LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.



A lo largo de la historia, Dios ha hablado a los hombres de muchas maneras, hoy nos ha hablado por medio de Jesucristo. Él se hace hoy presente en medio de su Iglesia, la Iglesia que él ha querido fundar. Cristo, única promesa de felicidad, se hace presente en la realidad de cada día, en cada hombre y en cada acontecimiento.

Por ello, este blog lo que pretende es reconocer a través de los hechos en la Iglesia, la presencia de Dios en medio de su Pueblo.
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jueves, 29 de septiembre de 2011

LA VERDADERA ALEGRÍA

Cierto día el bienaventurado Francisco, estando en Santa María, llamó al hermano León y le dijo:
- Hermano León, escribe:

Este le respondió:

- Ya estoy listo.

- Escribe -le dijo- cuál es la verdadera alegría:

Llega un mensajero y dice que todos los maestros de París han venido a la Orden. Escribe: "No es verdadera alegría".

Y también que han venido a la Orden todos los prelados ultramontanos, arzobispos y obispos; que también el rey de Francia y el rey de Inglaterra. Escribe: "No es verdadera alegría".

Igualmente, que mis hermanos han ido a los infieles y han convertido a todos ellos a la fe. Además, que he recibido yo de Dios una gracia tan grande, que curo enfermos y hago muchos milagros. Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría.

- Pero ¿cuál es la verdadera alegría?

- Vuelvo de Perusa y, ya de noche avanzada, llego aquí; es tiempo de invierno, todo está embarrado y el frío es tan grande, que en los bordes de la túnica se forman carámbanos de agua fría congelada que hacen heridas en las piernas hasta brotar sangre de las mismas.

Y todo embarrado, helado y aterido, me llego a la puerta; y, después de estar un buen rato tocando y llamando, acude el hermano y pregunta:

- ¿Quién es?

Yo respondo:

- El hermano Francisco.

Y el dice:

- Largo de aquí. No es hora decente para andar de camino. Aquí no entras.

Y, al insistir yo de nuevo, contesta:

- Largo de aquí. Tú eres un simple y un paleto. Ya no vas a venir con nosotros. Nosotros somos tantos y tales, que no te necesitamos.

- Y yo vuelvo a la puerta y digo:

- Por amor de Dios, acogedme por esta noche.

Y él responde:

- No me da la gana. Vete donde están los mendigos y pide allí.

Te digo: si he tenido paciencia y no he perdido la calma, en esto está la verdadera alegría, y también la verdadera virtud y el bien del alma.

 

miércoles, 14 de septiembre de 2011

La cruz de Cristo, el mayor fracaso de la historia.

Celebrar la fiesta de la Santa Cruz es celebrar nuestra salvación y redención. Es recordar lo que hizo Jesucristo por amor a todos los hombres. Después de ser juzgado en el Sanedrín, Jesucristo, aceptando la voluntad del Padre, fue camino del monte llamado “calvario” a morir en una cruz por la salvación de toda la humanidad. Cristo entregó su vida por todos los hombres de buena voluntad y por aquellos que le niegan y le persiguen cada día. El amor de Dios es tan grande que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Tanto amó Dios al mundo, que envió a su hijo único para que este se salve por medio de él.

En esta cruz santa y gloriosa, Cristo nuestro Señor pagó un rescate, un caro rescate que no consiste en pagar unas cuantas monedas de oro o plata sino pagó su propia vida, su propia sangre. Nosotros estábamos esclavizados por nuestros pecados, por los pecados que tanto nos hacen sufrir y que nos lleva a la desesperanza. Este pecado ya no tiene fuerza en nosotros, hemos sido liberados de esta esclavitud gracias a la sangre de Cristo derramada en la cruz, gracias a la sangre que brotó de su costado abierto.

Cuando uno es esclavo del mal acaba siendo dominando, acaba siendo dependiente del pecado y esto es causa de sufrimiento para todos. Pero Cristo ha venido a vencer esta esclavitud. Con su sangre derramada por todos los hombres a vencido el pecado del mundo. El pecado ya no tiene poder en nuestra vida porque ha sido vencido por la muerte de Cristo. Este es el precio que Cristo a entregado por ti y por mi. Y yo me hago una pregunta ¿Cómo podría pagar todo este bien que me ha hecho?

Cristo, para eliminar este pecado de nuestras vidas, ha entregado a la Iglesia el sacramento de la Confesión. Allí entregamos nuestra miseria y recibimos la misericordia. La confesión es el amor de Dios derramado en nuestros corazones. No podemos dejar que el pecado domine nuestra vida. El pecado ha sido vencido y podemos los cristianos siempre empezar de nuevo en nuestra relación con Dios.  

La cruz es el signo de amor de Dios para con nosotros. Dice S. Andrés de Creta “Si Cristo no hubiese sido clavado, no hubiese manado de su costado la sangre y el agua que purifican al mundo. No hubiéramos sido declarados libres después de la deuda contraída por nuestros pecados. Sin la cruz, no hubiera sido derrotada la muerte, ni despojado el lugar de los muertos”.

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos porque con tu cruz has redimido al mundo.
Nosotros también participamos de la muerte de Cristo. Cuando nos bautizaron fuimos sumergidos en la muerte y resurrección de Cristo.  Como discípulos del único maestro, los cristianos participamos también de la cruz de Cristo, nos asemejamos al sufrimiento de Cristo en la cruz. Es la respuesta al sufrimiento de Cristo en la Cruz. Tu Señor que has sufrido por mí en la cruz quiero responderte y pagarte tanto amor cargando con mi sufrimiento de cada día. Los cristianos estamos llamados a cargar con la cruz de cada día aunque nos cueste. Si quieres seguirme, dice el Señor, niégate a ti mismo, carga con la cruz de cada día y sígueme. La cruz significa para nosotros gracia, fortaleza, don de Dios, pero también significa sufrimiento.

Cuando cargamos con la cruz nos estamos identificando con Cristo que sufrió la cruz voluntariamente. También debíamos vivirla nosotros no como el momento oportuno para separarnos de él sino el momento propicio para unirnos más a él. Nosotros respondemos al amor de Dios a través de la cruz de cada día. Cada día podemos ofrecer nuestra cruz por la salvación de todos los  hombres. Nosotros somos corredentores con Cristo. Ayudamos a Cristo a salvar al mundo, podemos ofrecer nuestros sufrimientos por la salvación de todos los miembros de la Iglesia. Por eso Cristo nos pide ayuda para participar en la redención del mundo. Una de las maneras de colaborar es aceptando la cruz de cada día por amor a Dios y ofrecerla a Dios por los hombres, por el mundo entero.

Por eso tenemos que aceptar cada día la cruz, no tener miedo de ella, ella es salvación aunque sea o nos parezca dolorosa.

Pidamos al Señor que nos conceda amar y abrazar la cruz de cada día, que podamos entender que la cruz es salvación para nuestras vidas. María es la que nos tiene que enseñar el significado de la cruz en la vida, ella lo vivió en primera persona. María enséñanos a carga con la cruz de cada día.

domingo, 27 de marzo de 2011

"El Rey de la Gloria ha vuelto a ser crucificado por las manos de los hombres"

Queridos amigos: Como ya hemos visto en estos días por desgracia, no han parado de profanar Iglesias, capillas y Sagrarios. Comenzamos el pasado 11 de febrero de 2011 con el Sagrario de la Parroquia de Santa Catalina de Majadahonda  con el Santísimo dentro, unos días antes habían intentado quemarla. También una de Carabanchel, lo siguiente que hicieron fue la profanación las capillas universitarias de Madrid, Barcelona y Valencia. Esto es un gran sufrimiento y dolor para el corazón de todos los católicos pues la Eucaristía es lo más grande que tenemos. Es el mismo Cuerpo de Cristo el que ha sido profanado y ultrajado. Se ha vuelto a realizar lo que aconteció hace 2011 años, se ha vuelto a crucificar al rey de la Gloria ¡Qué gran dolor!, nuestro Señor, el Rey de reyes y Señor de señores, vuelve a estar en manos de aquellos que le crucificaron en las afueras de Jerusalén.

Nosotros como cristianos, porque amamos a nuestro Señor, surge de nuestro corazón el deseo de reparar todas las injurias y menosprecios que recibe nuestro Señor cada día y en cada momento. Queremos reparar este gran dolor para el Corazón de Cristo. Por ello aquí os propongo dos nuevas oraciones para que podáis rezarlas a los pies del Sagrario, pidiendo por la conversión de los pecadores, de aquellos que han profanado el sagrarios y capillas, suplicando al Padre la gracia de serle enteramente fiel hasta él momento en el que decida llevarnos a la vida eterna.

ACTO DE DESAGRAVIO DE PÍO XI

¡Oh dulcísimo Jesús, cuyo inmenso amor a los hombres no ha recibido en pago, de los ingratos, más que olvido, negligencia y menosprecio! Vednos postrados ante vuestro altar, para reparar, con especiales homenajes de honor, la frialdad indigna de los hombres y las injurias con que, en todas partes, hieren vuestro amantísimo Corazón.

Mas recordando que también nosotros alguna vez nos manchamos con tal indignidad de la cual nos dolemos ahora vivamente, deseamos, ante todo, obtener para nuestras almas vuestra divina misericordia, dispuestos a reparar, con voluntaria expiación, no sólo nuestros propios pecados, sino también los de aquellos que, alejados del camino de la salvación y obstinados en su infidelidad, o no quieren seguiros como a Pastor y Guía, o, conculcando las promesas del Bautismo, han sacudido el suavísimo yugo de vuestra ley.

Nosotros queremos expiar tan abominables pecados, especialmente la inmodestia y la deshonestidad de la vida y de los vestidos, las innumerables asechanzas tendidas contra las almas inocentes, la profanación de los días festivos, las execrables injurias proferidas contra vos y contra vuestros Santos, los insultos dirigidos a vuestro Vicario y al Orden Sacerdotal, las negligencias y horribles sacrilegios con que es profanado el mismo Sacramento del amor y, en fin, los públicos pecados de las naciones que oponen resistencia a los derechos y al magisterio de la Iglesia por vos fundada.

¡Ojalá que nos fuese dado lavar tantos crímenes con nuestra propia sangre! Mas, entretanto, como reparación del honor divino conculcado, uniéndola con la expiación de la Virgen vuestra Madre, de los Santos y de las almas buenas, os ofrecemos la satisfacción que vos mismo ofrecisteis un día sobre la cruz al Eterno Padre y que diariamente se renueva en nuestros altares, prometiendo de todo corazón que, en cuanto nos sea posible y mediante el auxilio de vuestra gracia, repararemos los pecados propios y ajenos y la indiferencia de las almas hacia vuestro amor, oponiendo la firmeza en la fe, la inocencia de la vida y la observancia perfecta de la ley evangélica, sobre todo de la caridad, mientras nos esforzamos además por impedir que seáis injuriado y por atraer a cuantos podamos para que vayan en vuestro seguimiento.

¡Oh benignísimo Jesús! Por intercesión de la Santísima Virgen María Reparadora, os suplicamos que recibáis este voluntario acto de reparación; concedednos que seamos fieles a vuestros mandatos y a vuestro servicio hasta la muerte y otorgadnos el don de la perseverancia, con el cual lleguemos felizmente a la gloria, donde, en unión del Padre y del Espíritu Santo, vivís y reináis, Dios por todos los siglos de los siglos. Amén.

LETANÍAS DE DESAGRAVIO

Bendito sea Dios.
Bendito sea su Santo Nombre.
Bendito sea Jesucristo verdadero Dios y verdadero Hombre.
Bendito sea el Nombre de Jesús.
Bendito sea su Sacratísimo Corazón.
Bendito sea su Preciosísima Sangre.
Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar.
Bendito sea el Espíritu Santo Consolador.
Bendita sea la Incomparable Madre de Dios la Santísima Virgen María.
Bendita sea su Santa e Inmaculada Concepción.
Bendita sea su gloriosa Asunción.
Bendito sea el Nombre de María Virgen y Madre.
Bendito sea San José su casto esposo.
Bendito sea Dios en sus Ángeles y en sus Santos.

sábado, 12 de febrero de 2011

"Te he escogido a ti que eres un abismo de miserias, para que aparezca más mi poder. Y en cuanto a tu frialdad para amar a Dios, te regalo una chispita del amor de mi Corazón"

Santa Margaríta María de Alacoque nació el 25 de julio de 1967 en Janots, Borgoña. A los cuatro años Margaríta sintió en su corazón una llamada profunda del Señor a hacerle una promesa, una promesa que durará toda su vida:

"Oh Dios Mío, os consagro mi pureza y hago voto de perpetua castidad." 

Ella, como es de esperar, confesó que no entendía claramente lo que significaban estas palabras, pero es verdad que en su corazón ya mostraba el profundo deseo de consagrar y entregar su vida a Jesucristo.

Margarita ingresó en el Convento de la Visitación de Paray-le-Monial el 20 de junio de 1671 y allí recibió del Señor tres armas necesarias en la lucha que debía emprender para lograr la purificación y transformación de su corazón.

La primera arma: Una conciencia delicada y un profundo odio y dolor ante la mas pequeña falta. Una vez le dijo el Señor cuando había Margarita cometido una falta: "Sabed que soy un Maestro santo, y enseño la santidad. Soy puro, y no puedo sufrir la más pequeña mancha. Por lo tanto, es preciso que andes en mi presencia con simplicidad de corazón en intención recta y pura. Pues no puedo sufrir el menor desvío, y te daré a conocer que si el exceso de mi amor me ha movido a ser tu Maestro para enseñarte y formarte en mi manera y según mis designios, no puedo soportar las almas tibias y cobardes, y que si soy manso para sufrir tus flaquezas, no seré menos severo y exacto en corregir tus infidelidades."

Y así confiesa Margarita que nada era mas doloroso para ella que ver a Jesús incomodado contra ella, aunque fuese de forma muy poca. Y en comparación a este dolor, nada le parecía los demás dolores, correcciones y mortificaciones y por tanto, acudía inmediatamente a pedir penitencia a su superiora cuando cometía una falta, pues sabía que Jesús solo se contentaba con las penitencias impuestas por la obediencia. Esta arma se fundamenta en su gran deseo de amar.

La segunda arma: La Santa Obediencia y la tercera arma: Su santa cruz.

La Cruz es el mas precioso de todos sus regalos. Un día después que ella recibió la comunión, se hizo presente ante los ojos de ella una gran cruz, cuya extremidad no podía ver; estaba la cruz toda cubierta de flores. Y el Señor le dijo:
"He ahí el lecho de mis castas esposas, donde te haré gustar las delicias de mi amor; poco a poco irán cayendo esas flores, y solo te quedarán las espinas, ocultas ahora a causa de tu flaqueza, las cuales te harán sentir tan vivamente sus punzadas, que tendrás necesidad de toda la fuerza de mi amor para soportar el sufrimiento."

Era de esta forma intensa y purificadora que el Señor obraba sus designios en el corazón de Margarita. El, para desatar cada vez mas de su alma el afecto a las cosas de esta tierra y sobre todo a si misma, quiso permitir que viniesen sobre ella continuas humillaciones y desprecios. Pero no dejaba por ello el Señor de suplirle todas la gracias necesarias.

En otra ocasión le dijo el Señor: "Has de querer como si no quisieras, debiendo ser tus delicias agradarme a mí. No debes buscar nada fuera de mí pues de lo contrario injuriarías a mi poder y me ofenderías gravemente, ya que yo quiero ser solo todo para ti."

Al día siguiente de su profesión destinaron a Margarita a la enfermería, como auxiliar de la enfermera, Sor Catalina Marest, excelente religiosa, aunque de temperamento activo, diligente y eficiente. Margarita en cambio era callada, lenta y juiciosa. Recordándose ella después de su paso por la enfermería, escribía: "Solo Dios sabe lo que tuve que sufrir allí." Y no eran exageradas sus palabras pues había recibido un sin numero de insultos y desengaños durante ese tiempo.

Jesús le comunicó una parte de sus terribles angustias en Getsemaní y la quiere víctima inmolada. Ella le dice a Jesús: "Nada quiero sino tu Amor y tu Cruz, y esto me basta para ser Buena Religiosa, que es lo que deseo."

Santa María Margarita de Alacoque también recibió tres revelaciones de nuestro Señor, en el que manifestaba el dolor profundo de su corazón. Aquellos que él había elegido para su gloria, eran los primeros que le traicionaban. Estos somos nosotros, sus elegidos que muchas veces le dejamos de lado buscando otras compensaciones que llenen nuestro corazón. El resultado de buscar en cubos de basura es descubrir que solamente en Cristo está el secreto de la felicidad verdadera.  

Por ello os propongo esta oración de consagración al Sagrado Corazón de Jesús en el cual reparamos con todo nuestro corazón las injurias y menosprecios que ha recibido y está recibiendo nuestro Señor cada día. Aquí están incluidos nuestros pecados y los del mundo entero. Los cristianos estamos llamados a reparar con nuestras vidas y con nuestra entrega este sufrimiento constante del corazón de Cristo, que es un corazón que ama y que perdona, es un corazón paciente, que espera a que su hijo vuelva a los brazos del padre. ¡Que Dios tan grande tenemos! ¡Gustad y vez que bueno es el Señor! ¡Nadie nos ha tratado así nunca! ¡Gracias Señor!

“¡Oh Corazón de mi amantísimo Jesús! ¡Corazón dignísimo de toda mi adoración y amor! Yo, Bernardo Francisco de Hoyos, inflamado en el deseo de compensar y borrar tantas y tan graves injurias cometidas contra vos, y para huir, cuanto está de mi parte, el vicio de ingrato, os entrego y consagro del todo mi corazón con todos sus afectos, y a mí mismo con todo cuanto soy enteramente. Protesto que es mi deseo puro y sincero olvidarme del todo desde esta hora y momento de mí mismo y de todas mis cosas, para que, quitados todos los impedimentos, pueda entrar en vuestro sacrosanto Corazón, que con singular misericordia me habéis abierto, y habitar en él vivo y muerto con vuestros fieles siervos". 

“Encendido, pues, todo en vuestro amor, ofrezco gustoso a este divinísimo Corazón todo el mérito y satisfacción que puedo tener en los santos sacrificios de la misa, oraciones, obras de penitencia, humildad, obediencia y de todas las demás virtudes que ejercitare por todo el tiempo de mi vida hasta el último aliento de ella. No sólo quiero hacer todo esto en alabanza y honra del Corazón de Jesús, sino que también le pido humilde e instantemente se digne de admitir esta perfecta donación de todas mis cosas que hago a este santísimo Corazón, de suerte que pueda disponer de todas ellas a su arbitrio, aplicándolas a quien fuere servido, o destinándolas al fin que más le agradare: y cediendo a las ánimas del purgatorio toda la satisfacción que pueda tener en mis obras, deseo se las aplique según el beneplácito del Corazón de Jesús. Pero, no debiendo impedir ésta mi donación, que yo pueda ofrecer las misas y oraciones según lo pidieren algunas veces la obediencia y caridad; habiendo de valerme entonces de los bienes ajenos y que ya pertenecen al Corazón de Jesús, es mi intención que todas las obras de virtud que ejercitare entonces, queden dedicadas y consagradas al Corazón de Jesús como bienes propios suyos".

“¡Oh Corazón santísimo! enseñadme, os ruego, el camino que debo tomar para que, olvidado enteramente de mí mismo, llegue a conseguir la pureza de vuestro amor, cuyo deseo me habéis infundido. Abrásome en vehementes deseos de agradaros; pero siento que de ningún modo podré llegar a conseguir lo que deseo sin aquel gran auxilio que vos solamente podéis darme. Perfeccionad, pues, en mí ¡Oh Corazón santísimo! todo lo que os es agradable y conforme a vuestra voluntad. Conozco ciertamente que yo repugno y resisto; pero, si no me engaño, no quisiera resistir: a vos os toca dar y perfeccionarlo todo. A vos sólo ¡Oh Corazón santísimo! se deberá toda la gloria de mi santidad, si mereciere finalmente el conseguirla: ni yo quiero aspirar en adelante a la misma santidad con otro fin sino el de vuestra gloria y alabanza: Amen. 

domingo, 30 de enero de 2011

"LA RELIGIÓN ES EL OPIO DEL PUEBLO"

Hace unos meses caminando por el puente Bailén en Madrid, cuando iba a los tribunales eclesiásticos, pasaban unas mujeres hablando por mi lado y las oí decir que “la religión era el opio del pueblo”. Esta frase de Marx me hizo caer en la cuenta de varios aspectos.
Si volvemos 2011 años atrás nos encontramos con un pueblo, el pueblo de Israel. Este pueblo yacía en tinieblas y en sombras de muerte. Dios viendo esta situación no quiso quedarse parado, este pueblo vio por pura misericordia una gran luz que empezó a iluminar su camino: Jesucristo. Este pequeño pueblo no fue elegido por ser el más grande de todos los pueblos, sino al contrario, por ser el más pequeño, Dios se fijó en él por puro amor para con ellos.
Jesucristo ha sido enviado a la tierra por el Padre, al seno de una mujer, para llevar a cabo la salvación de todo el género humano. Esta salvación ha querido que se estableciese en el seno de la Iglesia Católica y no fuera de ella, así oímos a Jesucristo decir “tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.
Muchos consideran, y se lo creen verdaderamente, que la religión o incluso la Iglesia es el opio del pueblo. Evidentemente esto no es así. El opio, si miramos su definición, es considerado como una medicina muy importante que se utiliza como analgésico, como un sedante y anestésico. Muchas personas opinan que la religión y la Iglesia católica es utilizada por numerosísimos hombres para sedarse o anestesiarse de la realidad sufriente en la que viven. Como los hombres, a lo largo de la vida, tienen determinados acontecimientos que les hacen sufrir, el único sitio para no sufrir y poder evadirse de la realidad es apoyarse en la religión ó en la Iglesia. La Iglesia sería el mejor anestésico para evadirse de la realidad. Si uno piensa así, se da cuenta de lo absurdo de la frase, porque, como todo anestésico al poco tiempo pierde su efecto y volverá otra vez el dolor, el sufrimiento.

Bien sabemos que esto no es así. Precisamente la religión o la Iglesia, no nos evade de la realidad, todo lo contrario, nos hace enfrentarnos a una realidad siempre nueva. La realidad está en nuestras vidas con sus alegrías y tristezas. No podemos saltarnos la realidad. Cristo nos invita a insertarnos en la realidad, a vivir la realidad con lo que nos viene cada día, en cada momento, en cada acontecimiento, a hacerlo verdaderamente nuestro, a darle un sentido nuevo a la vida. Cristo ha venido a hacer nuevas todas las cosas y todas las realidades en las que el hombre se mueve diariamente. Esta es la diferencia, el opio es para evadirnos de la realidad porque no queremos entrar en ella, la religión, la Iglesia Católica nos introduce en la realidad, asumiéndola con todo lo que conlleva, dándole un sentido nuevo y pleno, insertos en esta misma realidad que nos provoca.
La Iglesia es la comunidad de hijos de Dios, querida por el mismo Jesucristo que caminan junto a sus pastores hacia la Vida Eterna. En ella se vive de una forma plena el encuentro con Cristo que nos cambia la vida. Nuestra respuesta a este encuentro personal con Cristo es la fe. La fe es la respuesta del hombre a la entrega de Cristo a los hombre. Es decir sí cada día al Señor, es seguir a Cristo como lo hicieron los Apóstoles. Ellos inmediatamente lo dejaron todo por seguirle. Yo siempre me he preguntado ¿Qué es lo que vieron los discípulos en Cristo para dejar todo y seguirle? Evidentemente podemos decir que ellos descubrieron en el corazón de Cristo la respuesta a todos sus interrogantes, la respuesta a aquello que sus corazones buscaban desde hace mucho tiempo con inquietud: la felicidad.
El seguimiento pleno de Cristo es el verdadero secreto de la felicidad. Quieres ser feliz, sigue a Cristo. El Papa Benedicto XVI decía a los jóvenes que todos tenemos derecho a ser plenamente felices. Él nos recordaba que esta felicidad tiene un rostro concreto y humano: Jesucristo.
El joven rico, siendo joven como cualquier joven de hoy día, con las mismas perspectivas e interrogantes, con las mismas inquietudes de los jóvenes de hoy, acude a aquel que sabe que puede dar respuesta a todo lo que busca. Esto lo sabía porque había oído que en Israel había un hombre diferente que curaba a los ciegos y paralíticos. Su sorpresa fue que aquello que había oído de otros él lo había experimentado en su propia vida, aunque se fue triste porque era rico, el Señor ya le había sanado el corazón, caer en la cuenta de su propia miseria. Este joven buscaba como alcanzar la vida eterna, es decir, como alcanzar la plena felicidad. Cristo le responde a su pregunta que viviendo plenamente los mandamientos. El pobre joven se quedó atónito porque él desde muy pequeño había cumplido los mandamientos de Dios pero le faltaba una cosa fundamental, vender todo lo que tenía, sus seguridades y sus ídolos. Solo de esta forma, despojado de todas sus seguridades, podía seguirle a Jesucristo con entera disposición del corazón. Esta es la felicidad, seguir a Jesús de Nazaret despojado de todo aquello que deja el corazón vacio. Él es la única promesa de felicidad. Por él tiene verdadero sentido nuestra vida. Jesús no es Él opio del pueblo sino la Vida del pueblo.

“Jesucristo debe presentarse en toda su altura y su profundidad. No podemos quedarnos con un Jesús a la moda; por Jesucristo conocemos a Dios y por Dios conocemos a Cristo, y sólo así nos conocemos a nosotros mismos y encontramos respuesta a la pregunta por el sentido del ser humano y por la clave para la felicidad definitiva y permanente” (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret)