Cuando san Juan relata el lavatorio de los pies se detiene por dos veces en la toalla que utilizó el Señor. Primero la tomó y se la ciñó; luego, una vez que fue lavando los pies a los discípulos, se los fue secando con esa misma toalla que llevaba ceñida consigo (cf. Jn 13,4-5). No importa tanto si aquella toalla era de fino lino o tosca y áspera, si era grande o pequeña, si estaba limpia o no, si era o no la más adecuada y digna para ser utilizada en ocasión tan única y excepcional. Sí importa que fue esa, y no otra, la que tuvo la suerte de abrazar tan ceñidamente el cuerpo de Cristo, la que el Señor cogió en sus manos y con la que pudo cumplir aquel gesto tan servil que tanto decía de sí mismo a sus apóstoles. Gracias a aquella toalla, que se dejó manejar con tanta docilidad por aquellas benditas manos, el Señor pudo encomendarnos el mandato de lavarnos los pies unos a otros como Él acababa de hacerlo. Cuando escuchas sin prisas, cuando acompañas el dolor de los que sufren, cuando rezas por aquellos que te piden y necesitan de tu oración, cuando callas y perdonas, cuando llevas sobre ti las cargas de otros, cuando reconfortas y consuelas, cuando hablas de Dios... estás lavando los pies de tantas almas como aquella toalla lo hizo en las manos de Cristo. Agradécele al Señor que quiera servirse así de ti y, sobre todo, pídele que aprendas a abrazarle y ceñirle fuertemente cada vez que le recibas en la Eucaristía, como aquella bendita toalla supo hacerlo.
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LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.
Por ello, este blog lo que pretende es reconocer a través de los hechos en la Iglesia, la presencia de Dios en medio de su Pueblo.
miércoles, 29 de agosto de 2012
lunes, 27 de agosto de 2012
La humildad nos pone en nuestro sitio
El pecado original sigue actuando en nosotros como una poderosa fuerza centrípeta: continuamente nos arrastra hacia un egocentrismo que, si no sabemos desenmascarar a tiempo, termina por convertirse en el eje que va desequilibrando nuestra vida interior y hasta nuestra psicología o nuestra afectividad. Tendemos a engrandecer y sobrevalorar todo lo nuestro, con lo que nos hacemos engreídos, soberbios, vanidosos y orgullosos, y terminamos viviendo subidos en el pedestal del propio ego, soñando en el mundo ideal de un yo ficticio e irreal. Tendemos también a infravalorarnos, llegando incluso hasta el autodesprecio, creyendo quizá que así somos más humildes ante los demás, sin darnos cuenta de que detrás de esa autocompasión, de esa no aceptación de uno mismo, de esa visión negativa, pesimista y autodestructiva, seguimos encaramados en el mismo pedestal de nuestro ego y alimentando la misma imagen ficticia e irreal de nosotros mismos. La humildad es el contrapeso que equilibra esta fuerza egocéntrica. Es la virtud que atempera el voluntarismo, que modera los sentimentalismos, que doblega la razón y nos coloca ajustadamente en nuestro sitio, ante Dios y ante los demás. Humildad es vivir serenamente en la realidad de lo que somos, sin ocultar ni aparentar lo contrario, sin huir de nuestra propia condición, carácter o forma de ser, sin ñoñerías ni falsos rebuscamientos. No midas tu propia talla con la medida que te ponen los demás, ni tampoco con la que tu te pones a ti mismo; tu verdadera medida te la da el amor sin medida de Dios, para quien siempre serás hijo predilecto en el Hijo.
sábado, 25 de agosto de 2012
La curiosidad: esa caja de pandora
La curiosidad sirve para muy poco, y es más lo malo que acarrea que lo bueno. Cuanto más vacía de amor de Dios tengas el alma más fuerte será la inclinación a llenarla de cosas innecesarias e inútiles, de distracciones, que te hacen creer que estás lleno de algo cuando, en realidad, estás sólo satisfecho de mucho ruido espiritual. El curioseo inútil y vano es puerta que abre la casa desbordante de la imaginación, esa caja de Pandora de la que salen todo tipo de vientos de dimes y diretes. Y así, sin que te des cuenta, se te va llenando la cabeza, y sobre todo el corazón, de chismes, fantasías, sospechas e imaginaciones que convierten tu espíritu en un cuarto trastero. Es muestra de fina elegancia espiritual no ceder al afán de la curiosidad ni entretenerte en los devaneos y chismorreos insípidos que van y vienen en boca de muchos. Qué más te da lo que piensen de ti, lo que se comente o se deje de comentar, lo que le pasó el otro día a no sé quién, lo que está planeando hacer el de más allá, qué se dijo de ti en aquella reunión en la que no estabas, por qué se hizo eso así y no de otra manera... ¿Te ayuda todo eso a amar más a Dios? ¿o simplemente te sirve para alimentar ese cierto morbo del cotilleo que anima tantas conversaciones superficiales y criticonas? ¿Te imaginas a Nuestro Señor curioseando con sus discípulos sobre lo que se comentaba de él entre los fariseos o entre las autoridades romanas? ¿Te imaginas a Nuestra Madre hurgando en los cotilleos y chismes de las vecinas de Nazaret? Sé dueño de lo que entra y sale por las ventanas de tu espíritu, no sea que, sin darte cuenta, se te meta el ladrón a dormir dentro de tu propia casa.
jueves, 23 de agosto de 2012
¿qué importancia das a la palabra de dios?
"Cuando encontraba palabras tuyas las devoraba; tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón" (Jr 15,16). El profeta Jeremías, quizá sin darse cuenta, ponía ya acentos eucarísticos en su lectura de la Palabra de Dios. Si en cada eucaristía te alimentas de la Palabra hecha cuerpo eucarístico, ¿cómo no prolongar a lo largo del día el regusto y el sabor a Dios que te ha dejado esa comunión? Deberíamos sazonar cada una de nuestras jornadas con un poco más de Sagrada Escritura. Deberíamos alimentar más nuestra vida espiritual con esa fuerza y eficacia que posee la Palabra de Dios. No dejes que acabe el día sin haber considerado algún versículo o capítulo de la Biblia, sin haber releído las lecturas de la eucaristía de ese día, sin haber empezado o acabado tu tiempo de oración acompañado de algún pasaje del evangelio. ¿Crees, acaso, que la Virgen podría pasar algún día sin escuchar la voz y la palabra de su Hijo? Ella, la Madre que dio carne y vida a la Palabra de Dios, pasó toda su vida en diálogo constante con la Palabra hecha carne en Ella y de Ella. Has de hacer carne en tu propia vida esa Palabra de Dios que contemplas en la Escritura y saboreas en tu comunión diaria. Has de dar vida a esa Palabra de Dios en el alma de muchos, con el mismo espíritu materno con que María engendró en su seno al Verbo, la Palabra, el Lógos. En tus propias palabras, en tu vida interior, en tu trabajo, en tu apostolado, en las relaciones con los demás, deja que Cristo, Palabra del Padre, vuelva a hacerse carne en ti.
martes, 21 de agosto de 2012
Saber escuchar
Cuántas veces sólo necesitamos eso: que nos escuchen. Escuchar es acoger al otro dentro de ti como si fuera algo íntimamente tuyo, es dejar que el otro descanse en tu alma, como el Señor dejó que aquel discípulo amado descansara en su corazón. Es una forma sencilla y muy asequible de vivir la maternidad espiritual. Aprender a escuchar es también aprender a vivir el silencio, dominando la palabra superficial e inútil. Escuchar sin prisas, con interés, sin mostrar disgusto o contrariedad porque los demás te roban tu tiempo o te cambian tus planes, poniendo lo que recibes en la presencia de Dios, orando internamente por la persona que así se te entrega. En cada alma que te habla deberían resonar aquellas palabras del Padre en la transfiguración: "Este es mi Hijo muy amado, escuchadle" (cf. Mt 17,5). Escucha y acoge a Cristo en las almas. Con la misma paciencia, delicadeza, disponibilidad, con la que El te escucha y te acoge a ti. El trato con Dios en tu oración personal ha de ser tu mejor escuela y entrenamiento para saber escuchar a las almas. Piensa cómo escucharía María cada una de las palabras de su Hijo, cómo escucharía el Hijo cada una de las palabras de José, de sus discípulos, de los enfermos que se le acercaban. Pero, sobre todo, piensa cómo escucharía Nuestro Señor cada una de las palabras del Padre. Así también eres tu escuchado, siempre, en lo más íntimo del corazón de Cristo.
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