LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.



A lo largo de la historia, Dios ha hablado a los hombres de muchas maneras, hoy nos ha hablado por medio de Jesucristo. Él se hace hoy presente en medio de su Iglesia, la Iglesia que él ha querido fundar. Cristo, única promesa de felicidad, se hace presente en la realidad de cada día, en cada hombre y en cada acontecimiento.

Por ello, este blog lo que pretende es reconocer a través de los hechos en la Iglesia, la presencia de Dios en medio de su Pueblo.
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sábado, 14 de julio de 2012

Yo no sirvo para esto

En las almas que van adentrándose por caminos de intimidad con Dios, la gran tentación es el desánimo. Cuando nuestra falsa humildad nos hace ver que no estamos a la altura de las circunstancias, que no correspondemos a Dios como se merece, que somos incapaces de la santidad que Dios nos pide, que no servimos para entregarnos a Dios, el desánimo nace y se alimenta de nuestra falta de confianza y abandono en Dios. Si, en cambio, lo que nos desanima son los defectos que no logramos vencer, esas inclinaciones que no dominamos, esas reacciones incontroladas y primarias que desmienten nuestra aparente santidad, el desánimo nace de nuestra sibilina soberbia, que empapa, como el agua, toda nuestra persona. El desaliento es el gran aliado de la tristeza. Juntos son capaces de hundir en la tibieza los mayores propósitos y los más sinceros deseos de entrega a Dios.
En realidad, todo nace de ese yo soberbio y egoísta que nos acompaña, como una sombra, en todo lo que hacemos y somos. Mientras no te determines a luchar contra su imperio y tiranía no lograrás entrar por esa senda selecta y escogida, que lleva a una intimidad con Dios desconocida para muchos. No cedas al dominio imperante de tu propio criterio y opinión, a las exigencias de tu lógica racional y humana, a lo que tu egoísmo y tu mediocridad te presentan como necesario. No quieras ir por otro camino distinto del que Dios te muestra, ni buscar una santidad a tu gusto y medida y no según el modo de Dios. Piensa que, la misma soberbia que hizo caer en el pecado eterno a muchos ángeles, que conocían y veían cara a cara el rostro de Dios, es la que también a ti te inutiliza para amar a Dios sobre todas las cosas. El día que pienses que estás a la altura de las circunstancias de Dios, el día que te sientas capaz de realizar la misión que Dios te encomienda, el día que creas que estás correspondiendo en algo a Dios, el día que te veas que sirves para esto, desgraciadamente habrás dejado de servir.


Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

sábado, 28 de abril de 2012

EL BUEN PASTOR


“La Piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular” Es así la manera en la que se dirige Pedro lleno del Espíritu Santo a los jefes del pueblo y a los ancianos. Pedro se dirige haciéndoles ver que aquel que fue crucificado por ellos en el Gólgota ¡ha resucitado! la piedra que fue desechada por los arquitectos, es decir, por estos jefes del pueblo, es ahora la piedra angular, porque el mismo Dios le ha resucitado de entre los muertos.

En este 4º domingo de Pascua celebramos a Jesucristo, Buen Pastor. Hoy es el día propicio para entrar en el corazón de Jesús y descubrir cómo es su corazón de buen pastor, descubrir cuáles son sus sentimientos, sus sufrimientos, cual es el deseo más profundo de su corazón, ver cómo es el ansia de redención para con el mundo. 

El corazón de Cristo, es un corazón que late verdaderamente y late por muchos motivos. El deseo más grande de su corazón es que nos fiemos realmente de él y de la vida nueva que quiere darnos. Nos pide cada día que volvamos otra vez a sus brazos, que volvamos otra vez a su amor. Él tiene un corazón paciente, espera con paciencia a que sus hijos caigan en la cuenta de que sin él no pueden hacer nada. Es un corazón amigo que se interesa por ti y por mí, que nuestros problemas le importan verdaderamente, que nuestros sufrimientos, le hacen verdaderamente sufrir.

Nuestro Dios, es un Dios de amor, de perdón que espera con ansia a que le entreguemos nuestra pobre y difícil vida. Venid a mí todos los que estáis cansados de la vida mundana  y agobiados por vuestros pecados que yo os aliviaré nos recuerda el Señor.  Él nos conoce verdaderamente y sabe cómo es nuestra vida, sabe de qué pie cojeamos cada uno, que es lo que llevamos en el corazón. Así dice el Evangelio “Yo soy el buen pastor porque conozco a mis ovejas” ¿Quiénes son las ovejas a  las que conoce bien? Somos nosotros, que nos conoce con nombre y apellido. Por eso solo quiere que nos pongamos en sus brazos para que el tome de nuestra vida lo peor y nos conceda un corazón renovado.

Solo tenemos que ver varios ejemplos en el Evangelio para descubrir como es el corazón de Cristo. Miremos a Pedro en el momento de la negación, la mirada de Cristo le traspasó el corazón. El Señor vuelve a decirnos una y otra vez con nombre y apellidos ¿Me amas más que estos? ¿Me amas más que tus pecados, tus faltas? Nosotros con sencillez y humildad deberemos responder: Señor tú lo sabes todo tu sabes que te quiero.

Cristo nos dice en el Evangelio que él es el Buen Pastor porque entrega su vida por las ovejas. Estas ovejas somos nosotros y Cristo ha querido entregar su vida en la cruz, derramando su sangre por nosotros para rescatarnos del pecado en el que estábamos inmersos. El no se arrepiente de entregar su vida por ti y por mí. Nos ha amado hasta el extremo. Él no nos va a abandonar en los momentos de peligro como hace el pastor asalariado que busca siempre su propio bien y si se pierde una oveja le da exactamente igual. Él Señor se preocupa de sus ovejas una por una, no le importa dejar las noventa y nueve por ir a buscar la perdida.

La preocupación del corazón de Cristo es también la que nos narra el evangelio: “Tengo además otras ovejas que no son de este redil y es necesario que las traiga también a ellas… habrá un solo rebaño y solo pastor”. Este es el deseo de Cristo.  Hay muchos que han escuchado la voz del Señor y se han apartado de él, muchos que le han negado, que le han considerado como un estorbo en sus vidas, gente que piensa que ya no necesitan de Cristo Jesús, estos son las ovejas que no están en el redil y que Cristo quiere conquistar su corazón para que vuelvan a la casa del Padre. Sabe perfectamente que sus corazones están vacíos completamente, no tienen sentido sus vidas. Aunque aparentemente no muestren el vacío de su corazón sabemos bien que un corazón que no tiene a Cristo como centro no puede encontrar la verdad de la vida, las respuestas a los interrogantes que nos presenta la realidad. Ese es su mayor sufrimiento, que haya hijos suyos que le den de lado.  Por ellos Cristo también entrega su vida y la entrega libre y voluntariamente, nadie le quita la vida, el mismo la entrega. Este sufrimiento se lo reveló Jesucristo a Sor Faustina cuando le dijo que su mayor sufrimiento era cuando aquellos que él había elegido para estar a su lado eran los primeros que le traicionaban.

Por eso una vez más la Iglesia nos invita a llamar a todas estas personas que están cansados y agobiados para que acudan a descansar al corazón de Cristo. Invitémoslas a la esperanza, esperanza que brota del corazón de Cristo. Solo allí encontraremos nuestro descanso.

María, madre de la Iglesia y madre nuestra atrae a todos los hombres hacia ti y hacia tu hijo para que descubran la verdadera vida que brota del mismo corazón de tu hijo el buen pastor.

sábado, 24 de septiembre de 2011

“Anda, hijo, ve a trabajar hoy en la viña”.

La parábola del Evangelio de hoy nos relata la historia de dos hijos a los cuales el padre dice: “Anda, hijo, ve a trabajar hoy en la viña”. Ante esta súplica imperada del padre, los hijos de la parábola toman actitudes muy distintas. El primero de los hijos da la impresión de ser muy sincero y responde directamente diciendo “no quiero”. Luego, después de la respuesta, recapacita, se arrepiente y obedece. Sin embargo, el segundo hijo hizo lo contrario, dijo “Voy Señor” y luego no fue. “¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?” – pregunta El Señor-.
Jesús a través de esta parábola nos transmite dos enseñanzas claras para nuestra vida cristiana: el arrepentimiento en la vida cristiana y la obediencia plena al Padre.
El primer hijo respondió que no quería ir y luego arrepentido, fue. ¿Qué pudo ocurrir ahí? Claramente podemos decir que se realizó un cambio y una transformación en el modo de pensar “se arrepintió y fue”. A esto lo llamamos conversión. La primera condición para que se lleve a cabo la conversión del corazón es el arrepentimiento, si no tenemos conciencia de que somos pecadores y que necesitamos arrepentirnos para conseguir el perdón de Dios, no lograremos nunca alcanzar la conversión del corazón, porque nos creeremos que somos justos y que no necesitamos el perdón de Dios. Esto verdaderamente nos impide dar los pasos de la autentica conversión. El Señor pide que reconozcamos nuestros pecados, nos arrepintamos y volvamos a él de todo corazón.
La segunda enseñanza que nos transmite la parábola de hoy es la obediencia sin reserva a la voluntad de Dios.
El primer hijo descubrió que no estaba cumpliendo la voluntad de su padre. Algo en su interior le mostraba que estaba desobedeciendo. Al final recapacitó y fue. La figura de este primer hijo se asimila a lo que pasa en nuestras vidas, en ocasiones parece que nos revelamos ante lo que Dios quiere para nosotros, nos revelamos a su voluntad, a sus planes y no nos damos cuenta que en cumplir esta voluntad está el secreto de la autentica felicidad y la salvación de nuestras almas. El motivo suele ser casi siempre el ver que nuestra voluntad no coincide nunca con la de Dios. Esto ya nos lo decía el Señor en el Evangelio: Tus caminos no son mis caminos, ni tus planes mis planes”. Los pensamientos de Dios son siempre distintos al de los hombres. Debemos de pedirle al Señor que nos conceda la gracia de saber siempre aceptar con un corazón dócil su voluntad que se nos manifiesta cada día, a través de nuestras vivencias, situaciones y circunstancias. Esta muchas veces puede llegar a ser dolorosas, nos hará sufrir, pero sabemos con certeza que todo lo que el Señor permite lo hace para bien de aquellos que le amamos con todo el corazón.
María es el modelo perfecto para ver el cumplimiento de este Evangelio. Ella se entregó totalmente como la esclava del Señor a la persona y obra de su Hijo Jesucristo. Respondió a Dios abandonándose plenamente y sin reserva a su voluntad, manifestando su plena disponibilidad al proyecto que Dios tenía preparado para ella, ser la madre del Salvador. Con su obediencia plena al querer de Dios, está dispuesta plenamente a vivir todo lo que el amor divino tiene previsto para su vida, incluso aquellos momentos trágicos que iba a sufrir en primera persona, la muerte de su hijo. María nos enseña a fiarnos completamente de la voluntad de Dios, nos pide que nos adhiramos a ella con plena confianza aunque esta en ocasiones nos resulte dura e incluso incomprensible. María también tuvo momentos en los que no entendía los proyectos que Dios tenía preparado para ella, pero con su “sí” confiando trajo al mundo la salvación, al Hijo de Dios, Jesucristo. Que ella, la Virgen María, interceda por nosotros para que cuando escuchemos la voz del Señor que nos llama a seguirle respondamos siempre con prontitud y generosidad. Amén.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Un corazón vacío de Cristo es una predicación vacía.

Las lecturas que se proclaman cada domingo en la Eucaristía son fragmentos recogidos de los libros bíblicos. Estos fragmentos deben de ser entendidos siempre dentro del contexto en el que fueron escritos. La primera lectura del libro Isaías, leyéndolo a simple vista puede resultarnos algo complicado de entender. Sin embargo si vamos a su contexto podremos entenderla perfectamente. Isaías se dirige al pueblo de Israel que ha vuelto del destierro babilónico. Isaías les está invitando a reconocer la presencia de Dios en los acontecimientos imprevisibles de la vida, les invita a ver todo, incluso lo que nos pueda resultar doloroso o negativo como obra de la mano providente de Dios. Nos recuerda la lectura “buscarlo porque se deja encontrar” “invocarlo porque está cerca”. Fijaos, está tan cerca de nosotros nuestro Dios que no nos puede dejar indiferentes, su presencia cuestiona la vida del hombre en su forma de vivir y de actuar. Dios se ha dejado encontrar en Jesucristo, se ha hecho hombre, se ha hecho humano, semejante a nosotros menos en el pecado, habla el mismo lenguaje que nosotros y todo para que encontremos el camino de la vida. El Señor nos sale al encuentro, nos habla cada día, en cada momento a través de los acontecimientos cotidianos, ya sean buenos o malos, negativos o positivos, tristes o alegres, Jesús me habla a mi en estas realidades. Por nuestra parte debemos aprender a reconocerle siempre en estas circunstancias. Dios es tan grande que se ha hecho nuestro compañero de camino.
Nuestra respuesta a esta manifestación amorosa de Dios debe de ser la de adherirnos plenamente a su persona, entregar nuestras vidas para poder descubrir cuál es su voluntad para con nosotros. Solo podremos descubrirla a través de una escucha atenta de su palabra, en el silencio de la oración, del corazón. Cerca está el Señor de los que lo invocan decía el Salmo, invoquémosle para descubrir en nuestra vida su cercanía, su anhelo sobre nuestras vidas. Muchas veces pensamos que sabemos cuál es la voluntad de Dios sobre nuestras vidas y no nos damos cuenta que como dice el Señor “Mis planes no son vuestros planes, mis caminos no son vuestros caminos”. El camino que Dios quiere para ti y para mi es el camino de la conversión del Corazón.

El Señor en el Evangelio ya nos ha revelado un poquito cual es nuestra misión. Hemos sido llamados por él, cada uno con su nombre y apellido, para trabajar en su viña independientemente de cuál sea nuestro salario. Esta llamada a trabajar en su viña es algo precioso que nos hace descubrir una vez más la confianza que Jesús deposita en cada uno de nosotros. Nosotros somos la esperanza de la Iglesia, los santos del siglo XXI decía el Papa. Jesucristo ha confiado en nosotros a pesar de nuestra condición débil y nos ha encomendado la tarea más preciosa que un hombre puede hacer, anunciar su Palabra a todo hijo de Dios de buena voluntad que quiera escucharla. Este anuncio del Evangelio debe brotar del encuentro personal con Cristo, de la meditación asidua de su palabra, de la participación frecuente en la Eucaristía, un corazón vació de Cristo es un anuncio vacío. Al final de nuestra jornada, de nuestra peregrinación por esta vida recibiremos el salario que nos merecemos, un salario que es muy diferente al de los demás porque para Dios cada uno somos únicos, diferentes.

Un peligro que veo en nuestras vidas es el de trabajar por el reino para que Dios nos conceda aquello que pedimos, de tal forma que si no nos lo concede nos quejamos y decimos que Dios es injusto: “como puede ser, yo que me he matado por hacer esto o lo otro en la parroquia y aquel se le concede esto y a mí no”. Esta puede ser nuestra tentación, hacer las cosas para recibir. El Señor ante esta actitud nos debe de decir, ¿Qué pasa es que yo no puedo ser bueno? A cada uno el Señor nos da lo que necesitamos para nuestra santificación. Esa debe ser nuestra confianza, que Dios sabe bien lo que nos conviene a cada uno y así el nos da según nuestra necesidad. Porque vivir agobiados de si uno recibe más o menos, Dios es providente y él sabe bien lo que nos conviene en cada momento. Como vemos la forma de actuar de Dios no es la del hombre, lo que es injusto para el hombre es justo para Dios, todo está en la mente de Dios, en su providencia. Debemos pedirle al Señor que nos ayude a cambiar nuestros criterios mundanos y nos conceda pensar y actuar según los criterios de Dios, ver todo desde lo sobrenatural, desde la providencia de Dios que todo lo hace para bien de aquellos que le aman.

Queridos amigos, trabajar por el reino de Dios, respondiendo a su llamada con alegría, esforzándose por trabajar en su viña y esperar la recompensa del modo que él quiera y disponga, es lo que verdaderamente llena nuestro corazón. Dice S. Pablo “Ay de mi si no evangelizará sería triste y no podría vivir” porque “para mí – dice S. Pablo - la vida es Cristo”. Esa experiencia de amor de S. Pablo no puede quedarse con ella, él ve que irse al cielo porque estará cerca de Cristo, pero ve más necesario permanecer en la tierra para anunciar la buena nueva y que otros puedan conocer a Cristo Jesús. Teniendo esta experiencia personal podremos decir en primera persona como S. Pablo  “para mí la vida es Cristo”