LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.



A lo largo de la historia, Dios ha hablado a los hombres de muchas maneras, hoy nos ha hablado por medio de Jesucristo. Él se hace hoy presente en medio de su Iglesia, la Iglesia que él ha querido fundar. Cristo, única promesa de felicidad, se hace presente en la realidad de cada día, en cada hombre y en cada acontecimiento.

Por ello, este blog lo que pretende es reconocer a través de los hechos en la Iglesia, la presencia de Dios en medio de su Pueblo.

lunes, 14 de noviembre de 2011

SANTOS POR LAS CALLES DE NUEVA YORK

"Santos por las calles de Nueva York" es el primer libro que ha salido publicado del Rvdo. Sr. D. Alberto Royo Mejía. Como ya dije en un articulo hace unos días es consultor en la Congregación para las Causas de los Santos y conoce muy de cerca la vida de estos hermanos nuestros que han sido considerados por la Iglesia como modelo e intercesores.

Aqui os dejo un video que se ha publicado acerca de este libro donde aparecen los santos que han caminado por las calles de Nueva York.



sábado, 12 de noviembre de 2011

Espíritu Santo, que nos purificas con el fruto de la castidad

“Yo la amé y la pretendí desde mi juventud; me esforcé por hacerla esposa mía y llegué a ser un apasionado de su belleza” (Sb 8,2). La belleza es una de las maneras más perfectas de manifestarse la divinidad en el mundo. Por eso, exige un respeto profundo. La moral ha de ser la fiel defensora de este hermoso arte divino, que es la belleza de la persona, como necesario bien para el alma. Nuestra «carnalidad» -no hay que olvidarlo- es don de Dios. Si perdemos de vista que somos templo del Espíritu, intentaremos poner a prueba el alma en lo que hay de sensible en el amor. Perdemos, entonces, el sentido de lo trascendente (lo invisible y eterno que hay en el amor), y hacemos del cuerpo la única necesidad para alcanzar, inútilmente, la belleza. La perversión de lo bello, que es la fealdad, se identifica, por tanto, con la ausencia del verdadero bien en el hombre, es decir, con el pecado y la muerte.

La castidad es la admiración por el «tú», la consideración de la persona amada como un infinito, que ha de ser depositado en el alma con esmero y gratitud. Ese «tú» puede ser una craitura, pero es también Dios. Porque la promesa de un amor eterno, la de dos enamorados, no puede quebrarse en el instinto de la necesidad, es preciso preservarla del tiempo y el espacio para que nunca muera. Y es el misterio de la belleza, que encierra en sí la castidad, lo que hace que esa promesa de amor nunca muera, porque es Dios mismo quien se compromete en esa alianza indestructible.

Y sin ser el principal de los frutos del Espíritu Santo, ni la mayor de las virtudes, la castidad se apoya en la contemplación de lo más grande que hay en el ser humano: ese altar del cuerpo mortal, que lleva impreso el rostro de Dios en el rostro humano de la carne.

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

lunes, 7 de noviembre de 2011

Espíritu Santo, que nos inundas con el gozo de Dios

La gracia produce gozo; es la alegría y la paz del alma, en la que inhabitan el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Es la morada desde donde la contemplación se torna continua visión de Dios, haciendo presa de la criatura. El gozo que produce ser de Dios es fruto del amor, es decir, del ánimo que inspira el Espíritu Santo, en aquel que tiene a Dios como norte de su existencia. Muchas composiciones poéticas nos hablan de los gozos de Nuestra Señora, dándonos a entender que no es incompatible el sufrimiento humano con el gozo de saberse querido por Dios.

Este fruto del Espíritu Santo es algo más que un mero afecto humano. Nace de la posesión de Dios, y consiste en el contento y serena alegría que da, precisamente, ese bien poseído.  Por tanto, no es propio de quien posee este gozo sobrenatural dejarse vencer por los condicionamientos del mundo; todo lo contrario, es el mundo el que quedará impregnado, cristificado, por la acción instrumental de la criatura, cuando vive en gracia y llena de Espíritu Santo. Quienes viven este gozo se ven animados, revitalizados, por la acción de una lumbre que arde sin destruir, de un fuego que arrastra a otras almas a vivir, en sereno sosiego, un deleite y bienaventuranza que no puede dar el mundo. Si el gozo nace de contemplar el bien de Dios, no cabe en el corazón del cristiano la melancolía o la tristeza, que ahogan todo entusiasmo en la entrega. No puedes contagiar tu fe a otros, si la acompañas de agobio, de pena, pesadumbre, desánimo o desconsuelo. Nada de todo eso habla de Dios, sino de ti mismo, que giras como una peonza alrededor de tus estados de ánimo. El Espíritu Santo, que es el gozo del Padre y del Hijo, no abandona nunca al alma enamorada de Dios. ¿nos imaginamos un gozo mayor?
Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

jueves, 3 de noviembre de 2011

Espíritu Santo, que alientas la adversidad del alma con tu longanimidad

Hablar de longanimidad es hablar de serenidad, temple, valor, ecuanimidad, constancia y entereza en la espera del bien. Todas estas virtudes, muy distintas de la escala de valores que el mundo pregona hoy día, han de llenarnos de razones humanas y sobrenaturales, para no apartarnos de la única verdad de nuestra vida: Jesucristo. La longanimidad nos ayuda a perseverar en nuestros propósitos, en la lucha contra nuestros defectos, en la aceptación del mal que nos aflige, en la fidelidad pequeña o grande de cada día. Nos alivia esa pena que proviene, precisamente, del deseo de un bien que se espera y que tarda en alcanzarse. Es paciencia extraordinaria y requiere mucho dominio de sí. “El Espíritu es incoercible, bienhechor, amigo del hombre, firme, seguro, sereno, que todo lo puede, todo lo observa” (Sb 7, 23). La serenidad nos sitúa correctamente en la acción adecuada. Sin apresuramientos ni improvisaciones, el ejercicio de cualquier actividad ha de estar ordenada hacia el fin debido. Es posible, entonces, calibrar  el alcance de nuestros actos que, por muy insignificantes que parezcan, tienen un valor que trasciende lo meramente accidental.

“Confortados con toda fortaleza por el poder de su gloria, para  toda constancia en el sufrimiento y paciencia; dando con alegría gracias al Padre que os ha hecho aptos para participar en la herencia de los santos en la luz” (Col 1,11-12). Cuando algo nos desanima, la acción del Espíritu Santo nos recuerda que hemos de tener constancia y tenacidad en la labor iniciada. La oración asidua, la frecuencia de los sacramentos, todos los medios humanos y espirituales a nuestro alcance, nos hacen crecer en perseverancia. Se adquiere, entonces, la firmeza de no caer en la tentación de creer que hemos perdido el rumbo, porque nos guía el Espíritu.
Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

miércoles, 2 de noviembre de 2011

La hermana muerte

Vista desde nuestros cortos esquemas y criterios, la muerte es el mayor y más absurdo fracaso del hombre. Vista desde la fuerza de la Cruz, es la mayor victoria de Dios y nuestro mayor triunfo. Quizá aprendemos demasiado tarde a vivir de la mejor manera que se puede vivir, que es cara a Dios. Nuestro Señor, en Getsemaní, sufrió en su humanidad la agonía indescriptible de ver cercana su muerte y sólo el amor oscuro al Padre y a tu salvación pudo sostenerle en la Cruz. No te extrañes, pues, de que te cueste mirar cara a cara a tu hermana muerte. Pídele con fuerza a tu Madre eso que tantas veces le has dicho en tus oraciones: "ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte". Encomiéndale a san José los últimos trabajos del alma y del cuerpo en esta vida, a él que tuvo la dicha de morir acompañado de María y de Jesús. Y no dejes pasar uno sólo de tus días sin ofrecer tu oración por nuestros hermanos difuntos, que tanto necesitan de la oración de toda la Iglesia. Contempla en ellos cómo, tarde o temprano, llega el fin de todas las cosas. ¿Qué te llevarás, entonces, de esta vida, si sólo tu y tu amor podrás mostrar a Dios en tus manos vacías?

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid