LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.



A lo largo de la historia, Dios ha hablado a los hombres de muchas maneras, hoy nos ha hablado por medio de Jesucristo. Él se hace hoy presente en medio de su Iglesia, la Iglesia que él ha querido fundar. Cristo, única promesa de felicidad, se hace presente en la realidad de cada día, en cada hombre y en cada acontecimiento.

Por ello, este blog lo que pretende es reconocer a través de los hechos en la Iglesia, la presencia de Dios en medio de su Pueblo.

martes, 20 de diciembre de 2011

LA RIQUEZA DE BELÉN

“Y sucedió que, estando allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada” (Lc. 2, 6-7).

En Belén tiene lugar un gran Misterio: no se trata sólo de la unión de la naturaleza humana con la naturaleza divina en la Persona del Verbo. Esto es la quintaesencia del misterio de la Encarnación. En Belén nace Dios a la vida humana: Dios se hace hombre. No es que asuma una naturaleza humana sino que la es. Esto es lo asombroso.

La realidad humana, este mundo, es contingente, histórico, finito, concreto, etc. Y no parece que sea el ámbito propio más que para la vida de seres concretos, finitos, históricos. No parece que sea el ámbito propio de la vida para Dios.

El Misterio al que asistimos en Belén es la aparición del Hijo de Dios que vive una vida humana. El Niño de Belén es la traducción de la vida del Hijo Eterno del Padre, al idioma de la realidad humana; es como la expresión, con las categorías de este mundo, de la vida eterna del Verbo. Por lo tanto es también su introducción en la Historia

El ambiente en el que Cristo nace es fuertemente contrastante con lo que nos parecería lógico. Uno de los aspectos más llamativos es la pobreza.

Si a cualquiera de nosotros nos hubiera planteado el Padre Eterno cómo debía ser el ambiente en el que naciera el Hijo, muy probablemente hubiéramos señalado como condiciones indispensables, esenciales, exigibles por la condición del Naciente, algo muy distinto del plan de Dios.

Pero ese plan, no puede ser fruto de un descuido, nadie podría pensar que, en realidad, Dios no se ocupó de preparar las cosas para su Hijo, y así el resultado fue todo improvisado y, como consecuencias de esa improvisación, las cosas salieron muy mal.

Tampoco pude ser fruto de un deseo negativo, como si dijéramos que Dios se propone sin más hacerlo pasar mal. Dios no desea nunca el mal, ni el dolor, ni el sufrimiento, sino la felicidad, la alegría, el gozo, la vida. Ciertamente nosotros reconocemos el designio de Dios en algunos hechos que nos causan dolor, pero Dios no puede querer el mal en sí mismo. La pobreza, la privación, en cuanto tal, son negativos, no pueden surgir de Dios.

Todo esto debe ser muy ilustrativo de qué es lo que Dios valora, de cuál es su criterio de elección. Sí, nosotros debemos mirar todo este Misterio del Nacimiento; debemos reconocer que Dios lo debe tener aquí todo muy previsto y todo muy preparado. Además, como siempre, todo se realiza según sus planes pues “Deus providentia sua omnia disposuit suaviter et fortiter” (Dios en su amorosa providencia, dispone las cosas con suavidad y fortaleza). El contraste entre Belén y lo que hubiéramos hecho nosotros nos plantea qué lógica usó Dios.

Efectivamente, hay muchos posibles campos donde poner el corazón o las preferencias y .eso, lo comprobamos muchas veces en los ámbitos humanos.
El Señor nos advierte por San Pablo: “emulamini charismata meliora (aspirad a los mejores bienes). Es una advertencia llena del conocimiento de la condición humana, que puede poner el corazón y gastarse la fortuna en cosas muy diversas. Nosotros podemos invertir nuestros años, nuestro talento, nuestras cualidades en opciones distintas.

El consejo de San Pablo nos advierte de que hay diversas posibilidades, pero hay que acertar. 

Esto implica un gusto por lo bueno, porque sería penoso no saber orientarse a la hora de invertir nuestra fortuna, sobre todo cuando nuestra fortuna es precisamente nuestra propia vida, nuestra propia alma. Como la gente que tiene mucho dinero e invierte en Bolsa, debe dejarse ayudar por expertos que saben por dónde va la Bolsa, así también nosotros hemos de tener una sensibilidad para elegir, para invertir bien, para que nuestros esfuerzos conduzcan efectivamente al efecto deseado.

También hemos de estar atentos para no ser “pillados” por los engaños: hay espejuelos que intentan hacerse con nuestro corazón, y sería muy penoso dejarse entrampillar de esa manera. Invertir en una entidad financiera parecía un negocio redondo; con el paso del tiempo ocurre que era un negocio ruinoso. Ahora hay auténticos propagandistas que son expertos conocedores de los resortes, de las emociones, de las tendencias; que piden que demos nuestra vida y prometen con mucha persuasión bienes que, en realidad, no pueden dar la felicidad. En concreto, está el peligro de las ataduras de los bienes temporales; su atractivo debe ser muy fuerte y su peligro debe ser muy grande, a juzgar por todo lo que dice el Señor sobre estos bienes.

Después de estas consideraciones volvemos a mirar la gruta de Belén. Mirar cómo se preparó su casa Dios cuando vino a vivir a la tierra. Son la muestra de cuáles son las riquezas que valora el Omnipotente. No se detuvo en montarse una casa muy bonita -es que eso no le importaba- o muy cómoda o con muchos medios materiales, médicos de comodidad, etc. En cambio, puso todos los cuidados, hasta los detalles más nimios, en preparar a las personas de su casa. Ahí se muestra qué es lo que Dios valora: santidad, finura interior, delicadeza, humildad. Esta es la “riqueza” de Belén.

Nuestra vida en familia debe ser un rincón de la casa de Nazareth. Esa vida ha de ser rica y fecunda, con un puchero “pobre” pero “riquísimo” y generoso. El tesoro de una Navidad en la intimidad con Dios, visitando más el Sagrario. El amor a la Virgen. Las tradiciones familiares guardadas como tesoro de gran valor: el Belén, los villancicos, el beso a los pies del Niño Jesús. Los bienes materiales vendrán por añadidura; no poner el corazón en ellos. Entender que el Señor se preparó la mejor casa del mundo: a Santa María y a San José. La riqueza de Belén no son las cosas, sino la entrega de estas dos personas. ¿Qué puedes tú ofrecer a Jesús en esta Navidad? Tu entrega para cumplir siempre y en todo la Voluntad de Dios. Esto lo entiende bien quien sabe querer, quien ha dicho alguna vez: “contigo, pan y cebolla”.

Fuente: Javier Muñoz-Pellín. Novelda digital

domingo, 18 de diciembre de 2011

El fruto de la Modestia

El pudor es la reserva de lo que nos es más íntimo y que conforma, propiamente, nuestra personalidad… lo más nuestro. Por eso, en la modestia nos examinamos acerca de aquello que nos conviene, conforme a nuestra naturaleza, sirviendo verdaderamente de provecho en nuestro actuar original. De esta manera, la jactancia se encuentra lejos de la persona modesta. Sólo en el reconocimiento de que lo que tenemos es “prestado”, podemos reconocer que Dios interviene en nuestras cualidades y virtudes.

Cristo, con sus obras y palabras, quiere darnos a conocer hasta dónde es capaz de llegar la humillación de Dios; sin embargo, el corazón del hombre, en tantas ocasiones, se comporta como la dureza de la piedra, y por ello es incapaz de reconocer la presencia del Unigénito en el mundo de una manera tan “disparatada”… “se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte, y muerte de Cruz” (Filipenses 2,8).

La modestia nos pone a la altura de las circunstancias (frente a Dios y frente al mundo). Cuando hablamos de regular, normalizar, moderar, etc., parece que estamos levantando muros a la libertad de la persona o, más bien, encadenando sus inclinaciones. Pero, si somos conscientes, todo hombre necesita conocer el alcance de sus acciones para que, todo aquello que pone en juego, sea un verdadero perfeccionamiento de sí mismo, y no un atropello de despropósitos. La madurez humana (que es lo que está en el trasfondo de la modestia), es la manera de llevar a cabo el desarrollo integral de la persona (trabajo, educación, familia, sinceridad, obligaciones de estado…).

En definitiva, Dios necesita de lo que somos (no de lo que tenemos) para manifestarse tal cual es; y esto, sólo es posible desde la honradez y rectitud de nuestras acciones, consecuencias de la modestia, que es la señal por la que estamos conformados a nuestra propia naturaleza humana. Entonces -y sólo entonces-, seremos ya revestidos de la gracia del Espíritu Santo.

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

jueves, 15 de diciembre de 2011

LAS ALEGRÍAS DEL SACERDOTE

Ocurrió un viernes como otros tantos, en Filadelfia (USA), cuando llevaba la comunión a los enfermos católicos de uno de los hospitales de la ciudad. Iba por uno de los pasillos de aquel lugar cuando vi a un médico rodeado de un nutrido grupo de estudiantes de medicina que le seguían en la visita a los enfermos. Cuando llegué a la altura del grupo, el médico -profesor en la facultad de medicina de una de las universidades locales- se dirigió a mí en inglés. “Perdón, Padre”, y dijo a los estudiantes: “En un hospital nosotros médicos somos importantes pero el sacerdote es más importante todavía, nosotros curamos el cuerpo pero ellos curan el alma” y me dijo: “Muchas gracias por su trabajo”. Yo a mi vez le di las gracias por sus palabras y me marché por el pasillo, sorprendido y confundido pero en el fondo contento, no por la alabanza a los sacerdotes sino por el hecho de unas tales palabras, en una institución laica, por parte de un científico, y en plena campaña mediática sobre la pederastia de los curas, era el año 2003. 

Ha tenido que venir la prestigiosa revista Forbes a decir a los cuatro vientos que los sacerdotes somos los “profesionales” más felices dentro del amplio espectro laboral, para que muchos se enteren de esa realidad que nosotros vivimos cada día, la alegría de nuestro ministerio. La explicación a dicha felicidad, según el diario español El Mundo, es que se ha valorado la “autonomía e interacción” del trabajo sacerdotal. Bueno, llámele como se quiera, el caso es que sí, en general los sacerdotes somos no solamente felices, sino según los estudios y encuestas, los más felices de entre los hombres. La revista Forbes está haciendo, sin saberlo y sin pretenderlo, una especie de anuncio vocacional bastante interesante. 

En el estudio se equiparan a los sacerdotes con los ministros protestantes. Bueno, así al menos los que compadecen al clero católico por no poder casarse, los falsos buenos samaritanos que querrían aliviar las supuestas cargas de los sacerdotes anulando el celibato –muchos de ellos curas secularizados que en todo este asunto vierten sus frustraciones personales– se puede enterar a través de este estudio hecho imparcialmente de que los sacerdotes casados no están más contentos que los célibes, vaya, que nosotros no necesitamos casarnos para ser felices.

Cuando uno mira hacia atrás, que ya se van acumulando años de sacerdocio, sin duda recuerda muchos momentos de gran alegría sacerdotal, tan hermosos que superan con mucho las pocas penas que también haya podido haber. Son alegrías que la revista Forbes no podrá nunca conocer y que probablemente tampoco sabría valorar, y que tienen una profundidad espiritual infinitamente más profunda de la “autonomía e interacción” esas que intentan expresar lo que es difícil de expresar. Alegrías que saben mucho a cielo, porque en el fondo son un anticipo de la alegría total que será el paraíso, pero a la vez son muy discretas, muchas veces nadie se entera de ellas más que el mismo sacerdote. 

Cada sacerdote podría contar infinidad de estas alegrías, pero normalmente no lo hacemos, están grabadas en el corazón y ahí quedan, algunas difícilmente se olvidan. Hoy me vienen a la cabeza algunas, pero son nada más que gotas de agua en un gran océano: 
—De las primeras, recién ordenado sacerdote, visitando enfermos con las Hermanitas de la Cruz por las calles del centro de Roma, me llevaron a ver a una señora que llevaba más de 30 años tumbada en una cama, boca abajo, sin poderse valer. Cuando era joven, en una operación sin importancia le pinzaron por error la médula y la dejaron inválida para siempre. Estaba a punto de casarse, pero su novio la dejó y quedó sola, cuidada por sus padres mientras vivieron y después por las vecinas y por las Hermanitas. Aquella mujer que meses después moriría tenía una fe tan profunda, le daba gracias a Dios por su vida con tanto amor y manifestaba una esperanza del cielo que aquel joven sacerdote que era yo aprendió en pocos minutos de modo práctico lo que en los libros había estudiado en modo teórico durante años.

—En fecha cercana a este hecho, las Hermanitas cumplían un cierto aniversario de su presencia en Roma y la gente del centro histórico –artesanos, dueños de restaurantes, restauradores de muebles, todos romanos tradicionalmente un poco anticlericales, para nada practicantes en lo religioso– le dice a las monjas que les quieren hacer un regalo por su aniversario. Las monjas responden que el mejor regalo es que se confiesen todos y comulguen en la Misa del aniversario. Pues tanto querían a las Hermanitas que se confesaron todos y comulgaron, por las monjitas hacían lo que hiciera falta. 

—Durante estos años, tantas personas que se han acercado a Dios, auténticas conversiones de personas muy alejadas, jóvenes que se han planteado la vocación y algunos han llegado a dar una respuesta afirmativa a Dios, parejas que han decidido luchar por salvar su matrimonio y con la ayuda de Dios lo han conseguido, personas que han perdido seres queridos de modo muy dramático y han encontrado consuelo en la fe, adultos que han venido a pedir el bautismo porque nunca fueron bautizados, tantas personas que cada día hacen el bien a los demás en la parroquia de modo sacrificado y nos dan ejemplo a nosotros sacerdotes, etc. 

—Una del año pasado, que me sorprendió porque creía que la gente hacía poco caso a las homilías. El día antes de Navidad se me acerca una señora de la parroquia y me dice: “Padre, he hecho lo que Ud. nos dijo”, cosa que por supuesto no supe en ese momento a que se refería. La señora continuó: “Nos dijo en adviento que había que preparar el camino al Señor y si estábamos peleados con alguien había que reconciliarse. Pues me hice fuerza y llamé a una hermana que hacía muchos años que no hablaba por problemas de herencia, y hemos hecho las paces”. Por lo que me volvió la confianza en lo que puede hacer el Espíritu Santo incluso a través de un mediocre predicador. 

—De las penúltimas, se acerca una señora con un niño en un carrito y me pregunta que si no me acuerdo de ella, a lo cual respondo que no, porque normalmente no me quedo con las caras, defecto que con los años se agudiza. Era una señora a la que el médico había anunciado meses antes que no podría quedarse embarazada, que después de muchas pruebas no había nada que hacer, y yo le di una estampa de la madre Maravillas de Jesús, primera santa de nuestra diócesis, invitándola a que se encomendase a ella. El embarazo vino enseguida y la prueba estaba en el niño que traía.

—De las últimas, hace unas semanas: Estábamos cerrando la parroquia el vicario de mi parroquia y yo un domingo después de las Misas cuando se acerca un hombre de mediana edad y nos explica que lleva muchos años viviendo con su pareja y de pronto, a raíz de la visita del Papa a Madrid, simplemente viéndolo por la tele, han decidido que ya era hora de arreglar las cosas con Dios y que quieren casarse por la Iglesia. Ahora vienen a Misa todos los domingos y están en un grupo de adultos.
Sería para escribir mucho más, porque las alegrías de un sacerdote son numerosas, siento que en ellas aparezca el abajo firmante, pero son experiencias personales, cada uno podría contar muchas de ellas. Como decía, son discretas, no llaman la atención, probablemente ni al que las lea escritas, pero se van acumulando y el resultado lo acaba conociendo hasta la revista Forbes: Los sacerdote somos felices.

+ Alberto Royo Mejía, sacerdote

El adviento

Preparar la llegada de Cristo al mundo necesita de un tiempo necesario para predisponer nuestro interior a semejante misterio. El adviento viene revestido de esperanza, además de una cierta actitud de tensión espiritual: el color morado con el que el sacerdote se reviste en la celebración de la Eucaristía, es signo de penitencia, austeridad y discreción... Son los mismos instrumentos que utilizó Dios para hacerse carne. Lo que denominamos el anonadamiento divino, no es otra cosa sino la contemplación del misterio de Dios, que deja de ser tal, para que tú y yo podamos experimentar en nuestra propia carne la gloria de Aquel que se ha hecho de nuestra misma condición. El adviento es ir también de la mano de María. La Virgen, durante este tiempo, lleva en su seno a Aquel que resuelve el misterio de Dios y mi propio misterio. Ella, con sencillez, me invita a descomplicar mi existencia para responder a la llamada de Dios sin miedo, sino con la esperanza puesta en el milagro de Belén: todo el poder de Dios hecho niño, asequible a mi entendimiento y a mi voluntad.

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

lunes, 12 de diciembre de 2011

El fruto de la Paciencia

“La paciencia todo lo alcanza” (decía la Santa de Ávila), pero ese alcanzarlo todo es la resultante de que tengamos la “objetividad” sobrenatural suficiente para distinguir cuándo actúa Dios, y cuándo el hombre. Dios actúa siempre sin más calificativos, mientras que el hombre, normalmente, lo hace por condicionamientos. La tragedia se produce al no ver cumplidos materialmente nuestros deseos… y se desencadena la frustración y la impaciencia.
 “Pero esperar lo que no vemos, es aguardar con paciencia” (Romanos 8, 25). Tener paciencia, como fruto del Espíritu, es entrar en el tiempo de Dios. No podemos olvidar que “El que se sienta en los cielos se sonríe, Yahvéh se burla de ellos” (Salmo 2, 4). Más allá de una postura sarcástica ante el sufrimiento del hombre, se trata de la inmutabilidad de Dios frente al desprecio de aquellos que pretenden su muerte. ¿Cómo resuelve Dios este drama?: Con la paciencia; con el saber esperar. Es la propia Encarnación del Hijo de Dios la que hace reventar en mil pedazos los razonamientos humanos. ¿Poder? ¿dominación? ¿riquezas?… Todo eso es nada con el gran tesoro de la paciencia. Y el límite de esa paciencia terminará con el fin de los tiempos.
 Dice Santo Tomás de Aquino: “La paciencia es una virtud que impide que la recta razón sucumba bajo el peso de la tristeza que nace de los males que nos sobrevienen”. La fuerza de la paciencia produce alegría, pues el hombre que ha entrado en la voluntad de Dios asume la realidad que le corresponde con el optimismo que produce la esperanza. Y recordamos al santo Job, adentrándose en la sabiduría de la providencia divina ante tanto sufrimiento, y dándonos la clave de su paciencia: “Desnudo salí del seno de mi madre, desnudo allá retornaré. Dios dio, Dios quitó: ¡Sea bendito el nombre de Dios!” (Job 1, 21).
 Atisbamos en el horizonte la silueta de tres cruces. Al pie de una de ellas una madre, desconsolada, mira el cuerpo atravesado de su hijo… Miramos atentamente a María, la madre de Jesús, al pie de la Cruz y, por fin, adquirimos la sabiduría de encontrar el consuelo que nos falta… ¿no velan las madres el sufrimiento de los hijos sin importarles la espera?

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid