LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.



A lo largo de la historia, Dios ha hablado a los hombres de muchas maneras, hoy nos ha hablado por medio de Jesucristo. Él se hace hoy presente en medio de su Iglesia, la Iglesia que él ha querido fundar. Cristo, única promesa de felicidad, se hace presente en la realidad de cada día, en cada hombre y en cada acontecimiento.

Por ello, este blog lo que pretende es reconocer a través de los hechos en la Iglesia, la presencia de Dios en medio de su Pueblo.
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lunes, 14 de enero de 2013

LAS VIRTUDES DE PABLO VI


Fallecido Pablo VI el día de la fiesta de la Trasfiguración del Señor -6 de agosto- de 1978, precisamente su fiesta preferida según cuentan los que le conocieron, no habían pasado ni dos años cuando el entonces obispo de Brescia, Mons. Luigi Morstabilini, comenzaba a dar los primeros pasos dirigidos hacia la posible Canonización de tan insigne hijo de aquellas tierras. Para ello, pidió consejo al Cardenal Agostino Casaroli, entonces Secretario de Estado del Vaticano, el cual, tras consultar a la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos (que así se llamaba hasta que Juan Pablo II les quitó el apelativo de «sagradas» a las congregaciones vaticanas), respondió en modo totalmente favorable.
El siguiente paso fue consultar al clero de Brescia, a la conferencia de los obispos de Lombardía y a la Conferencia Episcopal Italiana. Todas las respuestas fueron ampliamente positivas y a ellas se unió la petición unánime de la Conferencia Episcopal de Latino América, presidida entonces por el Cardenal Antonio Quarracino. Comenzó así a moverse la maquinaria -entonces más lenta, hoy mucho más ligera- de los pasos previos que llevarían años después al Proceso de Canonización, que conllevó el interrogatorio de numerosos testigos: En Roma 63, en Milán 71 y en Brescia 58, entre ellos gran número de cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos y seglares. Sólo a modo de ilustración, nótese que fueron interrogados bastantes más que en el Proceso de Juan Pablo II.
El Proceso, después de seguir los diferentes pasos que especifica la legislación canónica y cuya descripción nos llevaría lejos del propósito de este artículo, concluyó su primera gran fase con la promulgación en el pasado diciembre del decreto por el que se reconoce la heroicidad de sus virtudes. No fue una sorpresa, se esperaba dicho decreto así como se espera pronto la resolución del estudio de un milagro atribuido a su intercesión y que, de ser positiva, abriría las puertas a una próxima Beatificación. Y sin embargo para algunos ha sido una sorpresa pues Pablo VI ha sido en cierto sentido un gran desconocido.
El que escribe estas líneas reconoce no saber mucho de la vida espiritual y las virtudes por parte de Pablo VI que, por otra parte, falleció cuando yo era pequeño y de lo último que me preocupaba era de las cosas de la Iglesia. Por eso, me he acercado a su Proceso de Canonización para poder aprender algo más sobre este gran Pastor de la Iglesia al que le tocó vivir tiempos difíciles y sobre cuya actuación se oyen cosas para todos los gustos. Precisamente sobre esto último el actual Prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos, Cardenal Angelo Amato, ha recordado recientemente que el aprobar la heroicidad de las virtudes de Pablo VI no supone aprobar todas y cada una de las acciones de su pontificado, como ocurrió con Juan Pablo II, Juan XXIII, Pío IX o Pío XII, lo cual ya se sabía pero que es bueno recordar para no confundir conceptos.
Y al acercarnos al Proceso de Pablo VI observamos que la heroicidad de sus virtudes ha sido aprobada por los teólogos y los prelados correspondientes con una unanimidad que no obtuvieron en su día otros Pontífices, un consenso casi laudatorio, lo cual se ha debido en gran parte al buen hacer de los Postuladores de la Causa -primero el P. Molinari sj., después el P. Marrazzo cssr- que han allanado el camino planteando todas las posibles dificultades y buscando las respuestas, sin ocultar los problemas, que siempre hay cuando se trata de alguien que se dedicó por tantos años a labores de gobierno y obviamente no siempre contentó a todos.
Pero la imagen más certera de Pablo VI la han transmitido en el Proceso aquellos que mejor lo conocieron, sus más íntimos colaboradores, los cuales hablan de él como un hombre lleno de Dios que tuvo que vivir y gobernar la Iglesia en unos momentos muy difíciles, sea por los cambios internos de la misma, sea por las circunstancias del mundo en aquellos años. Los testigos hablan todos de dichos sufrimientos. Así, por ejemplo, el también Siervo di Dios, cardenal Pironio:
«Creo que ha sido el Papa que más ha sufrido en este siglo. Soy testigo, como predicador de sus ejercicios en 1974 y como colaborador íntimo suyo del 1975 al 1978, de sus sufrimientos morales y espirituales. Las dificultades provenían de dentro de la Iglesia, de miembros de la Curia Romana, pero siempre lo vi firme y confiado, abandonado en las manos de Dios. Pablo VI vivió la ‘gran tribulación’ del postconcilio, pero siempre con serenidad y fortaleza. Creo que sus dos sufrimientos mayores fueron las secularizaciones de sacerdotes y la no comprensión y recta aceptación del Concilio»
Pero, en medio de tanta dificultad, añade el purpurado argentino:
«Su vida y su ministerio manifiestan a un hombre de profunda oración, de particulares experiencias contemplativas, de especial penetración de las Escrituras y los misterios de la Fe. Y lo definiría como un ‘vir contemplativus continuo a Spiritu Sancto ductus’»
Otro de sus grandes colaboradores, el entonces vicario para la diócesis de Roma, cardenal Ugo Poletti, habla en términos parecidos:
«Si hay que subrayar una característica de su pontificado, es el continuo crecimiento de amor y dolor por la Iglesia y por toda la humanidad, alimentado de fe y sabiduría. En el ámbito de la Curia y de la Iglesia, su pontificado fue todo fe, amor, servicio y dolor- Creo poder afirmar que, por lo menos en los últimos diez años de su pontificado, lo vivió todo en una atmósfera espiritual interior que le ayudaba a ver todo ‘sub specie aeternitatis’, con un estilo de oración y ofrecimiento que solamente podían provenir de su íntima unión con Dios»
Sobre la profundidad de su vida espiritual, una dirigida espiritual suya durante muchos años nos habla de su vida de oración:
«Se puede decir, sin sombra de duda, que además de ser un gran maestro de oración, era en su misma vida una oración viviente; era una llama siempre luminosa porqué estaba alimentada con esa relación con Dios que es la oración y quien acudía a él acerca de ella quedaba siempre iluminado y enfervorecido»
Los testigos van desgranando una por una, las virtudes de este gran Pontífice, entre las que destacan su fe indestructible y su caridad pastoral. Muchas serían las anécdotas que podríamos reproducir, pero nos quedamos con ésta de Mons. Rigali:
«Entre los aspectos de su personalidad que siempre he admirado porque los viví en primera persona, sobre todo en las audiencias privadas en las que hacía de intérprete del inglés, puedo afirmar que están su grandísima caridad pastoral y su profunda claridad apostólica. Recuerdo la audiencia privada concedida al obispo anglicano que era el Secretario de la Comunión Anglicana, el cual apoyaba basándose según él en la Sagrada Escritura, el sacerdocio femenino. Pablo VI lo escuchó con paciencia y con actitud caritativa, pero al final reaccionó con firmeza y me pidió traducir al interlocutor estas palabras: ‘Esto no lo puedo aceptar, porque me llamo Pedro, lo cual quiere decir absoluta fidelidad a Jesucristo’. El prelado anglicano salió muy impresionado por la fuerza de las palabras del Papa y me repitió varias veces: ‘¡Qué hombre!, ¡qué hombre!»
El que fue su secretario personal, Mons. Magee, nos habla de las manifestaciones de esa caridad pastoral para con los equivocados e incluso los malintencionados:
«Un día le dije: ‘Santidad, veo que usted perdona siempre’ y él me respondió: ‘Si, tenemos que perdonar a los demás, es lo primero que hay que hacer cuando se ve algo que no es recto, también es los ambientes vaticanos’. Nunca tenía palabras de condena hacia nadie, intentaba buscar justificaciones. Una vez me dijo: ‘Mira, para un sacerdote esta debe ser siempre la primera virtud porque es el dispensador de la misericordia de Dios. Nosotros debemos sentir los primeros la obra del perdón de Dios dentro de nosotros. Yo no debo condenar a nadie, soy ministro del perdón»
Los testigos del Proceso de Canonización de Papa Montini no han omitido el hablar de las críticas que se le dirigían, como nos cuenta un colaborador suyo en Milán, Mons. Pizzagalli:
«las críticas, muy superficiales, que venían de los que no le conocían bien, eran sobre su seriedad y recogimiento, pues raramente sonreía. Cuando partió para el cónclave, le dije a Mons. Macchi: ‘será elegido Papa, pero recomiéndele que sonría un poco más’. Parece una banalidad, pero lo hacía porque me sentaba mal que no se le reconociese su bondad de ánimo, sus sentimientos exquisitos, pues merecía ser alabado por todos. Su aparente seriedad excesiva me dolía porque no correspondía con la realidad»
Sobre su seriedad nos habla también Mons. Macchi:
«Pablo VI, a diferencia de cómo aparecía en los mass-media que lo han querido presentar como un personaje triste, angustiado o parecido a Hamlet, fue en realidad un hombre de gran sencillez, humildad y serenidad interior. No creo que haya perdido nunca la paz. Evidentemente no podía tener siempre la sonrisa en los labios, entre otras cosas porque las dificultades eran tantas que era fácil aparecer serio, pero él sabía que uno es el que siembra y otro el que recoge.»
Hombre sereno, «acostumbrado al sufrimiento», fue criticado por su supuesta debilidad en el gobierno de la Iglesia, sobre todo en ciertos momentos más espinosos, pero en el Proceso de Canonización han salido a la luz sus actuaciones firmes en el Concilio Vaticano II (véase el artículo del blog «Temas de historia de la Iglesia» llamado «Juan concibió el Concilio, Pablo lo dio a luz»), ante el Catecismo Holandés, en la publicación de la Humanae Vitae, etc, a veces en contra de grandes personalidades de la Iglesia, incluso de enteros episcopados y, por supuesto, en contra normalmente de los mass-media. Sin duda en los 15 años de pontificado hubo otras actuaciones menos firmes, pero sus colaboradores han insistido que no fue por debilidad, sino por intentar salvar lo salvable cuando se trataba de personas.
Para concluir -aunque se podría decir mucho más, son tres volúmenes gordos de declaraciones de los testigos- repetir la expresión de Mons. Luigi Giussani cuando le preguntaron sobre la posibilidad de beatificar a Pablo VI. Respondió: «¿Beatificar a Pablo VI? Pues si no le beatifican a él, ¿A quién van a beatificar?». Está claro que alguno no estará de acuerdo. Me cuentan de una comunidad de monjas tradicionalistas en otro país europeo que poco a poco se iban acercando a la Iglesia pero que cuando oyeron la noticia de la declaración de las virtudes heroicas de Pablo VI cortaron radicalmente dicho acercamiento porque la fundadora del monasterio tuvo hace años una visión de Pablo VI en las calderas de Pedro Botero. Para todos los gustos tiene que haber gente, aunque a veces del buen al mal gusto hay poca distancia y de éste al pésimo, hay un solo paso.

P. Alberto Royo Mejía, sacerdote

lunes, 19 de marzo de 2012

S. José, ruega por nosotros.



CONFÍA EN S. JOSÉ

Es un santo tan grande como desconocido. Pasa por el misterio de Cristo como de puntillas y, sin embargo, qué poderoso es ante su Hijo. Ocupa un sitio pequeño en las páginas del evangelio y, sin embargo, desempeña una misión gigante, imprescindible para que se realice la obra de la encarnación del Verbo. Despierta admiración su fe tan silenciosa, su saber estar en el centro del plan de Dios, su amor exquisito y delicado a María. Después de Ella, nadie como José conoció en tanta intimidad el corazón de Cristo. 

Encomiéndale tus trabajos materiales y espirituales, tus necesidades, tus preocupaciones, tus luchas, tu vida espiritual, tus empresas apostólicas, todo. Privilegia sobre otras la devoción y el amor a este gran santo, que tan eficaz intercesión muestra ante la Virgen y ante su Hijo. Hazle confidente de toda tu entrega a Dios, de tus esfuerzos por vivir determinada virtud, de tus dolores por caer una y otra vez en tal pecado.

Confíale tus debilidades, tus tentaciones, tus afectos, tus amores. Debería ser el santo de cada día, de tu día a día. Encomiéndale en especial la custodia del corazón y el cuidado de tu vida de oración, a él que vivió en la contemplación continua del rostro de Cristo y al cobijo materno del corazón de su Esposa María.

EL SILENCIO DE S. JOSÉ

La única palabra que la Sagrada Escritura nos ha transmitido de labios de este gran santo fue su silencio. San José calló siempre, sobre todo con el alma, porque vivía junto a la Palabra encarnada. Aquello que eternamente conversaron el Padre y el Hijo en el Espíritu se hizo carne ante él en la Palabra concebida en María.

Así como el seno virginal de María se hizo silencio para acoger a la Palabra así también él debía hacerse silencio para escuchar, en la contemplación, la carne creada de la Palabra increada. José aprendió a vivir en el silencio contemplando en la maternidad de María cómo su carne y su sangre acogían en el silencio de un seno virginal aquella divina Palabra. Silencio de José que tanto me hablas de aceptación de los planes de Dios sobre mi vida y del escondimiento necesario para que sólo Dios sea escuchado.

Cuántas palabras inútiles y ociosas, cuántas críticas, quejas, juicios, cuántas palabras vacías, hirientes y cargadas de egoísmo, desparramo sin ton ni son a lo largo del día. Has de apetecer el silencio no para encapsularte en la celda de tu propio egoísmo narcisista sino para escuchar, acoger y adorar esa Palabra eterna que quiere hacerse carne en tu vida. Pídele a san José que te enseñe y eduque en el silencio como él se dejó enseñar y educar en la escuela del silencio de María.

El mundo busca y apetece el ruido, vive con la sordina de su propia palabra vacía porque no quiere oír a Dios. Tú haz silencio en tu alma, como aquel silencio que reinaba en la creación antes de que el hombre entrara en ella y en el que sólo se escuchaba la conversación de los Tres creándolo todo.

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jueves, 11 de agosto de 2011

Quien encuentra a Cristo no solamente no pierde nada, sino que gana todo.

Ayer se celebró en la Iglesia el ejemplo valiente de entrega de S. Lorenzo, hoy celebramos a Sta. Clara de Asís, modelo perfecto de santidad y seguimiento de Cristo.

Clara nació en Asís, Italia, en 1193. Su padre, era un caballero rico y poderoso. Su madre era descendiente de familia noble y feudal, era una mujer muy cristiana, de ardiente piedad y de gran celo por el Señor. Siempre mostró gran desagrado por las cosas del mundo y gran amor y deseo por crecer cada día en su vida espiritual. Ya en ese entonces se oía acerca de los Hermanos Menores, así se les llamaba a los seguidores de San Francisco. Clara sentía gran compasión y gran amor por ellos, aunque tenía prohibido verles y hablarles. Ella cuidaba de ellos y les proveía enviando a una de las criadas. Le llamaba mucho la atención como los frailes gastaban su tiempo y sus energías cuidando a los leprosos. Todo lo que ellos eran y hacían le llamaba mucho la atención y se sentía unida de corazón a ellos y a su visión.

La conversión de Clara hacia la vida de plena santidad tuvo lugar al oír un sermón de San Francisco de Asís. En 1210, cuando ella tenía 18 años, San Francisco predicó en la catedral de Asís los sermones de cuaresma e insistió en que para tener plena libertad para seguir a Jesucristo hay que librarse de las riquezas y bienes materiales. Al oír las palabras: "este es el tiempo favorable... es el momento... ha llegado el tiempo de dirigirme hacia El que me habla al corazón desde hace tiempo... es el tiempo de optar, de escoger..", sintió una gran confirmación de todo lo que venía experimentando en su interior.

Durante todo el día y la noche, meditó en aquellas palabras que habían calado lo más profundo de su corazón. Tomó esa misma noche la decisión de comunicárselo a Francisco y de no dejar que ningún obstáculo la detuviera en responder al llamado del Señor, depositando en El toda su fuerza y entereza. Santa Clara se fuga de su casa el 18 de Marzo de 1212, un Domingo de Ramos, llega a la humilde Capilla de la Porciúncula donde la esperaban Francisco y los demás Hermanos Menores y se consagra al Señor por manos de Francisco

Aquí vemos un modelo de vida cristiana a seguir. En su vida podemos encontrar varias actitudes:

Una entrega generosa y confiada a su Señor. La vida de Clara fue un amor apasionado por Jesucristo, el esposo. Dejó todo, por seguirle a él, sus seguridades, sus cosas materiales. Ella descubrió que solo Jesucristo era quien le llenaba plenamente el corazón y respondía a las cuestiones fundamentales de su vida. Ella sabía que para seguirle era necesario abandonar la antigua vida, dejar todo aquello mundano que esclaviza el corazón y entregarla sin reservas al creador. Así se lo había transmitido San Francisco. El amor no es amado y tu Clara estás llamada a amar con todo el corazón y con todo el alma a tu creador.  El Papa Benedicto XVI: Quien encuentra a Cristo no solamente no pierde nada, sino que gana todo.

Vivió enamorada de la pobreza. Sta. Clara no solamente vivió sin posesiones viviendo una vida de pobreza radical, sino que también fue una pobreza puramente espiritual. Ser pobre, es saber que solamente dependemos de alguien, ese alguien es Cristo. Ella sabía que su vida estaba sostenida solamente por Cristo Jesús. Es como un niño que solamente está seguro en los brazos de su padre. Ser pobre es reconocer que la vida sin Cristo no tiene sentido.

Verla a ella era palpar la alegría de vivir el Evangelio. Francisco le contagió a Clara el deseo pleno de vivir el Evangelio con radicalidad. Vivir el evangelio con radicalidad es la fuente de la verdadera alegría porque el Evangelio es un camino bello y complicado a la vez, pero que verdaderamente es un reto a seguir. El Evangelio es vida y Sta. Clara se lo creyó. Nosotros también tenemos que creernos verdaderamente que el Evangelio es vida, si no me lo creo es difícil vivirlo.

Demos gracias al Señor por este ejemplo de vida y pidámosle al Señor que nos conceda vivir siempre con alegría el Evangelio y seguirlo con radicalidad.  

martes, 5 de julio de 2011

“PRESENTÍA ALGO, YO LE QUITÉ IMPORTANCIA”

Muchas veces pensamos que la santidad es algo inalcanzable a lo cual nunca llegaremos. El testimonio de los santos nos muestran que esta santidad sí es alcanzable. Seremos santos porque él es Santo y para eso debemos estar con Él, esa es nuestra misión. Aquí os muestro la vida de una persona que ha vivido muy de cerca la relación con el Señor y hoy tiene fama de santidad. La diócesis de Burgos inició en julio de 2007 los primeros pasos para introducir la Causa de Beatificación de Marta Obregón, al conocer su fama de santidad. Aquí os dejo un pequeño esquema de su biografía que he tomado de su página web: http://www.causademarta.net/.

Marta nace en la Coruña el 1 de marzo de 1969 y es bautizada poco después con el nombre de Marta María de los Ángeles.  Por razón actividad profesional la familia se establece en Burgos en diciembre de 1970. 

Cursó la educación primaria con buenas notas en el Colegio de Jesús María.  Con 8 años recibe la Primera Comunión, el 19 de junio de 1977.  Gozaba de gran vitalidad y desarrolló algunas aficiones deportivas, como el patinaje sobre ruedas, el atletismo, la natación, destacando fundamentalmente en tenis, en lo que ganó algunos trofeos.  A los 14 años se confirma en la actual parroquia de San José.  Comienza a acudir con su hermana mayor al Club Arlanza. Cuando nos referimos a Club, nos referimos a un Centro de Estudio y Oración. Marta acudía a estudiar y orar, todos los días de 4 de la tarde a 9,30 de la noche. Aquí, en España, a los Centros del Opus Dei, familiarmente se les llama Club, donde un sacerdote del Opus Dei lleva la dirección espiritual, y en él participa de actividades recreativas y formativas, aprendiendo a tocar la guitarra.

Al acabar la primaria, plantea a sus padres pasar a un Instituto público “Comuneros de Castilla”, donde era brillante en sus calificaciones. A partir de 2º de BUP asiste, también, a las clases de la Escuela de Idiomas.

Según su madre, Marta era espontánea, muy cariñosa y atenta.  Su amiga más cercana afirma que era muy noble, llena de ilusiones y dispuesta a ayudar y animar a otros.  A los 17 años ambas dejan el Club Arlanza.  En sus pensamientos juveniles creía que un Centro de la Obra le orientaba en una actitud muy preventiva y deseaba aprender de la vida por su cuenta.  Comenzó a bajar en prácticas religiosas, aunque mantuvo una inquietud que, después, la llevó a buscar y anhelar a Dios de una forma distinta, pero no sin pasar antes por una crisis. 

Adelantado el invierno de 1988, durante tres o cuatro meses, comenzó a salir con un estudiante de tercero de veterinaria, joven simpático y de buena presencia, relación que cortó ante la experiencia de debilidad en un esporádico suceso, de lo que se arrepintió enormemente.  Se dice que la segunda conversión es la de los afectos.  Por entonces concluyó el difícil cuarto curso de inglés en la Escuela de Idiomas y, en el verano, va a una localidad costera de Inglaterra a perfeccionarse en el idioma, consiguiendo hablarlo con fluidez.

En octubre se matricula en la Universidad Complutense de Madrid, en la rama de periodismo, imagen y sonido.  Lo indicado antes le supuso reflexión, pero quería hacer su carrera en libertad y llegar a ser una periodista famosa.  En la Capital de España se adapta y saca los estudios con facilidad y durante los dos primeros años procura no señalarse, aunque su fe no estaba dormida.  Se rodea de un grupo de amigas, que saben apreciar su franqueza, jovialidad y fuerte personalidad.

Durante las vacaciones de verano del segundo curso (1990), se entera en su parroquia, a la que va los domingos a Misa, que un grupo neocatecumenal tiene programado un viaje a Taizé.  Lo consulta a sus padres y, guitarra al hombro, participa en el encuentro.  Marta descubrió nuevos aspectos y, al decir de su madre, de allí regresó tocada irremisiblemente por el Señor.  En efecto, ese toque de gracia lo conocemos por una carta a una de sus compañeras de la residencia de Madrid: “Cuando descubres algo importante en tu vida, y caes en la cuenta de cosas fundamentales, que hasta entonces pasaron inadvertidas a tu lado, te encuentras francamente bien, en paz...”

Lo cierto es que Marta quiso hacer una confesión en profundidad.  Regresada a su ciudad, se dirigió a una parroquia cercana y, sin que sepamos por qué, no recibió la absolución. Esto le va a producir un durísimo conflicto de conciencia, pues lo que más deseaba era la paz y en su carácter sufría tremendamente cuando no se encontraba correspondida en sinceridad y afecto.

Poco después, jugando en casa de unas amigas al ping-pong, les contó su situación, deshecha en lágrimas, porque pensaba que Dios le había abandonado.  Una de esas compañeras le decía “Dios te quiere, hayas hecho lo que hayas hecho” y le presentaba su propia experiencia con sus padres, diciéndole que Dios es aún mejor que los padres de la tierra.  Unos días después esa familia tenía visita de un sacerdote del Camino Neocatecumenal y las hermanas la invitaron a su casa de campo, cercana a Burgos. 

Terminada la comida, el sacerdote regresa a la Ciudad y le ofrece a Marta la posibilidad de retornar pronto.  En cuando se vio ante el sacerdote comenzó, en su acostumbrada franqueza, a manifestarle lo que la oprimía por dentro.  Escuchada con atención, no quiso que su sufrimiento se prolongase más, y le preguntó que si tenía algún pecado a falta que añadir, para disponerse a recibir el perdón.  En cuando baja del coche, corre de nuevo en busca de sus amigas y les pide que la presentaran en las Comunidades Neocatecumenales, porque también ella deseaba conocer el “Camino”, porque “quería dar a Dios todo en gratitud”.

Desde este momento comienza una vida decididamente cristiana.  Ahora ya no desea tanto ser famosa periodista, como el hacer el bien.  Su espontaneidad se va transformando en parresía (valentía testimonial). 

De cara al nuevo curso regresa a Madrid entusiasmada y llena de fe.  Con tanto brío que, durante el año lectivo 1990-1991, realiza con buenas calificaciones 3º y 4º curso.  Allí se pone en contacto con las Comunidades Neocatecumenales en la parroquia de Santa María de Monte Carmelo.  Una compañera mayor, que la conoció en ellas, dice que un comentario de Marta la marcó al ver cómo una joven de 21 años manifestó que la entristecía ver en Navidad que la gente se cargaba de bolsas, sin descubrir el verdadero sentido de la Fiesta.  En enero y febrero asistieron a las catequesis, los lunes y jueves, de8,30 a 9,30 de la tarde.  Al terminar regresaban juntas corriendo y riendo.

Marta inicia una verdadera militancia seglar.  Ahora no le importa manifestar sus convicciones en su ambiente.  El ramillete de profesores que le imparten las enseñanzas es de ideología variopinta.  En las frecuentes conversaciones por teléfono con los padres les daba cuenta de momentos vividos en las aulas en los que, haciendo acopio de valentía, poco común, mostraba públicamente al profesor su desacuerdo en frases o comentarios vulgares, sugerencias políticas o ideas contrarias al pensamiento cristiano, que nada tenían que ver con la asignatura en cuanto tal.  En una ocasión, incluso, se vio en la incómoda necesidad de recurrir con su queja al rectorado.  Los estudios la resultaban fáciles de suerte que acortó un año y adelantó asignaturas de quinto. 

Marta, según sus amigas, era una muchacha alegre, feliz, simpática, dinámica, fuerte, comunicativa y buena comunicadora.  Su esbeltez llamaba la atención y su voz se parecía a la de Bárbara Streisand, por lo que un locutor de radio le ofreció el mejor instrumental para grabar unas cintas, con vistas a las prácticas de la Facultad.  Pero ese hombre se le manifiesta enamorado, lo que la decepcionó profundamente, devolviéndole lo realizado, al sentir esa apariencia en su ambiente.

Decide trasladarse a Burgos.  Habida cuenta de que había adelantado asignaturas estaría cerca de su novio, animador cultural, y ahorraría gastos.  Marta procuraba no estar inactiva.  Dentro de su campo de periodismo continuaba su preparación intelectual y  trabajos prácticos: Una de las cosas que hizo fue cubrir la Vuelta Ciclista a Burgos con el locutor deportivo de Radio Popular. 

De este tiempo hay algunos artículos de Marta en prensa defendiendo la vida, apoyando la paz, o en contra de la droga, y siempre destacando valores cristianos.  También fue elegida para presentar un desfile, orientado a influir positivamente en el campo de la moda femenina.  A su parroquia iba especialmente los sábados por la tarde para escuchar la Palabra en la Comunidad Neocatecumenal y acompañar con la guitarra las canciones en la Eucaristía. 
Su novio escribía en el editorial de su revista, días después del asesinato: “Marta triunfaba donde pisaba: todo el mundo quería estar con ella, hablar con ella, saber de ella, y ella, aunque amaba profundamente a su familia y a los que la queríamos, tenía los ojos puestos en Dios.  Los últimos apuntes, sus artículos (“si al menos nos diésemos cuenta de qué es lo que realmente importa en nuestra vida”), sólo son la punta del iceberg, de la grandeza de su alma”.  

Él no estaba en el Neocatecumenado, pero ella lo llevaba a las celebraciones, pues “estaba muy atraída por la vida que veía allí”.  Al preguntarle por qué había dejado de salir con ella hacia octubre, responde que no tiene explicación lógica.  “Quizás en un momento me agobié por otras cosas.  Posiblemente fue la Providencia.  Pasé un estado anímico, como si alguien me hubiera retirado el afecto para que pudiera soportar mejor lo que llegó”.

Marta era disciplinada y, en los últimos meses, después de trabajar de mañana  (hasta diciembre), de cuatro a ocho y media de la tarde se iba a estudiar al Club Arlanza,  como lugar silencioso.  La siguiente media hora la pasaba en oración, casi siempre de rodillas, en el pequeño oratorio, ante el Sagrario.  Acabado este tiempo, solía hablar con la encargada del Club, haciéndola partícipe de sus ideas, metas y preocupaciones.  A ella le contaba cómo en su conversación con el Señor le apremiaba para que le hiciera ver su voluntad, ya que en las Comunidades se había levantado en una Eucaristía de convivencia para ofrecerse como “itinerante”.

Su confidente intentaba ilusionarla con los proyectos profesionales, “pero ella como de vuelta, aquello ya no la interesaba, era claro que Dios le había desprendido de todo: estudios, novio, proyectos... Su forma de ser, en mi opinión era la de una mujer que había encontrado a Dios, pero seguía buscándolo cada vez con más intimidad.  En los últimos meses siguió acudiendo al Camino Neucatecumenal, al que se sentía muy unida, y donde ella se sentía proyectada para ayudar al mundo... Era una mujer con profunda vida interior, que se palpaba en su actitud... Al mismo tiempo que buscaba con mucha fuerza a Dios, se daba a los demás”.  En una ocasión, un sacerdote que, durante la enseñanza en el Instituto había sido su profesor de religión, se acercó a Marta para interesarse de sus proyectos de afamada periodista y le contestó: “hoy por hoy en mi cabeza sólo cabe Dios”.

Era muy atenta y cariñosa, como lo indica el que, el día de Noche Vieja de 1991, Marta llegó al Club vestida de frac y estuvo haciendo reír a las niñas unos tres cuartos de hora y, luego, se fue con sus amigas.  Para la última fiesta de Reyes Magos había comprado con gran ilusión una guitarra para su hermana de 11 años.  Como estaba dispuesta siempre a acompañar y, en la tarde del mismo día 6, la encargada del Club debía permanecer allí, vino a estar con ella.  Vieron un video sobre el encuentro de Juan Pablo II con los jóvenes universitarios y quedó impresionada, proponiéndose ir a Roma al siguiente encuentro por Semana Santa.

Comenzó a prepararse intensamente para los exámenes de febrero, pero en los últimos días había notado que alguien la seguía, manifestando sus miedos.  El 21 de enero, día de Santa Inés, prolongó su conversación con su confidente hasta las 9,40, “presentía algo, yo lo quité importancia” con una anécdota en la vida de Santa Teresa.  Antes de marcharse a casa, se acercaron al oratorio para despedirse del Señor, “hicimos una genuflexión delante del Santísimo y se fue”.  Al salir le indicó que no retirase los libros y apuntes de la mesa, porque, al día siguiente por la mañana, después de oír la Santa Misa y comulgar allí, pensaba seguir estudiando.

Extrañó a los padres que, siendo las diez de la noche no hubiera regresado a casa.  Estaba nevando y un joven, conocido de toda la familia, invitó a Marta a subir a  su coche, la dejó frente a su portal.  La llave estaba rota y cerca de las veintidós horas la vecina del segundo piso oyó un grito desgarrador.  Cinco días se tardó hallar el cadáver de Marta, a unos cinco kilómetros de la Ciudad. 

Según el informe forense falleció en las primeras horas del día 22 de enero de 1992.  Tenía diversas erosiones y hematomas, fuertes presiones con las manos en el cuello y, sobre todo, 14 heridas de arma blanca en la parte izquierda del pecho, una de ellas en el centro del corazón. El informe y la sentencia repiten que eso sucedió por intentar evadir la agresión. El imputado del crimen había sido juzgado ya en cuatro ocasiones por abusos y violaciones, pero sin llegar al homicidio, al ceder sus víctimas a sus pretensiones. 

Los hechos nos sugieren que la joven estudiante de quinto de periodismo, Marta María de los Ángeles dejó un hermoso ejemplo, tanto en su vida agradecida al amor y misericordia de Dios, como en el testimonio de su valerosa muerte por defender la virtud.

martes, 7 de junio de 2011

BEATO JUAN DE PALAFOX

El domingo día 5 de junio fue Beatificado en la Catedral de El Burgo de Osma (Soria) el Obispo Juan de Palafox. La ceremonia de Beatificación fue realizada por el Cardenal Prefecto de la Congregación para las causas de los Santos Angelo Amato. El Prefecto destacó del nuevo Beato que gran celo por extirpar el mal y plantar lo que es santo y bueno.

Aquí os presento un articulo que he tomado del P. Alberto Royo Mejía, consultor de la Congregación para la causa de los santos. Este y otros muchos artículos podéis encontrar en www.historiadelaiglesia.org

JUAN DE PALAFOX: PASADA LA POLÉMICA DE SIGLOS, HOY ADMIRAMOS SUS VIRTUDES

Personaje interesantísimo de la Iglesia española y americana del siglo XVII, la polémica acompañó al Beato Juan de Palafox (que ya casi podemos llamarle así a los pocos días de su beatificación) durante su vida y también después de su muerte: A causa de su enfrentamiento con algunos religiosos de la Compañía de Jesús durante el periodo en que fue obispo de Puebla de los Ángeles y posteriormente Arzobispo de México, sabido es tuvo que dejar aquellas tierras y volver a España en 1653, donde pastoreó la diócesis de Osma hasta su muerte algunos años después.

Recordemos que dichas disputas tuvieron su origen en su defensa de la Jurisdicción episcopal, lo cual sólo puede entenderse teniendo presente la responsabilidad del Obispo como ejecutor de las disposiciones del Concilio Tridentino. La negación de las órdenes religiosas a pagar los diezmos necesarios para la sustentación del clero diocesano y de solicitar las licencias episcopales necesarias para predicar y confesar le trajeron a Juan de Palafox grandes quebraderos de cabeza. El gesto de la designación de unos obispos usurpadores, los Conservadores (mayo de 1647), que llegaron a declarar Sede Vacante con el Obispo presente en el territorio, al que excomulgaron (lo que provocó que éste tuviese que esconderse por más de cuatro meses en San José de Chiapas), revestía una gravedad tal, que, según diagnosticaba Palafox, amenazaba la estructura misma de la Iglesia. Sobre el tema escribió Palafox mucho y muy claro, obligado a contrarrestar la propaganda de sus adversarios. Sin embargo, en la historiografía eclesiástica, su versión ha tenido menos eco que la contraria.
Debido a su papel en el contencioso mencionado, encontró la hostilidad de los jesuitas, lo que motivó su gran animadversión hacia ellos. En dos ocasiones (1647 y 1649) manifestó mediante quejas formales ante el papado de Roma sus desavenencias. Inocencio X, sin embargo, rechazó estimar sus censuras, y todo lo que pudo obtener fue un informe de 14 de mayo de 1648 que instaba a los jesuitas a respetar la jurisdicción episcopal. Como se ha dicho, en 1653 los jesuitas consiguieron su traslado a España.

Lo que algunos no saben sin embargo es que dicha disputa lo acompañó después de su muerte complicando y retrasando el proceso de canonización, que justamente se intentó comenzar por la fama de santidad que le había acompañado en vida y continuaba tras su muerte. De estas dificultades nos habla el P. Ildefonso Moriones, Postulador de su causa:

“…el P. Tirso González, General de la Compañía de Jesús, temiendo que la canonización de Palafox hiciera de caja de resonancia a la denuncia que el Obispo de Puebla había hecho al Papa sobre la conducta menos correcta de algunos jesuitas, creyó oportuno, para salvaguardar el honor de la Compañía, impedir la introducción de la Causa. Y lo consiguió en 1699, presentando como obstáculo principal la carta escrita por Palafox a Inocencio X el 8 de enero de 1649.

Eso explica por qué el Proceso estuvo en suspenso hasta 1726, en que el Papa Benedicto XIII, asesorado por el Promotor de la Fe Próspero Lambertini, firmó la Introducción de la Causa y se pusieron en marcha los Procesos Apostólicos.

En 1758 hubo otro intento, por parte de la Compañía, de bloquear el Proceso, alegando la carta de Palafox a Inocencio X como obstáculo para la aprobación de sus escritos. Pero intervino personalmente en su defensa Benedicto XIV que como Promotor de la Fe había asesorado al Papa 30 años antes y con la aprobación de los escritos, incluida la famosa carta, se entró en la fase conclusiva del Proceso, o sea, la discusión sobre las Virtudes, en las Congregaciones acostumbradas: Antepreparatoria (1771), Preparatoria (1775) y General (1777).

Pero, como en esta última, celebrada el 28 de enero de 1777, nuestro Venerable tuvo 26 votos favorables y 15 contrarios, el Papa difirió la promulgación del Decreto sobre las Virtudes heroicas que solía tener lugar algún tiempo después de dicha Congregación.”

Todas estas complicaciones convirtieron el Proceso de Canonización de Juan de Palafox en largo y complicado y, sin embargo, los testimonios acerca de su santidad son de gran contundencia. Hoy, pasados los siglos y olvidadas las disputas, leemos dichos testimonios y no podemos dejar de admirarnos de las virtudes de este gran hombre. Para que se pueda comprobar que estas afirmaciones no se alejan de la realidad, quiero reproducir algunos fragmentos de la declaración jurada realizada por el que fue durante muchos años su mayordomo, Francisco Lorente (1604-1680), que quiso dejar por escrito sus recuerdos por si algún día se conseguía abrir la Causa de Santidad de su venerado patrón y amigo. Dichos recuerdos no tienen pérdida:

“Por ejercitarse en la humildad, barría el obispo mi señor el oratorio y librería. El vestido exterior de su Ilustrísima era ordinariamente de raja, manteo y sotana, sin quitárselo para dormir. El interior eran las túnicas o camisas de estameña delgada y el armador o jubón de otra estameña gruesa, y los calzones, cuando no eran paños menores de cotenza. Para salir de casa usaba su Ilustrísima de medias de paño negro, poco más de a media pierna, porque no se le viese con chinelas, y, vuelto a casa, se lo quitaba todo y andaba siempre descalzo en todos tiempos.

Todo el año ayunaba el obispo mi señor, excepto los domingos; y la comida casi siempre era de legumbres, porque de ordinario dejaba el pescado y los huevos. Muchas noches no tomaba colación; y, cuando la hacía, era muy poca; y, por mortificación, se privó de las aceitunas, de que fue muy aficionado.

Los días de cuaresma y de precepto y todos los viernes y sábados del año, con las vísperas de las festividades de Nuestra Señora, ayunaba a pan y agua y, muchas noches, no tomaba colación.

Como era tan frecuente este alimento; el médico, temiendo que le podría hacer daño criando lombrices, le daba para la colación un poco de aceite y vinagre en que mojaba el pan. Y haciéndole este género de gazpacho, solía decir su Ilustrísima: “Parece que me has de hacer lámpara". Comía y tomaba la colación en un bufetillo con dos servilletas. Y, antes de la colación, ocupaba su Ilustrísima algunas horas en el estudio; y, mientras la tomaba, como por la mañana cuando se lavaba para decir misa, le leía en la Biblia Sacra hasta un cuarto de hora, poco más o menos; y mandaba rayar algunos lugares, que después se los escribía para tomarlos de memoria. Y como fue este ejercicio tan continuo, me persuado que toda la tuvo en su memoria.

Después de las colaciones, se retiraba su Ilustrísima para rezar el Oficio Divino y los ejercicios de la oración, mortificación y las demás virtudes, según el orden que tenía señalado en una tablilla del oratorio, por días y semanas.

Los cilicios de que usaba su Ilustrísima eran muchos, y teníalos cerrados con llave en la alacena del antepecho que había en el oratorio, donde tal vez los vi, olvidándose de la llave; entre ellos un corazón de hierro o acero, que pesaría como media arroba, con su cadenilla delgada para el cuello. Los ordinarios eran de cerdas y la cruz de yerro con puntas que traía al pecho debajo del escapulario de cerdas que también cogía las espaldas.

Dormía su Ilustrísima con estos cilicios y vestido siempre, como he dicho, y debía de ser muy poco, y esto en un rincón del oratorio, donde tenía fija la aldabilla en que afijaba el yerro largo del collar que se ponía para que le despejase. Y así pasaba casi todas las noches, con ejercicios de mortificación y penitencia y escribiendo tratados espirituales, que algunos se imprimieron con nombre de fray Juan de Jesús María.

Mudaba la ropa y los cilicios su Ilustrísima, de quince en quince días y, tal vez, pasaban más. Para esto, y para cuando tenía algún accidente de enfermedad, había cama con colchón y sábanas de estameña delgada con su frazada y sobrecama y cortinas de estameña frailega. En esta cama se recogía para mudarse y (como era menester espulgar la ropa ordinaria, que, por no hacerse muchas veces, me parece que fue la cosa de la mayor mortificación que padeció su Ilustrísima), hallándose aliviado, solía dormir algo más que quisiera y, en despertando, me decía: ¿Por qué no me despertaste? Satisfacíale con que me había dormido también.

Todos los días decía misa su Ilustrísima con grandísima devoción y lágrimas; y, en las ordinarias, se detenía poco más de media hora, siendo necesario siempre ponerle lienzo en el cíngulo para enjugar los ojos. Pero los días de las Pascuas y festividades grandes y las vacaciones, cuando se retiraba en casa o en alguna capilla de religiosos, tardaba en la misa más de tres horas, y, con tan grande don de lágrimas, que era menester mudarle los lienzos tres o cuatro veces, cuando dejaba caer los mojados y, no pocas, se quitó la casulla harto mojada por el pecho.

Siendo obispo, siempre se confesaba su Ilustrísima para decir misa, para administrar los santos sacramentos, y para comulgar, cuando no podía decir misa por enfermo. Los días de fiesta, por la tarde, cuando no tenía puntual ocupación, se iba su Ilustrísima al convento de San Gil, de los religiosos Descalzos de San Francisco, trataba con sus confesores, que lo fue fray Diego de San José, varón de grande virtud y santidad y murió con mucha opinión de santo. Después se recogía su Ilustrísima en la tribunilla de la iglesia y estaba orando, hincado de rodillas, más de tres horas, y solía salir a más de las ocho de la noche. Las semanas santas de las cuaresmas se retiraba su Ilustrísima en este santo convento de san Gil, o en el convento de San Bernardino de la misma Religión algunos años; y en entrambos seguía la comunidad y sus santos ejercicios como si fuera profeso.

Cuando comencé a servir a su Ilustrísima y veía los rigores y aspereza de la vida que pasaba, confieso que nunca me pareció que pudiese vivir mucho tiempo, ni que yo podría tolerar el trabajo de asistirle; mas por lo que le tocaba a su Ilustrísima, cada día, con el trato y comunicación, es cierto que estaba más alegre y hermoso.

Los domingos visitaba su Ilustrísima los enfermos de los hospitales, a quienes consolaba mucho, regalándolos con algunos dulces y socorriéndolos con la limosna que podía, y cuando daban lugar los empeños con que volvió de la Jornada de Alemania. Y, cuando no había dinero, se daba a los pobres que iban a pedir en casa de las alhajas que habían quedado, cuando se fue a Valencia el marqués mi señor, su hermano. Tal vez faltaba con qué socorrer los pobres, y, siendo cierto que lo que más estimaba su Ilustrísima eran los libros, porque se estaba comenzando a hacer la librería, me decía que no saliesen los pobres desconsolados, aunque fuera menester darles de los libros.

El deseo de hacer limosnas fue siempre creciendo en su Ilustrísima y así, nunca se vio desempeñado, antes cada día se empeñaba más, principalmente desde que aceptó este obispado. Y aquí se puede ponderar que, siendo su Ilustrísima Obispo de la Puebla y Visitador general de este Reino, decía misas por la pitanza ordinaria para dar aquello más a los pobres.”


Aquí tambien os presento un video que he encontrado en: http://www.corazoncatolico.blogspot.com/2011/02/juan-de-palafox-y-mendoza.html


domingo, 15 de mayo de 2011

“Es que el Señor ya sabe que, si conviene, me la tiene que dar. Yo sólo le pido que me aumente la fe”. (Rebeca Rocamora)


Hace unos años, gracias a un sacerdote de la diócesis de Alicante conocí la persona de Rebeca Rocamora. Esta joven es un ejemplo de santidad para todos los jóvenes de nuestro tiempo. Nos muestra que hoy es posible ser santos. Para ello tenemos que vivir siempre muy unidos al Señor, teniendo a Jesucristo como centro de nuestro corazón. Mirando en Internet pude encontrar esta breve biografía de su persona. Podéis encontrar más en www.rebecarocamora.es

Rebeca Rocamora Nadal nace el 7 de septiembre de 1975 en Granja de Rocamora, un pequeño municipio situado en la comarca del Bajo Segura, al sur de la provincia de Alicante.

Es la segunda de cuatro hermanas. Su nacimiento es motivo de enorme felicidad para sus padres, Óscar y Mª Rosi, que habían perdido un niño a los seis meses de gestación. Aunque peligraba un nuevo embarazo, Rebeca llega tan sana y fuerte, que la comadrona que asiste en el parto comenta: “Es un ángel rubio con ojos de cielo”.

Es bautizada a las dos semanas de nacer, el 21 de septiembre, en su Parroquia de San Pedro Apóstol. Recibe el nombre de Rebeca, que significa: la que une y que encajará perfectamente con su personalidad. Se le añade el de María para ponerla desde el primer momento al amparo de su mirada maternal.

Rebeca crece en un entorno de fe cristiana, modesto, acogedor y alegre. Su padre trabaja como encargado en un taller de aparado de calzado y su madre en una tienda de labores. De ellos irá aprendiendo poco a poco a amar a Dios y crecer como persona. Estas enseñanzas van calando hondo en su receptivo corazón y se transparentan en sus acciones. Es una niña cien por cien normal, dócil a la gracia, a la que irá respondiendo según su edad.

Tiene un carácter afable y generoso. Físicamente muy guapa: de cabello rubio, grandes ojos azules, con una mirada limpia y una sonrisa que a todos atrae. Es cariñosa, familiar, ama la naturaleza y la grandeza de las pequeñas cosas.

Cursa los estudios de EGB en el Colegio Público San Pedro Apóstol de su pueblo natal. Le gusta aprender, es buena alumna y compañera. Disfruta jugando con sus hermanas y amigos. Casi siempre acaba siendo el alma de travesuras y fiestas por su ingenio y espontaneidad. Dicen sus padres que “tenía un temperamento vivo que compaginaba perfectamente con su dulzura”. Rebeca se va abriendo a la vida como una niña feliz.


El 3 de junio de 1984 hace la Primera Comunión a los ocho años de edad. Rebeca prepara su corazón poniendo a Dios en el primer lugar… En esa época sus padres están pasando apuros económicos, no hay para gastos extraordinarios y su madre le comenta: “Hija, ¿quieres que la mamá te haga a punto el vestido de Primera Comunión y el papá te confeccione los zapatos?”. Y ella, con toda naturalidad, responde: “¡Claro que sí mamá, lo importante es el Señor!”.

Viendo la alegría que refleja al recibir a Jesús por primera vez, el párroco le manifiesta: “Rebeca, no pierdas nunca esa sonrisa”, y así lo cumplirá hasta en los momentos más difíciles. Muy pronto comienza a vivir abrazada a la cruz de la enfermedad. Ella misma escribe en su catecismo, con inocencia y determinación: “Acepta con agrado la llamada del Señor sin temor a lo que te pueda pedir” y esta promesa a Jesús: “Ser fiel a sus mandamientos y cumplirlos, dando así testimonio de fe y amor”.

En marzo de 1985, visitando un santuario mariano, aparecen los primeros síntomas de una diabetes insípida e idiopática, sufre fuertes dolores de cabeza y una parálisis ocular. Tras meses de reconocimientos médicos y dolorosas pruebas, le descubren un tumor en la hipófisis. El 9 de Mayo de 1986 es ingresada de urgencia en la clínica madrileña Puerta de Hierro, donde permanecerá tres largos meses.

Rebeca se enfrenta a una dura enfermedad, cuánto más para una niña de diez años, sin dar la espalda a Dios. Él va poniendo las mediaciones oportunas… Una de las más importantes, que marcará su interior para siempre, será conocer al Padre Lope Nuño Gallas, ejemplar sacerdote que le ayudará a aumentar su amor a la Virgen y el abandono filial.

No hay lugar para el aislamiento o la tristeza… Durante su estancia en el hospital, Rebeca es muy activa, derrocha amor a cada paso… A pesar de padecer las consecuencias de un tratamiento agotador, no piensa en sí misma y después de cada sesión, aún le quedan fuerzas para visitar a sus compañeros, enfermos como ella, y animarlos. La quieren tener a su lado… Deja en ellos, sus familiares y el personal sanitario, alegría, consuelo y esperanza. Vive pendiente de los suyos, a los que siempre saca una sonrisa, intentando hacerles olvidar las preocupaciones.

A finales de verano, los médicos temen que el tumor no desaparezca totalmente con la radioterapia, sin embargo, Rebeca sana por mediación de María, a la que se había acogido confiadamente. Cesa también la parálisis ocular, irreversible para muchos, atribuida a la intercesión de Santa Gema Galgani. Estos sucesos hacen de ella una muchacha agradecida, naciendo el deseo de darse a los demás como catequista de los más pequeños.

El tratamiento utilizado hará su salud algo frágil, debiendo viajar semestralmente a Madrid para ser revisada por los médicos. A su vuelta a casa manifiesta una gran fuerza interior adaptándose a su vida habitual, prosiguiendo sus estudios sin demostrar a nadie su nueva situación, aun a costa de muchas renuncias y sacrificios, incluso de sufrir la incomprensión de algunas personas… Su actitud ante la vida no cambia: acepta el dolor transformándolo en un sí. La enfermedad la acerca más a Dios y a los que están a su lado. Nada le hace perder la sonrisa.

El 2 de Junio de 1990, en la vigilia de Pentecostés, recibe la Confirmación. Este sacramento le hace comprometerse en su vida como creyente dando una respuesta personal. Sabe que a veces tiene que ir contracorriente, pero Rebeca vive su fe de forma natural, colaborando en la parroquia con sencillez y dinamismo.

Es elegida responsable de un grupo de jóvenes en el Neocatecumenado Parroquial, y por fin puede realizar su sueño: en octubre comienza a dar catequesis de Precomunión, cultivando en los niños la semilla de la fe, el amor a Dios y a los hermanos. Con entrega y disposición de servicio, con paciencia y entusiasmo por vivir lo que enseña… Es su particular misión en la Iglesia. Una labor apasionante de apostolado que, aunque la salud a veces no le acompañará, realiza hasta su muerte.

Rebeca continúa su vida como una chica a la que le gusta el deporte, las manualidades, los libros y el cine de aventuras, la música, bailar… Lo normal a su edad. A pesar de los obstáculos que se le presentan, concluye los estudios como Técnico Auxiliar Administrativo. Pone todo lo mejor de sí misma en los detalles cotidianos con sus familiares y amigos, siempre con un toque de humor. Para ella, la felicidad consistirá en hacer felices a los demás.

Dicen quienes la conocieron que “Rebeca te hacía sentir como la persona más importante del mundo”. Ama de una forma personal y, sin proponérselo, la transparencia de su mirada disipa las nubes que a veces se ciernen sobre los demás, como fiel reflejo de su vida interior.
Cuando está inmersa en lo más hermoso de la juventud, llega de nuevo una inesperada enfermedad… A principios de 1995 se le presenta un progresivo malestar. Las revisiones en Madrid y la visita a varios especialistas no dan con el diagnóstico. Todo lo que le recomiendan lo cumple fielmente, pero sigue sin encontrarse bien. En febrero de 1996 padece una parálisis facial y el 4 de marzo vuelve a ser ingresada en la clínica Puerta de Hierro, sufriendo una hemiplejia. Le diagnostican entonces un glioma de alto grado que le asegura pocos días de vida; aunque más tarde se descubre que el daño es por un medicamento que tomaba desde su primera enfermedad, salido defectuoso de laboratorio.

Regresa a casa desahuciada en lo humano, pero Rebeca no tiene quejas ni preguntas, sabe que Dios le ama. Es el momento en que brota una luminosa transformación interior que se intensifica día a día… Pide a su párroco ser bendecida por la reliquia del Lignum Crucis que se venera en su pueblo y éste permite que permanezca junto a ella toda su enfermedad. “La fe en la Santa Cruz es mi fuerza”, afirmará Rebeca. La cruz la une cada vez más a Dios, al deseo de aceptar Su Voluntad. La hace crecer a pasos de gigante y madurar en la fe, hasta el punto de contestar, cuando le dicen que pida la salud: “Es que el Señor ya sabe que, si conviene, me la tiene que dar. Yo sólo le pido que me aumente la fe”.

A diario se celebra la Eucaristía en su habitación, se convierte en iglesia viva donde emplaza a que la acompañen para alabar y dar gracias al Señor. Frente a su cama se coloca una imagen del Sagrado Corazón de Jesús que visita a los enfermos, con quien tiene una profunda comunicación espiritual. Y realiza su última visita al Santuario de Lourdes para que la Virgen le ayude a seguir adelante en los momentos más duros. En uno de ellos le dice su madre: “Hija, ¡cuánto vas a sufrir!”, pero ella contesta: “No, mamá, esto no es sufrir. Sufrir, sufrió el Señor”.

No quiere que nadie sufra a su alrededor, su delicadeza es cada vez más fina, incluso se acuerda del pobre que pedía limosna cerca de su casa durante las fiestas del pueblo, pidiendo que lo atiendan por ella. Y en una leve mejoría, su único deseo es seguir dando catequesis… Con sus padres y hermanas vive un auténtico cenáculo, les dice: “No pasa nada, todo se andará”. Desde su cama está pendiente de familiares, amigos y cuantos la visitan, siendo ella misma quien les da paz y una palabra de aliento, ofreciendo su enfermedad por todos. Se sienten envueltos en una atmósfera de cielo, atraídos por su testimonio de fe, esperanza y amor. Rebeca se convierte para ellos en señal de la presencia de Dios con una alegría contagiosa, una serenidad impresionante y una fortaleza poco común.

El corazón de Rebeca amplía horizontes hasta límites insospechados, comprendiendo poco a poco el designio de Dios sobre su vida… Recibe la visita del Obispo Emérito de la diócesis, Mons. Pablo Barrachina y Estevan, a quien confía: “Me voy al Cielo y poco a poco me llevaré a los que quiero… A medida que Dios les llame, yo estaré allí junto a Él para interceder por ellos”. Finalmente, a las nueve de la noche del 26 de mayo de 1996, domingo de Pentecostés, muere Rebeca a los veinte años de edad dibujando en su rostro una serena sonrisa mientras su familia reza el rosario junto a ella.

Tras su muerte acude a verla una continua peregrinación de gente de todas las edades, llegada espontáneamente de distintos lugares: jóvenes, adultos, enfermos, sacerdotes, muchos niños, incluso se da alguna conversión y otros sienten la llamada a seguir al Señor… Quieren besarla, tocarla, pedirle… Su funeral es también multitudinario, concelebrado por cuatro presbíteros que ofician la misa de gloria, cantada por un grupo de seminaristas del Seminario Diocesano. Es una celebración distinta, festiva… Un canto a la vida, a la obra de Dios realizada en Rebeca, que el párroco resalta bellamente en la homilía.

Desde ese día son muchas las personas que visitan su sepultura dejando flores, notas de petición o agradecimiento, y que asisten cada año a la misa por el aniversario de su muerte; así como quienes han pedido la introducción de su causa o atribuyen a su intercesión algunos favores obtenidos de Dios.

Con su vivencia sencilla y escondida, Rebeca deja una radiante estela de virtud y fama de santidad que está trascendiendo con fuerza, suscitando una respuesta a vivir la lógica del Evangelio, especialmente en los jóvenes. Para muchos, su estela es la de una verdadera cristiana… Como una antorcha, un punto de referencia o un estímulo para desear alcanzar la santidad, sólo hay que leer algunos testimonios…


Más que nunca, los hombres y mujeres de hoy necesitamos testigos, ejemplos cercanos y actuales que nos ayuden a vivir con entusiasmo nuestra fe en los ambientes donde nos movemos. Seguramente, lo que atrae de Rebeca es, por un lado, que su vida es común a la de cada uno de nosotros, encontrando en ella una amiga… Y por otro, que su secreto consistió en vivir la vida ordinaria de una manera sobrenatural, poniendo amor en todo lo que se hace, sea grande o pequeño. Esta es la invitación que Rebeca nos ofrece para descubrir la verdadera alegría.

La apertura de su Proceso de Canonización se celebró el 14 de marzo de 2009, presidida por el Obispo de la Diócesis de Orihuela-Alicante, Mons. Rafael Palmero Ramos, acompañado por familiares y amigos de Rebeca, varios sacerdotes y centenares de personas. Actualmente está a punto de concluir su fase diocesana.