Cuando el alma se va adentrando en los caminos de intimidad con Dios su vida se va volviendo un constante deseo del cielo. Si poco deseas el cielo, poco amas; si mucho lo deseas, mucho amas. Pero no quieras esperar tanto: comienza ya a hacer de tu vida ese poco de cielo que quepa en tanto barro. El cielo es Dios y Dios está en ti. ¿Cómo dices que no puedes gustar, en tus afanes y en el duro trajín del día a día, ese poco de Dios escondido que late amoroso en los repliegues de tu alma? Ahí, en lo más profundo de ti mismo, eres capaz de deseos y amores infinitos. No quieras ahogarte con el lastre pesado de este mundo, aun en esas situaciones duras y difíciles que atraviesas. Tu barro está hecho para el cielo, porque el cielo un día se hizo de tu barro. Cuando te pese el cansancio de esta vida y te agobien sus dificultades y miserias, cuando caigas cansado de esa lucha en la que sólo la derrota te queda por compañera, mira al cielo y pon allí tu más fuerte deseo. Verás que todos esos trabajos se vuelven livianos y llevaderos, que todo se hace poco, y casi nada, comparado con el todo que es tu Dios y tu cielo. Mira que todo pasa y que, al final, tus años se van marchando como instantes, deshojados en la mano de tu vida. Y allí, al final, el cielo, sólo el cielo será nuevo regazo, en el que goces sin fin, sin horizonte. De aquella eternidad saliste y a ella has de volver para siempre. Aprende a vivir este intervalo de la vida con la íntima certeza de que ese cielo te acompaña en todo y siempre. Páginas
LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.
Por ello, este blog lo que pretende es reconocer a través de los hechos en la Iglesia, la presencia de Dios en medio de su Pueblo.
domingo, 16 de diciembre de 2012
Y después de este destierro, muéstranos a jesús
Cuando el alma se va adentrando en los caminos de intimidad con Dios su vida se va volviendo un constante deseo del cielo. Si poco deseas el cielo, poco amas; si mucho lo deseas, mucho amas. Pero no quieras esperar tanto: comienza ya a hacer de tu vida ese poco de cielo que quepa en tanto barro. El cielo es Dios y Dios está en ti. ¿Cómo dices que no puedes gustar, en tus afanes y en el duro trajín del día a día, ese poco de Dios escondido que late amoroso en los repliegues de tu alma? Ahí, en lo más profundo de ti mismo, eres capaz de deseos y amores infinitos. No quieras ahogarte con el lastre pesado de este mundo, aun en esas situaciones duras y difíciles que atraviesas. Tu barro está hecho para el cielo, porque el cielo un día se hizo de tu barro. Cuando te pese el cansancio de esta vida y te agobien sus dificultades y miserias, cuando caigas cansado de esa lucha en la que sólo la derrota te queda por compañera, mira al cielo y pon allí tu más fuerte deseo. Verás que todos esos trabajos se vuelven livianos y llevaderos, que todo se hace poco, y casi nada, comparado con el todo que es tu Dios y tu cielo. Mira que todo pasa y que, al final, tus años se van marchando como instantes, deshojados en la mano de tu vida. Y allí, al final, el cielo, sólo el cielo será nuevo regazo, en el que goces sin fin, sin horizonte. De aquella eternidad saliste y a ella has de volver para siempre. Aprende a vivir este intervalo de la vida con la íntima certeza de que ese cielo te acompaña en todo y siempre. viernes, 14 de diciembre de 2012
La mística de la vida ordinaria
Tu alma está hecha para albergar en sí lo ilimitado e infinito de Dios. Has de encontrar el lugar y la fuente de esa secreta intimidad con tu Cristo en las condiciones concretas de tu vida ordinaria, en los quehaceres de tu día a día. Ahí has de saber escalar las altas cumbres de la mística de lo ordinario, pues es ahí donde quiere el Señor hacerte gustar las delicias de su cruz. "¡Oh, si se acabase ya de entender cómo no se puede llegar a la espesura y sabiduría de las riquezas de Dios, que son de muchas maneras, si no es entrando en la espesura del padecer de muchas maneras, poniendo en eso el alma su consolación y deseo! ¡Y cómo el alma que de veras desea sabiduría divina desea primero el padecer para entrar en ella, en la espesura de la cruz!". Si el Verbo tomó la carne de nuestra miserable condición humana, también las más altas gracias místicas pueden llegar a hacerse carne en tu pequeña alma. Tu cruz de cada día, aunque sea pequeña, es cruz; la fidelidad de cada día, con ser pequeña en las formas, no deja de ser fidelidad. La mística de la vida ordinaria, con ser pequeña en sus apariencias, es, como tu alma, ilimitada e insondable como el mismo Dios. La espesura y estrechez de tu día a día ha de ser ese pozo sin fondo donde puedas beber las riquezas inagotables que manan del corazón de Dios. "Para entrar en estas riquezas de su sabiduría la puerta es la cruz, que es angosta. Y desear entrar por ella es de pocos; mas desear los deleites a que se viene por ella es de muchos". No quieras un cristianismo sin cruz porque terminarás viviendo una fe sin Dios. Y no midas la calidad de tu oración por los gustos y deleites que puedas sentir, por los grandes pensamientos que se te puedan ocurrir, por los bellos propósitos que te propongas cumplir, sino por el enorme y callado amor con que sabes permanecer en la fidelidad oscura y desabrida a tu Dios. miércoles, 12 de diciembre de 2012
Un montón de camellos ante el ojo de una aguja
Es propio de nuestra limitada condición creatural asirnos fuertemente a los agarraderos de las seguridades humanas. Necesitamos vivir con los pies muy puestos en la tierra de nuestros cálculos humanos, de nuestras previsiones y planes, de nuestras habilidades y cualidades, de nuestros méritos, de todo aquello que podemos medir, tocar, ver y sentir. Y terminamos por utilizar esa misma lógica humana en nuestra vida espiritual, convirtiendo el alma en un almacén de congelados, en el que voy guardando todos aquellos méritos y obras buenas que me permitirán un día comprar a Dios mi derecho a la salvación. Aunque seas muy generoso con tus bienes materiales, puedes vivir con alma de rico, dominado por la miserable ambición de caminar muy seguro de ti mismo y confiado en las riquezas espirituales de tus méritos, de tus obras, de tus virtudes o de tus cualidades. Todo eso de bueno que hay en ti no es tuyo; te lo da Dios con su gracia. La peor pobreza que puede sufrir un alma inflada de sí misma es no tener a Dios. Y esta miseria espiritual puede darse aun cuando seas un perfecto cumplidor de tus deberes espirituales. Otros podrán ver que vas a Misa, que rezas a diario el rosario, que hablas piadosamente de Dios en tu apostolado, que lees y conoces la Escritura, y hasta podrán alabar tus bellas y piadosas predicaciones... Sin embargo ¡cuántos cristianos tan llenos de sí mismos, esperando como camellos para pasar por el ojo de una aguja! Carga sobre tus lomos las cruces de los demás, sus problemas, sus inquietudes, sus deseos de Dios; carga tu alma, sobre todo, de la presencia y del amor de Dios, y verás que ni el ojo de una aguja es obstáculo para que su gracia actúe a través tuya. lunes, 10 de diciembre de 2012
Enjugar el rostro sufriente de la Iglesia
No pretendas entender el misterio del mal. Ni siquiera solucionarlo. Ante situaciones que nos sobrepasan a veces sólo cabe la inclinación humilde de un entendimiento que calla ante lo que no entiende, o la oración escondida de un corazón que acepta dolorido el mal ajeno. Has de aprender a estar junto a la cruz, como María, redimiendo más con tu dolor que con tu acción. Has de aprender a sufrir con misericordia el mal de otros, llevando sobre los hombros de tu oración ese carga tan pesada del pecado que tanto aflige a la Iglesia. No caigas en la tentación de la crítica fácil ante las miserias y escándalos de los miembros de tu Iglesia. No cedas a la duda, al desaliento o al desánimo cuando te topes de cerca con el pecado, la defección y la omisión de otros cristianos o, incluso, de tus mismos pastores. Esas situaciones que tanto dolor te causan quizá no te corresponde a ti solucionarlas, pero sí sufrirlas.Besa con tu entrega y tu fidelidad esas llagas del cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Enjuga con los cabellos de tu oración esos pies sucios y doloridos con los que Cristo sigue hoy caminando en los miembros de su Iglesia. Abraza en lo más profundo del corazón esa misma cruz que Cristo abrazó en Getsemaní, con el doloroso gozo de saberte, como Cristo, crucificado por los pecados que afean la indefectible santidad de la Esposa. Y, sobre todo, cuida de no herir con tu vida mediocre, con tus faltas consentidas, con la indiferencia ante tus propios pecados, esa filigrana sublime, misteriosa y delicada que es la comunión de la misma Iglesia. Tu también puedes ser con tu vida de aquellos que, ante este cuerpo llagado y ensangrentado de Cristo que es la Iglesia, gritan y piden el castigo de la crucifixión. Acércate a tu Iglesia como se acercó aquella mujer al cuerpo llagado y caído de Cristo, enjugando con el paño limpio de tu vida el rostro sufriente de Cristo en cada uno de tus hermanos.
Mater Dei
Archidiócesis de Madrid
sábado, 8 de diciembre de 2012
Lo compasivo hacia nosotros se hizo madre
Allá, en el seno eterno y silencioso del Padre, reposaba desde siempre el Verbo, esperando la plenitud de los tiempos. Gestado en el Amor del Espíritu, se daba al Padre como Amor compasivo hacia nosotros, pues el fruto engendrado del Amor es también Amor. Y en ese mismo Amor purísimo, entregó el Padre a su Verbo para que descansara en la carne materna de María. Y allí, gestado nuevamente en el Amor del Espíritu, aquel fruto del Amor seguía haciéndose compasión hacia nosotros y compasión hacia el Padre. El Amor materno del Padre hizo una Madre en María para que allí descansara el Verbo como descansaba eternamente en el seno virginal del Padre. El Padre nos dio en el Amor al Verbo y se hizo materno; María nos dio por Amor al Verbo y se hizo Madre. El Padre lo engendró de sí en el Espíritu; María lo engendró del Padre también en el Espíritu. Y la misma compasión que hacía Padre al Padre hizo también Madre a la Madre. Lo compasivo hacia nosotros se hizo madre, en el Padre y en María. Hace falta tener muy dentro a Dios para poder darlo a los demás. Hace falta concebir, gestar, alimentar, llevar y cargar en el seno de nuestra alma esa vida del Verbo para poder darlo con amor compasivo a todos los hombres. Hace falta un corazón muy puro para poder concebir virginalmente en nosotros, sin pecado, esa vida divina del Verbo. Estás llamado a entrar por caminos de maternidad espiritual, con ese mismo Amor compasivo hacia todos que hizo materno al Padre y que hace a la Virgen nuestra Madre. Ser madre de Dios en las almas como lo fue María del Verbo. ¿Es que puede, acaso, una madre olvidarse del hijo de sus entrañas? Así sea también tu amor compasivo hacia los hombres.
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