LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.



A lo largo de la historia, Dios ha hablado a los hombres de muchas maneras, hoy nos ha hablado por medio de Jesucristo. Él se hace hoy presente en medio de su Iglesia, la Iglesia que él ha querido fundar. Cristo, única promesa de felicidad, se hace presente en la realidad de cada día, en cada hombre y en cada acontecimiento.

Por ello, este blog lo que pretende es reconocer a través de los hechos en la Iglesia, la presencia de Dios en medio de su Pueblo.
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domingo, 25 de noviembre de 2012

REY DEL UNIVERSO

Existe un año natural, académico, judicial…y también un año litúrgico que se divide en tiempos: Adviento, Navidad, Cuaresma, Semana Santa, Pascua y el llamado tiempo ordinario. Pues bien, el próximo domingo, día 20 de noviembre concluye el tiempo ordinario y, en ese día, se celebra la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo.


El Papa Pío XI en su Encíclica “Quas primas” de 1925 instituyó esta fiesta para que el pueblo cristiano diera a Jesucristo preclaro testimonio de su obediencia y adoración. Nos habla de un Reino, de un reinado y de un rey. Es un reino eterno y universal, reino de la verdad y de la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, el amor y la paz.



“Tu nación y los pontífices te han entregado a mi; ¿Qué has hecho?”Jesús respondió a Pilato: “Mi reino no es de este mundo; si de este mundo fuera mi reino, mis ministros habrían luchado para que no fuese entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí”. Le dijo entonces Pilato: “Luego tú eres rey?” Respondió Jesús: “Tú dices que soy rey. Yo para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad, oye mi voz” (Io. 18, 35).
Es muy justo que esta fiesta de Cristo Rey se enmarque precisamente en el Calvario. Cristo Jesús se afirma Rey, precisamente en el momento en que, entre los dolores y los escarnios de la Cruz, entre las incomprensiones y blasfemias de los circunstantes, agoniza y muere. En verdad es una realeza singular la suya, tal que sólo pueden reconocerla los ojos de la fe: “Regnavit a ligno Deus” (Cfr. Juan Pablo II, 1980).



Ante los que reducen la religión a un cúmulo de negaciones, o se conforman con un catolicismo de media tinta, ante los que quieren poner al Señor de cara a la pared o colocarle en un rincón del alma…: hemos de afirmar, con nuestras palabras y con nuestras obras, que aspiramos a hacer de Cristo un auténtico Rey de todos los corazones…, también de los suyos (Cfr. Surco, 608).
Desde el primer momento, Jesús dejó muy clara su misión divina; ante Pilato declara que su reino no es de este mundo y que, todo el que es de la verdad, se hace súbdito de este reino pues ha comprendido la naturaleza espiritual de este reinado.



Hace pocos meses le preguntaron a un político “muy católico”: entonces, ¿sí al aborto? Y el personaje repuso: “como político, rotundamente sí; como católico, tendría que contestar de otra manera”. 



¿Qué quieren decir esta y otras respuestas ante situaciones o acontecimientos que exigen que un cristiano dé la cara y manifieste las exigencias de su fe? Son o posturas de esquizofrenia magnificada o simplemente actitudes de hombres sin principios. Como político…es decir, en tanto que mis amos me ordenan que lo diga, en tanto que mi oficio es ser megafonía de consignas, en tanto que me sirve de peldaño o de estribo para escalar más alto…en tanto que me enseñen poltronas, en tanto que mis dueños me recompensen con medallas, monedas o promesas, ¡rotundamente sí! ¡Sí a lo que sea! Si hay que jurar, se jura; si hay que mentir, se miente, si hay que adular, se adula, si hay que engañar, se engaña; si hay que fingir, se finge…¡Sea todo por el voto! Pero ¿y Dios? No, Dios no importa, pues no desciende a estos detalles.



Han pasado XXI siglos y mucha gente sigue haciendo suyo aquel grito de los trabajadores de la parábola de las minas (Cfr. Lc. 19, 13): “No queremos que éste reine sobre nosotros”; en la Universidad, en la familia, en los lugares de trabajo, en los de diversión, en los parlamentos…se escucha un colosal “non serviam” (no queremos servir), se observa una huída de Dios.



Abrid de par en par las puertas de vuestro corazón a Cristo Redentor, a su ley de Amor (Cfr. Juan Pablo II). Frente al “non serviam”, hemos de oponer, con San Pablo, aquél “oportet illum regnare” (conviene que Él reine)
Queremos que Cristo reine. Para Dios toda la gloria. Este ideal solamente se hará realidad por la oración y el sacrificio, por la fe y el Amor. Pues…¡a orar, y a creer, y a sufrir, y a Amar!

Rvdo. Sr. D. Javier Muñoz-Pellín. 

viernes, 2 de noviembre de 2012

EL OFICIO DE DIFUNTOS

“EL oficio de difuntos” es un relato escalofriante de la escritora española Emilia Pardo Bazán. En esta obra encontramos lo mejor de Emilia Bazán: una aguda visión sobre lo diminuto, lo inapreciable de cada ser humano, junto con ese Naturalismo moderado, sin grandes ostentaciones, que supo introducir en las letras españolas.


“Oficio de difuntos” es también el título de una obra de Arturo Uslar Pietri. Se trata de un trabajo sobre el vacío histórico sufrido por Venezuela durante la dictadura de Juan Vicente Gómez (1903-1935). Oficio de Difuntos, es una Misa de cuerpo presente que se hace a cualquier cristiano en un acto religioso, que le correspondió –en la novela- ejecutar al padre Solana, uno de los más críticos del régimen de Gómez y sometido por su poder; quien se encontraba en la difícil situación de orar por un hombre terrible en vida, en medio de un país expectante, sorprendido por la muerte de un dictador y en medio de una clase política en transición y convulsionada ante los cambios que vendrían con la llegada de un nuevo presidente y otra esperanza de vida, gracias a la muerte del caudillo. 



En tercer lugar, el Oficio de difuntos es aquella parte del Breviario o Liturgia de las Horas, que los Sacerdotes rezamos por las Ánimas benditas del purgatorio, especialmente en la Conmemoración de los fieles difuntos el 2 de noviembre de cada año.



Es España, al ser festivo el 1 de noviembre –Todos los Santos-, es el día en el que el pueblo soberano, limpia, lleva flores y eleva plegarias ante la tumba de sus familiares difuntos. Es una tradición que no se puede borrar de la conciencia colectiva del pueblo. No es sólo un recuerdo y una acción de gracias a las vidas de cuantos nos precedieron, sino una manifestación de fe en la existencia del más allá: tú no has muerto pues permaneces siempre en nuestro recuerdo. Es el “sensus fidei” de cuantos acuden al cementerio, independientemente de su práctica religiosa. Por eso, en Novelda hay un concejal encargado del cementerio y, el día 1 de noviembre, la policía local facilita una zona de aparcamiento y dirige la circulación de coches y peatones.



En el Prefacio de Difuntos, se leen estas consoladoras palabras: “porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”.



Los Sacerdotes, en el Oficio de difuntos, leemos un pasaje de San Pablo a los Corintios: “Hermanos: Alguno preguntará: «¿Y cómo resucitan los muertos? ¿Qué clase de cuerpo traerán?» ¡Necio! Lo que tú siembras no recibe vida si antes no muere. Y, al sembrar, no siembras lo mismo que va a brotar después, sino un simple grano, de trigo, por ejemplo, o de otra planta. Es Dios quien le da la forma que a él le pareció, a cada semilla la suya propia. Cuando esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: «La muerte ha sido absorbida en la victoria ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón ¡Demos gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!”



Aunque casi nadie habla de las verdades eternas, la Iglesia no puede dejarlas de lado en su predicación. La meditación de estas verdades nos ayuda a todos a rectificar la marcha de nuestro caminar terreno, a aprovechar mejor el tiempo, a no dejarnos absorber por los cuidados y necesidades de la tierra, a sentir la urgencia de vivir bien cara a Dios y a los demás.



La muerte –dice el Catecismo de la Iglesia Católica- pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo. Ahora vivimos ese tiempo abierto; nuestra muerte lo cierra, lo clausura. La consideración de nuestra muerte nos ha de llevar a situarnos con valentía ante Dios, a ser conscientes de su Gracia, de sus dones pues “el que te creó sin ti, no te salvará sin ti” (San Agustín)



El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús, ve la muerte como una ida hacia El y la entrada en la vida eterna. Cuando la Iglesia dice por última vez las palabras de perdón de la absolución de Cristo sobre el cristiano moribundo, lo sella por última vez con una unción fortificante y le da a Cristo en el viático como alimento para el viaje. Le habla entonces con una dulce seguridad:



Alma cristiana, al salir de este mundo, marcha en el nombre de Dios Padre Todopoderoso, que te creó, en el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que murió por ti, en el nombre del Espíritu Santo, que sobre ti descendió. Entra en el lugar de la paz y que tu morada esté junto a Dios en la ciudad santa, con Santa María Virgen, Madre de Dios, con San José y todos los ángeles y santos. (Ex "Commendatio animae").



¡Qué realismo y qué amor por la verdad habría en nuestra vida si pensáramos de vez en cuando en la muerte! ¿Qué pensarías de esta persona, cómo juzgarías a esta otra, cómo tratarías a los demás? Pues bien, obra siempre como obrarías en aquel momento. Esta es la gran lección de la meditación sobre la muerte: pregúntate siempre a ti mismo ¿qué vale esto ante la eternidad?



Señor, le preguntaron los apóstoles a Jesús ¿es verdad que son pocos los que se salvan? Jesús no contestó si muchos o pocos, sino que dijo: vosotros, esforzaos por entrar. Hay una promesa de eternidad en estas palabras del Señor: “quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene ya vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día”.
Finalmente, en el Ave María rezamos “ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”

Rvdo. Sr. D. Javier Muñoz-Pellín. 

jueves, 15 de diciembre de 2011

LAS ALEGRÍAS DEL SACERDOTE

Ocurrió un viernes como otros tantos, en Filadelfia (USA), cuando llevaba la comunión a los enfermos católicos de uno de los hospitales de la ciudad. Iba por uno de los pasillos de aquel lugar cuando vi a un médico rodeado de un nutrido grupo de estudiantes de medicina que le seguían en la visita a los enfermos. Cuando llegué a la altura del grupo, el médico -profesor en la facultad de medicina de una de las universidades locales- se dirigió a mí en inglés. “Perdón, Padre”, y dijo a los estudiantes: “En un hospital nosotros médicos somos importantes pero el sacerdote es más importante todavía, nosotros curamos el cuerpo pero ellos curan el alma” y me dijo: “Muchas gracias por su trabajo”. Yo a mi vez le di las gracias por sus palabras y me marché por el pasillo, sorprendido y confundido pero en el fondo contento, no por la alabanza a los sacerdotes sino por el hecho de unas tales palabras, en una institución laica, por parte de un científico, y en plena campaña mediática sobre la pederastia de los curas, era el año 2003. 

Ha tenido que venir la prestigiosa revista Forbes a decir a los cuatro vientos que los sacerdotes somos los “profesionales” más felices dentro del amplio espectro laboral, para que muchos se enteren de esa realidad que nosotros vivimos cada día, la alegría de nuestro ministerio. La explicación a dicha felicidad, según el diario español El Mundo, es que se ha valorado la “autonomía e interacción” del trabajo sacerdotal. Bueno, llámele como se quiera, el caso es que sí, en general los sacerdotes somos no solamente felices, sino según los estudios y encuestas, los más felices de entre los hombres. La revista Forbes está haciendo, sin saberlo y sin pretenderlo, una especie de anuncio vocacional bastante interesante. 

En el estudio se equiparan a los sacerdotes con los ministros protestantes. Bueno, así al menos los que compadecen al clero católico por no poder casarse, los falsos buenos samaritanos que querrían aliviar las supuestas cargas de los sacerdotes anulando el celibato –muchos de ellos curas secularizados que en todo este asunto vierten sus frustraciones personales– se puede enterar a través de este estudio hecho imparcialmente de que los sacerdotes casados no están más contentos que los célibes, vaya, que nosotros no necesitamos casarnos para ser felices.

Cuando uno mira hacia atrás, que ya se van acumulando años de sacerdocio, sin duda recuerda muchos momentos de gran alegría sacerdotal, tan hermosos que superan con mucho las pocas penas que también haya podido haber. Son alegrías que la revista Forbes no podrá nunca conocer y que probablemente tampoco sabría valorar, y que tienen una profundidad espiritual infinitamente más profunda de la “autonomía e interacción” esas que intentan expresar lo que es difícil de expresar. Alegrías que saben mucho a cielo, porque en el fondo son un anticipo de la alegría total que será el paraíso, pero a la vez son muy discretas, muchas veces nadie se entera de ellas más que el mismo sacerdote. 

Cada sacerdote podría contar infinidad de estas alegrías, pero normalmente no lo hacemos, están grabadas en el corazón y ahí quedan, algunas difícilmente se olvidan. Hoy me vienen a la cabeza algunas, pero son nada más que gotas de agua en un gran océano: 
—De las primeras, recién ordenado sacerdote, visitando enfermos con las Hermanitas de la Cruz por las calles del centro de Roma, me llevaron a ver a una señora que llevaba más de 30 años tumbada en una cama, boca abajo, sin poderse valer. Cuando era joven, en una operación sin importancia le pinzaron por error la médula y la dejaron inválida para siempre. Estaba a punto de casarse, pero su novio la dejó y quedó sola, cuidada por sus padres mientras vivieron y después por las vecinas y por las Hermanitas. Aquella mujer que meses después moriría tenía una fe tan profunda, le daba gracias a Dios por su vida con tanto amor y manifestaba una esperanza del cielo que aquel joven sacerdote que era yo aprendió en pocos minutos de modo práctico lo que en los libros había estudiado en modo teórico durante años.

—En fecha cercana a este hecho, las Hermanitas cumplían un cierto aniversario de su presencia en Roma y la gente del centro histórico –artesanos, dueños de restaurantes, restauradores de muebles, todos romanos tradicionalmente un poco anticlericales, para nada practicantes en lo religioso– le dice a las monjas que les quieren hacer un regalo por su aniversario. Las monjas responden que el mejor regalo es que se confiesen todos y comulguen en la Misa del aniversario. Pues tanto querían a las Hermanitas que se confesaron todos y comulgaron, por las monjitas hacían lo que hiciera falta. 

—Durante estos años, tantas personas que se han acercado a Dios, auténticas conversiones de personas muy alejadas, jóvenes que se han planteado la vocación y algunos han llegado a dar una respuesta afirmativa a Dios, parejas que han decidido luchar por salvar su matrimonio y con la ayuda de Dios lo han conseguido, personas que han perdido seres queridos de modo muy dramático y han encontrado consuelo en la fe, adultos que han venido a pedir el bautismo porque nunca fueron bautizados, tantas personas que cada día hacen el bien a los demás en la parroquia de modo sacrificado y nos dan ejemplo a nosotros sacerdotes, etc. 

—Una del año pasado, que me sorprendió porque creía que la gente hacía poco caso a las homilías. El día antes de Navidad se me acerca una señora de la parroquia y me dice: “Padre, he hecho lo que Ud. nos dijo”, cosa que por supuesto no supe en ese momento a que se refería. La señora continuó: “Nos dijo en adviento que había que preparar el camino al Señor y si estábamos peleados con alguien había que reconciliarse. Pues me hice fuerza y llamé a una hermana que hacía muchos años que no hablaba por problemas de herencia, y hemos hecho las paces”. Por lo que me volvió la confianza en lo que puede hacer el Espíritu Santo incluso a través de un mediocre predicador. 

—De las penúltimas, se acerca una señora con un niño en un carrito y me pregunta que si no me acuerdo de ella, a lo cual respondo que no, porque normalmente no me quedo con las caras, defecto que con los años se agudiza. Era una señora a la que el médico había anunciado meses antes que no podría quedarse embarazada, que después de muchas pruebas no había nada que hacer, y yo le di una estampa de la madre Maravillas de Jesús, primera santa de nuestra diócesis, invitándola a que se encomendase a ella. El embarazo vino enseguida y la prueba estaba en el niño que traía.

—De las últimas, hace unas semanas: Estábamos cerrando la parroquia el vicario de mi parroquia y yo un domingo después de las Misas cuando se acerca un hombre de mediana edad y nos explica que lleva muchos años viviendo con su pareja y de pronto, a raíz de la visita del Papa a Madrid, simplemente viéndolo por la tele, han decidido que ya era hora de arreglar las cosas con Dios y que quieren casarse por la Iglesia. Ahora vienen a Misa todos los domingos y están en un grupo de adultos.
Sería para escribir mucho más, porque las alegrías de un sacerdote son numerosas, siento que en ellas aparezca el abajo firmante, pero son experiencias personales, cada uno podría contar muchas de ellas. Como decía, son discretas, no llaman la atención, probablemente ni al que las lea escritas, pero se van acumulando y el resultado lo acaba conociendo hasta la revista Forbes: Los sacerdote somos felices.

+ Alberto Royo Mejía, sacerdote

lunes, 5 de diciembre de 2011

ESTADO DE DERECHO


Escribió un filósofo que toda la maquinaria administrativa, legislativa, judicial y ejecutiva son las instituciones políticas que, entendidas en sentido amplio, son el Estado. Y éste debe estar al servicio de la organización de la sociedad, de la división del trabajo, y de la promoción de las instituciones comunitarias. Hoy día -seguía apuntando- su tamaño es tan grande que puede hacer difícil ver la relación con la vida buena (en el más noble sentido de la expresión), que es el fin de la vida social (Yepes).

            He recordado estas ideas -particularmente lo relativo a la vida buena- al escuchar una vez más a Benedicto XVI unos conceptos desgranados en el Reichstag alemán, que son convergentes con los vertidos ante el Parlamento británico y en otros muchos lugares. Anteriormente, en su obra 'Una mirada a Europa', el cardenal Ratzinger escribía que «la moral no es la cárcel del hombre, sino aquello que de divino hay en él». Esta proposición está en consonancia con lo que explicitaba hace unos días ante las Cámaras de su país, recordando cómo en Alemania se pisoteó el derecho hasta transformar el Estado en su instrumento destructor, en una cuadrilla de bandidos muy bien organizada, capaz de llevar el mundo al borde del abismo.

            La historia ha demostrado que el hombre se puede manipular a sí mismo, puede privar de su humanidad a otros seres humanos. Entonces -se preguntaba-, ¿cómo reconocer lo justo?, ¿cómo distinguir entre el bien y el mal, el verdadero derecho del que sólo lo es aparentemente? Nunca fue fácil la respuesta a estos interrogantes, aunque es obvio que, en muchos momentos de la historia, se ha luchado hasta la muerte contra lo que se consideraba injusto. Podríamos preguntarnos por qué ha sucedido así tantas veces. Benedicto XVI venía a responder que los ordenamientos jurídicos han estado casi siempre originados por un motivo religioso, si bien la diferencia del cristianismo, con respecto a otras religiones, está en que nunca ha impuesto al Estado un ordenamiento jurídico derivado de la revelación, sino que siempre ha remitido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho.

            Después de un recorrido por la filosofía, teología y Sagrada Escritura, recordó que, aunque hasta hace bien poco tiempo parecía clara la fundamentación del derecho, más recientemente se ha producido un cambio dramático de la situación al pensar en el derecho natural como algo propio del mundo católico que no vale la pena considerar. Tras describir brillantemente cómo se ha llegado a la situación de valorar en exclusiva el derecho positivo, afirmó con valentía que «donde la razón positivista es considerada como la única cultura suficiente, relegando todas las demás realidades a subculturas, ésta reduce al hombre, amenaza a la humanidad». Apeló al descubrimiento de la ecología como un darse cuenta de que algo no funcionaba en nuestras relaciones con la naturaleza. Y cuando nuestra vinculación con la realidad no marcha, es preciso revisar el conjunto de la misma. Pues también el hombre es alguien que posee una naturaleza, no se crea a sí mismo y no puede manipular a su antojo. El ser humano goza también de una ecología. Debe replantearse hondamente.

            Todo esto hace pensar en la necesidad de volver a los conceptos fundamentales de naturaleza y razón. Kelsen -el gran teórico del positivismo jurídico- abandonó el dualismo ser-deber ser. Antes había afirmado que las normas sólo podían derivar de la voluntad, añadiendo que la naturaleza sólo podría contener en sí normas, si una voluntad las hubiese puesto en ella, lo que supondría un Dios creador. Ahí está el quid de la cuestión: sin Dios, no hay creación, no existe naturaleza, no hay ley natural que sea anterior a cualquier ordenamiento jurídico. El Papa invitaba a reflexionar si la razón objetiva que se manifiesta en la naturaleza no presupone una razón creadora.

            Pienso que si no fuera así, no cabría hablar derechos del hombre. Cuando la reina Sofía se refirió a la ley natural, un periódico la tachó de utilizar conceptos obsoletos. Pienso que si ese concepto está acabado, han terminado la libertad y todos los derechos del hombre. Quedamos a merced del tirano, aunque éste hubiera sido elegido por sufragio universal, como sucedió con Hitler. Disfrutaríamos de aquéllos que benévolamente se nos otorgasen. Así está sucediendo con el Estado de Derecho, un estado progresivamente vaciado de su propia naturaleza, justo por legislar cuestiones antropológicas fundamentales sin otra referencia que la decisión mayoritaria.

            Buscando ante el Parlamento británico la fundamentación ética de las decisiones políticas, afirmó que el papel de la religión no es proporcionar normas accesibles a la razón como si no pudieran conocerlas los no creyentes; mucho menos proponer soluciones políticas concretas. Su papel consiste más bien en ayudar a purificar e iluminar la aplicación de la razón al descubrimiento de principios morales objetivos. Con esa ayuda correctora, pienso que la fe ayudará a salvar el Estado de Derecho, la misma democracia y, sobre todo, al hombre. Salomón pidió a Dios un corazón dócil para saber juzgar a su pueblo y distinguir entre el bien y el mal. ¿Buscamos eso?

Pablo Cabellos Llorente
Publicado en Las Provincias el 24.10.11

martes, 15 de noviembre de 2011

OPINIONES SOBRE LA IGLESIA

Es posible opinar sobre todo, pero mejor con fundamento. Por tanto, se pueden hacer juicios sobre la Iglesia, sobre actuaciones de hombres de Iglesia -no es lo mismo-, sobre determinados aspectos de la doctrina católica, etc., pero preferiblemente realizándolo con razones que cimenten la opinión. Un ejemplo:  es frecuente motejar como desfasada la doctrina de la Iglesia -¿cómo no?- en el tema sexual. Recientemente oí en la radio alguien que juzgaba así, afirmando como de sentido común la admisión de  todo en este campo. Ese "sentido común" sexual ya existía en la Roma imperial y no importó a los cristianos chocar con el ambiente. Escuché de niño que el sentido común es el menos común de los sentidos pero, además, la Iglesia no se guía  por el sentido común, sino por la revelación de Dios, que comporta y supera ese sentido.

            Otro ejemplo: un amigo me narraba lo expuesto por un compañero: le animaba al olvido momentáneo de su fe católica -naturalmente para evitar dogmas- y pasaba a continuación a fabricar una serie de juicios poco menos que infalibles sobre la Iglesia a partir de la pederastia, el gasto en las catedrales, curas con barragana, etc. Se huye del dogma que uno cree  procedente de Dios y se aplican rigideces humanas.

             No hay que asombrarse: ya le sucedió a Cristo de muy diversas maneras, tanto que la contradicción lo llevó hasta la Cruz. También podemos pensar en la interrogación a sus Apóstoles sobre lo que se decía de él: unos dicen que eres Elías, otros que Jeremías,  alguno de los profetas o Juan Bautista que ha resucitado. -Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondió Pedro en nombre del resto: -Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.

            Bien, pues es necesario comenzar por ahí para entender la Iglesia. De otro modo, se puede opinar, pero se disparata más que sí yo intentara escribir sobre física cuántica. La Iglesia es lo que es. Y ninguno pretenda  que sea diversa, porque nadie lo ha conseguido en dos mil años a pesar de los muchos errores de los cristianos. Hay una línea que une Dios, Cristo, la Iglesia cuya ruptura origina otra realidad diversa. Lo que equivale a manifestar que hay un estrecho vínculo entre Revelación de Dios, Jesucristo como culmen de esa revelación, y la Iglesia -con su Magisterio- como medio para asegurar que no se desvirtúe  lo manifestado por Dios y se nos apliquen los méritos de Cristo. Puede no gustar, pero es así.

            La Iglesia es Cristo en la historia, una realidad gozosa, que no se quiebra a pesar de las maldades de los hombres. Si procuramos vivir esa realidad, "ser cristiano -decía Benedicto XVI en Luz del Mundo- no debe convertirse en algo así como un retrato arcaico que de alguna manera retengo y que vivo en cierta medida de forma paralela a la modernidad. Ser cristiano es en sí mismo algo vivo, algo moderno, que configura y plasma toda mi modernidad y que, en ese sentido, la abraza en toda regla". Abiertos, alegres, libres, hombres y mujeres de nuestro tiempo, apasionados por la verdad, lo que significa ser lo que Dios quiere, vivir su legado, y no la pretensión de crear una Iglesia muy lejana de la voluntad institucional de Cristo.

Publicado en  Levante-EMV el 30.09.11
Pablo Cabellos Llorente

sábado, 15 de octubre de 2011

¿TODAVÍA SE PUEDE TENER FE?


            Se escuchan muchos lamentos sobre la gente joven que no practica la fe o acerca del asedio  laicista anticristiano. Justos lamentos. No falta quien se alegra de que las iglesias estén menos llenas, existan más matrimonios civiles que hace unos años o que un elevado porcentaje de los recién nacidos no sea bautizado. Son muy libres de hacerlo, aunque no sea muy elegante celebrar un mal que se presume ajeno, incluso en las propias antípodas, aunque luego  demuestre  no ser tan ajeno.

            En estas líneas ni busco el lamento condenatorio ni, por supuesto, alegría por esos hechos que, en mi caso al menos, sería más que estúpida. Según  leí en una agencia de noticias, Monseñor Fernando Sebastián publicó  un libro -Evangelizar- que, partiendo de la cruda realidad, impulsa a los católicos a caminar hacia adelante ofertando con garra la verdad que nos posee. No se trata de ningún restauracionismo o confesionalismo, sino de una invitación a vivir y a mostrar el Evangelio, a salir a los caminos como en la parábola de las bodas.

            Frente al cuestionamiento de la fe y de las prácticas religiosas, no pretendo entablar disputas alguna, sino buscar una mejor capacidad para comunicar nuestras convicciones sin arrogancia, pero sin miedo. Necesitamos un lenguaje que llegue al hombre de hoy, con sus progresos y problemas, con sus alegrías y tristezas, con su afán por hacerse preguntas profundas a sí mismo o completamente despreocupado de ellas; quizás con un deslumbramiento por la ciencia experimental y la técnica que le conducen a pensar en un Dios no necesario; o con sus creencias prácticamente intactas, pero sin práctica religiosa; o militantes del descreimiento.

            ¿Qué puede ofertar la fe católica al hombre de nuestro tiempo? ¿Es posible creer todavía? La fe puede deslumbrar con lo permanente, pero sabiendo encontrar razones inteligibles para nuestro mundo. El contenido entregado invariablemente por la fe no es un conjunto de preceptos complicados, ni siquiera  primariamente un cuerpo de doctrina, sino una Persona: Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. Esta última frase ya comienza a no comprenderse. ¿Dios tiene hijos?, se preguntará alguno. Desde luego que no, si se entiende al modo humano. Habría que ir a la Santísima Trinidad, lo que es harto misterioso y complejo: un único Dios y tres personas distintas. Pero, claro, si existe Dios, precisamos admitir, por principio, que no cabe en nuestro intelecto.

            No podemos esconder la creación. Tampoco que Dios se ha hecho hombre por amor a los hombres de los que, por otro lado, y precisamente por ser Dios, no precisa nada. Ese amor es grande y desinteresado: nos crea sin necesitarnos y nos redime sin más motivo que el amor. Otras interesantes cuestiones: ¿Existe la redención? ¿Era preciso morir en una cruz para salvarnos? ¿Por qué tanto dolor?

            Es obvio que no encontraremos respuestas desde el punto de vista puramente racional, lo que no quiere decir que la fe se enfrente a la razón. Las verdades -si lo son efectivamente- no pueden contradecirse. Pero, claro, Dios no cabe en mi cabeza por más que muchos afirmen que están por la racionalidad, porque la razón acarrea consecuentemente a reconocer sus muchos límites. Ser racional es plantearse los grandes temas de la vida como los trazó, por ejemplo, Juan Pablo II en sus encíclicas "Veritatis Splendor" y "Fides et Ratio". No se trata de rehuir las dificultades en ningún sentido, sino de estudiarlas con hondura.

            La fe católica,  ofertando a Cristo, no aporta soluciones facilonas a los problemas, pero se encara con ellos. En Jesús de Nazaret hallamos esas respuestas, que no son recetas mágicas, sino planteamientos vitales que conducen hasta la existencia de Dios, la creación del universo, y en particular del hombre, el nacimiento, vida, muerte y resurrección de Cristo, la Iglesia y sus sacramentos. Si es preciso hacer este rebobinado,  sería honrado realizarlo, en lugar de limitarnos o vivir de la propia subjetividad o a refugiarnos en unos supuestos de la ciencia experimental que, siendo muy valiosos, no dan razón de esas profundas cuestiones, aunque tampoco se le oponen.  Se puede afirmar con Ratzinger que la razón del Universo nos permite conocer la Razón de Dios.

            Entonces, ¿creer es complicarse la vida? En cierto modo sí, pero a la vez es dar razones  de nuestro ser y de nuestro acontecer. Vale la pena probar ahí la felicidad. Frente a esta sugerencia se puede argüir que uno tiene la vida resuelta con un tranquilo agnosticismo, un ateísmo convencido, o una sencilla falta de práctica religiosa, tan aparentemente cómoda como poco razonable.

            Oiga, usted quiere complicarme la vida con este artículo. Pues la verdad es que sí, aunque sin ningún ánimo de fastidiar, sino justamente con el deseo de que seamos razonables con las eternas preguntas: ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy? ¿Quién soy? ¿Qué existe al otro lado de la muerte? Y ofrezco la solución: no es algo complejo, se llama Jesús de Nazaret. No  defraudará a quien lo busca. La Jornada Mundial de la Juventud, con el Papa, es una ocasión para encontrarse con Cristo.

Pablo Cabellos Llorente

Enviado con ligeros retoques a LP el 08.08.11

miércoles, 5 de octubre de 2011

SANAR LA DEMOCRACIA DESDE LA ÉTICA


            Que nadie espere  inclinación alguna por la política partidista. Solo intento reflexionar, desde la doctrina social de la Iglesia, sobre un tema que  constituye nuestra tercera inquietud en cada encuesta del CIS. Efectivamente, la política, o mejor dicho, los políticos son una cuestión preocupante para muchos españoles. Se podría hablar de la mediocridad de bastantes de los dedicados a esta noble  tarea. Tampoco lo trataré específicamente, aunque tenga buena  relación con nuestro problema.

            La política está enferma por muchos factores. El citado casi solo sería la consecuencia del resto. Muchos no quieren dedicarse a la cosa pública por su más que regular desprestigio. ¿De dónde viene esa minusvaloración? Han acaecido demasiadas cosas conducentes a ello: compra de votos, falta de ideales, programas para ganar -en lugar de ser un plan realizable- y fabricados a golpe de encuestas,  carencia de convicciones que conduce a la superficialidad ajena a la situación, pelotazos urbanísticos y de otros tipos, compra de influencias. En definitiva, codicia y mentira, corrupción.

            Me parece obvio su imposible regeneración ni con una ley electoral, ni con la supresión de las diputaciones o disminuyendo municipios. Puede que algo de eso sea necesario, pero tampoco es mi terreno. El único arreglo es ético, un baño de ética, un conjunto de valientes que prefiera la verdad, la honradez, los ideales, la generosidad, la búsqueda real del bien común en lugar de un acomodo personal y de los cercanos. Tal vez nos ayude la presencia del Papa.

            Al final del famoso discurso de Benedicto XVI en Ratisbona, luego de referirse a las patologías en el diálogo fe-ciencia o fe-razón, concluía que Occidente está, desde hace tiempo, amenazado por la aversión contra los interrogantes fundamentales de su razón, lo que sólo puede suponer una gran pérdida. La valentía para abrirse a la amplitud de la razón, evitando la negación de su grandeza, es el programa para que una teología comprometida con la fe bíblica entre en el debate de nuestro tiempo. Atención que apunta a la teología, para añadir unas palabras con las que Manuel II se dirigía a su interlocutor persa: "no actuar con la razón, no actuar con el logos, es contrario a la naturaleza de Dios". Y finalizaba: En el diálogo de las culturas, invitamos a nuestros interlocutores a este gran logos, a esta amplitud de la razón. Redescubrirla nosotros mismos constantemente es la tarea de la universidad.

            No es frecuente ese talante universitario que busca la sabiduría, con afán de verdad, que reconoce los propios yerros, que busca la grandeza de la razón para servir, para encontrar una sociedad mejor, que no camina tras el utilitarismo como única ciencia. Habrá quien se interrogue: ¿Y los no católicos? Unos y otros pueden escucharse mutuamente desde  esa racionalidad, con altura de miras, sin que nadie desprecie cuanto ignora. No es que lo políticos hayan de ser teólogos o metafísicos, pero si pueden rodearse de sabios y no sólo de asesores de imagen y márquetin.

            Con respecto a la escucha de la religión por parte de la política, podemos hacer resonar unas palabras del Pontífice en Westmister Hall. Socráticamente preguntó: ¿qué exigencias pueden imponer los gobiernos a los ciudadanos de manera razonable? ¿Qué alcance deben tener? ¿En nombre de qué autoridad pueden resolverse los dilemas morales? En definitiva, ¿dónde se encuentra la fundamentación ética de las decisiones políticas? Hay que reconocer que los interrogantes  tienen mucho calado, porque no basta la respuesta simple del parecer de la mayoría. Si ese es su soporte, hemos topado con la mayor vía de agua del sistema democrático. No es fácil la solución, pero la historia demuestra la inutilidad de la receta para evitar el nazismo, o para impedir la bomba atómica arrojada sobre Hiroshima y Nagasaki. Se precisa algo más.

            Ese plus, sin imposición de ningún género, es el que ofrecería el Sumo Pontífice a los parlamentarios ingleses:  la tradición católica mantiene que las normas objetivas para una acción justa de gobierno son accesibles a la razón, prescindiendo del contenido de la revelación. El papel de la religión en el debate político no es tanto proporcionar estas normas, como si no pudieran conocerlas los no creyentes. Menos aún proponer soluciones políticas concretas, algo totalmente fuera de la competencia de la religión. Su papel consiste, más bien, en ayudar a purificar e iluminar la aplicación de la razón al descubrimiento de principios morales objetivos. Ese papel no siempre ha sido bien recibido a causa del sectarismo y el fundamentalismo de unos y otros, distorsiones que también surgen cuando no se presta atención al papel purificador y vertebrador de la razón frente a la religión.

            Estamos entrando en lo más íntimo del ser humano, pero es ahí donde han de sanar la política y los políticos. "¡Parece mentira que se pueda ser tan feliz en este mundo donde muchos se empeñan en vivir tristes, porque corren tras su egoísmo, como si todo se acabara aquí abajo! -No me seas tú de ésos..., ¡rectifica en cada instante!" (Surco, 296). De cara a la eternidad, es más fácil. Pero todos podemos curarnos.

Pablo Cabellos Llorente

Enviado a LP el 16.08.11

martes, 20 de septiembre de 2011

A LA SOMBRA DE CRISTO


            Reiteradamente afirmó san Josemaría que le gustaba plantar árboles, cuya sombra disfrutasen generaciones futuras. Por varios motivos, he recordado esta idea durante la estancia del Papa en España. En primer lugar porque es un hombre de ochenta y cuatro años que lógicamente planta para un futuro que, en buena medida, no será el suyo. También lo he recordado, con el mismo simbolismo, en el olivo plantado en  la Puerta de Alcalá y en el árbol presente en el escenario de Cibeles. Es asentar el futuro por amor a Dios, a las gentes todas que poblamos el mundo.

            Pero el árbol capital es Cristo. Desde sus primeras intervenciones, ha dejado claro que el verdadero árbol, el de la Vida que sana esta vida, el de los frutos imperecederos, el que sombrea las verdes praderas en que nos hace recostar -según palabras de la Escritura- es Jesús de Nazaret o, si se quiere, es el árbol de la cruz en el que estuvo clavada la salvación del mundo, como recuerda la liturgia del Viernes Santo o tal como lo escuchamos en latín tras cada estación del Vía Crucis de la Castellana.

           Aunque escribo sin finalizar la JMJ, la invitación a radicarse en Cristo está siendo constante desde el principio. En Barajas definía así el motivo de su viaje: Llego como Sucesor de Pedro para confirmar a todos en la fe, viviendo unos días de intensa actividad pastoral para anunciar que Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida. Para impulsar el compromiso de construir el Reino de Dios en el mundo, entre nosotros. Para exhortar a los jóvenes a encontrarse personalmente con Cristo Amigo y así, radicados en su Persona, convertirse en sus fieles seguidores y valerosos testigos.

            También el Reino de Dios es comparado en el Evangelio a una pequeña semilla que va convirtiéndose en árbol frondoso, cobijo de aves y hombres. Ese árbol de la vida es la Iglesia, que nos alimenta con la oración, los sacramentos, el dolor asumido como parte de la Cruz liberadora, sea en los grandes males que padece el mundo, sobre todo el pecado, resumen de muchos de ellos -como se recordó particularmente en el piadoso Vía Crucis-, sea también en los sucesos más ordinarios de nuestra vida, dando sentido al trabajo, a las pequeñas contrariedades, a los dolores habituales, a todo.

            De otro modo, volvía en la recepción de Cibeles al mismo argumento: Queridos amigos: sed prudentes y sabios, edificad vuestras vidas sobre el cimiento firme que es Cristo. Esta sabiduría y prudencia guiará vuestros pasos, nada os hará temblar y en vuestro corazón reinará la paz. Entonces seréis bienaventurados, dichosos, y vuestra alegría contagiará a los demás. Se preguntarán por el secreto de vuestra vida y descubrirán que la roca que sostiene todo el edificio y sobre la que se asienta toda vuestra existencia es la persona misma de Cristo, vuestro amigo, hermano y Señor, el Hijo de Dios hecho hombre, que da consistencia a todo el universo.

            Así, insistía reiterativamente en la esencia del cristianismo, que no es una teoría, sino el seguimiento e identificación con una Persona: Cristo, el Dios hecho hombre para dar sentido a todo nuestro caminar terreno y permitirnos alcanzar la vida futura. Ha hecho referencias al sacramento de la Confesión -la maravilla de un Dios que perdona- porque ninguno somos perfectos ni impecables. Necesitamos redescubrir a Dios en la confesión personal, auricular y secreta.

            El Papa habló en conceptos substanciosos a sus "colegas", siempre con la misma partitura, adecuada a sus oyentes: Sabemos que cuando la sola utilidad y el pragmatismo inmediato se erigen como criterio principal, las pérdidas pueden ser dramáticas: desde los abusos de una ciencia sin límites, más allá de ella misma, hasta el totalitarismo político que se aviva fácilmente cuando se elimina toda referencia superior al mero cálculo de poder. En cambio, la genuina idea de Universidad es precisamente lo que nos preserva de esa visión reduccionista y sesgada de lo humano. No en vano la fe cristiana creó las universidades buscando una verdad que siempre acaba enraizándose en el Logos, la Verdad creadora de cuanto ha sido hecho y la Palabra que se hace carne por amor al hombre. En Cristo, afirmará san Pablo están todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Por eso, jamás puede haber oposición alguna entre razón y fe, se requieren y potencian mutuamente.
           
En la Misa conclusiva se expresaba así: El cuerpo desgarrado y la sangre vertida de Cristo, es decir su libertad entregada, se han convertido por los signos eucarísticos en la nueva fuente de la libertad redimida de los hombres. En Él tenemos la promesa de una redención definitiva y la esperanza cierta de los bienes futuros. Por Cristo sabemos que no somos caminantes hacia el abismo, hacia el silencio de la nada o de la muerte, sino viajeros hacia una tierra de promisión, hacia Él que es nuestra meta y también nuestro principio.

            Un Papa que se marchó contento de España porque pudo sembrar mucho, estar muy acompañado y vivir la más grande manifestación de fe contemplada.
Pablo Cabellos Llorente
Publicado en LP el 23.08.11


lunes, 5 de septiembre de 2011

SIN MIEDO A LA VERDAD.


En el Gran Teatro del Mundo, conocido auto sacramental de Calderón, el Autor distribuye a unos personajes su papel en la vida; el Mundo otorga los atributos correspondientes y cada uno pasa a representar su cometido. Como es frecuente en este tipo de teatro, se pueden ver personajes confrontados por parejas: Pobre-Rico, Rey-Labrador, Discreción-Hermosura, más un Niño que no llega a nacer. Cuando finaliza la vida se les pide la devolución de sus símbolos y se les da su merecido: el Pobre y la Discreción son enviados al cielo, la Hermosura, el Rey y el Labrador son remitidos al purgatorio y el Rico es destinado al infierno.

Todos los grandes literatos transmiten ideas profundas, y Calderón lo hace siempre. Es un valor de las buenas lecturas: de modo ameno y bello, y con un pensamiento coherente, van configurando nuestro intelecto. En buena medida, lo que leemos nos estructura o nos descentra. Pero no voy a escribir sobre literatura. Solamente tomo pie de esta gran obra para tratar de repensar nuestro papel en el mundo: si estamos representando un gran teatro por realizar honestamente lo que nos corresponde vivir o si estamos continuamente sobre las tablas para personificar lo que no somos. Esto último se recoge en la expresión: no me hagas teatro, es decir, no actúes con falsía.

No ser falaces significa amar la verdad aunque, en ocasiones, sea amarga. Tampoco voy a referirme ahora a la verdad transcendente, que negaría un relativista, ni siquiera a la verdad de nuestras convicciones humanas, tantas veces opinables. Quiero compartir algo más sencillo, aunque la experiencia nos dice que no es tan común aunque sea elemental. Voy a decirlo de un modo, vulgar si se quiere, que escuché alguna vez a la gente llana del pueblo: "lo que es, es; y a lo que venimos, venimos". Si se desea, también podría decirse como  los filósofos clásicos: algo no puede ser y no ser, a la vez, bajo el mismo respecto. Pero resulta que tampoco es tan simple porque cada día contemplamos el intento de armonizar los contrarios.

Para empezar por la propia casa, encontramos personas que se dicen religiosas y tienen comportamientos extremadamente malos. Vemos empresarios, cuyo fin no es crear riqueza y empleo, sino enriquecerse ellos. Observamos que existen políticos que dicen servir a la sociedad y se sirven de ella. Se puede atestiguar de gentes que se creen con derechos sobre la fama ajena alegando un favor a la información.  Hay trabajadores que, paradójicamente, no trabajan. Consta de sindicalistas que  prosperan  con el paro. Generalizando un poco más, comprobamos que muchas personas viven ese mal teatro   consistente en aparentar lo que no se es. Y no digamos de lo políticamente correcto que, en cuanto nos descuidamos, nos afecta a todos: hay asuntos que no se pueden expresar porque van contra una especie de dogma establecido, el pensamiento de moda. Si lo trasgredes, serás machacado.

Esas actitudes, u otras semejantes, paralizan el amor natural a la verdad que toda persona posee, falsifican la convivencia, hacen difícil la libertad, corroen la democracia, no se piensa en el fondo de las cuestiones, despachadas frecuentemente con un epíteto despectivo, que nada dice con seriedad de lo que hay allí. Falta apertura de mente.

Muchas actitudes parlamentarias, de comunicadores, de la vida social de cualquier tipo, del mundo económico, etc., están corroídas por la falsedad, la apariencia, la escasez de razones; penuria procedente de la insuficiencia de razonamiento en no pocos casos. Me parece que uno de los grandes males de esta sociedad nuestra es la falta de una actividad mental seria: que estudia los asuntos, busca consejo -no del que puede engañar mejor-, indaga las causas de lo que acontece, reconoce los aciertos y errores propios, investiga medidas para arreglar los males que nos atenazan realmente, decide soluciones y las ejecuta. Aunque el corazón también cuenta y entiende. Por eso se deteriora tanto el amor cuando el mundo marcha así. Necesitamos abrirnos a la verdad.

Sigo pensando que nuestra crisis actual no es solo, ni principalmente, pura cuestión económica -sin despreciar que existe  muy fuertemente-; es un problema de la razón dañada, que se resiste a indagar la verdad de lo que sucede, a reconocerla y a decirla. Es un problema del hombre, del ser humano que hemos ido esculpiendo en falso. Así tampoco va bien a los cristianos porque las patologías de la razón acaban siendo patologías de la fe y del amor. Pero tenemos arreglo.

Benedicto XVI dijo ante un respetuosísimo parlamento británico que las normas objetivas para una acción justa de gobierno son accesibles a la razón y que el papel de la religión en el debate político es ayudar a purificar e iluminar la aplicación de la razón al descubrimiento de principios morales objetivos, cosa no siempre bien recibida porque  existen expresiones deformadas de la religión como el sectarismo y el fundamentalismo. Por ahí, ofertando lo natural, bien puede ayudar la Iglesia a recuperar al hombre. Sirve aquello de Camino: "No tengas miedo a la verdad, aunque la verdad te acarree la muerte".

Pablo Cabellos Llorente
Publicado en LP el 16.07.11