LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.



A lo largo de la historia, Dios ha hablado a los hombres de muchas maneras, hoy nos ha hablado por medio de Jesucristo. Él se hace hoy presente en medio de su Iglesia, la Iglesia que él ha querido fundar. Cristo, única promesa de felicidad, se hace presente en la realidad de cada día, en cada hombre y en cada acontecimiento.

Por ello, este blog lo que pretende es reconocer a través de los hechos en la Iglesia, la presencia de Dios en medio de su Pueblo.
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miércoles, 19 de diciembre de 2012

UN HOMENAJE A TANTOS SACERDOTES BUENOS


Hacemos un paréntesis en la sucesión de artículos sobre la historia de la Iglesia para anunciar la publicación del libro “Sacerdotes que dejaron huella en el siglo XX“, escrito por dos sacerdotes de Getafe, uno de ellos el que se encarga de este blog, Alberto Royo Mejía, y el otro José Ramón Godino Alarcón, joven experto en historia de la Iglesia. Se trata de la vida y obra de una selección de 46 sacerdotes de diferentes países que en el siglo XX dejaron una huella especial.

Como bien dicen los autores en el prólogo, dedicar un libro a todos los sacerdotes que dejaron huella en el siglo XX sería una labor prácticamente imposible pues, en realidad, casi todos los cientos de miles de sacerdotes -seculares y religiosos- que vivieron y ejercieron su ministerio en dicho siglo dejaron huella de un modo o de otro. La mayoría una huella buena, pues pasaron por el mundo haciendo el bien, como su Divino Maestro; y unos pocos dejaron una huella mala, vergonzosa, pero de ellos mejor ni acordarse.
Huella buena dejaron los sacerdotes que vivieron abnegadamente, según la llamada que un día recibieron del mismo Señor y, por tanto, celebraron y administraron los sacramentos con amor, predicaron la Palabra de Dios con tenacidad, buscaron el bien de las almas a ellos encomendadas y se asemejaron a Cristo pobre y humilde, sin buscar su propia gloria, sino la mayor gloria de Dios. Los que vivieron así, sin duda, dejaron huella. Muchos no habrán salido en los periódicos ni habrán recibido condecoraciones; incluso no habrán hablado a multitudes si su ministerio no lo requería, pero dejaron huella por donde pasaron, en los que bautizaron, confesaron, casaron, alimentaron con el Cuerpo del Señor, prepararon para la buena muerte o enterraron; en los que aconsejaron, consolaron o guiaron; en los niños a los que enseñaron a rezar, en los jóvenes a los que enseñaron a vivir, en los matrimonios a los que enseñaron a amarse, en los pecadores a los que ayudaron a volver a Dios o en los ancianos a los que enseñaron a morir; en todos ellos sin duda dejaron una huella profunda y si todos estos fieles -y tantos otros no-católicos, no-cristianos o no-creyentes que les trataron- pudiesen hablar, contarían maravillas de ellos.
Por eso, ante la imposibilidad de escribir un libro de tales dimensiones -dicen los autores-, “hemos tenido que escoger una pequeña representación -solamente cuarenta y seis- de los sacerdotes que dejaron huella en el siglo XX“. Para que nos hagamos una idea de lo reducida que queda la selección, se piense que en cada año del siglo XX falleció por lo menos un sacerdote que está en proceso de canonización, y en muchos años más de uno -sin hablar de los obispos-, por lo que solamente candidatos a los altares de los que se podría escribir hay bastantes más de cien.


Así pues, hemos tenido que excluir a los que llegaron al episcopado, incluidos los que fueron obispos de Roma , para quedarnos en los que fueron simples sacerdotes (hay algún monseñor, pero eso no altera su condición de sacerdotes, sino que solo la adorna un poco), seculares o religiosos, sin distinción. Si no hubiésemos hecho esa reducción, solamente con los obispos podíamos haber escrito otro libro todavía más voluminoso que éste. Ha sido, además, una exclusión buscada a propósito, pues los autores del libro queríamos rendir una especie de homenaje a nuestro sacerdocio a través de nuestros hermanos sacerdotes, sin por ello quitarle nada al afecto que tenemos a los obispos, los cuales encontrarán más fácilmente biógrafos.
Muchos de los que aparecen en el libro están en proceso de canonización y algunos han llegado ya a los altares, pero no todos. Si bien es cierto que la santidad es el mejor modo de dejar una huella perdurable, objetivamente hay sacerdotes que influyeron mucho en la Iglesia y en el mundo del siglo XX sin que se haya pensado en ponerles sobre un altar, quizás también porque no lo merecieron. Intentando ser lo más objetivos posibles, han incluido un poco de todo, oves et boves, fijándose en su aportación real y no en los encasillamientos en los que otros les hayan querido incluir.
Quizás a alguno le parecerá arbitraria la elección de los que aparecen en estas páginas, y realmente en cierto sentido lo es, pues uno habla de lo que conoce mejor y es difícil hacerlo sobre lo que se desconoce, pero no creemos que haya sido injusta. Sin duda se han tenido que dejar a muchos en el tintero, entre mártires, misioneros, confesores, fundadores y teólogos; pero la tarea se volvía imposible. Sin embargo, no podemos dejar de mencionar, aunque sea de pasada, a los seis mil sacerdotes asesinados bárbaramente durante la persecución religiosa de la II República española, a los varios miles que murieron en los campos de concentración nazis y comunistas, a los que fundaron nuevas iglesias en Asia y África, a los que sobrevivieron a las crisis postconciliares y perseveraron cuando muchos de sus compañeros se secularizaron, a los que con sus mejores esfuerzos evangelizaron en los tiempos de la modernidad y a los que le tocó ya los de la postmodernidad, etc.
Concretamente, explican, “en nuestro ámbito español podríamos haber incluido a muchos más, entre ellos a los curas diocesanos Pere Tarrés, Abundio García Román, Eladio España Navarro, Leocadio Galán Barrena, José Luis Martín Descalzo, Luis Zambrano Blanco, Juan Paco Baeza, José Luis Múzquiz, Juan Sáez Hurtado, Baltasar Pardal, Honorio María Sánchez, Manuel Aparici, José Pío Gurruchaga, Antoni Aguiló Valls, Diego Hernández González, Manuel Herranz Establés, Vicente Garrido Pastor, Juan Sánchez Hernández, José Soto Chuliá, Rafael Sánchez García, José María Hernández Garnica, Ángel Carrillo, José Luis Cotallo, Bernardo Asensi Cubells, Pedro Legaria, Antonio Amundarain Garmendia, Manuel Pérez Arnal, etc.; los jesuitas Ángel Ayala, Segundo Llorente, Manuel García Nieto, Pedro Guerrero, Francisco Tarín y Rodrigo Molina -sin olvidar a los egregios Urbano Navarrete y Antonio Orbe-; y además, el benedictino Justo Pérez de Urbel, los agustinos Anselmo Polanco y Agustín Liébana, el marianista Vicente López de Uralde, los dominicos Buenaventura García Paredes y José Merino Andrés, los pasionistas Aita Patxi y Francisco Sagarduy, el redentorista Francisco Barrecheguren, el trinitario Félix Monasterio. Y la lista podría continuar…
El libro se divide en 6 secciones: “Los maestros del Espíritu“, que incluye a Carlos de Foucauld, Pío de Pietrelcina, Columba Marmión, Emiliano Tardif y José Rivera; “Los misioneros en tierras lejanas“, que habla de Arnold Janssen, Eustaquio Van Lieshout, Giuseppe Allamano, Joseph Gérard, Jan Beyzym, Nicolas Bunkerd Kitbamrung y Pedro Arrupe; “Los perseguidos por causa de la justicia“, entre los que encontramos a Ladislao Findysz, Jakob Gapp, Rupert Mayer, Miguel Agustín Pro, Maximiliano Kolbe, Teófilo Fernández Legaria, Ignacio Ellacuria y compañeros y Pino Puglisi; “Los grandes teólogos“, que son Hans Urs Von Balthasar, Henri de Lubac, Karl Rahner y Romano Guardini; “Los que se anticiparon a su tiempo“, que incluye a Joseph Kentenich, Josemaría Escrivá de Balaguer, Pedro Poveda, Giacomo Alberione, Tomás Morales, Luigi Giussani y Sebastián Gayá; “Los apóstoles de la caridad“, que trata de Edward J. Flanagan, Luigi Orione, Faustino M´guez, Benito Menni, Werenfried Van Straaten, Joseph Wresinski, Giovanni Calabria y Luigi Guanella; y por último, la sección tituada “En múltiples apostolados” que habla del Cura Brochero, Alberto Hurtado, Manuel García Morente, Patrick Peyton, José María Arizmendiarrieta, Henri Caffarel y José María Rubio.
Concluyen su presentación los autores diciendo que “escribir este libro ha sido una auténtica escuela para nosotros, pues a algunos sacerdotes que en él aparecen los conocíamos por el nombre y poco más, y ahora hemos aprendido lo mucho que tenían que enseñarnos. Adentrándonos en sus vidas, hemos admirado el testimonio que dieron y, sobre todo, hemos corroborado en cada uno de ellos aquello que decía el Santo Cura de Ars cuando definía el sacerdocio como “el amor del corazón de Jesús”. Esta hermosa frase, que podría parecer una teoría, se hace vida en la mayoría de los sacerdotes que, con sus limitaciones, a veces con errores, buscan únicamente vivir en profundidad ese amor y transmitirlo.”

P. Alberto Royo Mejía
Fuente: http://infocatolica.com/blog/historiaiglesia.php/ 

miércoles, 15 de diciembre de 2010

D. FRANCISCO JOSÉ: OBISPO QUE HA DEJADO HUELLA

Francisco José Pérez y Fernández Golfín nació en Madrid el 12 de febrero de 1931. Fue el cuarto de cinco hermanos, hijos de Don Julio Pérez Aubá, funcionario del Estado, y de Doña María Luisa Fernández-Golfín Guerrero de Portanova, hija y nieta de general, de larga tradición militar. Sus abuelos se llamaban por parte de su madre, Juan Manuel y Doña Enriqueta, por parte de su padre D. Gaspar y Doña Francisca.

Fue bautizado el día 27 de febrero de 1931 por el ministro. Rvd. D. Ricardo Mediavilla, en la parroquia de Ntra. Señora de los Dolores, perteneciente a la archidiócesis Madrid-Alcalá. Tuvo como padrinos a D. Gaspar y a Doña Rosa Pérez. El bautismo quedó inscrito en el Libro del año 1931, en el Folio 174, número 174.

Durante su infancia vivió la Guerra Civil Española en Madrid y Barcelona, escapando providencialmente de la muerte en varias ocasiones.

En la parroquia de S. Miguel Arcángel de Chamartín de la Rosa, en Madrid, fue confirmado por el Excmo. Sr. Obispo de Madrid-Alcalá D. Leopoldo Eijo Garay el día 27 de Noviembre del 1939. Sus padrinos de confirmación fueron D. Tomas Calle Ugena y Doña Mercedes Moreno Osorio. Esto quedó registrado en el libro primero de confirmaciones en el número 351.

Durante su juventud perteneció al Movimiento de Acción Católica. Así lo podemos ver en su carnet donde aparece como miembro numerario.

Después de cursar el Bachillerato Superior ingresó en el Seminario Conciliar de Madrid, donde estudió desde 1947 hasta mayo de 1956 .

A los 22 años de edad, siendo alumno del segundo curso de Sagrada Teología, el día 3 de Noviembre de 1953, pidió a través de una carta al Excmo y Rvdmo Sr. Patriarca de las Indias Occidentales, Obispo de Madrid-Alcalá, poder recibir la primera clerical tonsura en las témporas de Adviento. El día 6 de Noviembre de 1953 se lo pidió también a través de una carta al Sr. Rector del Seminario.

El 14 de Noviembre de 1953 se envió al Sr. Cura Párroco de San Miguel de Chamartín el cuestionario de la Sda. C. de Discip. de Sacramentos para que informara a la secretaría a cerca de la vida, costumbres y vocación de D. Francisco José Pérez y Fernández Golfín que deseaba recibir en las temporas a clerical tonsura. Este cuestionario fue enviado por el párroco el día 19 de Noviembre de 1953 (Cf. Archivo) El día 14 de Diciembre de 1953 realizó el juramento de fidelidad y el día 19 de Diciembre de 1953 recibió la primera tonsura clerical por su piedad sólida, carácter sencillo y servicial.

A los 23 años de edad, alumno del 2º curso de Sagrada Teología, el día 23 de Febrero de 1954, escribe una carta al Señor Obispo pidiendo recibir las ordenes menores del Ostiariado y Lectorado el Sábado ante Dominicam Passionis. El mismo día escribió al Rector del Seminario. El día 31 de Marzo de 1954 realizó el juramento de fidelidad.

También a los 23 años de edad, siendo ya clérigo lector de la Santa Madre Iglesia y alumno del 2º curso de Sagrada Teología, solicitó el día 24 de Abril de 1954 al Señor Obispo recibir el Exorcistado y Acolitado en las temporas de la Santísima Trinidad.

Fue ordenado sacerdote en Madrid el 26 de mayo de 1956, a los veinticinco años, en la entonces Catedral de San Isidro.

Durante sus años de formación, fue un brillante estudiante, haciendo vida todo aquello que estudiaba.

Su primera misión pastoral fue la de párroco en la parroquia Ntra. Señora de la Asunción en Alpedrete (Madrid). Fue nombrado en junio de 1956, realizó el juramento prescriptos y la profesión de fe el 2 de julio de 1957 ante el Excmo. Y Rvdmo Sr. Patriarca de las indias Occidentales. Tomó posesión de la misma el día 16 de julio de 1957 a las 10h. ante dos testigos: D. Estanislao Martín y D. José maría Santos, vecinos de Alpedrete. También fue encargado de la parroquia Ntra. Sra. Del Carmen. Los Negrales, de 1956 a 1962.

En 1962, el entonces Patriarca Obispo de Madrid, Don Leopoldo Eijo y Garay, le nombró director espiritual del Seminario menor, cargo que desempeñó hasta el año 1966, donde fue nombrado director Espiritual del Seminario Mayor. Estuvo simultaneando este cargo con el de profesor de formación religiosa en la Escuela Técnica de Ingenieros de Caminos.

Durante todos estos años se distinguió por su acierto en aplicar la renovación del Concilio Vaticano II a la formación sacerdotal y por su capacidad de discernimiento inculcó una espiritualidad sólida y duradera, de gran ayuda en momentos de cambios difíciles y de crisis. Fue animador de una escuela de espiritualidad sacerdotal, cuyos miembros se les conoce popularmente por “golfinianos”.

Don Francisco José tenía una gran experiencia de ejercicios espirituales (realizó en 1964 un cursillo para directores de ejercicios, al igual, realizó en 1971 un curso de Teología Espiritual en Comillas), especialmente para sacerdotes y seminaristas, y fue requerido para ponencias y comunicaciones en diferentes congresos y reuniones de estudio y espiritualidad.

En 1965 se licenció en Teología Dogmática en la Universidad Pontificia de Comillas. Su tesina de licenciatura versó sobre el tema Todas las cosas aman a Dios en el pensamiento de Santo Tomás. En el año 1967 hizo el curso de doctorado en la Universidad de Comillas. En 1969 hizo un curso de Biblia en Jerusalén. En 1970 se diplomó en Psicopedagogía en la Escuela de la Federación Española de Religiosos de la Enseñanza.

El 24 de mayo de 1972, siendo párroco de S. Jorge, fue nombrado por el Excmo. Sr. Obispo Auxiliar y Vicario General Mons. Blanco Ecónomo por el tiempo “Ad Nahum Episcopi”

En 1973 solicitó un traslado para atender mejor a sus padres, ya ancianos, y el Cardenal Arzobispo, Mons. Vicente Enrique y Tarancón, le nombró párroco de San Jorge (donde se le recuerda con mucho cariño), parroquia de nueva creación pero aún sin templo ni funcionamiento, cargo que desempeñó hasta 1983. Durante estos años fue elegido arcipreste del Arciprestazgo de San Agustín y desarrolló una fecunda labor pastoral de evangelización y catequesis familiar, de adultos y de infancia, pastoral juvenil y vocacional, gran promoción de la caridad y vida consagrada.

En 1974 obtiene la Licenciatura en Teología Moral en el Instituto Superior de Ciencias Morales con una tesis sobre El amor a los enemigos en el Nuevo Testamento.

El 1 de diciembre de 1983 fue nombrado, por el arzobispo de Madrid-Alcalá, D. Ángel Suquia Goicoechea, Vicario Episcopal de la vicaría I por el tiempo de cuatro años, cargo que desempeñó conjuntamente con el Obispo Auxiliar Mons. Ricardo Blanco Granda. El 5 de diciembre de 1983 hizo el juramento de fidelidad y la profesión de fe.

El día 25 de Marzo de 1985, a las 11 de la mañana, la Nunciatura comunicaba a monseñor Suquía el nombramiento de D. Francisco designado por el Santo Padre Juan Pablo II. Fue nombrado Obispo Auxiliar de Madrid y Titular de Tigillava. Su lema sacerdotal fue también el episcopal: Libentissime impendam et superimpemdar ipse pro animabus vestris (II Cor, 12, 15); "Muy gustosamente me gastaré y me dejaré desgastar por vuestras almas". Junto con otras muchas responsabilidades, se ocupó especialmente en estos años del cuidado de los sacerdotes y religiosos.

El 11 de mayo de 1985 a las 19, 30 fue ordenado en la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, de manos del cardenal Suquía, Don Francisco como obispo titular de Tigillava y Auxiliar de Madrid-Alcalá. En la ceremonia, el celebrante principal fue el Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Ángel Suquía Goicoechea, estaban también el Nuncio monseñor Innocenti, el cardenal Tarancón, monseñor García Lahiguera y otros obispos entre los que se encontraban los Auxiliares de Madrid.

El día 17 de mayo de 1985, a las 17, 30 horas, en el Palacio Arzobispal, comparece ante el Excmo. y Rvdmo Señor D. Ángel Suquía y presenta las Letras Apostólicas de su nombramiento. A su vez, D. Ángel Suquía las reconoce como autenticas y les da posesión de sus oficios, los nombra según derecho Vicarios Generales de la Archidiócesis.

El día 23 de julio de 1991 aparece la “Bula de erección de la Diócesis de Getafe” (“Matritensem praeclaram Sedem), por Juan Pablo II. Cardenal Angelo Sodano (Secretario de Estado) y Cardenal Gantín (Prefecto de la Congregación para los Obispos) y la “Bula de elección de Obispo de Getafe”, a FRANCISCO JOSÉ PÉREZ Y FERNÁNDEZ GOLFÍN, Obispo Auxiliar de Madrid y Titular de Tigilava. Dado en Roma, por Juan Pablo II. Eugenio Seni (Protonotario Apostólico).

El día 12 de Octubre de 1991 se lleva a cabo la “Ejecución de la Bula Apostólica”, erigiéndose canónicamente la Diócesis de GETAFE. Firmado por Mario Tagliaferri (Nuncio Apostólico) y Joseph Chennoth (Consejero).

Fue nombrado por el Papa Juan Pablo II Obispo de Getafe el día 23 de julio de 1991. Tomó posesión de su Sede ante el Nuncio de Su Santidad Mons. Don Mario Tagliaferri y once prelados más, el 12 de octubre del mismo año a las 19 horas, donde
permaneció hasta su fallecimiento, después de poner en marcha la nueva diócesis y sus instituciones.

En la Conferencia Episcopal Española fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero, de 1985-1990; de Límites, de 1993-1996; de Seminarios y Universidades, desde 1987.

A los setenta y tres años de edad, y con más de doce años de servicio episcopal en la Diócesis de Getafe, falleció el 24 de febrero de 2004, pocas horas antes del inicio de la Cuaresma. La muerte le sorprendió en su residencia del Cerro de los Ángeles, tras sufrir una caída accidental como consecuencia de un ataque al corazón. Recibió sepultura en la Ermita de Nuestra Señora de los Ángeles, junto a su querido Seminario Diocesano Nuestra Señora de los Apóstoles, donde cada día recibe la visita de numerosos fieles, muchos de ellos jóvenes, que acuden para pedir su intercesión y acompaña a los seminaristas en su formación.


Don Francisco escribió numerosas cartas, homilías, conferencias y manuscritos que se encuentran en el archivo del seminario Diocesano de Getafe donde murió y recibió sepultura. Algunos escritos, homilías, conferencias y otros textos han sido publicados por el Padre Gabriel Díaz Azarosa y por la Diócesis de Getafe en dos libros: Así era Don Francisco y Palabras Sacerdotales.