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LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.
Por ello, este blog lo que pretende es reconocer a través de los hechos en la Iglesia, la presencia de Dios en medio de su Pueblo.
domingo, 11 de marzo de 2012
miércoles, 7 de marzo de 2012
Mirar al cielo
Es verdad que nos cuesta mucho pensar en el más allá. El motivo, tal vez, puede ser que no vivimos “el más acá” con un verdadero sentido trascendente. Estamos pegados a las cosas como única razón de nuestra existencia, buscando sustitutos que nos motiven, olvidando que nunca van a darnos una felicidad plena.
Muchas veces habla Jesús del Cielo. Incluso levanta los ojos para implorar al Padre, o bien cuando le da gracias, bien cuando realiza un milagro, bien cuando busca la intercesión del Todopoderoso para que cuide a esos discípulos que deja en el mundo. Todos esos momentos buscan una continuidad, es decir, tienen sentido en ese lugar definitivo que es el Cielo. Las Bienaventuranzas, por ejemplo, alcanzan su plenitud cuando, después de relatar los innumerables condicionamientos de estar sujetos a esta tierra de sinsabores y limitaciones, anuncia que todo sufrimiento, aquí en la tierra, se transformará en un derroche de felicidad, que es saberse querido en la patria del consuelo, y una dicha para siempre: el Cielo.
Sí, nos cuesta mirar a lo alto. No es una invitación a evadirnos de la realidad, sino que ésta alcanza su único sentido teniendo los pies firmes en el suelo, pero el corazón abierto, de para en par, a la misericordia de Dios. Él nos convida a rectificar constantemente nuestra intención, sabiendo que la esperanza, además de virtud cristiana, es el alimento permanente que nos sitúa en lo que somos: hijos de un Dios que busca nuestra salvación eterna.
Mater Dei
Archidiócesis de Madrid
domingo, 4 de marzo de 2012
sábado, 3 de marzo de 2012
Dos reales en el templo
Debía ser una distracción común en Jerusalén sentarse frente al arca del Templo, en medio del bullicio del lugar, para observar el trajín de gentes que se acercaban a echar dinero. Allí se sentó Jesús, como uno más, observando el menudear de aquellos ricos y fariseos que tanto gustaban de pasearse entre la gente luciendo sus amplios ropajes y disfrutando de la admiración y las reverencias de todos. Sus largos rezos iban acompañados de la ofrenda de grandes fortunas, que después iban corriendo de boca en boca entre los comentarios curiosos de la gente.
Los ojos de Cristo, que sabían escrutar en verdad el corazón de todas aquellas ofrendas, sólo se fijó en las dos moneditas de una viuda pobre. Aquella mujer, acostumbrada a darlo todo, a darse por entero, se entregó a Dios en aquellas dos únicas monedas que le quedaban. El corazón de Cristo, también acostumbrado a darlo todo, a darse totalmente, se estremeció embelesado ante aquella mujer, por su forma tan sencilla de dar lo más grande. Su ofrenda estaba ya anunciando el don supremo y total que Cristo estaba a punto de cumplir en la Cruz.
Nuestros ojos superficiales, acostumbrados al gusto aparente de lo grandioso y llamativo, se deslumbran y ciegan cuando contemplan las grandezas humanas, sus honores y reconocimientos. Sólo los ojos de la fe, esos que ven las cosas con la mirada misma de Dios, son capaces de atisbar la hondura y profundidad del don pequeño y cotidiano. No te conformes con dar dos monedas si puedes darlo todo. Tampoco te fijes en lo que das, sino en cómo lo das. No necesita Dios tus monedas, tus obras, tus méritos, tus triunfos, tus títulos, tu fama, tus habilidades y cualidades. Quiere, en cambio, que te des para que Él pueda entrar en ti y hacer de tu vida un verdadero Templo.
Mater Dei
Archidiócesis de Madrid
jueves, 1 de marzo de 2012
“Maestro, despide a la gente” (Mt 14,15)
Aquel día había sido agotador. Era tal la cantidad de gente que se agolpaba para oír su predicación, para ser curada de sus enfermedades, que los apóstoles no llegaban a todo. Así que, aprovechando la hora del atardecer, insistieron prudentemente al Maestro para que fuera ya despidiendo a la gente. Estaban en un descampado, muchos de ellos tenían que hacer una larga jornada de camino para volver a sus casas, y no habían traído nada para comer. También el Maestro estaba muy cansado y, además, la noche podía caer muy pronto. No era conveniente prolongar más aquello…
Tú y yo, como aquellos cansados apóstoles, tendemos a un cristianismo suficiente y cumplidor, nada exagerado, acorde con el patrón y la opinión del mundo. Y todo, quizá, en nombre de la sabia prudencia humana. Por eso, el Señor siempre descoloca nuestros planes y, como aquel día a los apóstoles, no cesa de invitarnos a más: “No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer”. Si el Maestro hubiera cedido a las exigencias de la comodidad mediocre y cumplidora de aquellos apóstoles, no habría podido hacer el milagro grandioso de la multiplicación de los cinco panes y dos peces. Bastó sólo ese poco de pan, eso poco que en ese momento podían darle al Señor, para que Él multiplicara con abundancia el esfuerzo de aquellas gentes cansadas. Todos se saciaron, y no sólo de pan, al ver aquel poder magnífico del Señor inclinándose ante la necesidad y miseria de los hombres. Mira si tu comodidad, tus excusas, tus intereses egoístas, no están haciendo de tu fe un pan desabrido y seco que ni sacia, ni gusta, ni es capaz de abrirse y acoger la acción de Dios.
Mater Dei
Archidiócesis de Madrid
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