LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.



A lo largo de la historia, Dios ha hablado a los hombres de muchas maneras, hoy nos ha hablado por medio de Jesucristo. Él se hace hoy presente en medio de su Iglesia, la Iglesia que él ha querido fundar. Cristo, única promesa de felicidad, se hace presente en la realidad de cada día, en cada hombre y en cada acontecimiento.

Por ello, este blog lo que pretende es reconocer a través de los hechos en la Iglesia, la presencia de Dios en medio de su Pueblo.

domingo, 13 de marzo de 2011

"TENGO QUE DAR UN GRAN PASO" (Francisco de Paula Castelló i Aleu)

Francisco de Paula Castelló i Aleu ya fue testigo para los jóvenes del mundo entero, pues fue uno de los patronos de la JMJ de 2002. Un año antes, el 11 de marzo de 2001, había sido beatificado por Juan Pablo II. Pero, ¿quién es este joven?

Un 19 de abril de 1914 nacía el tercer hijo del matrimonio Francisco de Paula y Teresa. Dos meses después el padre de familia fallecía de una congestión pulmonar. La madre regresa a Lérida donde tiene familia y casa. Los tres hijos, María, Teresa y Francisco aprendieron las primeras letras de su propia madre que era una excelente maestra cristiana. Cuando Francisco cumple los quince años pierde también a su madre. Tras acabar el bachillerato ingresa en el Instituto Químico de Sarriá de Barcelona y de allí pasa a la Universidad Pública de Oviedo donde se licencia. De nuevo, regresó  a Lérida, era el año 1934. El ingeniero químico Castelló, con 20 años, comienza a trabajar en la fábrica Cros, S.A.

Apóstol, siempre.

El Beato Francisco no fue un miembro de número de las varias asociaciones a las que perteneció. En todas fue socio activo, y muy activo. Cuando cursaba su licenciatura en Química, las tardes de los domingos y festivos las dedicaba a dar clase de catecismo a los niños del Patronato Obrero de la Sagrada Familia de Barcelona, dirigido por los padres jesuitas, y a dar lecciones prácticas muy útiles a los trabajadores en una sección de perseverantes que le había sido encomendada. Cuando, todavía muy joven, consiguió un puesto de químico en la fábrica de abonos leridana popularmente llamada la Cros, daba también clases gratuitas de matemáticas, física y química a los obreros que querían perfeccionarse profesionalmente. Y por la noche enseñaba nociones básicas de ciencias y de religión a los niños del Canyeret, barrio pobre de Lérida en cuya escuela estatal no se impartía instrucción religiosa, porque lo impedía la Constitución republicana.

A pesar del ambiente hostil que las aciagas elecciones de febrero de 1936 habían provocado en toda España, el Día de la Buena Prensa que entonces se celebraba en la fiesta de San Pedro, Francisco anduvo por las calles de Lérida repartiendo revistas y diarios católicos a los transeúntes. Y cuando hubo de incorporarse a filas como simple soldado, se desvivió reclutando ejercitantes para una tanda de Ejercicios programada en la Casa de Cristo Rey.

Detenido y juzgado

La guerra civil le sorprende mientras realizaba el servicio militar. Denunciado por uno de los comandantes, fue condenado por un tribunal popular a ser fusilado. Se conserva el precioso diálogo del triunfo de la verdad…
El presidente del tribunal se dirige a Francisco:

“-¿Qué respondes a los documentos que te acusan de ser «fascista»?

-Yo no soy «fascista» y nunca he militado en un partido político.

-Tenemos pruebas. En tu casa y en el despacho de la fábrica donde trabajas, hemos encontrado libros que dan cuenta de tus contactos con dos países fascistas.

-En mi casa y en los laboratorios de la fábrica, no habéis podido encontrar otra cosa sino libros de estudio. Como soy químico, estudiaba italiano y alemán, que son útiles en química. No tenía otra ambición sino perfeccionarme en mi profesión.

-Bueno. Acabemos ya. ¿Eres católico?

-¡Sí, claro que sí! ¡Soy católico!”.

El Beato Francisco Castelló i Aleu pronuncia esas palabras con voz clara y serena. El acusador público pide la pena de muerte. Y como no, si se está viviendo una auténtica persecución religiosa… aquella declaración era más que suficiente.

Francisco escucha, con la mirada iluminada de gozo, como si le hubieran anunciado la gloria del cielo. Al concederle el presidente la palabra para defenderse, él responde:

-“Si ser católico es un delito, acepto con mucho gusto ser delincuente, porque la mayor felicidad que pueda nadie alcanzar en esta vida, es morir por CristoY si tuviera mil vidas, las entregaría todas por Él, sin dudarlo un instante. Así que os doy las gracias por la oportunidad que me dais de asegurar 
mi salvación eterna”.

El veredicto no se hace esperar. Fue asesinado en el cementerio de Lleida a las 23’30 del 29 de septiembre de 1936.

Tres cartas

Pocas horas antes de su ejecución, escribe a su novia, Mariona, a sus hermanas y a su tía, y a su amigo y padre espiritual. Tuve ocasión hace años de contemplar en la parroquia de San Pere de Lérida las cartas escritas a lápiz del Beato Francisco.

A sus hermanas Teresa y María y a su tía María

Queridas:

Acaban de leerme la pena de muerte y jamás he estado tan tranquilo como ahora. Tengo la seguridad de que esta noche estaré con mis padres en el cielo. Allí os esperaré. La providencia de Dios ha querido elegirme a mí como víctima de los errores y pecados cometidos por nosotros.
Voy con gusto y tranquilidad a la muerte. Nunca como ahora tendré tantas
probabilidades de salvación. Ya se ha terminado mi misión en esta vida. Ofrezco a Dios los sufrimientos de esta hora. No quiero en modo alguno que lloréis por mí: es lo único que os pido. Estoy contento, muy contento. Os dejo con pena a vosotras, a quienes tanto he amado, pero ofrezco a Dios este afecto y todos los lazos que me retendrían en este mundo.
Teresina: ¡Sé valiente! ¡No llores por mí! ¡ Soy yo quien ha tenido una suerte inmensa, que no sé como agradecer a Dios! He cantado con toda propiedad el “Amunt, que és sols camí d’un dia” (“Arriba, el camino es solo de un día”). Perdona las penas y sufrimientos que te he causado involuntariamente. Yo siempre te he querido mucho. No quiero que llores por mí, ¿oyes?. María: Pobre hermanita mía: También tú serás valiente y no te agobiará este golpe de la vida. Si Dios te da hijos, les darás un beso de mi parte, de parte de su tío, que los amará desde el cielo. A mi cuñado, un fuerte abrazo. Espero de él que será vuestra ayuda en este mundo y sabrá sustituirme. Tía: en este  momento  siento un profundo agradecimiento por cuanto usted ha hecho por nosotros. Nos encontraremos en el cielo dentro de unos años. Sepa Ud. gastarlos con toda clase de generosidades. Desde el cielo rogará por usted éste que le quiere tanto. Saludos a Bastida, a la señora Francisqueta, a los didos, a Pedro, a Puig, a López, a los queridos compañeros de la Federación que no quiero nombrar. A todos los  amigos decidles que muero contento y que me acordaré de ellos en la otra vida. A los Foles, a los tíos de Vallmoll, a los del Jardí, a Carlos, a los de Alicante, a los de Pravia, a los de Sarriá. A todos, mi afecto. Francisco.

A María Pelegrí, su prometida.

Estimada Mariona:

Nuestras vidas se han juntado y Dios ha querido separarlas. A Él ofrezco, con toda la intensidad posible, el amor que te tengo, mi amor intenso, puro y sincero. Siento tu desgracia, no la mía. Puedes estar orgullosa, dos hermanos y tu novio. Pobre Mariona.

Me pasa una cosa extraña: no puedo sentir ninguna pena por mi suerte. Una alegría interna, intensa, fuerte me embarga.Quisiera escribirte una carta triste de despedida, pero no puedo. Estoy rodeado de ideas alegres como un presentimiento de la Gloria.

Quisiera hablarte de lo mucho que te habría querido, la ternura que te tenía reservada, de lo felices que habríamos sido. Pero para mí todo eso es secundario. Tengo que dar un gran paso. Una cosa tengo que decirte: cásate si puedes. Yo desde el Cielo bendeciré  tu unión y tus hijos. No quiero que llores, no quiero que lo hagas. Siéntete orgullosa de mí. Te quiero. No tengo tiempo de nada más.

Al P. Román Galán S.J. amigo y director espiritual

Querido Padre:

Le escribo estas letras estando condenado a muerte y faltando unas horas para ser fusilado. Estoy tranquilo y contento, muy contento. Espero poder estar en la gloria dentro de poco rato. Renuncio a los lazos y placeres que puede darme el mundo y al cariño de los míos. Doy gracias a Dios porque me da una muerte con muchas posibilidades de salvarme. Tengo una libreta en la que apuntaba las ideas que se me ocurrían (mis inventos). Haré porque se la manden a Ud. Es mi pobre testamento intelectual. Fíjese en el compresor de amoniaco. El HG puede sustituirse por un líquido cualquiera, en circuito cerrado, las válvulas por válvulas metálicas y la presión por una simple bomba centrífuga con presión.

viernes, 11 de marzo de 2011

HOMILIA DE BENEDICTO XVI EN LA SANTA MISA, BENDICIÓN E IMPOSICIÓN DE LA CENIZA.

Queridos hermanos y hermanas:

Comenzamos hoy el tiempo litúrgico de Cuaresma con el sugestivo rito de la imposición de la ceniza, a través del cual queremos asumir el compromiso de orientar nuestro corazón hacia el horizonte de la Gracia. Por lo general, en la opinión de la mayoría, este tiempo corre el peligro de evocar tristeza, el tono gris de la vida. En cambio, es un don precioso de Dios, es un tiempo fuerte y denso de significado en el camino de la Iglesia; es el itinerario hacia la Pascua del Señor. Las lecturas bíblicas de la celebración de hoy nos ofrecen indicaciones para vivir en plenitud esta experiencia espiritual.

«Convertíos a mí de todo corazón» (Jl 2, 12). En la primera lectura, tomada del libro del profeta Joel, hemos escuchado estas palabras con las que Dios invita al pueblo judío a un arrepentimiento sincero, no ficticio. No se trata de una conversión superficial y transitoria, sino de un itinerario espiritual que concierne en profundidad a las actitudes de la conciencia, y supone un sincero propósito de enmienda. El profeta, con el fin de invitar a una penitencia interior, a rasgar el corazón, no las vestiduras (cf. 2, 13), se inspira en la plaga de la invasión de langostas que asoló al pueblo destruyendo los cultivos. Se trata, por tanto, de poner en práctica una actitud de auténtica conversión a Dios —volver a él—, reconociendo su santidad, su poder, su grandeza. Esta conversión es posible porque Dios es rico en misericordia y grande en el amor. Su misericordia es una misericordia regeneradora, que crea en nosotros un corazón puro, renueva por dentro con espíritu firme, devolviéndonos la alegría de la salvación (cf. Sal 50, 14). Como dice el profeta, Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (cf. Ez 33, 11). El profeta Joel ordena, en nombre del Señor, que se cree un ambiente penitencial propicio: es necesario tocar la trompeta, convocar la asamblea, despertar las conciencias. El período cuaresmal nos propone este ámbito litúrgico y penitencial: un camino de cuarenta días en el que podamos experimentar de manera eficaz el amor misericordioso de Dios. Hoy resuena para nosotros la llamada: «Convertíos a mí de todo corazón». Hoy somos nosotros quienes recibimos la llamada a convertir nuestro corazón a Dios, siempre conscientes de que no podemos realizar nuestra conversión sólo con nuestras fuerzas, porque es Dios quien nos convierte. Él nos sigue ofreciendo su perdón, invitándonos a volver a él para darnos un corazón nuevo, purificado del mal que lo oprime, para hacernos partícipes de su gozo. Nuestro mundo necesita ser convertido por Dios, necesita su perdón, su amor; necesita un corazón nuevo.

«Dejaos reconciliar con Dios» (2 Co 5, 20). En la segunda lectura, san Pablo nos ofrece otro elemento del camino de la conversión. El Apóstol invita a desviar la mirada de él, y a dirigir la atención hacia quien lo envió y al contenido de su mensaje: «Nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (ib.). Un enviado transmite lo que escuchó de labios de su Señor y habla con la autoridad y dentro de los límites que ha recibido. Quien desempeña la función de enviado no debe atraer la atención sobre sí mismo, sino que debe ponerse al servicio del mensaje que debe transmitir y de quien lo envió. Así actúa san Pablo al desempeñar su ministerio de predicador de la Palabra de Dios y de Apóstol de Jesucristo. Él no se echa atrás ante la misión recibida, sino que la desempeña con entrega total, invitando a abrirse a la Gracia, a dejar que Dios nos convierta: «Como cooperadores suyos, —escribe— os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios» (2 Co 6, 1). «La llamada de Cristo a la conversión —nos dice el Catecismo de la Iglesia católica— sigue resonando en la vida de los cristianos. (...) Es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que “recibe en su propio seno a los pecadores” y que, “santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación”. Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del “corazón contrito” (Sal51, 19), atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero» (n. 1428). San Pablo habla a los cristianos de Corinto, pero a través de ellos quiere dirigirse a todos los hombres. En efecto, todos tienen necesidad de la gracia de Dios, que ilumine la mente y el corazón. El Apóstol apremia: «Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación» (2 Co 6, 2). Todos pueden abrirse a la acción de Dios, a su amor; con nuestro testimonio evangélico, los cristianos debemos ser un mensaje viviente, más aún, en muchas ocasiones somos el único Evangelio que los hombres de hoy todavía leen. He aquí nuestra responsabilidad siguiendo las huellas de san Pablo; he aquí un motivo más para vivir bien la Cuaresma: dar testimonio de fe vivida en un mundo en dificultad, que necesita volver a Dios, que necesita convertirse.

«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos» (Mt 6, 1). Jesús, en el Evangelio de hoy, hace una relectura de las tres obras de misericordia fundamentales previstas por la ley de Moisés. La limosna, la oración y el ayuno caracterizan al judío observante de la ley. Con el transcurso del tiempo, estas prescripciones cayeron en el formalismo exterior, o incluso se transformaron en un signo de superioridad. Jesús pone de relieve una tentación común en estas tres obras de misericordia. Cuando se realiza una obra buena, casi por instinto surge el deseo de ser estimados y admirados por la buena acción, es decir, se busca una satisfacción. Y esto, por una parte, nos encierra en nosotros mismos y, por otra, nos hace salir de nosotros mismos, porque vivimos proyectados hacia lo que los demás piensan de nosotros y admiran en nosotros. El Señor Jesús, al proponer de nuevo estas prescripciones, no pide un respeto formal a una ley ajena al hombre, impuesta como una pesada carga por un legislador severo, sino que invita a redescubrir estas tres obras de misericordia viviéndolas de manera más profunda, no por amor propio, sino por amor a Dios, como medios en el camino de conversión a él. Limosna, oración y ayuno: es el camino de la pedagogía divina que nos acompaña, no sólo durante la Cuaresma, hacia el encuentro con el Señor resucitado; un camino que hemos de recorrer sin ostentación, con la certeza de que el Padre celestial sabe leer y ver también en lo secreto de nuestro corazón.

Queridos hermanos y hermanas, comencemos confiados y gozosos el itinerario cuaresmal. Cuarenta días nos separan de la Pascua; este tiempo «fuerte» del Año litúrgico es un tiempo favorable que se nos ofrece para esperar, con mayor empeño, en nuestra conversión, para intensificar la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la penitencia, abriendo el corazón a la acogida dócil de la voluntad divina, para practicar con más generosidad la mortificación, gracias a la cual podamos salir con mayor liberalidad en ayuda del prójimo necesitado: un itinerario espiritual que nos prepara a revivir el Misterio pascual.

Que María, nuestra guía en el camino cuaresmal, nos lleve a un conocimiento cada vez más profundo de Cristo, muerto y resucitado; nos ayude en el combate espiritual contra el pecado; y nos sostenga al invocar con fuerza: «Converte nos, Deus, salutaris noster», «Conviértenos a ti, oh Dios, nuestra salvación». Amén.

jueves, 10 de marzo de 2011

LA OBLIGACIÓN DE GUARDAR EL AYUNO Y ABSTINENCIA LOS DÍAS DE PENITENCIA

Desde tiempo inmemorial es práctica en la Iglesia observar unos días de penitencia. No es objetivo de este artículo comentar la historia de la penitencia en la Iglesia, sino de explicar la disciplina vigente. La Iglesia quiere ser fiel al mandato del Señor, que indicó que “vendrán días en que les será arrebatado el esposo y entonces ayunarán” (Mt, 9, 15). Por eso ha establecido tiempos y días de penitencia que incluyen el ayuno y la abstinencia, obligatorios para toda la Iglesia de rito latino. Este es el sentido del canon 1429:
Canon 1249: Todos los fieles, cada uno a su modo, están obligados por ley divina a hacer penitencia; sin embargo, para que todos se unan en alguna práctica común de penitencia, se han fijado unos días penitenciales, en los que se dediquen los fieles de manera especial a la oración, realicen obras de piedad y de caridad y se nieguen a sí mismos, cumpliendo con mayor fidelidad sus propias obligaciones y, sobre todo, observando el ayuno y la abstinencia, a tenor de los cánones que siguen.
Se puede analizar la norma del ayuno y la abstinencia, desde un punto de vista jurídico canónico. No se pretende entrar en las cuestiones morales que surgen, ni menos aún en la resolución de los múltiples casos en que se pueden encontrar los fieles católicos en su vida ordinaria a la hora de guardar el ayuno o la abstinencia porque sería imposible agotar todas y cada una de las posibles situaciones. Pero se pueden dar unas ideas desde el punto de vista del dereho canónico.

Conviene indicar, antes de entrar en otras cuestiones, que la obligación de que se habla en este artículo es jurídica. Los fieles están obligados, desde el momento en que queda recogida en el Código de derecho canónico, por la fuerza de la norma. Vale por lo tanto esta consideración para hacer ver que, si bien muchas veces, el cumplimiento de la norma no supone sacrificio y penitencia, no por ello los fieles puede ingerir estos alimentos. El fiel al que no le cueste sacrificio abstenerse de carne, sigue teniendo la obligación de abstenerse: y entonces el valor de su acción será la de la obediencia a la norma de la Iglesia. No supone sacrificio la abstinencia de carne, pero tiene el mérito y el valor ejemplar de la obediencia a la ley y a la Iglesia.

La Iglesia establece unos tiempos de penitencia que incluyen el ayuno y la abstinencia. Pero se debe tener en cuenta que los fieles están obligados cada uno “a su modo”: las prácticas que se establecen no dispensan de la obligación moral de hacer penitencia, la cual es personal, y no se debería limitar a las pocas prácticas comunes a todos los católicos.

Estas son las prácticas de penitencia que indica el derecho canónico:
Canon 1251: Todos los viernes, a no ser que coincidan con una solemnidad, debe guardarse la abstinencia de carne, o de otro alimento que haya determinado la Conferencia Episcopal; ayuno y abstinencia se guardarán el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.
Canon 1252: La ley de la abstinencia obliga a los que han cumplido catorce años; la del ayuno, a todos los mayores de edad, hasta que hayan cumplido cincuenta y nueve años. Cuiden sin embargo los pastores de almas y los padres de que también se formen en un auténtico espíritu de penitencia quienes, por no haber alcanzado la edad, no están obligados al ayuno o a la abstinencia.

Por lo tanto, existen las siguientes posibilidades según la edad:
  • Hasta los 14 años cumplidos: no hay obligación de guardar ayuno ni abstinencia.
  • Desde los 14 y hasta los 18 años (mayoría de edad canónica): Existe la obligación de guardar la abstinencia de carne o de otro alimento todos los viernes del año (de Cuaresma y del resto del año), salvo si coincide con solemnidad, y también el miércoles de Ceniza.
  • Desde los 18 hasta los 59 años cumplidos: existe la obligación de abstenerse de tomar carne u otro alimento los días indicados anteriormente, y también la de ayunar el miércoles de ceniza y el viernes santo.
  • Desde los 59 años de edad: desaparece la obligación de ayunar, pero subsiste la obligación de abstenerse de la carne u otro alimento.
No hay obligación de guardar abstinencia los días que coinciden con solemnidad. La solemnidad es un grado de las celebraiones litúrgicas. En el calendario universal de la Iglesia de rito latino, suele haber dos solemnidades que caen en Cuaresma: San José (19 de marzo) y la Anunciación del Señor (25 de marzo). Si un año uno de estos dos días cae en viernes, ese día no hay obligación de guardar la abstinencia de comer carne u otro alimento indicado por la Conferencia Episcopal. Puede haber otros días incluidos en los calendarios particulares que sean solemnidad, como las fiestas locales muy importantes. Se puede consultar en el Calendario Litúrgico que suelen editar las Conferencias Episcopales el grado litúrgico de una celebración. Si una persona particular tiene duda del grado litúrgico de una celebración local, se recomienda que se dirija a su parroquia.

Para comprobar el modo de vivir esta práctica, se recoge el Decreto de la Conferencia Episcopal Española de 21 de noviembre de 1986:
A tenor del canon 1250, son días penitenciales todos los viernes del año (a no ser que coincidan con una solemnidad) y todo el tiempo de Cuaresma. De acuerdo con esto:
1. Durante la Cuaresma, en la que el pueblo cristiano se prepara para celebrar la Pascua y renovar su propia participación en este misterio, se recomienda vivamente a todos los fieles cultivar el espíritu penitencial, no sólo interna e individualmente, sino también externa y socialmente, que puede expresarse en la mayor austeridad de vida, en las diversas prácticas que luego se indican a propósito de los viernes del año, en iniciativas de caridad y ayuda a los más necesitados, emprendidas como comunidad cristiana a través de las parroquias, de Cáritas o de otras instituciones similares.
2. El Miércoles de Ceniza, comienzo de la Cuaresma, y el Viernes Santo, memoria de la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo, son días de ayuno y abstinencia. Los otros viernes de Cuaresma son también días de abstinencia, que consiste en no tomar carne, según antigua práctica del pueblo cristiano. Es además aconsejable y merecedor de alabanza que, para manifestar el espíritu de penitencia propio de la Cuaresma, se priven los fieles de gastos superfluos tales como manjares o bebidas costosos, espectáculos y diversiones.
3. En los restantes viernes del año, la abstinencia puede ser sustituida, según la libre voluntad de los fieles, por cualquiera de las siguientes prácticas recomendadas por la Iglesia: lectura de la Sagrada Escritura, limosna (en la cuantía que cada uno estime en conciencia), otras obras de caridad (visita de enfermos o atribulados), obras de piedad (participación en la santa misa, rezo del rosario, etc.) y mortificaciones corporales.
Se destaca que los viernes del año (fuera de Cuaresma) la Conferencia Episcopal Española autoriza que la abstinencia sea sustituida por otra práctica piadosa a tenor del artículo 3º; los viernes de Cuaresma, sin embargo, se debe guardar la abstinencia de carne sin posibilidad de ser sustituida por otra práctica. Normas similares se han dado por otras Conferencias Episcopales.

Dispensa y conmutación


El canon 1245 establece unas facultades de dispensa amplias:
Canon 1245: Quedando a salvo el derecho de los Obispos diocesanos contenido en el c. 87, con causa justa y según las prescripciones del Obispo diocesano, el párroco puede conceder, en casos particulares, dispensa de la obligación de guardar un día de fiesta o de penitencia, o conmutarla por otras obras piadosas; y lo mismo puede hacer el Superior de un instituto religioso o de una sociedad de vida apostólica, si son clericales de derecho pontificio, respecto a sus propios súbditos y a otros que viven día y noche en la casa.

Por lo tanto, pueden dispensar tanto el Obispo diocesano para sus súbditos -así lo indica el canon 87, al que se remite el canon 1245- como el párroco. En este caso, sin embargo, se debe matizar que sólo puede dispensar en casos particulares: no puede conceder una dispensa general, por lo tanto. También puede dispensar el Superior de un instituto religioso o de una sociedad de vida apostólica clerical de derecho pontificio para las personas indicadas en el canon. En todos los casos, se debe tener en cuenta el canon 90: debe haber justa causa para conceder la dispensa.

Para que sirva de orientación sobre el modo de hacer el ayuno, se indica aquí la norma dada por la Conferencia Episcopal española: “En cuanto al ayuno, que ha de guardarse el miércoles de ceniza y el Viernes Santo, consiste en no hacer sino una sola comida al día; pero no se prohíbe tomar algo de alimento a la mañana y a la noche, guardando las legítimas costumbres respecto a la cantidad y calidad de los alimentos”. Otras Conferencias episcopales han dado normas semejantes que se adecúan a los horarios habituales de tomar alimentos en cada país.


Articulo tomado del P. Pedro Maria Reyes Vizcaino en la web: www.iuscanonicum.org

martes, 8 de marzo de 2011

LA CUARESMA ES “HACERME SEMEJANTE A ÉL EN SU MUERTE”.

Efectivamente, como nos recuerda la carta a los Filipenses, la cuaresma es dejarse llevar y transformar por el Espíritu Santo para hacerme semejante a él y llevar a cabo una conversión profunda de mi vida.

La cuaresma es el tiempo que precede y dispone a la celebración de la pascua. Es un tiempo precioso para escuchar la palabra de Dios y suplicar la conversión del corazón, es decir, poner en nuestro corazón el deseo de adquirir un corazón nuevo. Es un momento propicio de reconciliación con Dios y con los hermanos a través de las armas de la penitencia cristiana: la oración, el ayuno y la limosna.

En este tiempo, los fieles, estamos llamados a meditar y a tener muy presente en nuestra vida la Pasión y Muerte de nuestro Señor.

El comienzo de los cuarenta días de penitencia se caracteriza por el austero símbolo de las Cenizas, por el que los pecadores  convertidos, en la antigüedad, se sometían a la penitencia canónica. El gesto de cubrirse con ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios.

Hoy este gesto la Iglesia lo ha tomado como una expresión del corazón penitente del hombre, que está llamado a la conversión sincera.

Durante este tiempo de cuaresma, el pueblo cristiano está llamado a dirigir el espíritu hacia las realidades que son verdaderamente importantes, no buscando los bienes terrenos sino los bienes del cielo. Para esto hace falta un esfuerzo, es necesario morir a uno mismo para abrazar a Cristo crucificado.

Para dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo,  y orientar nuestra existencia según la voluntad de Dios, es necesario primero reconocer nuestra debilidad y acoger con una sincera revisión de vida la gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo.

Este tiempo de cuaresma nos impulsa cada día a liberar nuestro corazón del peso de las cosas materiales, de un vínculo egoísta con la tierra que nos empobrece y nos impide estar disponibles y abiertos a Dios y al prójimo. A través de las prácticas tradicionales del ayuno, la limosna y la oración, la cuaresma nos va a enseñar a vivir de modo cada vez más radical el amor de Cristo.

El ayuno adquiere un significado profundamente religioso, consiste en hacer más pobre nuestra mesa para aprender a superar nuestro egoísmo y vivir así en la lógica del don y del amor de Dios. Cuando nos privamos de alguna cosa aprendemos a apartar la mirada de nuestro “yo” para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos de nuestros hermanos.

La limosna se presenta ante la tentación del tener. El afán de poseer provoca violencia, prevaricación y muerte, por eso la Iglesia recuerda la práctica de la limosna. La idolatría de los bienes aleja a las personas de los otros, despoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo defrauda sin realizar lo que promete, porque sitúa las cosas materiales en el lugar de Dios, única fuente de la vida. Esta práctica nos recuerda el primado de Dios y la atención hacia los demás.

La oración es un elemento necesario para poner el corazón en Dios, debemos meditar e interiorizar la palabra de dios, así Cristo hablará a nuestro corazón y descubriremos el amor maravilloso de Dios para con el hombre. En la oración encontramos tiempo para Dios, para conocer que sus palabras no pasarán, para entrar en la intima comunión con él que nadie podrá quitarnos y que nos abre a la esperanza que no falla, a la vida eterna.

Por eso debemos de acogernos a estas armas para apartar las tentaciones del mundo seductor y acogernos a Cristo, nuestro Rey y Señor, que es quien verdaderamente corresponde con lo que nuestro corazón desea.

jueves, 3 de marzo de 2011

Secreto de Fátima y atentado contra Juan Pablo II


En estos días, la parróquia va a comenzar una peregrinación al Santuario de la Virgen de Fátima. Con este motivo vamos a presentar algunos extractos del libro “Una vida con Karol”, el extraordinario testimonio del Cardenal Stanislaw Dziwisz, el hombre que fue durante décadas la sombra de Wojtyła.

Publicado por la editorial italiana Rizzoli y por la Librería Editora Vaticana, el volumen de memorias del actual Arzobispo de Cracovia constituye una larga conversación con el periodista Gian Franco Svidercoschi.
Los pasajes son extractos del capítulo 19 “Quei due colpi di pistola” (Aquellos dos disparos), del capítulo 20 “Ma chi ha armato la mano?” (Quién puso el arma en la mano) y del capítulo 26 “E cadde il Muro” (Y cayó el Muro).

Así es como don Estanislao relata el “descubrimiento” de una relación entre el atentado del 13 de mayo de 1981 y el tercer secreto de Fátima

En realidad, Juan Pablo II no pensó en Fátima en los días inmediatamente después del atentado. Fue más tarde, después de haberse recuperado y haber recobrado un poco las fuerzas, cuando comenzó a reflexionar sobre esa coincidencia tan peculiar. ¡Justo el 13 de mayo! El 13 de mayo, de 1917, fue el día de la primera aparición de la Virgen en Fátima, y el 13 de mayo era también el día en el que habían intentado asesinarlo.

Finalmente, el Papa se decidió. Pidió permiso para ver el tercer “secreto”, conservado en el Archivo de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Y el 18 de julio, si no me equivoco, el entonces prefecto de la Congregación, el cardenal Franjo Seper, le entregó dos sobres – uno con el texto original de sor Lucía y otro con la traducción en italiano – a monseñor Eduardo Martínez Somalo, sustituto de la Secretaría de Estado, la persona que lo llevó al Policlínico Gemelli. Eran los días en los que tuvo que ser hospitalizado por segunda vez. Fue allí donde el Santo Padre leyó el “secreto” y, una vez leído, ya no tuvo más dudas. En aquella “visión” reconoció el propio destino; se convenció de que le habían salvado la vida, más bien, se la habían concedido nuevamente gracias a la intervención de la Virgen, a su protección.

Sí, es verdad, el “obispo vestido de blanco” fue asesinado aquel día, según informó sor Lucía; mientras que Juan Pablo II había escapado de una muerte casi segura. Y entonces, ¿No podría haber sido esa la intención? ¿No es posible que los caminos de la historia, de la existencia humana, no estén forzosamente preestablecidos, y por lo tanto, que exista una Providencia, una “mano materna”, capaz también de hacer “fallar” al que apuntó con el arma con la intención de matar?
“Una mano disparó y otra desvió la bala” decía el Santo Padre. Y hoy aquella bala, ahora “inocua”, permanece incrustada en la corona de la estatua de la Virgen de Fátima.”

¿Quién armó a Alì Agca?

Alì Agca era el asesino perfecto. Enviado por los que consideraban que el Papa era 
peligroso, incómodo. Por los que le tenían miedo. Enviado por los que tanto se asustaron cuando se anunció la elección de un Papa polaco. Dicho así, ¿cómo no se puede pensar en el mundo comunista? ¿Cómo no plantearse quién pudo decidir el atentado? ¿Cómo no se puede pensar, al menos en línea de hipótesis, en el Kgb? Habría que tener en cuenta todos los elementos de aquel escenario. La elección de un Papa polaco, mal vista por el Kremlin; su primera visita a Polonia; la explosión de Solidarnosc. En aquel momento, además, la Iglesia polaca acababa de perder a su gran primado, el cardenal Wyszynski, a penas fallecido. ¿No nos lleva todo hacia esa dirección? Las opciones, aunque diferentes, ¿no conducen todas hacia el Kgb?

( ... ) Tampoco se creía en la “pista búlgara”, ni en muchas otras reconstrucciones. Como aquella relativa a la desaparición de Emanuela Orlandi, donde la prensa, con la ayuda de algún mitómano, trataba de demostrar a toda costa la hipótesis de una conexión de ésta con el atentado, con el Vaticano, y con el Papa. Pero no existía ninguna conexión objetiva, directa o indirecta. La única cosa real era la angustia del Santo Padre por la suerte de esa pobre chica, y su solidaridad cristiana por la familia afectada.

La caída del Muro de Berlín en 1989 y las revelaciones de Fátima

Juan Pablo II no se lo esperaba. Evidentemente pensaba que aquel “sistema”, socialmente injusto y económicamente ineficiente, estuviera destinado, antes o después, a desaparecer. Pero la Unión Soviética seguía siendo una potencia geopolítica, militar y nuclear. Y por ello, no considerándose un profeta, como solía bromear, el Santo Padre no esperaba que la caída del comunismo ocurriera tan pronto. Y, sobre todo, que el movimiento de liberación se extendiera de forma tan rápida e incruenta.

( ... ) El Santo Padre la consideraba una de las revoluciones más grande de la historia. De hecho, analizándola en una dimensión de fe, la consideró como una intervención divina, como una gracia. Para él, la caída del comunismo y la liberación de las naciones del yugo del totalitarismo marxista estaban sin duda relacionadas con las revelaciones de Fátima, con la consagración del mundo y particularmente de Rusia a la Virgen. Ella misma pidió a la Iglesia y al Papa. “Si atendiesen a mis peticiones, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, extenderá sus errores por el mundo...” aparecía escrito en las dos primeras partes del “secreto”.
Y así, el 25 de marzo de 1984, en la plaza de San Pedro, ante la estatua de la Virgen traída expresamente desde Fátima, y en unión espiritual con todos los obispos del mundo, Juan Pablo II realizó el acto de consagración a María. Sin nominar expresamente a Rusia, pero aludiendo claramente a las naciones que “lo necesitan particularmente”. Así fue realizado el deseo de la Virgen, y justo entonces, comenzaron los primeros episodios de la caída del mundo comunista.