
Por otra parte, la pobreza espiritual es la que nos predispone para las siguientes bienaventuranzas. Es la convicción de nuestra pobreza interior. Es la actitud necesaria para comenzar nuestra auténtica vida en Dios. Es ese vacío inmenso que experimentamos en nuestro corazón, porque sólo existe la necesidad de ser llenados por el Espíritu Santo. Y así, cuando la gracia de Dios es percibida en el alma como único bien poseído, entonces todo lo demás es relativo. No es que haya de ser eliminado, sino que todo lo que tengamos ha de estar transfigurado como don de Dios, al servicio de Él y de los demás. Todo, entonces, entrará en relación con ese bien último que es la gloria de Dios. Purificar la intención desde la pobreza de espíritu es, en definitiva, tomar como modelo a la Virgen, nuestra Madre, que se hizo esclava de Dios y, de esta manera, coronar con su humillación la hermosura de la creación. La pobreza de espíritu no es debilidad ni apocamiento, sino la grandeza de todo ser humano que se sabe hijo de Dios, y, por tanto, querido hasta la locura divina.
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