LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.



A lo largo de la historia, Dios ha hablado a los hombres de muchas maneras, hoy nos ha hablado por medio de Jesucristo. Él se hace hoy presente en medio de su Iglesia, la Iglesia que él ha querido fundar. Cristo, única promesa de felicidad, se hace presente en la realidad de cada día, en cada hombre y en cada acontecimiento.

Por ello, este blog lo que pretende es reconocer a través de los hechos en la Iglesia, la presencia de Dios en medio de su Pueblo.
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miércoles, 22 de febrero de 2012

"Fijemonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras" (Hb 10, 24)

MENSAJE DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
PARA LA CUARESMA 201
2



«Fijémonos los unos en los otros
para estímulo de la caridad y las buenas obras»
(Hb 10, 24)



Queridos hermanos y hermanas

La Cuaresma nos ofrece una vez más la oportunidad de reflexionar sobre el corazón de la vida cristiana: la caridad. En efecto, este es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario. Se trata de un itinerario marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría pascual.

Este año deseo proponer algunas reflexiones a la luz de un breve texto bíblico tomado de la Carta a los Hebreos: «Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (10,24). Esta frase forma parte de una perícopa en la que el escritor sagrado exhorta a confiar en Jesucristo como sumo sacerdote, que nos obtuvo el perdón y el acceso a Dios. El fruto de acoger a Cristo es una vida que se despliega según las tres virtudes teologales: se trata de acercarse al Señor «con corazón sincero y llenos de fe» (v. 22), de mantenernos firmes «en la esperanza que profesamos» (v. 23), con una atención constante para realizar junto con los hermanos «la caridad y las buenas obras» (v. 24). Asimismo, se afirma que para sostener esta conducta evangélica es importante participar en los encuentros litúrgicos y de oración de la comunidad, mirando a la meta escatológica: la comunión plena en Dios (v. 25). Me detengo en el versículo 24, que, en pocas palabras, ofrece una enseñanza preciosa y siempre actual sobre tres aspectos de la vida cristiana: la atención al otro, la reciprocidad y la santidad personal.

1. “Fijémonos”: la responsabilidad para con el hermano.

El primer elemento es la invitación a «fijarse»: el verbo griego usado es katanoein, que significa observar bien, estar atentos, mirar conscientemente, darse cuenta de una realidad. Lo encontramos en el Evangelio, cuando Jesús invita a los discípulos a «fijarse» en los pájaros del cielo, que no se afanan y son objeto de la solícita y atenta providencia divina (cf. Lc 12,24), y a «reparar» en la viga que hay en nuestro propio ojo antes de mirar la brizna en el ojo del hermano (cf. Lc 6,41). Lo encontramos también en otro pasaje de la misma Carta a los Hebreos, como invitación a «fijarse en Jesús» (cf. 3,1), el Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe. Por tanto, el verbo que abre nuestra exhortación invita a fijar la mirada en el otro, ante todo en Jesús, y a estar atentos los unos a los otros, a no mostrarse extraños, indiferentes a la suerte de los hermanos. Sin embargo, con frecuencia prevalece la actitud contraria: la indiferencia o el desinterés, que nacen del egoísmo, encubierto bajo la apariencia del respeto por la «esfera privada». También hoy resuena con fuerza la voz del Señor que nos llama a cada uno de nosotros a hacernos cargo del otro. Hoy Dios nos sigue pidiendo que seamos «guardianes» de nuestros hermanos (cf. Gn 4,9), que entablemos relaciones caracterizadas por el cuidado reciproco, por la atención al bien del otro y a todo su bien. El gran mandamiento del amor al prójimo exige y urge a tomar conciencia de que tenemos una responsabilidad respecto a quien, como yo, es criatura e hijo de Dios: el hecho de ser hermanos en humanidad y, en muchos casos, también en la fe, debe llevarnos a ver en el otro a un verdadero alter ego, a quien el Señor ama infinitamente. Si cultivamos esta mirada de fraternidad, la solidaridad, la justicia, así como la misericordia y la compasión, brotarán naturalmente de nuestro corazón. El Siervo de Dios Pablo VI afirmaba que el mundo actual sufre especialmente de una falta de fraternidad: «El mundo está enfermo. Su mal está menos en la dilapidación de los recursos y en el acaparamiento por parte de algunos que en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos» (Carta. enc. Populorum progressio [26 de marzo de 1967], n. 66).

La atención al otro conlleva desear el bien para él o para ella en todos los aspectos: físico, moral y espiritual. La cultura contemporánea parece haber perdido el sentido del bien y del mal, por lo que es necesario reafirmar con fuerza que el bien existe y vence, porque Dios es «bueno y hace el bien» (Sal 119,68). El bien es lo que suscita, protege y promueve la vida, la fraternidad y la comunión. La responsabilidad para con el prójimo significa, por tanto, querer y hacer el bien del otro, deseando que también él se abra a la lógica del bien; interesarse por el hermano significa abrir los ojos a sus necesidades. La Sagrada Escritura nos pone en guardia ante el peligro de tener el corazón endurecido por una especie de «anestesia espiritual» que nos deja ciegos ante los sufrimientos de los demás. El evangelista Lucas refiere dos parábolas de Jesús, en las cuales se indican dos ejemplos de esta situación que puede crearse en el corazón del hombre. En la parábola del buen Samaritano, el sacerdote y el levita «dieron un rodeo», con indiferencia, delante del hombre al cual los salteadores habían despojado y dado una paliza (cf. Lc 10,30-32), y en la del rico epulón, ese hombre saturado de bienes no se percata de la condición del pobre Lázaro, que muere de hambre delante de su puerta (cf. Lc 16,19). En ambos casos se trata de lo contrario de «fijarse», de mirar con amor y compasión. ¿Qué es lo que impide esta mirada humana y amorosa hacia el hermano? Con frecuencia son la riqueza material y la saciedad, pero también el anteponer los propios intereses y las propias preocupaciones a todo lo demás. Nunca debemos ser incapaces de «tener misericordia» para con quien sufre; nuestras cosas y nuestros problemas nunca deben absorber nuestro corazón hasta el punto de hacernos sordos al grito del pobre. En cambio, precisamente la humildad de corazón y la experiencia personal del sufrimiento pueden ser la fuente de un despertar interior a la compasión y a la empatía: «El justo reconoce los derechos del pobre, el malvado es incapaz de conocerlos» (Pr 29,7). Se comprende así la bienaventuranza de «los que lloran» (Mt 5,4), es decir, de quienes son capaces de salir de sí mismos para conmoverse por el dolor de los demás. El encuentro con el otro y el hecho de abrir el corazón a su necesidad son ocasión de salvación y de bienaventuranza.

El «fijarse» en el hermano comprende además la solicitud por su bien espiritual. Y aquí deseo recordar un aspecto de la vida cristiana que a mi parecer ha caído en el olvido: la corrección fraterna con vistas a la salvación eterna. Hoy somos generalmente muy sensibles al aspecto del cuidado y la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos y en las comunidades verdaderamente maduras en la fe, en las que las personas no sólo se interesaban por la salud corporal del hermano, sino también por la de su alma, por su destino último. En la Sagrada Escritura leemos: «Reprende al sabio y te amará. Da consejos al sabio y se hará más sabio todavía; enseña al justo y crecerá su doctrina» (Pr 9,8ss). Cristo mismo nos manda reprender al hermano que está cometiendo un pecado (cf. Mt 18,15). El verbo usado para definir la corrección fraterna —elenchein—es el mismo que indica la misión profética, propia de los cristianos, que denuncian una generación que se entrega al mal (cf. Ef 5,11). La tradición de la Iglesia enumera entre las obras de misericordia espiritual la de «corregir al que se equivoca». Es importante recuperar esta dimensión de la caridad cristiana. Frente al mal no hay que callar. Pienso aquí en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien. Sin embargo, lo que anima la reprensión cristiana nunca es un espíritu de condena o recriminación; lo que la mueve es siempre el amor y la misericordia, y brota de la verdadera solicitud por el bien del hermano. El apóstol Pablo afirma: «Si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado» (Ga 6,1). En nuestro mundo impregnado de individualismo, es necesario que se redescubra la importancia de la corrección fraterna, para caminar juntos hacia la santidad. Incluso «el justo cae siete veces» (Pr 24,16), dice la Escritura, y todos somos débiles y caemos (cf. 1 Jn 1,8). Por lo tanto, es un gran servicio ayudar y dejarse ayudar a leer con verdad dentro de uno mismo, para mejorar nuestra vida y caminar cada vez más rectamente por los caminos del Señor. Siempre es necesaria una mirada que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone (cf. Lc 22,61), como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros.

2. “Los unos en los otros”: el don de la reciprocidad.

Este ser «guardianes» de los demás contrasta con una mentalidad que, al reducir la vida sólo a la dimensión terrena, no la considera en perspectiva escatológica y acepta cualquier decisión moral en nombre de la libertad individual. Una sociedad como la actual puede llegar a ser sorda, tanto ante los sufrimientos físicos, como ante las exigencias espirituales y morales de la vida. En la comunidad cristiana no debe ser así. El apóstol Pablo invita a buscar lo que «fomente la paz y la mutua edificación» (Rm 14,19), tratando de «agradar a su prójimo para el bien, buscando su edificación» (ib. 15,2), sin buscar el propio beneficio «sino el de la mayoría, para que se salven» (1 Co 10,33). Esta corrección y exhortación mutua, con espíritu de humildad y de caridad, debe formar parte de la vida de la comunidad cristiana.

Los discípulos del Señor, unidos a Cristo mediante la Eucaristía, viven en una comunión que los vincula los unos a los otros como miembros de un solo cuerpo. Esto significa que el otro me pertenece, su vida, su salvación, tienen que ver con mi vida y mi salvación. Aquí tocamos un elemento muy profundo de la comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás, tanto en el bien como en el mal; tanto el pecado como las obras de caridad tienen también una dimensión social. En la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, se verifica esta reciprocidad: la comunidad no cesa de hacer penitencia y de invocar perdón por los pecados de sus hijos, pero al mismo tiempo se alegra, y continuamente se llena de júbilo por los testimonios de virtud y de caridad, que se multiplican. «Que todos los miembros se preocupen los unos de los otros» (1 Co 12,25), afirma san Pablo, porque formamos un solo cuerpo. La caridad para con los hermanos, una de cuyas expresiones es la limosna —una típica práctica cuaresmal junto con la oración y el ayuno—, radica en esta pertenencia común. Todo cristiano puede expresar en la preocupación concreta por los más pobres su participación del único cuerpo que es la Iglesia. La atención a los demás en la reciprocidad es también reconocer el bien que el Señor realiza en ellos y agradecer con ellos los prodigios de gracia que el Dios bueno y todopoderoso sigue realizando en sus hijos. Cuando un cristiano se percata de la acción del Espíritu Santo en el otro, no puede por menos que alegrarse y glorificar al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5,16).

3. “Para estímulo de la caridad y las buenas obras”: caminar juntos en la santidad.

Esta expresión de la Carta a los Hebreos (10, 24) nos lleva a considerar la llamada universal a la santidad, el camino constante en la vida espiritual, a aspirar a los carismas superiores y a una caridad cada vez más alta y fecunda (cf. 1 Co 12,31-13,13). La atención recíproca tiene como finalidad animarse mutuamente a un amor efectivo cada vez mayor, «como la luz del alba, que va en aumento hasta llegar a pleno día» (Pr 4,18), en espera de vivir el día sin ocaso en Dios. El tiempo que se nos ha dado en nuestra vida es precioso para descubrir y realizar buenas obras en el amor de Dios. Así la Iglesia misma crece y se desarrolla para llegar a la madurez de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4,13). En esta perspectiva dinámica de crecimiento se sitúa nuestra exhortación a animarnos recíprocamente para alcanzar la plenitud del amor y de las buenas obras.

Lamentablemente, siempre está presente la tentación de la tibieza, de sofocar el Espíritu, de negarse a «comerciar con los talentos» que se nos ha dado para nuestro bien y el de los demás (cf. Mt 25,25ss). Todos hemos recibido riquezas espirituales o materiales útiles para el cumplimiento del plan divino, para el bien de la Iglesia y la salvación personal (cf. Lc 12,21b; 1 Tm 6,18). Los maestros de espiritualidad recuerdan que, en la vida de fe, quien no avanza, retrocede. Queridos hermanos y hermanas, aceptemos la invitación, siempre actual, de aspirar a un «alto grado de la vida cristiana» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte [6 de enero de 2001], n. 31). Al reconocer y proclamar beatos y santos a algunos cristianos ejemplares, la sabiduría de la Iglesia tiene también por objeto suscitar el deseo de imitar sus virtudes. San Pablo exhorta: «Que cada cual estime a los otros más que a sí mismo» (Rm 12,10).

Ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos han de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras (cf. Hb 6,10). Esta llamada es especialmente intensa en el tiempo santo de preparación a la Pascua. Con mis mejores deseos de una santa y fecunda Cuaresma, os encomiendo a la intercesión de la Santísima Virgen María y de corazón imparto a todos la Bendición Apostólica.

Vaticano, 3 de noviembre de 2011



BENEDICTUS PP. XVI

martes, 8 de marzo de 2011

LA CUARESMA ES “HACERME SEMEJANTE A ÉL EN SU MUERTE”.

Efectivamente, como nos recuerda la carta a los Filipenses, la cuaresma es dejarse llevar y transformar por el Espíritu Santo para hacerme semejante a él y llevar a cabo una conversión profunda de mi vida.

La cuaresma es el tiempo que precede y dispone a la celebración de la pascua. Es un tiempo precioso para escuchar la palabra de Dios y suplicar la conversión del corazón, es decir, poner en nuestro corazón el deseo de adquirir un corazón nuevo. Es un momento propicio de reconciliación con Dios y con los hermanos a través de las armas de la penitencia cristiana: la oración, el ayuno y la limosna.

En este tiempo, los fieles, estamos llamados a meditar y a tener muy presente en nuestra vida la Pasión y Muerte de nuestro Señor.

El comienzo de los cuarenta días de penitencia se caracteriza por el austero símbolo de las Cenizas, por el que los pecadores  convertidos, en la antigüedad, se sometían a la penitencia canónica. El gesto de cubrirse con ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios.

Hoy este gesto la Iglesia lo ha tomado como una expresión del corazón penitente del hombre, que está llamado a la conversión sincera.

Durante este tiempo de cuaresma, el pueblo cristiano está llamado a dirigir el espíritu hacia las realidades que son verdaderamente importantes, no buscando los bienes terrenos sino los bienes del cielo. Para esto hace falta un esfuerzo, es necesario morir a uno mismo para abrazar a Cristo crucificado.

Para dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo,  y orientar nuestra existencia según la voluntad de Dios, es necesario primero reconocer nuestra debilidad y acoger con una sincera revisión de vida la gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo.

Este tiempo de cuaresma nos impulsa cada día a liberar nuestro corazón del peso de las cosas materiales, de un vínculo egoísta con la tierra que nos empobrece y nos impide estar disponibles y abiertos a Dios y al prójimo. A través de las prácticas tradicionales del ayuno, la limosna y la oración, la cuaresma nos va a enseñar a vivir de modo cada vez más radical el amor de Cristo.

El ayuno adquiere un significado profundamente religioso, consiste en hacer más pobre nuestra mesa para aprender a superar nuestro egoísmo y vivir así en la lógica del don y del amor de Dios. Cuando nos privamos de alguna cosa aprendemos a apartar la mirada de nuestro “yo” para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos de nuestros hermanos.

La limosna se presenta ante la tentación del tener. El afán de poseer provoca violencia, prevaricación y muerte, por eso la Iglesia recuerda la práctica de la limosna. La idolatría de los bienes aleja a las personas de los otros, despoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo defrauda sin realizar lo que promete, porque sitúa las cosas materiales en el lugar de Dios, única fuente de la vida. Esta práctica nos recuerda el primado de Dios y la atención hacia los demás.

La oración es un elemento necesario para poner el corazón en Dios, debemos meditar e interiorizar la palabra de dios, así Cristo hablará a nuestro corazón y descubriremos el amor maravilloso de Dios para con el hombre. En la oración encontramos tiempo para Dios, para conocer que sus palabras no pasarán, para entrar en la intima comunión con él que nadie podrá quitarnos y que nos abre a la esperanza que no falla, a la vida eterna.

Por eso debemos de acogernos a estas armas para apartar las tentaciones del mundo seductor y acogernos a Cristo, nuestro Rey y Señor, que es quien verdaderamente corresponde con lo que nuestro corazón desea.

miércoles, 5 de enero de 2011

EL SENTIDO CRISTIANO DEL AÑO NUEVO

Llevamos ya unos días del nuevo año. Toda la gente en estos días por la calle se felicitan con gozo el nuevo año: “Feliz año nuevo” “que este año este cargado de salud, dinero y amor” “que se acabe la crisis”. Otros, incluso, se felicitan por el final del año viejo por las malas experiencias vividas a lo largo de todo el año. El otro día me llamaba un joven que me deseaba una buena entrada de año, me preguntó cómo lo iba a celebrar. Yo le respondí que lo celebraría desde el punto de vista cristiano, mi amigo se echó a reír. Pero ¿Cuál es el verdadero sentido del año nuevo para un cristiano?

Todo cristiano ha sido creado para amar a Dios con todo el corazón y con toda el alma, ha sido creado para alabar y bendecir a su Divina Majestad. Dice el Papa en Deus Caritas est, que uno no comienza a ser cristiano por una decisión ética sino por un encuentro con una persona que nos ha cambiado la vida y que corresponde verdaderamente con lo que nuestro corazón desea, Jesucristo. El fiel cristiano, cuando recibe el bautismo y la confirmación, está llamado, según su propio estado de vida, a impregnar las realidades temporales del espíritu evangélico, está llamado a dar sentido a todos los hechos y acontecimientos que está en su mano enfocándolo desde la mirada de la fe.

Por ello el año nuevo, también puede ser enfocado con una mirada sobrenatural en el cual Jesucristo sea su sentido más pleno. Por eso tenemos que aprender a ver el año nuevo como un hecho auténticamente cristiano, teniendo en cuenta que verdaderamente es una realidad civil que no tiene su raíz en el cristianismo. Pero también es verdad que nosotros, como personas consagradas a Dios por el bautismo, debemos de cristianizar aquello que por desgracia hoy día no está cristianizado.

El año nuevo tiene un verdadero sentido cristiano. El fin del año es un momento precioso para dar gracias a Dios por su paciencia y fidelidad para con nosotros, porque tenemos que recordar que la paciencia de  Dios es siempre nuestra salvación. Él ha tenido mucha paciencia con sus creaturas y a pesar de sus infidelidades, el Señor no ha desistido y ha seguido siendo fiel enviándonos su gracia que es la que nos santifica. Gracias a su presencia entre nosotros podremos descubrir lo bueno que ha sido Dios para con nosotros, su paciencia infinita que nos lleva a caer en la cuenta de nuestras propias infidelidades que por un lado nos conduce a pedirle perdón y por otro a darle gracias por su fidelidad.

Esta actitud del corazón debe conducirnos siempre a la súplica constante. La súplica para que el siguiente año este marcado mas por la fidelidad del hombre para con Dios que la propia infidelidad que deja el corazón vacio.

El fiel cristiano, impregnado del amor de Dios en su vida, descubriendo su presencia en la propia realidad, tiene que ver el año nuevo como una gran oportunidad que Dios le regala para amarle con todo el corazón y con toda el alma. En eso está el verdadero secreto de la fidelidad. El Señor es fiel y cumple siempre sus profesas, Él que es fiel lo será siempre a pesar de nuestra infidelidad.  

¡Que gran amor a tenido Dios para con nosotros! Nos regala un año más para que vayamos, con su ayuda y su gracia, cambiando nuestro corazón y que cada día que pase se vaya pareciendo más al suyo.

Para eso hay un truco elemental, estar con él. Eso es la santidad, estar con aquel que sabemos que nos ama a pesar de nuestras pobrezas y debilidades. Esta es nuestra llamada en este nuevo año, ser santos como Él es santo, con sufrimiento y dificultades, pero santos como nuestro padre celestial.

Esta es nuestra meta, ser santos, así lo ha definido el Concilio Vaticano II. En esta tarea que es difícil no estamos solos, contamos con la ayuda protectora de nuestra madre la Virgen María. También contamos con la ayuda y presencia constante de nuestra madre la Iglesia, que nos acompaña en nuestro camino hacia el cielo.    

sábado, 25 de diciembre de 2010

¡ FELIZ NAVIDAD !

¡Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor! Este es el cántico de alegría que proclamaron los coros celestiales ante el nacimiento del Salvador, porque hoy en Belén de Judá, ha ocurrido algo extraordinario, un hecho que ha cambiado la historia de la humanidad dividiéndola en un antes y en un después, hoy nos ha nacido un salvador, el Mesías esperado desde toda la eternidad. Hoy Dios se ha hecho hombre como nosotros hablando el mismo lenguaje por amor a toda la humanidad.
Ha querido hacerse pobre por cada uno de nosotros porque Dios es fiel a sus promesas y nunca abandona a su pueblo. El Señor está presente, sí, el mismo Dios está con nosotros, ha salido a nuestro encuentro porque verdaderamente le importa nuestra vida.

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; una luz resplandeció sobre los que vivían en tierra de sombras. Este pueblo que camina en tinieblas y en sombra de muerte, somos cada uno de nosotros, que hemos sido rescatados de la esclavitud del pecado, vivíamos una vida mediocre sin saber hacia donde dirigirnos, una vida sin sentido esclavizados por la tristeza y la angustia. Pero al igual que en el pueblo de Israel también a nosotros nos ha nacido una gran luz, Jesucristo, nuestro salvador y redentor.

Muchas veces y de muchas maneras habló Dios a nuestros antepasados por medio de los profetas, ahora en este momento final nos ha hablado a través de su único hijo Jesucristo “un hijo se nos ha dado”.

Este gran acontecimiento ha afectado a toda la humanidad y de una manera especial a todos nosotros, Jesucristo viene a mostrarnos una vida nueva marcada por la gracia y no por el pecado. El pecado ya no tiene hueco en nuestras vidas, porque Cristo ha vencido al pecado y al mal. Él con su presencia nos hace ver que es posible vivir otra vida distinta a la que el mundo nos ofrece. Que verdaderamente se puede ser feliz siguiéndole a él. Ya no vivimos en sombras de muerte, en angustia ni tristeza sino en alegría porque en él está la plenitud de la felicidad. Él es el único camino para ser feliz y vivir una vida plena, bella incluso con las cruces de cada día. Cristo nos enseñará el camino de la Santidad, que no consiste en otra cosa que en seguirle a él con nuestras personas, pobrezas y debilidades. El es el camino, la verdad y la vida.

Esta es nuestra alegría, gozo y esperanza, descubrir que Cristo ha venido al mundo haciendo morada en medio de nosotros. Solo esto puede llenarnos de verdadera alegría y gozo. Por eso ya no podemos seguir igual, nuestra vida ha cambiado, tenemos que abandonar nuestra antigua vida de pecado y vivir teniendo a Dios como una prioridad para nuestra vida no como algo secundario como hoy tristemente ocurre, Dios siempre pasa a segundo plano. Debemos de dedicar tiempo a Dios, esto nunca es tiempo perdido.

Pero en nosotros puede ocurrir en nosotros lo que nos dice el Evangelio “vino a los suyos pero los suyos no lo recibieron”. Esto me sorprende y me causa sufrimiento y dolor, porque el Señor viene y no solo no lo acogen los que no aman a la Iglesia, ni a Cristo que es lo normal, así lo hemos podido comprobar durante este año, la constante y cansina persecución a la Iglesia por parte de las autoridades, creando leyes en contra de la dignidad humana, cerrando templos como el valle de los caídos, promoviendo las apostasías, sino que nosotros muchas veces somos los primeros en dejar al Señor en segundo plano. 

Para acoger al niño Dios en nuestras vidas tenemos que cojer el ejemplo de los pastorcicos de Belén, figuras que pasan siempre desapercibidos pero que nos muestran una realidad, nos muestran que para acercarnos al niño Dios tenemos que ser pobres, sencillos y humildes, con su sencillez y humildad se acercaron a adorar al niño que había nacido. Estos fueron los primero en conocer la alegre noticia, sin embargo los sabios de oriente, llegaron mucho más tarde a adorar al niño.


Señor Jesucristo, tú que has nacido en Belén, ven con nosotros. Entra en nosotros, en nuestra alma. Transfórmanos. Renuévanos. Haz que yo y todos nosotros, de madera y piedra,  nos convirtamos en personas vivas, en las que tu amor se hace presente y el mundo es transformado.

viernes, 17 de diciembre de 2010

EL GRAN MISTERIO DE LA NAVIDAD

Vengo de Madrid. ¡¡Que bonito!! Todo lleno de luces en los árboles y en las grandes avenidas, el Corte Ingles ya anuncia la navidad con el famoso Cortylandia, la gente no para de hacer las compras de última hora para preparar las cenas de nochebuena y nochevieja. Todo anuncia que la navidad está cerca. Las familias ya llaman a sus seres queridos para celebrarlo todos juntos, las empresas ya hacen las comidas de navidad. Cada diciembre se hace un milagro que une a los hombres de cualquier lugar. Y yo me pregunto, y todo esto ¿Para qué? ¿Qué es la navidad? ¿Hemos convertido el mes de diciembre en el mes de las compras, el mes en el que se junta las familias para celebrar una fiesta? ¿No podríamos juntarnos en otro mes que hiciera menos frió? 

Poco a poco estamos viendo que la navidad está perdiendo su sentido cristiano, pensamos que la navidad es la preparación para el fin del nuevo año, el cual muchas personas desean despedirlo para que venga un nuevo año lleno de salud, dinero y amor.

La navidad no es esto. Todas estas luces, todos estos preparativos, todas estas comidas, el famoso cortylandia (aunque llevamos años contemplando actuaciones más paganas que navideñas) tiene un sentido puramente cristiano. Es la Alegría que produce en todo cristiano, en todos los hombres la llegada del niño Dios a la historia. Un hecho tan extraordinario que ha cambiado la vida de los hombres, ha cambiado el transcurso de la historia dividiéndola en un antes y en un después. «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9,5). «Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor» (Lc 2,11).

Este es el origen de nuestra alegría, que el Señor está presente. Desde este momento, Dios es realmente un «Dios con nosotros». Ya no es el Dios lejano que, mediante la creación y a través de la conciencia, se puede intuir en cierto modo desde lejos. Él ha entrado en el mundo. Es quien está a nuestro lado. Está en nuestra vida diaria. Esta aquí, conmigo y eso es lo que me llena de inmensa alegría, que mi Dios no me ha dejado solo.

Dice Benedicto XVI: “Por vosotros ha nacido el Salvador: lo que el Ángel anunció a los pastores, Dios nos lo vuelve a decir ahora por medio del Evangelio y de sus mensajeros. Esta es una noticia que no puede dejarnos indiferentes. Si es verdadera, todo cambia. Sí es cierta, también me afecta a mí.

Realmente está noticia es tan grande que no puede dejarme indiferente, el mismo Dios se ha hecho hombre para mostrarme que realmente se puede vivir una vida nueva, bella y apasionante, quiere mostrarme con su venida que el secreto de la verdadera alegría tiene un rostro concreto: Él mismo.
Ante este hecho extraordinario toda la tierra brota de alegría, ha llegado la salvación, el que va a arrancar mi pecado, ¡que gran acto de misericordia!, entregamos nuestra pobreza y recibimos la mayor Riqueza, el amor misericordioso del Salvador.

Por eso este tiempo tiene que ser de agradecimiento y oración, caer en la cuenta, a través de la oración, que Dios se hace hombre por mi, para que pueda participar aquí de la vida divina. En nuestro corazón tiene que caber el agradecimiento por todo lo que Dios ha hecho en nuestra vida, ojala vivamos siempre de esa alegría verdadera y profunda que Cristo viene a proporcionarnos.

Así, de esta forma, verdaderamente tienen sentido las luces, los confetis, las celebraciones en familia, porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado, Jesucristo, el Salvador.

Mucha gente no ha querido recibir a este niño en sus casas ni en sus vidas, al revés le han despreciado y le han dado la espalda, para ellos la Navidad no es otra cosa que la preparación para el fin del año viejo. Para recibir a Jesús en nuestras casas, en nuestros corazones, debemos tener un corazón sencillo y humilde como el de aquellos pastorcitos que recibieron la alegre noticia. Aquello supieron bien descubrir que ese niño tenía algo especial, que ese niño era Dios. Solo los corazones sencillos pueden reconocer este hecho.   

Que el niño Dios con su venida, produzca en nuestros corazones la obra de la conversión. ¡¡Feliz Navidad!!