LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.



A lo largo de la historia, Dios ha hablado a los hombres de muchas maneras, hoy nos ha hablado por medio de Jesucristo. Él se hace hoy presente en medio de su Iglesia, la Iglesia que él ha querido fundar. Cristo, única promesa de felicidad, se hace presente en la realidad de cada día, en cada hombre y en cada acontecimiento.

Por ello, este blog lo que pretende es reconocer a través de los hechos en la Iglesia, la presencia de Dios en medio de su Pueblo.

jueves, 27 de octubre de 2011

Espíritu Santo, que nos haces participar de la benignidad de Dios

“¡Dad gracias a Dios, porque es bueno!” (1 Cr 16,34). La bondad es un atributo que corresponde, en primer lugar, a Dios. Se identifica con su amor y, por tanto, con lo más íntimo de su esencia. Sólo Él se da enteramente, sin reservas ni límites de tiempo. Sin embargo, desde nuestra corta perspectiva humana, solemos identificar lo bueno con los instantes de felicidad. Como no nos podemos asegurar una felicidad para siempre, la buscamos en las cosas, ambientes o personas, sin darnos cuenta de que sólo en Dios podemos prolongar hasta lo eterno esos instantes de felicidad.

La benignidad mira al bien del prójimo. Es la inclinación a ocuparse del bien de los demás, bajo la moción del Espíritu Santo. Por tanto, no podemos entender el bien desde los parámetros humanos de la mera filantropía. Lo difícil es hacer el bien con verdadera rectitud de intención, sin buscar compensaciones ni intereses propios. Comenzando en nuestro ambiente más cercano, con los amigos que saben de nuestros defectos, compañeros con los que compartimos las monotonías diarias, con aquellos que nos juzgan o que no son afines a nuestros criterios. Así de radical es el Evangelio: “Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos” (Lc 6,35).

El mal no tiene consistencia propia; es sólo la ausencia del bien. Existe el mal allí donde no hay bien. No está en nuestras manos alcanzar, en este mundo, un bienestar material y afectivo absolutos, sino que nuestra esperanza está en Dios. Y, si todo lo creado es bueno, ¿por qué, entonces, existe el mal en el mundo? Porque aún falta lo bueno que tú has de hacer.

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

sábado, 22 de octubre de 2011

Purísimo Corazón de Cristo, ruega por nosotros

Sólo un amor llenaba tu Corazón: el Padre. Sólo un deseo ardiente impulsaba cada uno de los latidos de tu ser: la voluntad del Padre. Y sólo una fuente, un motor que lo movía todo, el Espíritu Santo aleteando dentro de ti, ungiendo sin cesar cada uno de los rincones de esa carne continuamente ofrecida y consagrada al Padre. Toda tu virgínea pureza no podía sino ser expresión, en lo humano, de esa divinidad, que se ocultaba en aquel cuerpo virginal y en aquel corazón tan puro y transparente. Toda la plenitud de ese amor al Padre, al que no negaste ni una gota de entrega y de correspondencia, llenaba hasta saciar los más recónditos deseos y anhelos de aquel corazón que, sin dejar de ser humano, estaba sólo centrado en lo eterno. Y de esa plenitud quedaban todos impregnados cuando te trataban y se reconocían amados singularmente, de forma única e irrepetible, con ese amor solícito y concreto que siempre va por delante.
Sólo el amor a Dios purifica y universaliza los afectos, sin que pierdan, por ello, una brizna de su más hermosa humanidad y concreción. Mis afectos, mis amores, mis cariños, sólo serán auténticos y verdaderos cuando dejen de centrarse en mi soberbio «yo» y vuelen ligeros sólo hacia Dios. Deja que su gracia te llene a rebosar, purifique tus afectos y tus amores, y verás que amarás a todos, con la limpieza y libertad con que el mismo Corazón de Cristo amó singularmente a cada hombre. En ese Corazón virginal has de encontrar la fuerza para colmar tus soledades afectivas, tus limitaciones en el amor, tus imperfecciones en la caridad. Ama a Dios, por encima de todo, y podrás amarlo todo en Él. No temas la esclavitud de otros amores, si la intimidad con Dios, su gracia, la belleza incomparable de su amor llena todos los rincones de tu alma.
Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

NUEVOS TALENTOS

Un joven de mi parroquia llamado Daniel Outón, ha hecho este vídeo promocional para un concurso en el cual se intenta apoyar la nuevas ideas de los jóvenes. Existen jóvenes que sus ideales están marcados por el Evangelio, este es un ejemplo de ello. Por eso os invito a que le votéis para que poco a poco el espíritu cristiano empape nuestra sociedad secularizada. Solo tenéis que pulsar el botón me gusta. Muchas gracias.









martes, 18 de octubre de 2011

Corazón alegre de Cristo, ruega por nosotros

Pocas veces nos narra el Evangelio que Jesús lloró. Aquellas lágrimas del Maestro debieron grabarse profundamente en el ánimo de sus discípulos, acostumbrados como estaban a su porte majestuoso, lleno de serena alegría y de un gozo permanente. Ni siquiera nos dicen los evangelistas que Jesús llorara durante su pasión, o cuando le crucificaron, o cuando vio a su Madre, llena de dolor, al pie de la Cruz. La alegría de Cristo nacía de aquel íntimo gozo que le proporcionaba saberse uno con el Padre. Aun en los momentos en que más pesaba la Cruz, no perdió el Señor aquel gozo íntimo, nada estrepitoso, siempre discreto y permanente, que nacía sólo y siempre de su ardiente deseo de hacer la voluntad del Padre. También en Getsemaní aquel gozo íntimo del Padre sostuvo la lucha del amor.
¡Cuántas risas vacías esconden inútilmente mis tristezas y desánimos! ¡Cuántas máscaras y caretas de alegría hueca y ruidosa con las que pretendo esconder mi mediocridad y mi falta de unión con Dios! Mi falta de alegría, mis tristezas, mis desánimos, mis pesimismos, todo se difumina cuando el corazón contempla enamorado el alma alegre de Cristo en la Cruz. Allí, en el momento de mayor dolor y oscuridad que jamás hombre alguno ha vivido, debió vivir también el Señor el momento de mayor gozo interior y sobrenatural que jamás nadie aquí puede imaginar. Poco sabes de Dios, si poco sabes del gozo de la Cruz. Porque sólo en ella se gusta y saborea al vedadero Dios, si unes tu cruz a la suya. Corazón alegre de Cristo, que sufriéndolo todo, quisiste así hacerte sostén y fuente de mi propia alegría. El mundo no sabe ser feliz, porque no sabe sufrir con Cristo y encontrar en su Corazón adorable el remanso de paz del que nace el verdadero gozo interior.

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

sábado, 15 de octubre de 2011

¿TODAVÍA SE PUEDE TENER FE?


            Se escuchan muchos lamentos sobre la gente joven que no practica la fe o acerca del asedio  laicista anticristiano. Justos lamentos. No falta quien se alegra de que las iglesias estén menos llenas, existan más matrimonios civiles que hace unos años o que un elevado porcentaje de los recién nacidos no sea bautizado. Son muy libres de hacerlo, aunque no sea muy elegante celebrar un mal que se presume ajeno, incluso en las propias antípodas, aunque luego  demuestre  no ser tan ajeno.

            En estas líneas ni busco el lamento condenatorio ni, por supuesto, alegría por esos hechos que, en mi caso al menos, sería más que estúpida. Según  leí en una agencia de noticias, Monseñor Fernando Sebastián publicó  un libro -Evangelizar- que, partiendo de la cruda realidad, impulsa a los católicos a caminar hacia adelante ofertando con garra la verdad que nos posee. No se trata de ningún restauracionismo o confesionalismo, sino de una invitación a vivir y a mostrar el Evangelio, a salir a los caminos como en la parábola de las bodas.

            Frente al cuestionamiento de la fe y de las prácticas religiosas, no pretendo entablar disputas alguna, sino buscar una mejor capacidad para comunicar nuestras convicciones sin arrogancia, pero sin miedo. Necesitamos un lenguaje que llegue al hombre de hoy, con sus progresos y problemas, con sus alegrías y tristezas, con su afán por hacerse preguntas profundas a sí mismo o completamente despreocupado de ellas; quizás con un deslumbramiento por la ciencia experimental y la técnica que le conducen a pensar en un Dios no necesario; o con sus creencias prácticamente intactas, pero sin práctica religiosa; o militantes del descreimiento.

            ¿Qué puede ofertar la fe católica al hombre de nuestro tiempo? ¿Es posible creer todavía? La fe puede deslumbrar con lo permanente, pero sabiendo encontrar razones inteligibles para nuestro mundo. El contenido entregado invariablemente por la fe no es un conjunto de preceptos complicados, ni siquiera  primariamente un cuerpo de doctrina, sino una Persona: Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. Esta última frase ya comienza a no comprenderse. ¿Dios tiene hijos?, se preguntará alguno. Desde luego que no, si se entiende al modo humano. Habría que ir a la Santísima Trinidad, lo que es harto misterioso y complejo: un único Dios y tres personas distintas. Pero, claro, si existe Dios, precisamos admitir, por principio, que no cabe en nuestro intelecto.

            No podemos esconder la creación. Tampoco que Dios se ha hecho hombre por amor a los hombres de los que, por otro lado, y precisamente por ser Dios, no precisa nada. Ese amor es grande y desinteresado: nos crea sin necesitarnos y nos redime sin más motivo que el amor. Otras interesantes cuestiones: ¿Existe la redención? ¿Era preciso morir en una cruz para salvarnos? ¿Por qué tanto dolor?

            Es obvio que no encontraremos respuestas desde el punto de vista puramente racional, lo que no quiere decir que la fe se enfrente a la razón. Las verdades -si lo son efectivamente- no pueden contradecirse. Pero, claro, Dios no cabe en mi cabeza por más que muchos afirmen que están por la racionalidad, porque la razón acarrea consecuentemente a reconocer sus muchos límites. Ser racional es plantearse los grandes temas de la vida como los trazó, por ejemplo, Juan Pablo II en sus encíclicas "Veritatis Splendor" y "Fides et Ratio". No se trata de rehuir las dificultades en ningún sentido, sino de estudiarlas con hondura.

            La fe católica,  ofertando a Cristo, no aporta soluciones facilonas a los problemas, pero se encara con ellos. En Jesús de Nazaret hallamos esas respuestas, que no son recetas mágicas, sino planteamientos vitales que conducen hasta la existencia de Dios, la creación del universo, y en particular del hombre, el nacimiento, vida, muerte y resurrección de Cristo, la Iglesia y sus sacramentos. Si es preciso hacer este rebobinado,  sería honrado realizarlo, en lugar de limitarnos o vivir de la propia subjetividad o a refugiarnos en unos supuestos de la ciencia experimental que, siendo muy valiosos, no dan razón de esas profundas cuestiones, aunque tampoco se le oponen.  Se puede afirmar con Ratzinger que la razón del Universo nos permite conocer la Razón de Dios.

            Entonces, ¿creer es complicarse la vida? En cierto modo sí, pero a la vez es dar razones  de nuestro ser y de nuestro acontecer. Vale la pena probar ahí la felicidad. Frente a esta sugerencia se puede argüir que uno tiene la vida resuelta con un tranquilo agnosticismo, un ateísmo convencido, o una sencilla falta de práctica religiosa, tan aparentemente cómoda como poco razonable.

            Oiga, usted quiere complicarme la vida con este artículo. Pues la verdad es que sí, aunque sin ningún ánimo de fastidiar, sino justamente con el deseo de que seamos razonables con las eternas preguntas: ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy? ¿Quién soy? ¿Qué existe al otro lado de la muerte? Y ofrezco la solución: no es algo complejo, se llama Jesús de Nazaret. No  defraudará a quien lo busca. La Jornada Mundial de la Juventud, con el Papa, es una ocasión para encontrarse con Cristo.

Pablo Cabellos Llorente

Enviado con ligeros retoques a LP el 08.08.11