
¿Dónde crees que encontró el Señor su consuelo aquí en la tierra? En el corazón de su Padre, a quien buscaba continuamente en la soledad de sus noches de oración. En el regazo de su Madre, en el que tantas veces, de Niño, aprendió a descansar. En las manos de su padre José, de las que aprendió a confiar y a fiarse de la providencia divina. En la intimidad de aquellos rudos apóstoles, en cuya debilidad y miseria volcaba el Señor tantos tesoros de su alma.
Nos empeñamos en mendigar el consuelo de las criaturas, aun sabiendo de su fugacidad e inconstancia. Nos agarramos a ese poco de aparente satisfacción y felicidad que nos ofrecen nuestras compensaciones y seguridades humanas. Porque nuestro corazón, tan acostumbrado a lo sensible e inmediato, no es capaz de paladear ese alivio y consuelo de Dios que sólo se gusta en la intimidad del sufrimiento. Allí donde más duele el alma, allí donde el sufrimiento y el dolor penetran dentro con más hondura, allí es donde más de cerca podrás hablar y tocar a tu Dios. Ese corazón de Cristo, sabedor de tantas agonías y soledades, que se abraza a tu cruz de cada día, ha de ser tu mayor y verdadero consuelo.
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