LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.



A lo largo de la historia, Dios ha hablado a los hombres de muchas maneras, hoy nos ha hablado por medio de Jesucristo. Él se hace hoy presente en medio de su Iglesia, la Iglesia que él ha querido fundar. Cristo, única promesa de felicidad, se hace presente en la realidad de cada día, en cada hombre y en cada acontecimiento.

Por ello, este blog lo que pretende es reconocer a través de los hechos en la Iglesia, la presencia de Dios en medio de su Pueblo.

domingo, 8 de julio de 2012

Ejercitar la voluntad

Hay dos tentaciones fáciles que acechan continuamente tu vida cristiana: el intelectualismo, o el afán de convertir tu religión en un sistema de ideas o creencias, y el sentimentalismo, o el empeño por reducir tu religión a mero sentimiento. El primero te lleva a creer sólo lo que entiendes; el segundo, te lleva a creer sólo lo que sientes. Ni uno ni otro transforman la vida sino que llevan a un cristianismo acomodaticio y abúlico, que no está dispuesto a entregar la vida a Dios y a los demás. Tienes que saber dar el paso de las ideas y de los sentimientos a la vida concreta. Y para eso has de ejercitar tu voluntad. La fuerza de voluntad, cuando se aísla de las ideas y de los sentimientos, se convierte en un duro y estéril voluntarismo que no lleva a Dios. Si, en cambio, se pone al servicio de la sana razón y se alía con el corazón se convierte en poderoso motor capaz de dar a tu vida cristiana la solidez y el armazón de unos buenos cimientos. No empieces tu jornada sin renovar los propósitos que hiciste en el examen de conciencia del día anterior. No dejes pasar tantas y tantas ocasiones que te piden ese pequeño –y a la vez grande– acto de ejercicio de tu voluntad, y más cuanto está en juego la gloria de Dios y el bien de tantas almas. Tienes que querer, poner todo de tu parte, si no quieres que la gracia de Dios en ti quede inutilizada y baldía. Piensa hasta qué punto la voluntad es importante en la propia santificación que la santidad se reduce a hacer libremente la voluntad de Dios y a querer lo que quiere Dios, y eso es lo que más eleva al hombre por encima de todas las demás cosas. 

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

viernes, 6 de julio de 2012

Ordena tu vida

El orden –o el desorden– dice mucho de ti y de Dios. El orden externo ayuda al orden interno. Ordena tu tiempo, tus cosas, tus actividades, tu trabajo, tus relaciones, y ordenarás también tus afectos, tu vida, tu relación con Dios, tu vida espiritual. No improvises, no salgas del paso, no vivas con rigidez interior los imprevistos. Comienza por cuidar el orden de las cosas materiales que utilizas a diario en casa o en el trabajo. Cuida también el orden en tu imagen personal: el vestir, el hablar, el comer... Ordena el horario de tu jornada poniendo en primer plano las cosas de Dios y el tiempo que, en justicia, debes dedicarle. Ordena tus relaciones con los demás dando prioridad a los que Dios te ha encomendado directamente en tu propia familia, en tu apostolado, en la amistad... Ordena tu trabajo, comenzando por aquello que más te cuesta, por lo que menos te gusta, por lo más difícil. Ordena, sobre todo, tu relación con Dios: tu Eucaristía diaria, tu confesión frecuente, tu oración cotidiana, tu apostolado, tu dirección espiritual, tu examen de conciencia al terminar cada jornada... Pon a Dios en su sitio, por encima de todo, y verás que todo se hace más suave y llevadero, que el tiempo parece que cunde más, que las cosas se viven más serenamente, que el corazón logra esponjarse en todo y con todos. El orden es belleza y la belleza lleva a Dios. 

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

miércoles, 4 de julio de 2012

Orar con insistencia

Vivimos, sin darnos cuenta, con una enorme necesidad de Dios y, sin embargo, preferimos llenar nuestra hambre con golosinas de falsos espejismos que dejan el corazón seco y desabrido. Oramos poco y mal, y pretendemos saciar con nuestra anemia espiritual el hambre de Dios que padece el mundo. "Conviene orar siempre y no desfallecer" (Lc 18,1). Cristo oró. Oró con mayor insistencia cuanta mayor era la agonía de Getsemaní. Oró de manera extraordinaria cuando realizaba milagros. Oró también en lo ordinario, durante los largos años de la vida oculta de Nazaret. Oro en lo pequeño, cuando estuvo oculto en el seno de María. De su oración brotaba su apostolado. De su oración nació la Iglesia. Su oración en la cruz nos alcanzó el don del Espíritu. Has de orar, si quieres vivir en la realidad. Orar con Cristo y orar como Cristo. ¿Crees, acaso, que tu eficacia apostólica, tu vida de caridad, la reforma de tu carácter, la lucha contra el pecado, toda tu vida espiritual y tu relación con Dios pueden sostenerse sin la oración diaria? Te pueden las cosas, las prisas, el trabajo, las mil ocupaciones del día a día. Pero todo eso es echar agua por un colador, se vuelve espuma entre los dedos, si no nace de una profunda vida interior. No dejes pasar más días sin dedicar un poco de tu tiempo a estar con Dios. Búscate un sagrario y haz de él el centro de tu jornada. Organiza tu horario de cada día dando prioridad a tu vida de oración y no dejes para después, para el final, lo más importante. Sólo así tu vida dejará de ser un metal que resuena y que hace mucho ruido, pero que no deja huella. En proporción a tu oración así será tu santidad y tus frutos.  

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

lunes, 2 de julio de 2012

Cuida la intención de tus actos

Aparentemente, y al menos en lo externo, puede que tu vida no se distinga mucho de la de los demás. Y, sin embargo, aunque hagas lo mismo que ellos, no debes hacerlo de la misma forma. En cada acción, en cada palabra, en cada acontecimiento, en cada minuto de tu jornada, hay algo capaz de dar valor de infinito a todo y de transformar lo más ínfimo y despreciable a los ojos humanos en gloria a Dios. Si eres capaz de rectificar a menudo la intención de tus actos, de reconducirlo todo a su centro, que es el corazón de Dios, estás dando pasos de gigante en la tarea de tu propia santificación y en la del bien de las almas. Purificar la intención y procurar ver a Dios en todo y en todos te proporciona un continuo incremento de libertad y de señorío sobre ti mismo y sobre las cosas. Vivir la rectitud de intención te ayuda a ir purificando esa mirada de fe que necesitas para vivir el día a día sobrevolando y planeando, como las águilas, por encima de incomprensiones, juicios ajenos, opiniones contrarias, criterios desacertados, dimes y diretes. No olvides comenzar tu jornada ofreciendo todo a tu Dios. No olvides renovar ese ofrecimiento a lo largo del día, en momentos especialmente señalados, en circunstancias difíciles o incomprensibles, en las situaciones imprevistas y absurdas, en las propias faltas y caídas. Y, sobre todo, no olvides llenar ese último momento del día, la última oportunidad de la jornada, con un confiado y renovado ofrecimiento a tu Dios de lo que eres y quieres ser. Viviendo la rectitud de intención experimentarás una y otra vez que Dios es ese Padre fiel que, en cada momento de tu vida, no se cansa de esperarte y salir a tu encuentro.  

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid