LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.



A lo largo de la historia, Dios ha hablado a los hombres de muchas maneras, hoy nos ha hablado por medio de Jesucristo. Él se hace hoy presente en medio de su Iglesia, la Iglesia que él ha querido fundar. Cristo, única promesa de felicidad, se hace presente en la realidad de cada día, en cada hombre y en cada acontecimiento.

Por ello, este blog lo que pretende es reconocer a través de los hechos en la Iglesia, la presencia de Dios en medio de su Pueblo.

lunes, 31 de diciembre de 2012

¿Tienes algo que no hayas recibido?


Cuando nos exigimos resultados por el esfuerzo realizado en nuestros deberes y obligaciones, podemos llevarnos la desagradable sorpresa de que, en muchas ocasiones, no están a la altura de nuestras expectativas. Hay un subconsciente que siempre nos domina, y es pensar que todo fruto obtenido se debe, sólo y exclusivamente, a nuestros méritos.
Ese engaño, tarde o temprano, produce desánimo. El venirnos abajo porque la gente no responde a nuestros requerimientos, o porque, después de haber dedicado meses o años a una determinada tarea, se derrumba, o porque, tras mucho tiempo empleado en una determinada lucha interior, volvemos a caer más estrepitosamente... Todo eso, tiene una sencilla explicación: somos seres humanos y, por tanto, limitados.
San Pablo, el gran Apóstol de los gentiles, debió tener muchas experiencias de este tipo. Sólo con la paciencia y la oración llegó a descubrir que, en esa debilidad personal, es cuando se muestra, de manera eficaz, la fuerza de Dios. Y aunque, de cara a los hombres, algunas actuaciones puedan suponer un sonoro fracaso, se trata de poner por obra la voluntad de Dios, que es lo que verdaderamente cuenta... Es el tiempo de Dios el que ejercerá su influencia en la historia, no las horas a las que nos aferramos como si fuera algo propio, pensando que dejaremos un rastro perpetuo, y así la humanidad nos lo recordará agradecida.
Una vez más, san Pablo apelará al buen sentido común de lo divino: todo lo bueno que somos y hacemos proviene de la misericordia de Dios. El que presuma de sus obras, además de ser un insensato, miente. Mentimos, porque, en definitiva, nuestros deseos, por muy buenas intenciones que tengan, si no están cubiertos de la rectitud de lo sobrenatural, se ahogarán en la charca de nuestros egoísmos.
Conclusión: ante nuestras buenas obras y buenos resultados, dar gracias a Dios por su bondad, siempre para gloria suya. Ante los fracasos y desánimos, abandonarnos en la infinita misericordia de Dios, porque, en esa apariencia de derrota ante los ojos humanos, Él fortalece nuestro ánimo identificándonos con los méritos de Cristo muerto en la Cruz... Vencedor de la muerte, del pecado y del mundo.

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

viernes, 28 de diciembre de 2012

El termometro de la fe.

“La fe es confiar en lo que no se ve”. Dicho así, parecería que sólo unos memos, unos ingenuos, podrían creer. A lo anterior habría que añadir: “eso que no se ve, se nos ha dicho a través de alguien que nos merece toda la autoridad”.
La fe, por tanto, se mide por nuestro “ver” a Cristo como Salvador, que nos ha revelado, mediante el ejercicio de su autoridad divina, su intimidad con el Padre y con el Espíritu Santo. Perder de vista semejante acontecimiento, lo que Jesús dijo de sí mismo y de su divinidad, es ir a lo nuestro, es decir, caer en la rutina y, en definitiva, olvidarnos de la finalidad a la que estamos llamados: participar de la misma intimidad de Dios.

La finalidad última de nuestro ser criatura tiene su origen y su fin en Dios. Y, desde ahí, nuestra vida de fe adquiere un sentido verdaderamente peculiar. No andamos a tientas. Nuestro alimento es el mismo Dios, el Hijo hecho carne, que se nos da gratuitamente para que nuestra fe se robustezca.

¡Qué gran invento el de la Iglesia! Gracias a ella, Dios encuentra la mediación adecuada para que se nos garantice, hasta el fin de los tiempos, el no vivir en el desamparo o en la ceguera espiritual. La Iglesia, de esta manera, es el gran termómetro de nuestra fe, porque vemos a través de ella los grandes misterios de nuestra salvación, y en ella nos movemos, garantizándonos que nunca estaremos huérfanos. Cristo, Esposo de la Iglesia, la asiste permanentemente gracias a la donación del Espíritu Santo, que es el que nos hace recobrar la esperanza cada vez que somos presa de nuestra debilidad.

La fe, por tanto, nos hace fuertes, porque nuestra confianza está puesta en Aquel que nos ha dicho: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”… Y estas palabras permanecen en la memoria de la Iglesia, que a pesar de contener tantos pecados, los tuyos y los míos, es también Iglesia santa, porque nos confirma su amor virginal en esa fidelidad a Cristo hasta el fin de los siglos.

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Gracias extraordinarias en circunstancias ordinarias

De Santa Teresa solemos recordar sus frecuentes gracias místicas, arrobamientos, éxtasis, diálogos y visiones de Cristo. Y, sin embargo, nos fijamos poco en las circunstancias en las que la Santa supo vivir esa elevada experiencia mística. Creemos que las gracias extraordinarias nos vienen sólo en circunstancias extraordinarias, olvidando que entre los pucheros y ollas también habla el Señor. Si crees que esas gracias son sólo para una élite de cristianos, unos pocos escogidos, que están hechos de otra pasta diferente a la tuya, cometes la injusticia de dividir los cristianos en primera y segunda categoría. Esas gracias quisiera el Señor concederlas a todos, también a ti, sin que para ello tengas que abandonar las circunstancias concretas que te exige tu vocación y tu propio estado de vida. Si tu vida interior, tu oración, no llegan a producir frutos y flores de aroma místico pregúntate por qué y qué obstáculos sigues poniendo a la acción de la gracia. Dios nunca se da a medias; somos tu y yo los que le ofrecemos sólo una correspondencia y una disponibilidad a medias. Mira que entre tus ollas y pucheros de cada día también esté el Señor y ahí te mostrará su rostro más enamorado. ¿Sabes cuál fue el secreto de la Santa? Que hizo de aquel Cristo llagado ante el que se convirtió el centro de gravedad de su vida y de sus amores. De ahí nacieron todas sus andanzas y fundaciones. No quieras ir tu por otro camino de santidad sino por el de la santísima humanidad de Cristo que a la Santa tanto ayudó.


Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

lunes, 24 de diciembre de 2012

“Soltó el manto” (Mc 10,50)

La ceguera de quien no quiere verse en el espejo de su propia condición pecaminosa es peor y más grave que la de aquel ciego Bartimeo que, sentado al borde del camino, pedía a todos un poco de limosna. Al oír que pasaba Jesús gritaba con fuerza: ¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí! Los demás, por miedo a quedar mal o hacer el ridículo ante Maestro tan reputado, protestaban y le regañaban para que se callara. Bartimeo, en cambio, sin preocuparle lo que los demás pensaran de él, al oír que Jesús le llamaba, soltó su manto y, dando un salto, corrió hacia él. Jesús le regaló la gran limosna de ver muy de cerca aquellos ojos misericordiosos y divinos que curaron, sobre todo, la ceguera de su alma. Aquel día, de entre todos los discípulos que seguían de cerca al Maestro, sólo los ojos de Bartimeo conocieron verdaderamente el rostro del Señor, porque sólo él tuvo la valentía de quitarse el manto de su propio yo y ponerse ante el Señor que pasaba tal como era: pobre y ciego.
Necesitamos cubrir la indigencia de nuestra condición humana con los ropajes y adornos de las propias compensaciones, de las aparentes seguridades, del aprecio y la aprobación del mundo, de la buena opinión de los demás. Cuántos defectos, manías, pecados, omisiones, pensamientos egoístas y rebuscados, críticas y torcidas intenciones ocultamos detrás del ropaje artificioso de esa imagen irreal, que tanto nos esforzamos por mantener como verdadera ante nosotros mismos y ante los demás. Cuánta mediocridad de vida revestida con los harapos y jirones de nuestras justificaciones y excusas. Bajo el manto de una falsa virtud y de la apariencia de bien escondemos muchas veces la hipocresía de creer que nuestra vida espiritual y nuestra relación con Dios es como debe ser: nada exagerada, moderada, correcta y al uso de los tiempos que corren. Incluso en el orden espiritual nos cuesta tanto aceptarnos tal como somos que, sin darnos cuenta, terminamos por esconder y disimular nuestro verdadero yo bajo el manto quejumbroso y lastimero de un “no puedo” que, en el fondo y aunque nunca lo reconozcamos, es un “no quiero” y un “no me apetece”.
No tengas miedo a amar lo que eres y a aceptarte tal como eres. No tengas miedo a reconocer ante Dios y ante ti mismo la pobreza de tus defectos y limitaciones o la ceguera de tus pecados. Aunque los demás te manden callar o alaben la vistosidad y belleza de tu manto, deja que Cristo pase por tu vida, cure la ceguera de tu alma y revista con la riqueza de su gracia la desnudez de tu pobreza espiritual. Mejor ser un pobre Bartimeo que acompañar al Maestro en su camino y contarnos entre los seguidores y discípulos que, cegados por la oscuridad de su soberbia, nunca se atrevieron a pedirle la limosna de ver.

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

sábado, 22 de diciembre de 2012

Como agua por un colador

A menudo confundimos el ser con el tener o el hacer, la santidad con la eficacia. Estamos llamados a ser santos, no a ser eficaces. El hacer no asegura el ser. Podemos llenar nuestras arcas con los falsos tesoros de abundantes méritos profesionales, académicos, laborales y hasta “eclesiales”, o llegar a cumplir con una cierta perfección los deberes propios de nuestro cargo, estado y religión, y, sin embargo, ser los fariseos más hipócritas y los cristianos más mediocres. Cristianos que buscan hacer el bien a los demás prodigándose en un intenso activismo apostólico o con una cargadísima agenda de obras aparentemente buenas, pero que se contentan con llevar su vida de oración pinchada como un pin en la solapa de su chaqueta.
Quizá aún no hemos empezado a ser realmente cristianos, a pesar de que podamos hacer muchas obras de bien, tener acumulados muchos cargos eclesiásticos, creernos con derechos adquiridos por los muchos años de servicio a la parroquia, o sabernos propietarios de abundantes méritos espirituales por haber frecuentado con escrupulosa fidelidad y durante años un grupo, movimiento o parroquia. Podemos estar echando agua por un colador si nuestro día a día transcurre repleto de cosas y actividades pero vacío de oración, de presencia de Dios y de contemplación. La eficacia sobrenatural no puede encerrarse en los límites cortos y estrechos de nuestros esquemas y patrones meramente humanos.
Un alma disipada y desparramada en las mil cosas del día a día, que deja perder y malgastar su vida interior en las bagatelas y baratijas de un activismo vacío de Dios, termina por ahogarse en el trasiego estéril del propio egoísmo, llevada de acá para allá como corcho entre las olas de las modas, opiniones y criterios del mundo. Hasta que no te convenzas de la eficacia invisible, oculta y escondida de la oración, tu vida, tu apostolado, tu hacer y tu tener no serán más que una gota que resbala por el cristal, sin empapar realmente la vida de los demás.

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid