
El Señor sí que es incondicional, porque auna en su palabra la eternidad y la eficacia de su omnipotencia misericordiosa. Capaz de colmar todo aquello que más desea tu corazón, en una medida y modo insospechados, no interrumpe jamás su entrega callada y vigilante hacia el hombre. Conocedor de la pequeñez humana hasta sus más extremos límites, puede y quiere darte en plenitud aun aquello que tú no puedes ni sabes imaginar. Sus promesas, absolutamente veraces, no tienen el límite y la fragilidad de las promesas humanas. Quizá, por eso, porque superan toda medida humana, nos cuesta tanto creerlas. Pero puestos a imaginar, a soñar, a desear lo que es Dios, lo que tiene y quiere para el alma, siempre será nada. ¿Por qué, entonces, vivir con esa bajeza de miras, que corta el corazón de Dios con el patrón de la tacañería humana? Vive tu fe en Dios con el corazón confiado de quien sabe que su Padre ni falla, ni falta a sus promesas, ni se deja ganar en generosidad.
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