LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.



A lo largo de la historia, Dios ha hablado a los hombres de muchas maneras, hoy nos ha hablado por medio de Jesucristo. Él se hace hoy presente en medio de su Iglesia, la Iglesia que él ha querido fundar. Cristo, única promesa de felicidad, se hace presente en la realidad de cada día, en cada hombre y en cada acontecimiento.

Por ello, este blog lo que pretende es reconocer a través de los hechos en la Iglesia, la presencia de Dios en medio de su Pueblo.

viernes, 20 de julio de 2012

Tus promesas superan todo deseo

Las promesas de los hombres suelen ser pasajeras, vanas y hasta falaces. Nos comprometemos a dar al otro lo que sea, con tal de conseguir de él nuestros intereses, aun sabiendo que no tenemos lo que prometemos. Y, cuando trasladamos a la relación con Dios nuestra manera humana de prometer, lo hacemos por interés, aunque sea pequeño, porque creemos que podemos mercadear con Dios a la manera como lo hacemos con los hombres. Cuántas secretas infidelidades, propósitos incumplidos, arranques de generosidad con el Señor, que se quedaron en palabras huecas y genéricas. Nos acostumbramos a fallar, a la deslealtad, a desmentir con la vida tantas palabras que prometieron grandes cosas al Señor. Nuestro “sí” muchas veces es un «no», o se queda en un «después», un «quizá», un «todavía no», un «espera…».
El Señor sí que es incondicional, porque auna en su palabra la eternidad y la eficacia de su omnipotencia misericordiosa. Capaz de colmar todo aquello que más desea tu corazón, en una medida y modo insospechados, no interrumpe jamás su entrega callada y vigilante hacia el hombre. Conocedor de la pequeñez humana hasta sus más extremos límites, puede y quiere darte en plenitud aun aquello que tú no puedes ni sabes imaginar. Sus promesas, absolutamente veraces, no tienen el límite y la fragilidad de las promesas humanas. Quizá, por eso, porque superan toda medida humana, nos cuesta tanto creerlas. Pero puestos a imaginar, a soñar, a desear lo que es Dios, lo que tiene y quiere para el alma, siempre será nada. ¿Por qué, entonces, vivir con esa bajeza de miras, que corta el corazón de Dios con el patrón de la tacañería humana? Vive tu fe en Dios con el corazón confiado de quien sabe que su Padre ni falla, ni falta a sus promesas, ni se deja ganar en generosidad.

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

miércoles, 18 de julio de 2012

¿Cuánto tiempo dedico a Dios?

Sería bueno acabar cada jornada preguntándonos, en nuestro examen del día, cuánto tiempo hemos dedicado a Dios. Compara cuánto tiempo dedicas cada día al trabajo, al descanso, a los amigos, a la familia, a tus asuntos, y cuánto tiempo dedicas, también cada día, a Dios, al apostolado, a los demás. Solemos dar la prioridad a las cosas urgentes, que pocas veces son las cosas de Dios, porque vivimos en un permanente estado de egocentrismo. Nos esforzamos, a veces, por hacer un hueco a nuestra oración diaria, o a la Eucaristía, pero tan apretado y ajustado que más parece que lo hacemos por obligación que por amor. Y, por la noche, estamos tan cansados y es tan tarde, que ni siquiera nos acordamos de ofrecer al Señor ni los últimos momentos del día ni el descanso de la noche. Cuántas jornadas dejamos pasar, llenas de cosas y actividades en las que no ha estado Dios presente. Las adornamos, sí, con unas cuantas oraciones rezadas quizá rutinariamente, pero se acaban, una y otra vez, vacías de lo más esencial: Dios. Y, sin darnos cuenta, se va ensanchando la distancia entre nuestra vida y nuestra fe, entre nuestro día a día, embarrado en el tráfago del activismo, y ese Dios que no se cansa de esperarte a la puerta de cada jornada.

            Dios no se merece sólo unos minutos. A Él hay que dárselo todo. Todo el día debería ser para Él, porque “en Él vivimos, nos movemos y existimos”. Un corazón cumplidor y medidor se contenta con medir el amor por minutos. El corazón de Dios, en cambio, no mide, se entrega. Has de ir educando el sentido sobrenatural de las cosas y personas, para ir sazonando con el sabor de lo divino ese día a día sin Dios, en el que vives enredado y desperdigado. Tu fe se vuelve insípida y estéril, si no empapas con ella cada instante de tus jornadas, y tus jornadas serán semillas vanas, si no están fuertemente arraigadas en la tierra del amor y de la presencia de Dios. El tiempo no es tuyo, es de Dios; no lo malgastes en infidelidades y mediocridades, pues es un talento precioso llamado a fructificar en obras y en vida interior. 



Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

lunes, 16 de julio de 2012

Nuestros vasos de agua fresca

Nos aseguró el Señor en el Evangelio que no quedaría sin recompensa ni uno solo de los vasos de agua fresca que diéramos, en su Nombre, al sediento (cf. Mt 10,42). En realidad, Cristo mismo se nos da como recompensa cada vez que damos algo en su Nombre y, ante semejante paga, no importa tanto lo que das sino cómo lo das y en nombre de quién lo das. Dar en nombre de Cristo no es lo mismo que dar por propia satisfacción, por compromiso, por obligación, o por simple altruismo. Piensa que, en las generosidades de muchos cristianos, no siempre está presente Cristo, porque damos cosas, tiempo, dinero, cualidades, habilidades, pero, en todo eso, no damos a Dios. Tu caridad tiene que tener la forma de Cristo, si no quieres que se reduzca a una mera acción social o humanitaria, en la que el nombre de Dios no llega a resonar en el corazón de esos sedientos que has saciado. Sirve para muy poco un vaso de agua fresca que calma la sed, si no completas tu don con el agua viva de Cristo, capaz de saciar en plenitud el corazón necesitado y sediento de aquellos a los que socorres.
            Examina con detalle tu generosidad y detecta cuáles son las carencias de tu caridad. Mira si te contentas con dar alguna que otra vez, si das sólo cuando no te supone esfuerzo, si das sólo obligado por el compromiso o por el qué dirán, si das sólo aquello que te sobra. Tus vasos de agua fresca no pueden limitarse a actos puntuales y simbólicos, con los que pretendes tranquilizar tu conciencia y justificar tu cristianismo de mínimos. Mira, sobre todo, si das a Cristo a los demás, si te das como se dio Cristo, que llegó al extremo del amor sólo por calmar la sed profunda que causa el pecado en el alma de tantos hombres. Has de ser generoso, sí, pero tu generosidad será más preciosa cuánto más vaya cargada de Dios. Que nadie beba tus vasos de agua fresca sin paladear en ellos ese gusto de cielo y de amor de Dios que sacia realmente la sed más profunda del alma.    



Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

sábado, 14 de julio de 2012

Yo no sirvo para esto

En las almas que van adentrándose por caminos de intimidad con Dios, la gran tentación es el desánimo. Cuando nuestra falsa humildad nos hace ver que no estamos a la altura de las circunstancias, que no correspondemos a Dios como se merece, que somos incapaces de la santidad que Dios nos pide, que no servimos para entregarnos a Dios, el desánimo nace y se alimenta de nuestra falta de confianza y abandono en Dios. Si, en cambio, lo que nos desanima son los defectos que no logramos vencer, esas inclinaciones que no dominamos, esas reacciones incontroladas y primarias que desmienten nuestra aparente santidad, el desánimo nace de nuestra sibilina soberbia, que empapa, como el agua, toda nuestra persona. El desaliento es el gran aliado de la tristeza. Juntos son capaces de hundir en la tibieza los mayores propósitos y los más sinceros deseos de entrega a Dios.
En realidad, todo nace de ese yo soberbio y egoísta que nos acompaña, como una sombra, en todo lo que hacemos y somos. Mientras no te determines a luchar contra su imperio y tiranía no lograrás entrar por esa senda selecta y escogida, que lleva a una intimidad con Dios desconocida para muchos. No cedas al dominio imperante de tu propio criterio y opinión, a las exigencias de tu lógica racional y humana, a lo que tu egoísmo y tu mediocridad te presentan como necesario. No quieras ir por otro camino distinto del que Dios te muestra, ni buscar una santidad a tu gusto y medida y no según el modo de Dios. Piensa que, la misma soberbia que hizo caer en el pecado eterno a muchos ángeles, que conocían y veían cara a cara el rostro de Dios, es la que también a ti te inutiliza para amar a Dios sobre todas las cosas. El día que pienses que estás a la altura de las circunstancias de Dios, el día que te sientas capaz de realizar la misión que Dios te encomienda, el día que creas que estás correspondiendo en algo a Dios, el día que te veas que sirves para esto, desgraciadamente habrás dejado de servir.


Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

jueves, 12 de julio de 2012

La sinceridad nos salva


El pecado nos acostumbra a vivir blindados detrás de una falsa imagen de nosotros mismos, constantemente alimentada por nuestra soberbia y vanidad. Detrás de esa careta escondemos la basura de nuestros pecados, defectos y limitaciones, procurando que se vean lo menos posible, y hasta terminamos creyéndonos que, en realidad, todo esa basura no existe. Cuánto nos cuesta, entonces, vivir la sinceridad con Dios en el sacramento de la reconciliación y la sinceridad con uno mismo en la dirección espiritual. Y, sin embargo, esa sinceridad te libera del pesado lastre de ti mismo, te desata los nudos que atan en ti la acción de la gracia, te salva del duro cascarón de tu soberbio egoísmo en el que fácilmente te enrocas cuando caes. Confía tu alma a Dios, sin miedos de ningún tipo. Confíala también, sin ocultar nada por vergüenza, a aquellos que, a través de la dirección espiritual, te ayudan en tu camino de entrega a Dios. Y, sobre todo, sé sincero contigo mismo, mirándote en el espejo de tu imagen real, nada ficticia, hecha de mucho barro, sí, pero barro tocado y traspasado por la gracia divina. La vitalidad de tu fe, el atractivo de tu apostolado, el testimonio de tu vida cristiana y hasta el crecimiento interior de tu alma dependen, y mucho, de la sinceridad con que, a diario, al final de la jornada, hagas tu examen de conciencia. 

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid