
Besa con tu entrega y tu fidelidad esas llagas del cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Enjuga con los cabellos de tu oración esos pies sucios y doloridos con los que Cristo sigue hoy caminando en los miembros de su Iglesia. Abraza en lo más profundo del corazón esa misma cruz que Cristo abrazó en Getsemaní, con el doloroso gozo de saberte, como Cristo, crucificado por los pecados que afean la indefectible santidad de la Esposa. Y, sobre todo, cuida de no herir con tu vida mediocre, con tus faltas consentidas, con la indiferencia ante tus propios pecados, esa filigrana sublime, misteriosa y delicada que es la comunión de la misma Iglesia. Tu también puedes ser con tu vida de aquellos que, ante este cuerpo llagado y ensangrentado de Cristo que es la Iglesia, gritan y piden el castigo de la crucifixión. Acércate a tu Iglesia como se acercó aquella mujer al cuerpo llagado y caído de Cristo, enjugando con el paño limpio de tu vida el rostro sufriente de Cristo en cada uno de tus hermanos.
Mater Dei
Archidiócesis de Madrid
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