LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.



A lo largo de la historia, Dios ha hablado a los hombres de muchas maneras, hoy nos ha hablado por medio de Jesucristo. Él se hace hoy presente en medio de su Iglesia, la Iglesia que él ha querido fundar. Cristo, única promesa de felicidad, se hace presente en la realidad de cada día, en cada hombre y en cada acontecimiento.

Por ello, este blog lo que pretende es reconocer a través de los hechos en la Iglesia, la presencia de Dios en medio de su Pueblo.

lunes, 24 de diciembre de 2012

“Soltó el manto” (Mc 10,50)

La ceguera de quien no quiere verse en el espejo de su propia condición pecaminosa es peor y más grave que la de aquel ciego Bartimeo que, sentado al borde del camino, pedía a todos un poco de limosna. Al oír que pasaba Jesús gritaba con fuerza: ¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí! Los demás, por miedo a quedar mal o hacer el ridículo ante Maestro tan reputado, protestaban y le regañaban para que se callara. Bartimeo, en cambio, sin preocuparle lo que los demás pensaran de él, al oír que Jesús le llamaba, soltó su manto y, dando un salto, corrió hacia él. Jesús le regaló la gran limosna de ver muy de cerca aquellos ojos misericordiosos y divinos que curaron, sobre todo, la ceguera de su alma. Aquel día, de entre todos los discípulos que seguían de cerca al Maestro, sólo los ojos de Bartimeo conocieron verdaderamente el rostro del Señor, porque sólo él tuvo la valentía de quitarse el manto de su propio yo y ponerse ante el Señor que pasaba tal como era: pobre y ciego.
Necesitamos cubrir la indigencia de nuestra condición humana con los ropajes y adornos de las propias compensaciones, de las aparentes seguridades, del aprecio y la aprobación del mundo, de la buena opinión de los demás. Cuántos defectos, manías, pecados, omisiones, pensamientos egoístas y rebuscados, críticas y torcidas intenciones ocultamos detrás del ropaje artificioso de esa imagen irreal, que tanto nos esforzamos por mantener como verdadera ante nosotros mismos y ante los demás. Cuánta mediocridad de vida revestida con los harapos y jirones de nuestras justificaciones y excusas. Bajo el manto de una falsa virtud y de la apariencia de bien escondemos muchas veces la hipocresía de creer que nuestra vida espiritual y nuestra relación con Dios es como debe ser: nada exagerada, moderada, correcta y al uso de los tiempos que corren. Incluso en el orden espiritual nos cuesta tanto aceptarnos tal como somos que, sin darnos cuenta, terminamos por esconder y disimular nuestro verdadero yo bajo el manto quejumbroso y lastimero de un “no puedo” que, en el fondo y aunque nunca lo reconozcamos, es un “no quiero” y un “no me apetece”.
No tengas miedo a amar lo que eres y a aceptarte tal como eres. No tengas miedo a reconocer ante Dios y ante ti mismo la pobreza de tus defectos y limitaciones o la ceguera de tus pecados. Aunque los demás te manden callar o alaben la vistosidad y belleza de tu manto, deja que Cristo pase por tu vida, cure la ceguera de tu alma y revista con la riqueza de su gracia la desnudez de tu pobreza espiritual. Mejor ser un pobre Bartimeo que acompañar al Maestro en su camino y contarnos entre los seguidores y discípulos que, cegados por la oscuridad de su soberbia, nunca se atrevieron a pedirle la limosna de ver.

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

sábado, 22 de diciembre de 2012

Como agua por un colador

A menudo confundimos el ser con el tener o el hacer, la santidad con la eficacia. Estamos llamados a ser santos, no a ser eficaces. El hacer no asegura el ser. Podemos llenar nuestras arcas con los falsos tesoros de abundantes méritos profesionales, académicos, laborales y hasta “eclesiales”, o llegar a cumplir con una cierta perfección los deberes propios de nuestro cargo, estado y religión, y, sin embargo, ser los fariseos más hipócritas y los cristianos más mediocres. Cristianos que buscan hacer el bien a los demás prodigándose en un intenso activismo apostólico o con una cargadísima agenda de obras aparentemente buenas, pero que se contentan con llevar su vida de oración pinchada como un pin en la solapa de su chaqueta.
Quizá aún no hemos empezado a ser realmente cristianos, a pesar de que podamos hacer muchas obras de bien, tener acumulados muchos cargos eclesiásticos, creernos con derechos adquiridos por los muchos años de servicio a la parroquia, o sabernos propietarios de abundantes méritos espirituales por haber frecuentado con escrupulosa fidelidad y durante años un grupo, movimiento o parroquia. Podemos estar echando agua por un colador si nuestro día a día transcurre repleto de cosas y actividades pero vacío de oración, de presencia de Dios y de contemplación. La eficacia sobrenatural no puede encerrarse en los límites cortos y estrechos de nuestros esquemas y patrones meramente humanos.
Un alma disipada y desparramada en las mil cosas del día a día, que deja perder y malgastar su vida interior en las bagatelas y baratijas de un activismo vacío de Dios, termina por ahogarse en el trasiego estéril del propio egoísmo, llevada de acá para allá como corcho entre las olas de las modas, opiniones y criterios del mundo. Hasta que no te convenzas de la eficacia invisible, oculta y escondida de la oración, tu vida, tu apostolado, tu hacer y tu tener no serán más que una gota que resbala por el cristal, sin empapar realmente la vida de los demás.

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

jueves, 20 de diciembre de 2012

“Tocó el feretro” (Lc 7,14)

Aquella mujer de Naín, que años atrás había llorado el dolor de su viudez, caminaba ahora por las calles de su ciudad llorando la muerte de su único hijo. Una gran multitud de gente la acompañaba, incapaz de consolar y dar sentido al absurdo de la muerte. Jesús se acercó a ella, profundamente conmovido en sus entrañas por el dolor y la aceptación de aquellas lágrimas maternas. Ecos dolorosos de su pasión, anunciándole tanto dolor que habían de contener aquellas lágrimas de su Madre permaneciendo al pie de la Cruz. Esa situación, humanamente tan extrema, fue la ocasión propicia para que aquella mujer se encontrara con el consuelo y la compasión de Cristo. Acostumbrada a llorar de cerca la muerte, tenía ahora ante sí también a la vida. Jesús tocó el féretro y, con su palabra, devolvió la vida al que estaba muerto. Con la delicadeza propia de un corazón divino, Jesús tomó al niño y se lo entregó a su madre, viendo en ella algo de aquellos brazos de Madre en los que un día habría de descansar su mismo cuerpo muerto y desclavado de la Cruz.
Tú también te cruzas en tu vida con situaciones de pecado, de injusticia, de dolor, de oscuridad, de maldad, de muerte física o espiritual. Tú también acompañas, quizá, con lágrimas de impotencia muchas circunstancias humanamente absurdas e incomprensibles, en las que el poder del mal parece aturdir y ahogar la acción de Dios, o ante las que no sabemos encontrar ni dar más respuesta que el aparente silencio de Dios. Tocas, quizá, en tu propia vida y en la de los demás, muchos féretros que esconden aparentes fracasos, injusticias y persecuciones, incomprensiones de los buenos, noches y oscuridades del alma, lejanías, ausencias y aparentes silencios de Dios… Y, sin embargo, es en la muerte donde más se manifiesta el poder divino de la vida.
Piensa que la gracia de Dios puede tocar, sanar y hacer revivir las situaciones de muerte y de pecado aparentemente más extremas y absurdas. Allí donde el mal y el pecado hacen estragos, allí sigue siendo Dios el dueño y señor de la vida. No te desanimes ni abandones por imposible esos corazones que muestran tan endurecidos para las cosas de Dios o esas almas que con tanto empeño quieren cerrarse a la acción de la gracia. La compasión del Corazón de Cristo no se cansa de acercarse a ellos continuamente queriendo tocar su féretro. Tú acompaña esos féretros con las lágrimas de tu oración como María acompañó con su fe dolorosa el absurdo humano de aquella Cruz que tanta vida dio al mundo.

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

miércoles, 19 de diciembre de 2012

UN HOMENAJE A TANTOS SACERDOTES BUENOS


Hacemos un paréntesis en la sucesión de artículos sobre la historia de la Iglesia para anunciar la publicación del libro “Sacerdotes que dejaron huella en el siglo XX“, escrito por dos sacerdotes de Getafe, uno de ellos el que se encarga de este blog, Alberto Royo Mejía, y el otro José Ramón Godino Alarcón, joven experto en historia de la Iglesia. Se trata de la vida y obra de una selección de 46 sacerdotes de diferentes países que en el siglo XX dejaron una huella especial.

Como bien dicen los autores en el prólogo, dedicar un libro a todos los sacerdotes que dejaron huella en el siglo XX sería una labor prácticamente imposible pues, en realidad, casi todos los cientos de miles de sacerdotes -seculares y religiosos- que vivieron y ejercieron su ministerio en dicho siglo dejaron huella de un modo o de otro. La mayoría una huella buena, pues pasaron por el mundo haciendo el bien, como su Divino Maestro; y unos pocos dejaron una huella mala, vergonzosa, pero de ellos mejor ni acordarse.
Huella buena dejaron los sacerdotes que vivieron abnegadamente, según la llamada que un día recibieron del mismo Señor y, por tanto, celebraron y administraron los sacramentos con amor, predicaron la Palabra de Dios con tenacidad, buscaron el bien de las almas a ellos encomendadas y se asemejaron a Cristo pobre y humilde, sin buscar su propia gloria, sino la mayor gloria de Dios. Los que vivieron así, sin duda, dejaron huella. Muchos no habrán salido en los periódicos ni habrán recibido condecoraciones; incluso no habrán hablado a multitudes si su ministerio no lo requería, pero dejaron huella por donde pasaron, en los que bautizaron, confesaron, casaron, alimentaron con el Cuerpo del Señor, prepararon para la buena muerte o enterraron; en los que aconsejaron, consolaron o guiaron; en los niños a los que enseñaron a rezar, en los jóvenes a los que enseñaron a vivir, en los matrimonios a los que enseñaron a amarse, en los pecadores a los que ayudaron a volver a Dios o en los ancianos a los que enseñaron a morir; en todos ellos sin duda dejaron una huella profunda y si todos estos fieles -y tantos otros no-católicos, no-cristianos o no-creyentes que les trataron- pudiesen hablar, contarían maravillas de ellos.
Por eso, ante la imposibilidad de escribir un libro de tales dimensiones -dicen los autores-, “hemos tenido que escoger una pequeña representación -solamente cuarenta y seis- de los sacerdotes que dejaron huella en el siglo XX“. Para que nos hagamos una idea de lo reducida que queda la selección, se piense que en cada año del siglo XX falleció por lo menos un sacerdote que está en proceso de canonización, y en muchos años más de uno -sin hablar de los obispos-, por lo que solamente candidatos a los altares de los que se podría escribir hay bastantes más de cien.


Así pues, hemos tenido que excluir a los que llegaron al episcopado, incluidos los que fueron obispos de Roma , para quedarnos en los que fueron simples sacerdotes (hay algún monseñor, pero eso no altera su condición de sacerdotes, sino que solo la adorna un poco), seculares o religiosos, sin distinción. Si no hubiésemos hecho esa reducción, solamente con los obispos podíamos haber escrito otro libro todavía más voluminoso que éste. Ha sido, además, una exclusión buscada a propósito, pues los autores del libro queríamos rendir una especie de homenaje a nuestro sacerdocio a través de nuestros hermanos sacerdotes, sin por ello quitarle nada al afecto que tenemos a los obispos, los cuales encontrarán más fácilmente biógrafos.
Muchos de los que aparecen en el libro están en proceso de canonización y algunos han llegado ya a los altares, pero no todos. Si bien es cierto que la santidad es el mejor modo de dejar una huella perdurable, objetivamente hay sacerdotes que influyeron mucho en la Iglesia y en el mundo del siglo XX sin que se haya pensado en ponerles sobre un altar, quizás también porque no lo merecieron. Intentando ser lo más objetivos posibles, han incluido un poco de todo, oves et boves, fijándose en su aportación real y no en los encasillamientos en los que otros les hayan querido incluir.
Quizás a alguno le parecerá arbitraria la elección de los que aparecen en estas páginas, y realmente en cierto sentido lo es, pues uno habla de lo que conoce mejor y es difícil hacerlo sobre lo que se desconoce, pero no creemos que haya sido injusta. Sin duda se han tenido que dejar a muchos en el tintero, entre mártires, misioneros, confesores, fundadores y teólogos; pero la tarea se volvía imposible. Sin embargo, no podemos dejar de mencionar, aunque sea de pasada, a los seis mil sacerdotes asesinados bárbaramente durante la persecución religiosa de la II República española, a los varios miles que murieron en los campos de concentración nazis y comunistas, a los que fundaron nuevas iglesias en Asia y África, a los que sobrevivieron a las crisis postconciliares y perseveraron cuando muchos de sus compañeros se secularizaron, a los que con sus mejores esfuerzos evangelizaron en los tiempos de la modernidad y a los que le tocó ya los de la postmodernidad, etc.
Concretamente, explican, “en nuestro ámbito español podríamos haber incluido a muchos más, entre ellos a los curas diocesanos Pere Tarrés, Abundio García Román, Eladio España Navarro, Leocadio Galán Barrena, José Luis Martín Descalzo, Luis Zambrano Blanco, Juan Paco Baeza, José Luis Múzquiz, Juan Sáez Hurtado, Baltasar Pardal, Honorio María Sánchez, Manuel Aparici, José Pío Gurruchaga, Antoni Aguiló Valls, Diego Hernández González, Manuel Herranz Establés, Vicente Garrido Pastor, Juan Sánchez Hernández, José Soto Chuliá, Rafael Sánchez García, José María Hernández Garnica, Ángel Carrillo, José Luis Cotallo, Bernardo Asensi Cubells, Pedro Legaria, Antonio Amundarain Garmendia, Manuel Pérez Arnal, etc.; los jesuitas Ángel Ayala, Segundo Llorente, Manuel García Nieto, Pedro Guerrero, Francisco Tarín y Rodrigo Molina -sin olvidar a los egregios Urbano Navarrete y Antonio Orbe-; y además, el benedictino Justo Pérez de Urbel, los agustinos Anselmo Polanco y Agustín Liébana, el marianista Vicente López de Uralde, los dominicos Buenaventura García Paredes y José Merino Andrés, los pasionistas Aita Patxi y Francisco Sagarduy, el redentorista Francisco Barrecheguren, el trinitario Félix Monasterio. Y la lista podría continuar…
El libro se divide en 6 secciones: “Los maestros del Espíritu“, que incluye a Carlos de Foucauld, Pío de Pietrelcina, Columba Marmión, Emiliano Tardif y José Rivera; “Los misioneros en tierras lejanas“, que habla de Arnold Janssen, Eustaquio Van Lieshout, Giuseppe Allamano, Joseph Gérard, Jan Beyzym, Nicolas Bunkerd Kitbamrung y Pedro Arrupe; “Los perseguidos por causa de la justicia“, entre los que encontramos a Ladislao Findysz, Jakob Gapp, Rupert Mayer, Miguel Agustín Pro, Maximiliano Kolbe, Teófilo Fernández Legaria, Ignacio Ellacuria y compañeros y Pino Puglisi; “Los grandes teólogos“, que son Hans Urs Von Balthasar, Henri de Lubac, Karl Rahner y Romano Guardini; “Los que se anticiparon a su tiempo“, que incluye a Joseph Kentenich, Josemaría Escrivá de Balaguer, Pedro Poveda, Giacomo Alberione, Tomás Morales, Luigi Giussani y Sebastián Gayá; “Los apóstoles de la caridad“, que trata de Edward J. Flanagan, Luigi Orione, Faustino M´guez, Benito Menni, Werenfried Van Straaten, Joseph Wresinski, Giovanni Calabria y Luigi Guanella; y por último, la sección tituada “En múltiples apostolados” que habla del Cura Brochero, Alberto Hurtado, Manuel García Morente, Patrick Peyton, José María Arizmendiarrieta, Henri Caffarel y José María Rubio.
Concluyen su presentación los autores diciendo que “escribir este libro ha sido una auténtica escuela para nosotros, pues a algunos sacerdotes que en él aparecen los conocíamos por el nombre y poco más, y ahora hemos aprendido lo mucho que tenían que enseñarnos. Adentrándonos en sus vidas, hemos admirado el testimonio que dieron y, sobre todo, hemos corroborado en cada uno de ellos aquello que decía el Santo Cura de Ars cuando definía el sacerdocio como “el amor del corazón de Jesús”. Esta hermosa frase, que podría parecer una teoría, se hace vida en la mayoría de los sacerdotes que, con sus limitaciones, a veces con errores, buscan únicamente vivir en profundidad ese amor y transmitirlo.”

P. Alberto Royo Mejía
Fuente: http://infocatolica.com/blog/historiaiglesia.php/ 

martes, 18 de diciembre de 2012

El silencio de Dios

En un mundo donde las prisas y el activismo parecen dominarnos, siempre hay una queja ante la supuesta indiferencia de Dios por tanta injusticia y mal del que somos testigos diariamente. ¿Por qué permanece Dios en silencio mientras los buenos sufren persecución? ¿Cómo es posible que Dios parezca estar impasible ante tanto sufrimiento, dolor y muerte de inocentes? Sólo hay una respuesta a este misterio: el silencio de Dios ante la muerte de su Hijo en la Cruz. De esta manera, esa supuesta y aparente indiferencia es el grito más elocuente de Dios: nuestra vida del día a día no es otra cosa sino la prolongación en la historia de la muerte en la Cruz del Inocente por excelencia.
Tu dolor, tu sufrimiento, tu enfermedad, tu renuncia personal, tu sacrificio escondido, tu generosidad sin palabras… todo eso, son manifestaciones del gran silencio de Dios que –como diría san Pablo– con “gritos inenarrables” manifiesta al mundo que la única victoria es la de Cristo en la Cruz… Vencedor del pecado y la muerte. Mira el silencio doloroso de la Virgen que permanece fiel junto a su Hijo en la Cruz. Su fidelidad también alcanza a tu sufrimiento incomprensible y sin sentido, porque te arropa con su ternura y misericordia para que esos silencios de Dios los descubras como amor sin condiciones.

Mater Dei
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