LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.



A lo largo de la historia, Dios ha hablado a los hombres de muchas maneras, hoy nos ha hablado por medio de Jesucristo. Él se hace hoy presente en medio de su Iglesia, la Iglesia que él ha querido fundar. Cristo, única promesa de felicidad, se hace presente en la realidad de cada día, en cada hombre y en cada acontecimiento.

Por ello, este blog lo que pretende es reconocer a través de los hechos en la Iglesia, la presencia de Dios en medio de su Pueblo.

viernes, 2 de noviembre de 2012

EL OFICIO DE DIFUNTOS

“EL oficio de difuntos” es un relato escalofriante de la escritora española Emilia Pardo Bazán. En esta obra encontramos lo mejor de Emilia Bazán: una aguda visión sobre lo diminuto, lo inapreciable de cada ser humano, junto con ese Naturalismo moderado, sin grandes ostentaciones, que supo introducir en las letras españolas.


“Oficio de difuntos” es también el título de una obra de Arturo Uslar Pietri. Se trata de un trabajo sobre el vacío histórico sufrido por Venezuela durante la dictadura de Juan Vicente Gómez (1903-1935). Oficio de Difuntos, es una Misa de cuerpo presente que se hace a cualquier cristiano en un acto religioso, que le correspondió –en la novela- ejecutar al padre Solana, uno de los más críticos del régimen de Gómez y sometido por su poder; quien se encontraba en la difícil situación de orar por un hombre terrible en vida, en medio de un país expectante, sorprendido por la muerte de un dictador y en medio de una clase política en transición y convulsionada ante los cambios que vendrían con la llegada de un nuevo presidente y otra esperanza de vida, gracias a la muerte del caudillo. 



En tercer lugar, el Oficio de difuntos es aquella parte del Breviario o Liturgia de las Horas, que los Sacerdotes rezamos por las Ánimas benditas del purgatorio, especialmente en la Conmemoración de los fieles difuntos el 2 de noviembre de cada año.



Es España, al ser festivo el 1 de noviembre –Todos los Santos-, es el día en el que el pueblo soberano, limpia, lleva flores y eleva plegarias ante la tumba de sus familiares difuntos. Es una tradición que no se puede borrar de la conciencia colectiva del pueblo. No es sólo un recuerdo y una acción de gracias a las vidas de cuantos nos precedieron, sino una manifestación de fe en la existencia del más allá: tú no has muerto pues permaneces siempre en nuestro recuerdo. Es el “sensus fidei” de cuantos acuden al cementerio, independientemente de su práctica religiosa. Por eso, en Novelda hay un concejal encargado del cementerio y, el día 1 de noviembre, la policía local facilita una zona de aparcamiento y dirige la circulación de coches y peatones.



En el Prefacio de Difuntos, se leen estas consoladoras palabras: “porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”.



Los Sacerdotes, en el Oficio de difuntos, leemos un pasaje de San Pablo a los Corintios: “Hermanos: Alguno preguntará: «¿Y cómo resucitan los muertos? ¿Qué clase de cuerpo traerán?» ¡Necio! Lo que tú siembras no recibe vida si antes no muere. Y, al sembrar, no siembras lo mismo que va a brotar después, sino un simple grano, de trigo, por ejemplo, o de otra planta. Es Dios quien le da la forma que a él le pareció, a cada semilla la suya propia. Cuando esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: «La muerte ha sido absorbida en la victoria ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón ¡Demos gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!”



Aunque casi nadie habla de las verdades eternas, la Iglesia no puede dejarlas de lado en su predicación. La meditación de estas verdades nos ayuda a todos a rectificar la marcha de nuestro caminar terreno, a aprovechar mejor el tiempo, a no dejarnos absorber por los cuidados y necesidades de la tierra, a sentir la urgencia de vivir bien cara a Dios y a los demás.



La muerte –dice el Catecismo de la Iglesia Católica- pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo. Ahora vivimos ese tiempo abierto; nuestra muerte lo cierra, lo clausura. La consideración de nuestra muerte nos ha de llevar a situarnos con valentía ante Dios, a ser conscientes de su Gracia, de sus dones pues “el que te creó sin ti, no te salvará sin ti” (San Agustín)



El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús, ve la muerte como una ida hacia El y la entrada en la vida eterna. Cuando la Iglesia dice por última vez las palabras de perdón de la absolución de Cristo sobre el cristiano moribundo, lo sella por última vez con una unción fortificante y le da a Cristo en el viático como alimento para el viaje. Le habla entonces con una dulce seguridad:



Alma cristiana, al salir de este mundo, marcha en el nombre de Dios Padre Todopoderoso, que te creó, en el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que murió por ti, en el nombre del Espíritu Santo, que sobre ti descendió. Entra en el lugar de la paz y que tu morada esté junto a Dios en la ciudad santa, con Santa María Virgen, Madre de Dios, con San José y todos los ángeles y santos. (Ex "Commendatio animae").



¡Qué realismo y qué amor por la verdad habría en nuestra vida si pensáramos de vez en cuando en la muerte! ¿Qué pensarías de esta persona, cómo juzgarías a esta otra, cómo tratarías a los demás? Pues bien, obra siempre como obrarías en aquel momento. Esta es la gran lección de la meditación sobre la muerte: pregúntate siempre a ti mismo ¿qué vale esto ante la eternidad?



Señor, le preguntaron los apóstoles a Jesús ¿es verdad que son pocos los que se salvan? Jesús no contestó si muchos o pocos, sino que dijo: vosotros, esforzaos por entrar. Hay una promesa de eternidad en estas palabras del Señor: “quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene ya vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día”.
Finalmente, en el Ave María rezamos “ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”

Rvdo. Sr. D. Javier Muñoz-Pellín. 

jueves, 1 de noviembre de 2012

Los trastos del alma

A veces, nuestra oración se parece a un armario lleno de trastos desordenados. Se nos agolpan en la cabeza todas las preocupaciones del día, repasamos las tareas que tenemos pendientes, las idas y venidas de la jornada, nos pueden las distracciones y el cansancio. Cuando nos quedamos quietos y en silencio es, quizá, cuando más resuena en nuestro interior el eco de ese ruido y alboroto, que nos ha dominado durante los trajines del día. Y, cuando nos damos cuenta, nos vence el desánimo porque, un día más, hemos llenado la oración de nuestras cosas, pero no de Dios.
Es el momento de aceptar esa oración, tan llena de mundo que, a veces, es la única que podemos hacer. No pretendas que reine el silencio en tu interior, si a lo largo del día no has buscado momentos en los que elevar el corazón a Dios, ofreciéndole tu actividad, tu gratitud, tu amor, tu confianza, tus caídas o fracasos. Hay que parar el alma y devolverle ese sosiego interior, que necesita para no dejarse arrastrar y arrebatar tras las ambiciones y activismos, que nos dominan durante el día. Tu alma ha de ser, más que un armario trastero, un cofre precioso donde guardes con exquisitez esa presencia divina que siempre te acompaña dentro, aunque tú estés vertido hacia fuera. Tu conversación, tu trato, tu mirada, tus actitudes, tu saber estar, todo en ti sería mucho más parecido al ser de Cristo, si cuidaras esa presencia dulce y suave de Dios en tu alma. Así, a lo largo del día, irás preparando el clima de intimidad que, después en tu tiempo de oración ante el Sagrario, tanto te dispone para hablar con Dios y escucharle en tu interior. No escatimes esfuerzos para poner el corazón, una y otra vez, en Dios, en quien debe estar tu único tesoro.

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

martes, 30 de octubre de 2012

“Le rogaron que se alejara de ellos” (Lc 8,37)

Los habitantes de la aldea de Gerasa estaban ya acostumbrados a convivir con aquel endemoniado, que vagaba fuera de sí por los alrededores, vivía en los sepulcros y se mostraba desnudo ante la gente. En más de una ocasión, habían tenido que atarle con grillos y cadenas, pues se manifestaba en él con gran virulencia el poder de los demonios. El evangelio indica que el nombre de los demonios era “Legión”, porque eran muchos los que habían entrado en aquel hombre. Jesús liberó a aquel endemoniado del poder del mal, enviando a los demonios a una piara de cerdos. Los porqueros contaron con tanto asombro y temor lo que habían visto, que toda la aldea fue a pedirle a Jesús que se alejara de allí.
Aquellos gerasenos no temían el poder del Señor, a través del cual se les había manifestado el bien de forma grandiosa y espectacular. Temían, más bien, que aquel hombre les desinstalara y descolocara de su vida acomodada. Estaban acostumbrados a convivir pacíficamente con el mal, habían aceptado que el poder de los demonios rigiera su aldea y su vida. Se encontraban así más o menos a gusto y no querían que nadie viniese de fuera a romper aquella paz fría y aparente. Es más cómodo vivir en un cristianismo instalado y a la carta, un cristianismo de costumbre, apoyados y justificados por una fe, que no necesita del poder de la gracia para transformar un corazón que prefiere vivir como siempre, sin complicarse más la vida. Pactamos indefinidamente con viejas actitudes y defectos que han anidado en el corazón desde hace mucho tiempo, nos conformamos con ese pequeño rescoldo de fe que no crece con los años, preferimos la comodidad de una tibieza que no nos da problemas, antes que vivir en la tensión espiritual de crecer en el amor a Dios y en la propia conversión. Y, aunque recemos, vayamos a Misa, o no hayamos perdido la fe de la infancia, podemos ser cristianos gerasenos, que prefieran convivir con su propio pecado y mediocridad, antes que dejar que el Señor entre de verdad a transformar nuestra vida.

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

domingo, 28 de octubre de 2012

Y tú, ¿qué eliges?

El ejercicio de nuestra libertad nos lleva a considerar las cosas que son importantes para nuestra vida. Y, en ese considerar lo esencial, hemos de ir tomando decisiones. Elegimos lo que más nos conviene, lo que nos hace madurar y lo que puede ayudar a otros a su crecimiento personal. Sin embargo, esas decisiones, que han de darse cotidianamente, están subordinadas a una elección mayor: mi entrega con la que estoy dispuesto a apostar mi vida hasta las últimas consecuencias.
Cuando sólo nos quedamos en elegir lo caduco y lo accidental, sin darle un horizonte trascendente, ocurre que el corazón se agosta y se cansa, pues tener la voluntad fija en cosas limitadas, por muy importantes que parezcan a los ojos de los hombres, no da una felicidad plena. Por tanto, incluso en las cosas que aparentemente pueden ser insignificantes, hemos de darles su proyección de altura, han de estar asumidas en ese otro orden en donde también ponemos a Dios como testigo. No es que lo pequeño carezca de importancia, sino que elegimos "eso" (lo que en lo cotidiano podría suponer monotonía), porque es donde más libre soy, es decir, donde dejo sitio a Dios y procuro que se manifieste su gloria... ¡Sí!, ¿no recordamos que fue precisamente en ese anonadamiento de su Encarnación, Dios hecho hombre, donde descubrimos la mayor grandeza de la divinidad?
A la hora de elegir, por tanto, no se trata de buscar mi gloria o mi comodidad personal, pues lo que recibiré a cambio será la soledad de mi vanidad o de mi egoísmo, que es el mayor fracaso de la libertad. En cada elección personal he de discernir que cualquier acción que realice ha de conformarse con esa voluntad divina en mi vida, que es la única capaz de hacerme libre, pues se identificará plenamente con la infinita libertad de Dios. ¿Puedo acaso elegir algo mejor y mayor?


Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

viernes, 26 de octubre de 2012

Una historia de amor

Hay cosas en la vida en las que nos empeñamos con ganas y esfuerzo. Buscamos motivaciones que nos hagan renovar ese empeño inicial, y vamos sorteando todo tipo dificultades hasta lograr el éxito de ese proyecto. Podemos hablar de sacar adelante una familia, un trabajo, una estatus social, etc. Sin embargo, hay momentos en los que uno se pregunta, al atisbar que casi todo se vuelve en contra, si no nos habremos equivocado cuando comenzamos a plantearnos semejante batalla. Alguien, por ejemplo, después de años de matrimonio, puede considerar que no era esa la persona con la que había imaginado llevar a cabo los años de su vida. Que el tener hijos, educarlos, sacrificarse por ellos, gastar el tiempo y el dinero de esa manera, no estaba en sus planes. Que las manías, o maneras de ser, que va descubriendo en su pareja entorpecen su autonomía y su libertad... En definitiva, y siendo muy humano, nos planteamos todas esas cuestiones en términos de beneficio personal y de utilidad a corto plazo. Son situaciones que nos las encontramos todos los días, y que van produciendo un cierto consenso social, pues se nos pregona constantemente la necesidad de "buscarse uno a sí mismo". Y, en esa búsqueda, lo único que parece tener sentido es la sola satisfacción personal, aislada del sacrificio, la renuncia o el sufrimiento que, siempre, beneficiarían a otros, y nos haría mucho más humanos y con sensibilidad divina.
Da la impresión de que hemos perdido la noción de algo que es esencial a la persona. Detrás de cada uno de nosotros siempre hay una historia de amor, y que dio comienzo cuando tomamos conciencia del verdadero sentido de nuestra vida, pero que hemos de ir alimentado constantemente, día a día, momento a momento. Una historia de amor es una historia de conocimiento. Sólo podemos amar lo que conocemos. Un conocimiento, en primer lugar, de lo que somos, y por qué somos así y no de otra manera. Se trata de ir adentrándonos en nuestro interior, donde vamos descubriendo que no estamos solos, que hay algo que trasciende nuestras propias ambiciones personales, y que está lleno de sentido. Un conocimiento, por otra parte, de ir percibiendo que nuestra vida siempre es relacional. Lo experimentamos, antes que nada, cuando dependíamos del cariño y la dedicación de nuestros padres, y lo continuamos en esas relaciones humanas de amistad, familiar, compañerismo, laboral o de pura vecindad. Sin embargo, siempre hay un punto de inflexión, y es la pregunta definitiva: ¿qué quiero yo de mi vida, y con quién la quiero?
Una historia de amor, la de cada uno, a nivel existencial, nos habla de una dependencia, aún mayor que la humana, y es tener la conciencia cierta de que alguien, antes que yo, me amó primero. Es, entonces, cuando descubrimos que, para darse ese amor, es necesaria mucha entrega, mucha renuncia y mucho sufrimiento. Eso, en sentido absoluto, ninguno de nosotros puede llevarlo a cabo. Sólo Dios lo hizo. En ese Cristo clavado en la Cruz podemos atisbar en qué consiste nuestra vida, y cómo hemos de ir asumiéndola. Fruto de un amor inconmensurable, sin límites de espacio y tiempo, Dios muerto en un cadalso, da razón a nuestra vida de una manera definitiva, plena y total.
¿Cuál es tu historia de amor? A la hora de tomar decisiones, esas que pueden marcar tu vida, piensa en la gran responsabilidad de inaugurar, no un cuento, sino una verdadera historia llena de sentido, es decir, de ternura y misericordia. Se trata de esa sucesión de actos y compromisos que han de tejer tus días, para que, en cada renuncia tuya, en cada sufrimiento que padezcas, otros puedan recoger el amor que recibiste sin esperar nada a cambio. 

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid