LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.



A lo largo de la historia, Dios ha hablado a los hombres de muchas maneras, hoy nos ha hablado por medio de Jesucristo. Él se hace hoy presente en medio de su Iglesia, la Iglesia que él ha querido fundar. Cristo, única promesa de felicidad, se hace presente en la realidad de cada día, en cada hombre y en cada acontecimiento.

Por ello, este blog lo que pretende es reconocer a través de los hechos en la Iglesia, la presencia de Dios en medio de su Pueblo.

miércoles, 11 de abril de 2012

Jesús no curó al paralítico de Betesda (Jn 5, 1ss)


Jesús se compadeció de aquel hombre que llevaba treinta y ocho años postrado en una camilla. Toda su vida había transcurrido entre aquellas arcadas y columnas, al ritmo del bullicio monótono de las gentes que pasaban, haciendo de aquella piscina y de su curación el único centro de todas sus aspiraciones. Pero, aun siendo conocido de todos, nunca nadie le había ayudado a llegar a tiempo a bañarse. Jesús le curó y el enfermo, ya sanado, cogió su camilla y se fue. Los judíos, que le vieron caminando en sábado, le preguntaron quién le había curado, pero el enfermo no supo decir quién había sido. Estaba tan preocupado de su curación, de su camilla y de sus cosas, de escapar de aquellos muros, de huir de la gente, que no se había interesado en saber quién era aquel hombre. Por segunda vez Jesús se le hizo el encontradizo, dándole una nueva ocasión de sanar el verdadero mal de aquel hombre que era su parálisis interior, ese alma acomodada e instalada en la camilla de sus propio pecado. Y, una vez más, aquel paralítico del alma, puesto ante el Señor, no le conoció ni se encontró con Él. En lugar de abandonar sus cosas y su camilla para seguir al Maestro se fue en busca de los judíos para decirles que aquel hombre era Jesús, a quien ellos buscaban para matarle.
Jesús no logró curar al paralítico, no logró hacer en él el verdadero milagro de la curación de su alma. El enfermo recuperó la salud pero no se encontró con Dios. A pesar de que ahora podía ya caminar, no siguió al Maestro sino que cogió su camilla y volvió a sus cosas, a su vida anterior. Pero eso no impidió al Señor mostrar el poder de su misericordia, que no sólo perdona una y otra vez sino que perdona una y otra vez sabiendo que volveremos a pecar. Tu y yo, en cambio, nos agarramos a nuestra camilla, a nuestras seguridades espirituales, a nuestra autosuficiencia, a nuestros esfuerzos voluntaristas y a nuestros méritos. Podemos, incluso, llevar una vida de piedad y de oración, pero pasarnos años y años, toda una vida, al borde del agua de la gracia sin dejarnos empapar ni curar, o tener delante muchas veces el rostro divino del Maestro pero no conocerle ni saber quién es. Aquel paralítico no volvió a encontrarse más con el Maestro. Tú no sabes tampoco si después, mañana, tendrás una nueva ocasión de ponerte en camino de conversión.    

Mater Dei
Archidiócesis de Madrid

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