
El pasado ya sólo existe en el corazón misericordioso de Dios. Tus remordimientos e inquietudes por lo que fuiste, por la mediocridad de tu vida pasada, por las ocasiones de santidad que dejaste perder, por el bien que pudiste hacer y no hiciste, has de entregarlas ahora, en este instante, al perdón y a la misericordia de Dios, descansando en Él tu corazón dolorido. Hay un remordimiento que nace de nuestra soberbia, que conduce a la desesperanza y a la apatía espiritual, y que tarde o temprano nos aleja de Dios. En cambio, ese remordimiento que nace de la moción del Espíritu Santo en tu alma te hace más niño ante Dios, te abre a la confianza en su corazón misericordioso y te impulsa a una entrega más humilde y realista. Valora cada vez más ese sacramento de la reconciliación en el que Dios te inunda con el poder de su gracia y fortalece tu alma para el bien y el amor. Acepta con realismo lo que fuiste y lo que eres, pues así, y no de otra manera, te quiere Dios. Pero, que ese pasado de pecado no te detenga en tu camino espiritual. No cuenta lo que fuiste, sino lo que Dios quiere que llegues a ser.
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