
En realidad, todo nace de ese yo soberbio y egoísta que nos acompaña, como una sombra, en todo lo que hacemos y somos. Mientras no te determines a luchar contra su imperio y tiranía no lograrás entrar por esa senda selecta y escogida, que lleva a una intimidad con Dios desconocida para muchos. No cedas al dominio imperante de tu propio criterio y opinión, a las exigencias de tu lógica racional y humana, a lo que tu egoísmo y tu mediocridad te presentan como necesario. No quieras ir por otro camino distinto del que Dios te muestra, ni buscar una santidad a tu gusto y medida y no según el modo de Dios. Piensa que, la misma soberbia que hizo caer en el pecado eterno a muchos ángeles, que conocían y veían cara a cara el rostro de Dios, es la que también a ti te inutiliza para amar a Dios sobre todas las cosas. El día que pienses que estás a la altura de las circunstancias de Dios, el día que te sientas capaz de realizar la misión que Dios te encomienda, el día que creas que estás correspondiendo en algo a Dios, el día que te veas que sirves para esto, desgraciadamente habrás dejado de servir.
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