LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.



A lo largo de la historia, Dios ha hablado a los hombres de muchas maneras, hoy nos ha hablado por medio de Jesucristo. Él se hace hoy presente en medio de su Iglesia, la Iglesia que él ha querido fundar. Cristo, única promesa de felicidad, se hace presente en la realidad de cada día, en cada hombre y en cada acontecimiento.

Por ello, este blog lo que pretende es reconocer a través de los hechos en la Iglesia, la presencia de Dios en medio de su Pueblo.

viernes, 12 de octubre de 2012

El leño verde y el leño seco


Hagas lo que hagas, los demás siempre podrán encontrar en tu actuar motivos para la crítica, la murmuración, la envidia o la queja. Ellos sólo juzgan desde la apariencia de las cosas y, muchas veces, con criterios demasiado humanos y mundanos; tú sopesas y valoras las cosas sólo desde tu punto de vista y de acuerdo con tus intenciones, por lo que tus actos, tu forma de hacer y de actuar, pocas veces coincidirá con la medida corta y estrecha que usan los demás. Lo importante, sin embargo, no es que ellos aplaudan y entiendan tu criterio, tus intenciones, tus actos, sino que todo eso concuerde con el criterio del Evangelio, con la voluntad de Dios, con la obediencia y el sentir de la Iglesia. Y, aunque debamos cultivar la prudencia humana, no hemos de vivir cara a los demás, pendientes de la opinión ajena o del modo como ellos interpreten nuestros actos. El bien que hagas siempre corre el riesgo de ser malinterpretado y puede que hasta se convierta en motivo de persecución de otros, que buscan hacer el mismo bien que buscas hacer tú.
Piensa que aquellos judíos que estaban crucificando al Señor se movían, quizá, por el celo de la Ley y la pureza de la fe, pues no podían concebir que un simple conciudadano se proclamara blasfemamente Hijo de Dios, enseñara con la autoridad de un Maestro e hiciera aquellos signos portentosos. Y, sin embargo, sin ellos saberlo, cumplían así los misteriosos planes de Dios, que quería obrar en aquella Cruz la redención del hombre. Pues, si aquello hicieron con el leño verde, ¿con el seco qué harán? (cf. Lc 23,31). No te extrañe, por tanto, que tengas que trabajar en la viña del Señor entre las incomprensiones, críticas y murmuraciones de los demás jornaleros. Y no te extrañe tampoco que las fatigas de tus trabajos apostólicos se vean redobladas y aumentadas por ese lastre inútil de las murmuraciones, los egoísmos personales o los intereses ajenos al Evangelio. Tú, cuida el verdor y la belleza de tu leño, sin que te hieran las trabas y astillas de esos leños secos que, considerándose buenos cristianos, se buscan más a sí mismos y su propia gloria que la gloria de Dios. Que no te aprisionen los grilletes y las cadenas del opinar ajeno, si quieres vivir cara a Dios. Él te promete su gloria, no la gloria y la fama de los hombres.

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

lunes, 8 de octubre de 2012

La mano izquierda y la mano derecha (Mt 6,3)


Cuánto nos cuesta que no valoren y reconozcan nuestra generosidad. Nos acostumbramos fácilmente a medir nuestra entrega con el metro de la cortesía y la corrección social, más que con la medida del Evangelio. Somos quizá generosos con nuestro tiempo, cualidades o bienes, y decimos que todo eso lo hacemos sin esperar nada a cambio; pero cuando, efectivamente, no hay nada a cambio, vamos acumulando pequeños rencores que entibian nuestra entrega y van empequeñeciendo nuestro corazón. En el fondo, nos gusta dar con la mano derecha mientras hacemos todo lo posible para que nuestra mano izquierda sepa quién ha dado, lo que hemos dado y qué ejemplar ha sido nuestra acción. Cuando damos para quedar bien, para que no digan, por si luego necesito pedir favores, por mera apariencia de Evangelio, estamos disfrazando nuestra fe con esa careta de la hipocresía que, tarde o temprano, decepciona a los demás y los aparta del Evangelio.
El Señor no hizo depender su predicación, sus curaciones, su entrega al Padre en la Cruz, del reconocimiento humano, de la buena opinión de los hombres o de la recompensa que podía esperar a cambio. Cuántas intenciones egoístas y vanidosas, disfrazadas de apariencia de bien, se ocultan agazapadas en tantos actos que realizamos en nombre de Dios y de la virtud cristiana. Cuánto afán de crecer a los ojos de los demás, cuánta ambición de poder y de reconocimiento, cuánto egocentrismo sutil y engañoso, escondemos en la mano izquierda, mientras con la derecha mostramos abiertamente nuestra dádiva más generosa. Contempla a Cristo en la Cruz y dejarás de buscar compensaciones y reconocimientos humanos que agostan tu alma y la van encerrando en la caracola de tu soberbia. Basta que Dios conozca tus manos, si tú quieres conocer también las suyas.

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

sábado, 6 de octubre de 2012

La tentación del número

El Evangelio detalla que, cuando el Señor preguntó el nombre a aquellos demonios que poseían al endemoniado de Gerasa, ellos contestaron que su nombre era “Legión, porque eran muchos” (Mc 5,9). La lógica de Satanás se alía fácilmente con el espejismo sutil de lo cuantioso y numeroso, haciendo creer que el fracaso de lo cristiano está en proporción a la cantidad de cizaña que intenga ahogar al trigo, o que el poder de Dios depende de la poca o mucha cantidad de trigo que crece en nuestros campos. Cuanto más hostil al Evangelio es el ambiente que nos rodea, con más fuerza nos acecha la tentación del número. Nos deslumbran las cifras hasta hacer de ellas el termómetro con el que medir la fecundidad de nuestras empresas apostólicas. Nos puede el complejo de ser una minoría y fácilmente caemos en el engaño momentáneo y pasajero de sustituir la calidad de la fe por la cantidad de creyentes. Y, sin embargo, son las minorías las que logran mover los más pesados engranajes del mundo, oxidados por tanta herrumbre del pecado. ¿Te imaginas al Señor contando cuántos le habían seguido aquel día, gozándose en las multitudes que acudían a ver sus milagros o preocupado de que sus apóstoles eran sólo doce?
El trigo y la cizaña han de crecer juntos. No te desanimes cuando tengas que vivir tu fe entre la broza y la maleza de la incomprensión y la crítica. Tampoco cifres su alegría en el éxito aparente de tus abundantes frutos, ni midas tu eficacia apostólica por esas pequeñas multitudes que se agolpan alrededor de tu entrega a Dios. La soledad con que a veces habrás de vivir tu fe, aun entre los que dicen trabajar contigo en la misma viña del Señor, es esa buena tierra en la que crecerá tu vida interior y madurará tu seguimiento de Cristo. Acostúmbrate a vivir tu fe en condición de minoría, al modo de la levadura. Para que Dios sea en ti tu infinito, has de ser tú para él su número cero.

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

jueves, 4 de octubre de 2012

Sé agradecido

Con todo y con todos. También con los que te hacen daño o algún mal, porque si sabes aprovechar eso que tu llamas ofensas ganarás un bien espiritual para tu alma mucho mayor que el daño que quizá te hayan podido hacer. Hay que agradecer lo grande y lo pequeño, lo bueno y lo malo, porque en todo está Dios. Comienza tu jornada agradeciendo al buen Dios todo lo que te viene de El. A lo largo del día no te olvides de renovar ese agradecimiento y reconducirlo todo a El. Por la noche, que el momento final de tu examen de conciencia sea también de profunda gratitud. La gratitud nace bien enraizada en esa humildad que sabe atisbar en todo a Dios. Agradecer es reconocer el bien que hace Dios en otros y en uno mismo; es devolver a Dios esa creación que salió de sus manos. La gratitud es, sobre todo, una actitud ante la vida, las personas y los acontecimientos que va dejando en el alma un poso de alegría y de fe sencilla en la providencia de Dios. Crece en tu conciencia de hijo de Dios y sentirás cada vez con más fuerza la necesidad de agradecer a este buen Padre todos sus desvelos. Acuérdate de aquel leproso, el único de los diez curados que volvió glorificando a Dios a grandes voces y, cayendo a los pies de Cristo, con el rostro en tierra, le dio las gracias (cf. Lc 17,15-16). No seas tu de aquellos que no volvieron y que arrancaron del corazón de Cristo aquella dolorosa queja: "¿No han sido diez los curados? Los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?" (Lc 17,17). 

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

martes, 2 de octubre de 2012

Necesitas la eucaristía

El profeta Elías, cansado de las persecuciones de la reina Jezabel y de huir por los duros caminos del desierto, cayó al pie de una retama derrotado y vencido por el cansancio y el desánimo. Ni siquiera el pan cocido y el jarro de agua que tomó le devolvieron las fuerzas necesarias para continuar entregado con fidelidad a su oficio de profeta. Sólo aquel otro misterioso alimento que le entregó el ángel dio a Elías la fuerza necesaria para seguir recorriendo un camino que era superior a sus fuerzas (cf. 1 R 19,4-8). Nada sustituye a la Eucaristía. La necesitas a diario, si quieres seguir recorriendo el empinado camino de tu santidad sostenido por la fuerza de Dios. Te podrá el cansancio y el desánimo si te empeñas en recorrer el camino con tus solas fuerzas, a base de puños y de voluntad. Haz de la Eucaristía el centro de tu vida espiritual, de tu jornada, de tu trabajo, de tu día a día. No dejes que la rutina, el cansancio, la desgana, la comodidad, tus muchas tareas, te impidan alimentar el alma con aquello que más te hace falta. En ese pan de ángeles se te entrega todo Dios. Que no se te pase un solo día sin que ese Dios eucarístico entre en tu alma y te enamore, te posea, te transfigure y te una a Él.    

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid