra 'Una mirada a Europa', el cardenal Ratzinger escribía que «la moral no es la cárcel del hombre, sino aquello que de divino hay en él». Esta proposición está en consonancia con lo que explicitaba hace unos días ante las Cámaras de su país, recordando cómo en Alemania se pisoteó el derecho hasta transformar el Estado en su instrumento destructor, en una cuadrilla de bandidos muy bien organizada, capaz de llevar el mundo al borde del abismo.

            La historia ha demostrado que el hombre se puede manipular a sí mismo, puede privar de su humanidad a otros seres humanos. Entonces -se preguntaba-, ¿cómo reconocer lo justo?, ¿cómo distinguir entre el bien y el mal, el verdadero derecho del que sólo lo es aparentemente? Nunca fue fácil la respuesta a estos interrogantes, aunque es obvio que, en muchos momentos de la historia, se ha luchado hasta la muerte contra lo que se consideraba injusto. Podríamos preguntarnos por qué ha sucedido así tantas veces. Benedicto XVI venía a responder que los ordenamientos jurídicos han estado casi siempre originados por un motivo religioso, si bien la diferencia del cristianismo, con respecto a otras religiones, está en que nunca ha impuesto al Estado un ordenamiento jurídico derivado de la revelación, sino que siempre ha remitido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho.

            Después de un recorrido por la filosofía, teología y Sagrada Escritura, recordó que, aunque hasta hace bien poco tiempo parecía clara la fundamentación del derecho, más recientemente se ha producido un cambio dramático de la situación al pensar en el derecho natural como algo propio del mundo católico que no vale la pena considerar. Tras describir brillantemente cómo se ha llegado a la situación de valorar en exclusiva el derecho positivo, afirmó con valentía que «donde la razón positivista es considerada como la única cultura suficiente, relegando todas las demás realidades a subculturas, ésta reduce al hombre, amenaza a la humanidad». Apeló al descubrimiento de la ecología como un darse cuenta de que algo no funcionaba en nuestras relaciones con la naturaleza. Y cuando nuestra vinculación con la realidad no marcha, es preciso revisar el conjunto de la misma. Pues también el hombre es alguien que posee una naturaleza, no se crea a sí mismo y no puede manipular a su antojo. El ser humano goza también de una ecología. Debe replantearse hondamente.

            Todo esto hace pensar en la necesidad de volver a los conceptos fundamentales de naturaleza y razón. Kelsen -el gran teórico del positivismo jurídico- abandonó el dualismo ser-deber ser. Antes había afirmado que las normas sólo podían derivar de la voluntad, añadiendo que la naturaleza sólo podría contener en sí normas, si una voluntad las hubiese puesto en ella, lo que supondría un Dios creador. Ahí está el quid de la cuestión: sin Dios, no hay creación, no existe naturaleza, no hay ley natural que sea anterior a cualquier ordenamiento jurídico. El Papa invitaba a reflexionar si la razón objetiva que se manifiesta en la naturaleza no presupone una razón creadora.

            Pienso que si no fuera así, no cabría hablar derechos del hombre. Cuando la reina Sofía se refirió a la ley natural, un periódico la tachó de utilizar conceptos obsoletos. Pienso que si ese concepto está acabado, han terminado la libertad y todos los derechos del hombre. Quedamos a merced del tirano, aunque éste hubiera sido elegido por sufragio universal, como sucedió con Hitler. Disfrutaríamos de aquéllos que benévolamente se nos otorgasen. Así está sucediendo con el Estado de Derecho, un estado progresivamente vaciado de su propia naturaleza, justo por legislar cuestiones antropológicas fundamentales sin otra referencia que la decisión mayoritaria.

            Buscando ante el Parlamento británico la fundamentación ética de las decisiones políticas, afirmó que el papel de la religión no es proporcionar normas accesibles a la razón como si no pudieran conocerlas los no creyentes; mucho menos proponer soluciones políticas concretas. Su papel consiste más bien en ayudar a purificar e iluminar la aplicación de la razón al descubrimiento de principios morales objetivos. Con esa ayuda correctora, pienso que la fe ayudará a salvar el Estado de Derecho, la misma democracia y, sobre todo, al hombre. Salomón pidió a Dios un corazón dócil para saber juzgar a su pueblo y distinguir entre el bien y el mal. ¿Buscamos eso?

Pablo Cabellos Llorente
Publicado en Las Provincias el 24.10.11

viernes, 2 de diciembre de 2011

El fruto del “dominio de sí”

Ser dueño de uno mismo significa tener la certeza de que no somos propietarios, absolutamente, de nuestro ser, ni somos los que decidimos acerca de nuestro destino (¡que excelente paradoja para los prohombres de nuestra historia contemporánea!). Ser dueño de uno mismo es, por tanto, reconocer que sólo Dios es el único capaz de regir nuestra vida, y tener la seguridad de que esos actos no se conforman con nuestros intereses, sino que cualquier acción que realicemos, por muy pequeña que sea, va a tener una trascendencia universal, pues, llevada a cabo con rectitud de intención, cuenta con la intervención del Espíritu Santo, que es el que nos mueve en último término. Sólo Dios es experto en llevar a cabo una acción que trascienda mi propia historia humana, porque Él es el Señor de la Historia.

 El “dominio de sí” emplea un lenguaje que no entiende de apocamientos, sino de expresiones que hablan del abandono en Dios. Sólo ponderando en el corazón el misterio de Cristo, su encarnación, muerte y resurrección, alcanzaremos la fortaleza y el dominio de sí que, posteriormente, habrá de ser vivida en cada acción concreta. Hay que poner en práctica aquello que nos hace más libres, es decir, ejercer nuestra voluntad abandonándonos en la acción escondida del Espíritu Santo.
 Cuando se le reveló a la Virgen el gran Misterio de la humanidad, escuchó en palabras del ángel Gabriel: “Porque ninguna cosa es imposible para Dios” (Lucas 1, 37)… ¿No es esta una manera sencilla de relativizar aquello que no podemos subyugar porque, en definitiva, se escapa a nuestra influencia? Aprendamos a abandonarnos en el “dominio de Dios”.

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

jueves, 1 de diciembre de 2011

CARTA DE ACCIÓN DE GRACIAS DE LOS OBISPOS ESPAÑOLES DESPUÉS DE LA JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD "MADRID 2011"


1. En nuestra Asamblea Plenaria del otoño, los obispos nos hemos reunido por primera vez después de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) que tuvo lugar en Madrid el pasado mes de agosto. Hemos dado gracias a Dios, porque nos ha permitido celebrar ese gran acontecimiento de gracia, y hemos reflexionado acerca de su significado para la pastoral juvenil del futuro e incluso para toda la obra de la nueva evangelización. Con este motivo, dirigimos estas palabras a los hijos de la Iglesia que peregrina en España, a quienes el Señor ha encomendado a nuestro cuidado pastoral, con el deseo de alentar y sostener a todos en la alegría de la fe y en el trabajo apostólico.

2
. Como ha dicho el Papa, la JMJ ha sido “una verdadera cascada de luz”. No cabe duda de que los días previos, llamados “días en las diócesis”, constituyeron ya una experiencia formidable de intercambio de dones que contribuyeron mucho a que así fuera. Lo mismo se puede decir de la generosa acogida dispensada a todos por la ciudad de Madrid y los municipios vecinos. También fue importantísimo el esfuerzo de organización de un acontecimiento de tanta complejidad, para el que fueron decisivos la aportación personal de miles de voluntarios, el trabajo de los técnicos y la cooperación ejemplar y multidireccional de muy diversas instancias de la Iglesia, del Estado, y de la sociedad. Pero lo verdaderamente decisivo para que la JMJ haya sido una auténtica “cascada de luz” ha sido el caudaloso río de jóvenes de todos los rincones de la tierra que desbordó físicamente Madrid y sus alrededores de serena y contagiosa alegría, convirtiendo espacios públicos y privados en lugares de confraternización y convivencia de alcance universal. Las imágenes de aquellos días están todavía frescas en la mente y en el corazón de todos y no se olvidarán fácilmente.

3
. Damos gracias a quienes han hecho posible la JMJ. No podemos enumerar a tantísimas personas que han prestado su inapreciable colaboración, en nuestras diócesis, en Madrid, y en muchas otras partes del mundo. Pero hemos de nombrar con profundo reconocimiento al Santo Padre, el papa Benedicto XVI; y también al arzobispo de Madrid, el cardenal Rouco, junto con los colaboradores de ambos. Tampoco podemos dejar de evocar al beato Juan Pablo II, el “Papa de los jóvenes”, que puso en marcha esta formidable experiencia de apostolado.

4
. ¿Qué nos dice la JMJ para alentarnos en la fe personal y en el apostolado? Es lo que muy sencilla y brevemente queremos compartir con los católicos de nuestras diócesis –sacerdotes, consagrados y fieles laicos– para exhortarlos a proseguir y, si fuera necesario, reemprender con ánimo y confianza los arduos y hermosos trabajos del Evangelio.

5
. En primer lugar, la JMJ nos dice que la Iglesia es joven. Es cierto que hay entre nosotros muchos jóvenes que no han sido iniciados en la fe o que lo han sido de modo muy deficiente. No pocos se han apartado de la fe de sus padres. Es mucho lo que queda por hacer. Urge la nueva evangelización. Pero la Iglesia está viva y es joven. No solo porque ella es el Nuevo Pueblo de Dios, en el que vive el Señor resucitado que opera, por la fuerza del Espíritu, la renovación continua de la creación y la redención de la humanidad, liberada de la vieja esclavitud del pecado. La Iglesia también es joven porque hay muchos, muchísimos jóvenes, que son Iglesia con toda el alma; y que lo son de manera muy consciente: llenos de amor a Jesucristo, sin miedo a manifestarlo públicamente; llenos de entusiasmo apostólico para llevar a sus amigos y a toda la sociedad la salvación que solo se encuentra en Él; cultos y bien formados, porque han cultivado bien sus capacidades humanas; sensibles al sufrimiento material y espiritual de los hombres; liberados de los prejuicios propios del humanismo inmanentista y de la cultura de la muerte; abiertos a la diversidad de culturas y a la nueva unidad de todos los hombres en una Tierra cada vez más pequeña. La Iglesia es joven, porque es de Cristo. La Iglesia es joven, porque el Señor le da el inmenso regalo de una juventud excepcional, que ha escuchado su llamada y que lo prefiere a Él a todas las promesas del mundo. Lo ha podido ver, con inmensa alegría, la sociedad española en los días de la JMJ. ¡La Iglesia es joven en su comunión apostólica y católica!

6
. En segundo lugar, la JMJ nos dice que es posible la transmisión de la fe a los jóvenes. No es fácil, pero ¡claro que es posible! No es fácil, porque hay mucho ruido ambiental producido por potentes altavoces que siguen propalando la falacia de la supuesta libertad sin límites: sin Dios, sin Iglesia, sin padres, sin hermanos, sin patria, sin responsabilidad. No es fácil, porque muchas familias están heridas; porque la escuela atraviesa por dificultades de todo tipo; porque en no pocos casos los mismos ambientes eclesiales se encuentran mortecinos a causa de la secularización interna padecida. No es fácil, pero la transmisión de la fe a los jóvenes es posible cuando no se les escamotea el Evangelio en toda su fuerza y su belleza; cuando se les abre el camino hacia Jesucristo, el Hijo de Dios vivo, sin adulteraciones ni recortes según la pobre medida de ideas humanas, por interesantes que sean; cuando se les hace realmente posible desplegar su capacidad de amar, en primer lugar al Dios que es Amor, y luego al prójimo, preparándolos para el sacrificio que el amor implica con una pedagogía realista y, por tanto, exigente; cuando se les orienta en la comprensión de su vida como elección y vocación divina a la que responder; cuando para todo ello –valiéndose del Catecismo de la Iglesia Católica, al que elYoucat ofrece un acceso en lenguaje juvenil–, se les ayuda con una catequesis clara y sistemática, verdaderamente acorde con la doctrina católica, y se les invita a vivir en una compañía que les permita hacer el camino de la fe sin sucumbir a las falsas promesas del mundo: en asociaciones y grupos parroquiales o diocesanos, movimientos, etc. Entonces –nos los dice también la JMJ– no solo es posible la transmisión de la fe a los jóvenes, sino que ellos mismos se convierten en evangelizadores.

7
. Efectivamente, en tercer lugar, la JMJ nos ha mostrado que los jóvenes constituyen un potencial de primer orden para la nueva evangelización. Es necesaria una nueva evangelización, porque dramáticamente nueva es también la llamada cultura secularista, ese modo de vida público sin Dios, difundido en occidente, y también ya en otras partes del mundo. Es necesaria una nueva evangelización, porque, ante ese modo de vida, la Iglesia ha de renovar su ardor, su coraje y su clarividencia, que hoy no pueden ser menores que los de los primeros cristianos. Pues bien, la Iglesia necesita especialmente a los jóvenes para esa inmensa obra del Evangelio. Ellos han crecido en un mundo que lleva las marcas dolorosas del pecado de una existencia concebida al margen de Dios y de su amor. Conocen ese mundo, saben lo que, en realidad, da de sí y por eso –como los primeros cristianos, que, abandonando los ídolos, abrazaron la fe del Dios vivo– son capaces del entusiasmo necesario para la nueva evangelización. Ellos, también, como jóvenes, son fuertes, con la fortaleza de una fe límpida, de un amor ardiente y de una esperanza grande. Ellos ya están ahí, dispuestos para la tarea: se los ha visto en la JMJ de modo llamativo; pero los vemos también en la vida ordinaria de nuestras iglesias, cuando, en nombre de Cristo, les pedimos respuesta, les encargamos misión y les otorgamos confianza.

8
. Aunque para muchos constituyera una sorpresa –agradable para la inmensa mayoría de nuestra sociedad– la JMJ no fue algo inesperado. Fue el fruto del trabajo callado y constante de muchos evangelizadores, en particular, de muchos sacerdotes y consagrados, que, en sus diócesis, parroquias, colegios, asociaciones, movimientos, grupos, etc., secundando la gracia de Dios, siguiendo las orientaciones de la Iglesia y asumiendo el sacrificio personal que ello comporta, han tomado en serio el apostolado con los jóvenes y les han dado el protagonismo necesario. Son muchos los lugares donde se trabaja así. Por eso, no podía ser inesperada la gozosa experiencia de la Jornada Mundial de la Juventud. Quienes hacen ese trabajo diario, cuidado y poco visible, nos estimulan en el camino de la evangelización. Es el fruto de su labor el que sale a la luz en las Jornadas Mundiales de la Juventud. Que Dios les siga ayudando y bendiciendo para el bien de los jóvenes, de la Iglesia y de toda la sociedad. Que bendiga también a todos los que con su oración constante y con la ofrenda de sus vidas –en especial, las comunidades monásticas– son el corazón espiritual de todo apostolado, como lo fueron de la JMJ.

9
. La Iglesia es joven. La transmisión de la fe a los jóvenes es un hecho. Ellos son grandes evangelizadores en esta nueva hora de la Iglesia y del mundo. Damos gracias a Dios de corazón por la Jornada Mundial de Madrid. Que el Señor bendiga a esta juventud, a sus guías y sacerdotes. Que todos, bajo la mirada llena de amor de la Madre del Señor, causa de nuestra alegría, recorramos con buen ánimo el camino de la santidad, que es el de la verdadera libertad: “arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe” (cf. Col 2, 7).

Madrid, 25 de noviembre de 2011

martes, 29 de noviembre de 2011

PORTA FIDEI


CARTA APOSTÓLICA
EN FORMA DE MOTU PROPRIO
PORTA FIDEI
DEL SUMO PONTÍFICE
BENEDICTO XVI
CON LA QUE SE CONVOCA EL AÑO DE LA FE

1. «La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22). Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo– equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de los siglos en la espera del retorno glorioso del Señor.

2. Desde el comienzo de mi ministerio como Sucesor de Pedro, he recordado la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo. En la homilía de la santa Misa de inicio del Pontificado decía: «La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como Cristo han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud»[1]. Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado[2]. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.

3. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn4, 14). Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). En efecto, la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna» (Jn6, 27). La pregunta planteada por los que lo escuchaban es también hoy la misma para nosotros: «¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?» (Jn 6, 28). Sabemos la respuesta de Jesús: «La obra de Dios es ésta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6, 29). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación.

4. A la luz de todo esto, he decidido convocar un Año de la fe. Comenzará el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013. En la fecha del 11 de octubre de 2012, se celebrarán también los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado por mi Predecesor, el beato Papa Juan Pablo II,[3]con la intención de ilustrar a todos los fieles la fuerza y belleza de la fe. Este documento, auténtico fruto del Concilio Vaticano II, fue querido por el Sínodo Extraordinario de los Obispos de 1985 como instrumento al servicio de la catequesis[4], realizándose mediante la colaboración de todo el Episcopado de la Iglesia católica. Y precisamente he convocado la Asamblea General del Sínodo de los Obispos, en el mes de octubre de 2012, sobre el tema de La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Será una buena ocasión para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe. No es la primera vez que la Iglesia está llamada a celebrar un Año de la fe. Mi venerado Predecesor, el Siervo de Dios Pablo VI, proclamó uno parecido en 1967, para conmemorar el martirio de los apóstoles Pedro y Pablo en el décimo noveno centenario de su supremo testimonio. Lo concibió como un momento solemne para que en toda la Iglesia se diese «una auténtica y sincera profesión de la misma fe»; además, quiso que ésta fuera confirmada de manera «individual y colectiva, libre y consciente, interior y exterior, humilde y franca»[5]. Pensaba que de esa manera toda la Iglesia podría adquirir una «exacta conciencia de su fe, para reanimarla, para purificarla, para confirmarla y para confesarla»[6]. Las grandes transformaciones que tuvieron lugar en aquel Año, hicieron que la necesidad de dicha celebración fuera todavía más evidente. Ésta concluyó con la Profesión de fe del Pueblo de Dios[7], para testimoniar cómo los contenidos esenciales que desde siglos constituyen el patrimonio de todos los creyentes tienen necesidad de ser confirmados, comprendidos y profundizados de manera siempre nueva, con el fin de dar un testimonio coherente en condiciones históricas distintas a las del pasado.

5. En ciertos aspectos, mi Venerado Predecesor vio ese Año como una «consecuencia y exigencia postconciliar»[8], consciente de las graves dificultades del tiempo, sobre todo con respecto a la profesión de la fe verdadera y a su recta interpretación. He pensado que iniciar el Año de la fecoincidiendo con el cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II puede ser una ocasión propicia para comprender que los textos dejados en herencia por los Padres conciliares, según las palabras del beato Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza»[9]. Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del Concilio pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: «Si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia»[10].

6. La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó. Precisamente el Concilio, en la Constitución dogmática Lumen gentium, afirmaba: «Mientras que Cristo, “santo, inocente, sin mancha” (Hb 7, 26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5, 21), sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2, 17), la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación. La Iglesia continúa su peregrinación “en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios”, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. 1 Co 11, 26). Se siente fortalecida con la fuerza del Señor resucitado para poder superar con paciencia y amor todos los sufrimientos y dificultades, tanto interiores como exteriores, y revelar en el mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo, con fidelidad hasta que al final se manifieste a plena luz»[11].
En esta perspectiva, el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31). Para el apóstol Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva vida: «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4). Gracias a la fe, esta vida nueva plasma toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección. En la medida de su disponibilidad libre, los pensamientos y los afectos, la mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y transforman lentamente, en un proceso que no termina de cumplirse totalmente en esta vida. La «fe que actúa por el amor» (Ga 5, 6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre (cf. Rm 12, 2;Col 3, 9-10; Ef 4, 20-29; 2 Co 5, 17).

7. «Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe. El compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos. Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo»[12]. El santo Obispo de Hipona tenía buenos motivos para expresarse de esta manera. Como sabemos, su vida fue una búsqueda continua de la belleza de la fe hasta que su corazón encontró descanso en Dios.[13]Sus numerosos escritos, en los que explica la importancia de creer y la verdad de la fe, permanecen aún hoy como un patrimonio de riqueza sin igual, consintiendo todavía a tantas personas que buscan a Dios encontrar el sendero justo para acceder a la «puerta de la fe».
Así, la fe sólo crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un in crescendo continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios.

8. En esta feliz conmemoración, deseo invitar a los hermanos Obispos de todo el Orbe a que se unan al Sucesor de Pedro en el tiempo de gracia espiritual que el Señor nos ofrece para rememorar el don precioso de la fe. Queremos celebrar este Año de manera digna y fecunda. Habrá que intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de profundo cambio como el que la humanidad está viviendo. Tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo; en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre. En este Año, las comunidades religiosas, así como las parroquiales, y todas las realidades eclesiales antiguas y nuevas, encontrarán la manera de profesar públicamente el Credo.

9. Deseamos que este Año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Será también una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía, que es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza»[14]. Al mismo tiempo, esperamos que el testimonio de vida de los creyentes sea cada vez más creíble. Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada[15], y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio, sobre todo en este Año.
No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, cuando en unsermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón»[16].

10. En este sentido, quisiera esbozar un camino que sea útil para comprender de manera más profunda no sólo los contenidos de la fe sino, juntamente también con eso, el acto con el que decidimos de entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios. En efecto, existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento. El apóstol Pablo nos ayuda a entrar dentro de esta realidad cuando escribe: «con el corazón se cree y con los labios se profesa» (cf. Rm 10, 10). El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo.
A este propósito, el ejemplo de Lidia es muy elocuente. Cuenta san Lucas que Pablo, mientras se encontraba en Filipos, fue un sábado a anunciar el Evangelio a algunas mujeres; entre estas estaba Lidia y el «Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo» (Hch 16, 14). El sentido que encierra la expresión es importante. San Lucas enseña que el conocimiento de los contenidos que se han de creer no es suficiente si después el corazón, auténtico sagrario de la persona, no está abierto por la gracia que permite tener ojos para mirar en profundidad y comprender que lo que se ha anunciado es la Palabra de Dios.
Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso.
La misma profesión de fe es un acto personal y al mismo tiempo comunitario. En efecto, el primer sujeto de la fe es la Iglesia. En la fe de la comunidad cristiana cada uno recibe el bautismo, signo eficaz de la entrada en el pueblo de los creyentes para alcanzar la salvación. Como afirma elCatecismo de la Iglesia Católica: «“Creo”: Es la fe de la Iglesia profesada personalmente por cada creyente, principalmente en su bautismo. “Creemos”: Es la fe de la Iglesia confesada por los obispos reunidos en Concilio o, más generalmente, por la asamblea litúrgica de los creyentes. “Creo”, es también la Iglesia, nuestra Madre, que responde a Dios por su fe y que nos enseña a decir: “creo”, “creemos”»[17].
Como se puede ver, el conocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el propioasentimiento, es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia. El conocimiento de la fe introduce en la totalidad del misterio salvífico revelado por Dios. El asentimiento que se presta implica por tanto que, cuando se cree, se acepta libremente todo el misterio de la fe, ya que quien garantiza su verdad es Dios mismo que se revela y da a conocer su misterio de amor[18].
Por otra parte, no podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aún no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico «preámbulo» de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios. La misma razón del hombre, en efecto, lleva inscrita la exigencia de «lo que vale y permanece siempre»[19]. Esta exigencia constituye una invitación permanente, inscrita indeleblemente en el corazón humano, a ponerse en camino para encontrar a Aquel que no buscaríamos si no hubiera ya venido[20]. La fe nos invita y nos abre totalmente a este encuentro.

11. Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II. En la Constitución apostólica Fidei depositum, firmada precisamente al cumplirse el trigésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, el beato Juan Pablo II escribía: «Este Catecismo es una contribución importantísima a la obra de renovación de la vida eclesial... Lo declaro como regla segura para la enseñanza de la fe y como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial»[21].
Precisamente en este horizonte, el Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia CatólicaEn efecto, en él se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia. Desde la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, de los Maestros de teología a los Santos de todos los siglos, el Catecismo ofrece una memoria permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes en su vida de fe.
En su misma estructura, el Catecismo de la Iglesia Católica presenta el desarrollo de la fe hasta abordar los grandes temas de la vida cotidiana. A través de sus páginas se descubre que todo lo que se presenta no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia. A la profesión de fe, de hecho, sigue la explicación de la vida sacramental, en la que Cristo está presente y actúa, y continúa la construcción de su Iglesia. Sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos. Del mismo modo, la enseñanza del Catecismo sobre la vida moral adquiere su pleno sentido cuando se pone en relación con la fe, la liturgia y la oración.

12. Así, pues, el Catecismo de la Iglesia Católica podrá ser en este Año un verdadero instrumento de apoyo a la fe, especialmente para quienes se preocupan por la formación de los cristianos, tan importante en nuestro contexto cultural. Para ello, he invitado a la Congregación para la Doctrina de la Fe a que, de acuerdo con los Dicasterios competentes de la Santa Sede, redacte una Nota con la que se ofrezca a la Iglesia y a los creyentes algunas indicaciones para vivir esteAño de la fe de la manera más eficaz y apropiada, ayudándoles a creer y evangelizar.
En efecto, la fe está sometida más que en el pasado a una serie de interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, reduce el ámbito de las certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos. Pero la Iglesia nunca ha tenido miedo de mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad[22].

13. A lo largo de este Año, será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión, con el fin de experimentar la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos.
Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación.
Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega (cf. Lc 1, 38). En la visita a Isabel entonó su canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él (cf. Lc 1, 46-55). Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad (cf. Lc 2, 6-7). Confiada en su esposo José, llevó a Jesús a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes (cf. Mt 2, 13-15). Con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario (cf. Jn19, 25-27). Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), los transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14; 2, 1-4).
Por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro (cf. Mt 10, 28). Creyeron en las palabras con las que anunciaba el Reino de Dios, que está presente y se realiza en su persona (cf.Lc 11, 20). Vivieron en comunión de vida con Jesús, que los instruía con sus enseñanzas, dejándoles una nueva regla de vida por la que serían reconocidos como sus discípulos después de su muerte (cf. Jn 13, 34-35). Por la fe, fueron por el mundo entero, siguiendo el mandato de llevar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15) y, sin temor alguno, anunciaron a todos la alegría de la resurrección, de la que fueron testigos fieles.
Por la fe, los discípulos formaron la primera comunidad reunida en torno a la enseñanza de los Apóstoles, la oración y la celebración de la Eucaristía, poniendo en común todos sus bienes para atender las necesidades de los hermanos (cf. Hch 2, 42-47).
Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había trasformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el perdón de sus perseguidores.
Por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo, dejando todo para vivir en la sencillez evangélica la obediencia, la pobreza y la castidad, signos concretos de la espera del Señor que no tarda en llegar. Por la fe, muchos cristianos han promovido acciones en favor de la justicia, para hacer concreta la palabra del Señor, que ha venido a proclamar la liberación de los oprimidos y un año de gracia para todos (cf. Lc 4, 18-19).
Por la fe, hombres y mujeres de toda edad, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida (cf.Ap 7, 9; 13, 8), han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor Jesús allí donde se les llamaba a dar testimonio de su ser cristianos: en la familia, la profesión, la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les confiaban.
También nosotros vivimos por la fe: para el reconocimiento vivo del Señor Jesús, presente en nuestras vidas y en la historia.

14. El Año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad. San Pablo nos recuerda: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13, 13). Con palabras aún más fuertes —que siempre atañen a los cristianos—, el apóstol Santiago dice: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: “Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe”» (St 2, 14-18).
La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40): estas palabras suyas son una advertencia que no se ha de olvidar, y una invitación perenne a devolver ese amor con el que él cuida de nosotros. Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y es su mismo amor el que impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida. Sostenidos por la fe, miramos con esperanza a nuestro compromiso en el mundo, aguardando «unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia» (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1).

15. Llegados sus últimos días, el apóstol Pablo pidió al discípulo Timoteo que «buscara la fe» (cf. 2 Tm 2, 22) con la misma constancia de cuando era niño (cf. 2 Tm 3, 15). Escuchemos esta invitación como dirigida a cada uno de nosotros, para que nadie se vuelva perezoso en la fe. Ella es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros. Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo. Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin.
«Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1): que este Año de la fehaga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero. Las palabras del apóstol Pedro proyectan un último rayo de luz sobre la fe: «Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe; la salvación de vuestras almas» (1 P1, 6-9). La vida de los cristianos conoce la experiencia de la alegría y el sufrimiento. Cuántos santos han experimentado la soledad. Cuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora. Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cf.Col 1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10). Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él: presente entre nosotros, vence el poder del maligno (cf. Lc 11, 20), y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre.

Confiemos a la Madre de Dios, proclamada «bienaventurada porque ha creído» (Lc 1, 45), este tiempo de gracia.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de octubre del año 2011, séptimo de mi Pontificado.

BENEDICTO XVI