LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.



A lo largo de la historia, Dios ha hablado a los hombres de muchas maneras, hoy nos ha hablado por medio de Jesucristo. Él se hace hoy presente en medio de su Iglesia, la Iglesia que él ha querido fundar. Cristo, única promesa de felicidad, se hace presente en la realidad de cada día, en cada hombre y en cada acontecimiento.

Por ello, este blog lo que pretende es reconocer a través de los hechos en la Iglesia, la presencia de Dios en medio de su Pueblo.

domingo, 19 de agosto de 2012

La persecución de los buenos


Piensa que cuanto más se parezca tu vida a la de Cristo más gustarás, como El, la incomprensión y la maledicencia. La virtud siempre incomoda y, a veces, es mejor comprendida y recibida por aquellos que se dicen no creyentes que por aquellos que dicen ser de los tuyos. ¿Ha habido en la historia mayor injusticia que la que cometieron con Nuestro Señor en la cruz los "buenos" de su época, aquellos fariseos venerados por todos como los maestros de la Ley, que fundaban en su propia virtud y en su vida ejemplar toda la seguridad espiritual de su salvación? Y, sin embargo, sin que quizá ellos fueran del todo conscientes, con la persecución de aquel Justo estaban dando cumplimiento a los misteriosos planes de Dios. El silencio de Cristo en su pasión debe enseñarte a callar y a amar, con el amor del silencio, a esos "enemigos" que te persiguen, con la palabra, la murmuración, la crítica, la maledicencia y hasta con las obras, y todo –dicen– en nombre de Dios, de la virtud, de la santidad, de la justicia con Dios, del bien espiritual de muchos o de la sana prudencia. No interpretes todo eso con los pobres criterios del mundo y de los hombres, con los que nunca podremos medir la acción misteriosa de Dios. Piensa que en esa persecución de los buenos, de los tuyos, Nuestro Señor vuelve a crucificarse en ti para que puedas así completar en tu carne lo que falta a la pasión de Cristo. 

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

viernes, 17 de agosto de 2012

Valorar la confesión


Qué sacramento tan desconocido, porque desconocido es el perdón y la misericordia de Dios. ¿Por qué no aprovechamos más este arrollador canal de gracia? ¿Sólo porque nos cuesta examinar la conciencia y acusarnos de nuestros pecados? Además de ayudarnos en la práctica de la humildad, conocer nuestros pecados y hacer firme propósito de no volver a consentir una mínima caída en ellos nos hace dar pasos de gigante en nuestro camino de santidad. ¿Te cuesta, quizá, acusarte de tus pecados ante un sacerdote? Aviva tu fe en la acción de Dios a través de sus medios humanos y, sobre todo, a través del poder de la Iglesia. ¿Crees que hay algún otro poder que, siendo meramente humano, sea capaz de proporcionarte con real eficacia siquiera una brizna de consuelo y de perdón, o de embellecer tu alma como lo hace la gracia en la confesión? No esperes a tener pecados mortales para acercarte al corazón misericordioso de Cristo. Tampoco vayas retrasando tu confesión porque sólo tienes faltas y pecados leves. Acércate con frecuencia a recibir, además del perdón, la gracia de este sacramento. Porque el sacramento de la reconciliación es más lo que te da –la gracia–, que lo que te perdona –tus pecados–. Valora la práctica de la confesión frecuente no sólo porque tu alma necesita ser perdonada sino, sobre todo, porque necesita ser fortalecida y alimentada. Acércate a Cristo, como aquella mujer que buscaba tocar siquiera la orla de su manto para ser curada de su larga y humillante enfermedad, y te encontrarás, como ella, con esos piadosos ojos de Cristo que miran enternecidos la belleza de tu alma en gracia. 

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

miércoles, 15 de agosto de 2012

Alegrarse del bien ajeno


El bien nace de Dios y lleva a Dios. Deberíamos alegrarnos de todo bien: del bien que Dios hace a otros a través nuestro, del bien que nos llega a través de los demás, del bien con que Dios mismo nos rodea constantemente. Alégrate cuando veas realizado en otros algún bien humano que hubieras querido para ti o cuando te veas privado de ese bien –quizá demasiado humano– que, en justicia, dices merecer. Cuando otros se acostumbren a tus servicios y dejen de agradecértelos o incluso te los interpreten mal, cuando refieran a otros eso bueno que se te ocurrió a ti y que ellos hicieron gracias a ti, cuando otros se apropien de tus buenas obras y a ti te olviden, cuanto todos reconozcan públicamente el trabajo de otros y a ti te toque permanecer en segundo plano y sin relumbrón, entonces, alégrate aún más, porque sólo "tu Padre que ve en lo escondido te lo premiará" (cf. Mt 6,1). Hay un sello de autenticidad en las obras de Dios y es el escondimiento, el desaparecer. La perla expuesta a la admiración de todos ya ha recibido su propia recompensa. Despréndete incluso de los frutos buenos que puedan pasar por tus manos y procura que toda tu gloria se la lleve Dios. 

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

lunes, 13 de agosto de 2012

La fecundidad de los neveros

Cuenta una bella tradición que, en el s. IV, un matrimonio anciano y sin descendencia nombró heredera de todos sus bienes a la Virgen María, pidiéndole que les mostrara cómo emplear su cuantiosa fortuna. La noche del 4 de agosto, la Virgen les mostró en una aparición su deseo de que se construyera un templo en su honor. Al día siguiente, en plena canícula romana, apareció sobre el monte Esquilino, una de las siete colinas de Roma, un enorme campo nevado en el punto en que más tarde se construyó la bella y grandiosa Basílica de Santa María la Mayor. Nace así esa popular advocación de Santa María de las Nieves, como nevero majestuoso que embellece la adustez y dureza de los calores del verano.
Los neveros suelen morar en las altas cumbres, allí donde las pisadas del hombre sólo se topan con su propia soledad, entre la inmensidad del cielo y la pequeñez de la tierra. Esas cumbres, acostumbradas a la dureza del hielo y del viento, suelen agradecer la suave presencia de las nieves, cuya blancura adorna y embellece el rostro arisco de las más duras peñas. Cuando arrecia el calor, la belleza de los neveros se deshace silenciosamente, para hacerse agua escondida en la tierra, capaz de fecundar y dar vida allí donde ya nadie advierte su presencia. Nadie sabe de esta entrega y, sin embargo, a medida que la blancura de los neveros se va enterrando en los campos, su belleza se hace, si cabe, aún mayor. La nieve sólo es fecunda cuando pierde su blancura y belleza externa, cuando abandona sus altas cumbres, para convertirse en agua incolora y sin sabor, que se entierra y se esconde entre los más hondos valles.
Mucho de nevero ha de tener tu vida interior, si quieres dar fecundidad a tus trabajos apostólicos y a tu vida cristiana. Has de aprender de sus nieves a dejarte transformar por la acción de Dios. Y, cuando parezca que pierdes belleza y atractivo a los ojos de los demás, cuando parezca que caes de las altas cumbres y el polvo de tu propia tierra te enfanga y ahoga, deja que el Señor te convierta en agua fecunda y escondida, para que su vida divina llegue a empapar el corazón de tus hermanos.  



Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

sábado, 11 de agosto de 2012

La ira de Cristo

Pocas veces vemos en el Evangelio al Señor enfadado. Pero, en esas pocas ocasiones, la reprensión de Jesús fue enérgica, pues se refería a cuestiones que atañían a la dureza de corazón, la hipocresía y tomar el nombre de Dios en vano.
La dureza de corazón supone juzgar los acontecimientos y las personas de manera inmisericorde, con el prejuicio de descubrir la paja en el ojo del prójimo, olvidando la viga en el propio. Es la proyección del propio pecado, ése que nunca reconocemos en nuestro interior y que siempre atribuimos a los demás. Es la manera de cubrir con ignominia el bien de otros, porque no soportamos la bondad de un corazón recto.

La hipocresía es la manera de falsear la realidad. Se alimenta de la mentira, la cobardía y el rencor. Pretende esconder la verdad porque, frente a ella, la hipocresía no soporta el propio pecado. El hipócrita huye de la mirada transparente para no enfrentarse con su propia mediocridad. Como se odia a sí mismo, el hipócrita muestra aversión hacia todo lo que sea justo y honrado.

Aquel que ha perdido la confianza en Dios utiliza el nombre de la divinidad para el beneficio personal, mercadeando con las cosas santas. La simonía, el clericalismo, y toda forma de aberración contra lo sagrado es utilizada para el interés egoísta y el provecho personal.

No nos extrañe, por tanto, la cólera divina de Cristo ante aquellos que, lejos de un comportamiento justo y sincero, daban la espalda a Dios con obras que merecían tan solo el aplauso de Satanás. Cuida la sencillez de tu corazón, la limpieza en tu mirada y actitudes, y serás abrazado por la ternura de Dios.

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid