
Los neveros suelen morar en las altas cumbres, allí donde las pisadas del hombre sólo se topan con su propia soledad, entre la inmensidad del cielo y la pequeñez de la tierra. Esas cumbres, acostumbradas a la dureza del hielo y del viento, suelen agradecer la suave presencia de las nieves, cuya blancura adorna y embellece el rostro arisco de las más duras peñas. Cuando arrecia el calor, la belleza de los neveros se deshace silenciosamente, para hacerse agua escondida en la tierra, capaz de fecundar y dar vida allí donde ya nadie advierte su presencia. Nadie sabe de esta entrega y, sin embargo, a medida que la blancura de los neveros se va enterrando en los campos, su belleza se hace, si cabe, aún mayor. La nieve sólo es fecunda cuando pierde su blancura y belleza externa, cuando abandona sus altas cumbres, para convertirse en agua incolora y sin sabor, que se entierra y se esconde entre los más hondos valles.
Mucho de nevero ha de tener tu vida interior, si quieres dar fecundidad a tus trabajos apostólicos y a tu vida cristiana. Has de aprender de sus nieves a dejarte transformar por la acción de Dios. Y, cuando parezca que pierdes belleza y atractivo a los ojos de los demás, cuando parezca que caes de las altas cumbres y el polvo de tu propia tierra te enfanga y ahoga, deja que el Señor te convierta en agua fecunda y escondida, para que su vida divina llegue a empapar el corazón de tus hermanos.
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